Una mirada profunda y equilibrada sobre una idea ofensiva para el gusto moderno: el temor a Dios. Un artículo vital e imprescindible frente a la tragedia de la fe contemporánea, con creyentes que desean vivir un evangelio centrado en sí mismos; que atrae a miles, pero que no transforma a nadie.

El mensaje de los tres ángeles (Apoc. 14:6-12) se proclama inmediatamente antes de la segunda venida de Cristo. Es la amonestación final de Dios al mundo. Por lo tanto, de todos los mensajes del Apocalipsis, este es el más importante y significativo para hoy. Sin embargo, es poco conocido y escasamente comprendido por la gran mayoría de los cristianos, incluso adventistas.

El primer ángel tiene el evangelio eterno, es decir, las buenas nuevas de salvación en Cristo, para predicarlo a todos los habitantes de la Tierra (Apoc. 14:6). Pero, sorprendentemente, este ángel comienza su mensaje con la orden “Temed a Dios”. A primera vista, la frase resulta extraña y hasta chocante para la mentalidad contemporánea. ¿Cómo puede el mandato de “temer a Dios” ser una buena noticia? Esto se aclara cuando comprendemos qué significa “temer a Dios” en la Biblia, un concepto que los autores bíblicos usan frecuentemente.

“El estilo contemporáneo de adoración a menudo refleja la misma despreocupación en relación con Dios, que se manifiesta en una adoración antropocéntrica, una predicación humanista, estilos musicales seculares en el culto, y vestimenta y conducta irreverentes en la iglesia”.

Dos clases de temor

Aunque diversos elementos pueden producir temor en el ser humano, generalmente los escritores bíblicos se refieren a Dios como el que despierta temor. Ese temor puede ser de dos clases: negativo o positivo. El temor negativo es el miedo angustiante y aterrador ante Dios, miedo que se exterioriza temblando y huyendo despavoridos de él. El temor positivo es un sentimiento abrumador de asombro y reverencia profunda hacia Dios, que induce a amarlo, serle obedientes y adorarlo reverentemente, atraídos irresistiblemente hacia él. ¿Cómo se explica que el mismo Dios despierte reacciones tan opuestas en sus criaturas? El relato bíblico muestra que la diferencia no depende de Dios, sino de cada individuo.

Por ejemplo, Adán dijo a Dios después de caer en pecado: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo […] y me escondí” (Gén 3:10). Esta es la primera vez que se menciona el temor en la Biblia. El pecado produce culpa, y la culpa genera miedo. Así que, el miedo es un resultado inevitable del pecado. Siempre van juntos. La reacción de Adán es un ejemplo típico del temor negativo hacia Dios, que es experimentado por los impíos.

En contraste, la respuesta de Moisés ante la presencia divina en la zarza ardiente ilustra el temor positivo hacia Dios. “Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios” (Éxo. 3:6). Moisés no huyó ni se escondió, como Adán. Todo lo contrario. La presencia divina lo indujo a adoptar una actitud reverente, pero al mismo tiempo confiada, ante Dios. Otro ejemplo de temor positivo lo manifestó Jacob cuando despertó del sueño de la escalera que unía el cielo y la Tierra: “ ‘En realidad, el Señor está en este lugar, y yo no me había dado cuenta’. Y con mucho temor, añadió: ‘¡Qué asombroso es este lugar! Es nada menos que la casa de Dios; ¡es la puerta del cielo!’ ” (Gén. 28:16, 17, NVI).

Un ejemplo más del temor positivo a Dios es la forma en que reaccionó Pedro al ver el milagro de la pesca milagrosa. “Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: ‘Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador’. Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él” (Luc. 5:8, 9). Este temor no impulsó a Pedro a huir de Cristo. Por el contrario, “se aferraba a los pies de Jesús, sintiendo que no podía separarse de él” (El Deseado de todas las gentes, p. 213). Los evangelios registran otros momentos en que la gente sintió temor (admiración, asombro) al ver los milagros que hacía Jesús (Mar. 4:41; 5:33). Ese temor no produjo pánico en las personas ni las llevó a escapar del Señor, sino que las movió a glorificar a Dios (Mat. 9:8; Luc. 5:26; 7:16) y, a veces, a postrarse ante Jesús (Luc. 5:8, 9; Mat. 28:9). Como respuesta, Jesús los invitaba a no tener miedo, sino a confiar en él (Mar. 5:36; Mat. 17:7; Luc. 5:10).

La diferencia entre el temor negativo y el temor positivo se ve claramente en un texto que combina ambos tipos, utilizando incluso la misma raíz hebrea. Según se registra en Éxodo 20:20, Moisés animó al pueblo diciéndole “No temáis”, pero inmediatamente agregó: “Para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis”. Aunque la primera mención es negativa y la segunda positiva, no hay ninguna contradicción en este pasaje. Simplemente, los israelitas no debían tener miedo a Dios, sino vivir solemnemente conscientes de quién es Dios.

“El cristianismo ha perdido el sentido de sobrecogimiento reverente hacia Dios al reducir y minimizar la diferencia esencial entre la criatura y el Creador. Se ha descartado la trascendencia divina mientras que se exagera su inmanencia”.

¿Qué significa temer a Dios?

¿Por qué la Biblia nos insta a temer a Dios? Porque hay una diferencia esencial entre él y nosotros. Él es el Creador y Sustentador del Universo; nosotros somos seres creados, insignificantes en el vasto Universo. Él es santo; nosotros somos pecadores. Él es todopoderoso; nosotros, débiles e impotentes.

