¿Has tenido que esperar por algo o por alguien en tu vida? Más aún, ¿te encuentras esperando en este momento algo que le has pedido a Dios con todas tus fuerzas?

Cuando era niña (escribe Emilia), cada verano salíamos con mi familia de vacaciones. ¡Cuánta emoción! Pasaba horas imaginando qué cosas podría hacer y disfrutar cuando llegara a destino. Emprendía el viaje con gran entusiasmo, pero pronto esa alegría inicial se iba desvaneciendo cuando los minutos se convertían en horas de interminable espera dentro del automóvil familiar. Mis padres me animaban a cantar y a leer para que el tiempo pasara más rápido y la espera se hiciera más llevadera. Las horas de viaje se convertían en un momento de imaginación y creatividad a fin de que las horas pasaran lo más rápido posible, hasta llegar por fin al tan ansiado destino.

Todos tenemos que pasar por la experiencia de esperar algo en la vida. Y no una vez, sino muchas veces. Cuando se trata de un asunto de familia, la espera puede ser aún más intensa. Podría ser la espera de la persona indicada con la cual casarse y formar una familia; o también la llegada anhelada de un bebé. Entrar en la sala de espera de Dios no es fácil; si no, preguntémosles a Abraham y a Sara, que tuvieron que esperar 25 años el cumplimiento de la promesa de un hijo. Esperar erróneamente podría conducirnos a la desesperación y, como consecuencia, a tomar caminos equivocados. Pero, fue en esa espera que la fe del patriarca creció y conoció a Dios como Amigo como nunca antes.

Por ello, cuando te encuentres sentado en la sala de espera de Dios, recuerda:

-Fuiste creado con un propósito. Él nos conoce desde antes de nacer y en su libro están escritos cada uno de los días de nuestra existencia (Jer. 1:4, 5; Sal. 139:16). Él preparó de antemano las buenas obras para que anduviéramos en ellas (Efe. 2:10), y para eso necesitamos ser equipados con el carácter necesario para llevarlas a cabo. Por esa razón, Dios trabaja en nuestra vida por medio de procesos, y usa la espera como parte de tu desarrollo y crecimiento. Cuando tenemos claro nuestro propósito en Dios, es más fácil entender que cuando él nos hace esperar es por alguna razón.

-Busca primeramente el Reino de Dios (Mat. 6:33). Muchas veces solo reparamos en “Y todo lo demás será añadido”, pero la realidad es que no es esa añadidura lo que nos hará felices. Lo único que puede hacernos verdaderamente felices es la presencia de Cristo en nuestra vida. Si lo tenemos a él, lo tenemos todo. Dios desea bendecirte y, si es su voluntad, tu bendición pronto se materializará. Pero no pongas tu contentamiento en esa “añadidura”.

-Decide ser fiel pase lo que pase. Ama a Dios de manera desinteresada. Recuerda a los amigos de Daniel que estuvieron dispuestos a obedecer a Dios, incluso si él no los libraba de la muerte (Dan. 3:18-20). O a la reina Ester, quien ante el peligro de morir declaró “Y si perezco, que perezca” (Est. 4:16).

-Mantén una actitud correcta durante la espera. Sé una persona positiva, que inspire a otros a confiar plenamente en Dios. Disfruta el presente, aprovecha las oportunidades para crecer en diferentes áreas y vive agradecido por lo que ya tienes en tu vida. No vivas como si algo te faltara, vive como si fuera tu último día para amar y para apreciar lo que Dios ya te ha dado.

-Aférrate a las promesas de Dios. El salmista se encontraba en una situación de espera angustiosa cuando escribió: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío” (Sal. 42:5). ¡Aún has de alabarlo! ¡Los tiempos de Dios son perfectos, y él nunca llega tarde! ¡Atrévete a esperar con fe en él! RA