Claves para que nuestro hogar sea un anticipo de la eternidad.

“La vida en la Tierra es el comienzo de la vida en el cielo; la educación en la Tierra es una iniciación en los principios del cielo; la obra de la vida aquí es una preparación para la obra de la vida allá. Lo que somos ahora en carácter y servicio santo es el símbolo seguro de lo que seremos” (El hogar cristiano, p. 484). Esta es una declaración realizada por Elena de White, quien había afirmado que el hogar “debe ser un pequeño cielo en la Tierra” (ibíd., p. 11).

En incontables oportunidades hemos escuchado esta afirmación en relación con lo que se espera para nuestro hogar en la Tierra. Pero ¿te has puesto a analizar qué significa para ti? Quizás hayas pensado que significa alejar a tu familia del “mundo” y de todo lo malo que la rodea, o tal vez que es una realidad imposible de alcanzar por tu contexto y tu configuración familiar. Puede que lleguemos a pensar que este consejo inspirado nos propone una meta elevada y (a veces) abrumadora.

Como familia, anhelamos vivir en el cielo, y desde la historia que nos atraviesa y el contexto en que vivimos tratamos de reflexionar en lo que significa que nuestro hogar sea ese pedacito de cielo. A continuación, queremos compartir contigo una síntesis personal sobre algunas de las implicaciones prácticas de este pensamiento: 

“Todo hogar debería ser un lugar donde reine el amor” (ibíd., p. 14). Dios es amor, y este es el principio fundamental de su Reino. Solo el amor es la base por la cual los seres con libre albedrío pueden coexistir armoniosamente.

Hay que hacer que el hogar “sea un sitio alegre y feliz para vosotros mismos y para vuestros hijos” (ibíd., p. 13). Debemos generar vivencias que resulten edificantes y placenteras para todos los miembros de la familia. 

Respeto por la Ley de Dios. Todo el cielo se rige por la Ley de Dios. Aunque aún estamos atravesando un gran conflicto suscitado por un grupo de criaturas que ha cuestionado dicha Ley, el plan de salvación vindicará el carácter de Dios y, por ende, su Ley de amor. Es en el seno de la familia donde debe inculcarse el respeto por la Ley de Dios, desde los aspectos más sencillos hasta los más complejos. 

Cultivar hábitos y valores elevados. Al respecto, no pueden ser mejores las palabras de Pablo: “Buscad lo que agrada al Señor” (Efe. 5:10), “todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en eso pensad” (Fil. 4:8).

El rol activo de los padres. Ellos son los principales responsables para que una vislumbre del cielo sea una realidad en cada hogar. “Los padres crean en extenso grado la atmósfera que reina en el círculo del hogar, y donde hay desacuerdo entre el padre y la madre los niños participan del mismo espíritu” (ibíd., p. 12).

Finalmente, “si Dios no edifica la casa, en vano trabajan los edificadores” (Sal. 127:1). La principal característica del cielo es la presencia y el señorío de Dios. Nuestro hogar será un pedacito de cielo solo si él es invitado a morar en él. Efectivamente, “el símbolo más dulce del cielo es un hogar presidido por el Espíritu del Señor” (ibíd.).

El hogar es el mejor lugar donde podemos prepararnos para vivir en el Reino de los cielos. “Dios quisiera que nuestras familias fuesen símbolos de la familia del cielo. Recuerden esto cada día los padres y los hijos, relacionándose unos con otros como miembros de la familia de Dios. Entonces su vida será de tal carácter que dará al mundo una lección objetiva de lo que pueden ser las familias que aman a Dios y guardan sus mandamientos” (ibíd., p. 13).

Hemos compartido por un año este espacio con ustedes con el sencillo y solemne deseo de llevar la esencia del evangelio que transforma al plano real de cada familia. Nuestro deseo es que sigamos buscando la ayuda de Dios para hacer de nuestro hogar un pedacito de cielo que emane como delicioso perfume hacia quienes nos rodean, para gloria y honra de nuestro Dios.

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