La Biblia asocia frecuentemente el temor de Dios con otros elementos religiosos importantes. Uno de ellos es el amor. Varios textos ordenan al pueblo de Dios que ame y tema a Dios al mismo tiempo. Para la mente contemporánea, esta combinación parece antitética, contradictoria, pero en la Biblia los dos términos son prácticamente sinónimos e intercambiables. Por ejemplo, luego de la exhortación a temer a Dios y obedecer sus mandamientos (Deut. 6:1, 2), aparece el mandamiento del amor: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deut. 6:5; ver también Deut. 13:3, 4). El amor y el temor a Dios deben estar unidos en el creyente. Tener uno solo equivale a una religión mutilada. El temor sin amor es deficiente; y el amor sin temor es vano.

El temor de Dios también está íntimamente relacionado con la obediencia al Señor. Temer a Dios, amarlo y serle obedientes están estrechamente conectados. Por ejemplo, después de promulgar los Diez Mandamientos, Dios expresó su deseo: “¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!” (Deut. 5:29). El libro de Eclesiastés concluye: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Ecl. 12:13).

Juntamente con la obediencia, el temor de Dios incluye también una decidida actitud de separación del mal. Temer a Dios no solo implica hacer lo bueno, sino un rechazo radical de lo malo. “El temor de Jehová es aborrecer el mal” (Prov. 8:13) y, por lo tanto, alejarse del pecado. “Con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal” (Prov. 16:6).

Es fácil entender que atributos como la majestad, el poder y la santidad de Dios despierten naturalmente el temor reverencial del ser humano. Pero, sorprende saber que el perdón divino también es razón para suscitar la misma reacción. “En ti hay perdón, para que seas temido”, asegura el salmista (Sal. 130:4, LBA). ¿Por qué temer a un Dios que perdona misericordiosamente al pecador? Este temor reverente está basado en el agradecimiento de quien ha sido perdonado. Correctamente comprendido, el perdón del Señor no puede ser tomado a la ligera, sino que transforma al penitente. Se podría parafrasear el texto así: “En ti hay perdón, no para que se abuse de ti, sino para que seas reverenciado”. Así, el perdón divino no produce libertinaje, sino que promueve la santidad (Jer. 33:9; 1 Ped. 2:16).

La persona que teme a Dios también confía en el Señor con fe. Esa confianza sustenta una relación personal entre el ser humano y Dios. El temor de Dios no produce un distanciamiento entre la criatura y el Todopoderoso, sino que, aunque parezca paradójico, da lugar a una amistad profunda entre ambos. “La comunión íntima de Jehová es con los que le temen” (Sal. 25:14). La expresión “comunión íntima” significa “conversación confidencial” e indica el círculo de amigos íntimos en quienes se puede confiar. “Se complace Jehová en los que le temen” (Sal. 147:11).

El temor de Dios está en el fundamento del pensamiento y la conducta del justo. “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría” (Prov. 9:10; ver también 1:7). Quien teme al Señor vive en plenitud. “El temor de Jehová lleva a la vida: con él vive del todo tranquilo el hombre y no es visitado por el mal” (19:23, RVR95). “El temor de Jehová es manantial de vida” (14:27).

Las repetidas invitaciones bíblicas a no tener miedo no descartan el temor reverente hacia Dios. Pablo exhorta a los creyentes a que se ocupen de su salvación “con temor y temblor” (Fil. 2:12), y perfeccionen “la santidad en el temor de Dios” (2 Cor. 7:1). Sin embargo, que el creyente sirva a Dios con temor no significa que el cristianismo se fundamente en una actitud negativa. Por el contrario, el creyente teme reverentemente y obedece a Dios como una respuesta de gratitud ante la inmerecida gracia divina. “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia” (Heb. 12:28).

El creyente que ama a Dios y confía en él no vive con miedo ni ansiedad, porque “donde hay amor no hay miedo. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el miedo, pues el miedo supone el castigo. Por eso, si alguien tiene miedo, es que no ha llegado a amar perfectamente” (1 Juan 4:18, DHH). El amor y el miedo son tan incompatibles como el agua y el aceite. Podemos simultáneamente amar y reverenciar a Dios (Heb. 5:7), pero no podemos acercarnos a él con amor y al mismo tiempo escondernos de él con miedo.

En el Apocalipsis, el Señor insta a sus hijos a que no tengan miedo a la revelación divina (Apoc. 1:17) ni a la persecución (2:10); al mismo tiempo, identifica a sus seguidores como los que temen a Dios (11:18; 19:5), y dirige un poderoso llamado a los habitantes de la Tierra para que teman a Dios antes de que se derrame el castigo final sobre los impenitentes (14:7; 15:4).

“El llamado de Apocalipsis 14:7 nos urge a recuperar la actitud bíblica hacia Dios. El Dios humanizado que ha inventado la modernidad debe dar lugar al Dios cuya sola presencia pulveriza el ego humano y deja al descubierto la situación real del corazón humano”.

El temor de Dios hoy

La idea de temer a Dios es ofensiva y repugnante para el gusto moderno, que la considera como algo incompatible con el sentimiento religioso genuino. ¿Por qué? En primer lugar, porque el temor es inherentemente indeseable. A nadie le gusta tener miedo. La respuesta instintiva al temor es tratar de evitarlo.

Además, la gente ya vive con demasiado temor a infinidad de cosas. Teme por su seguridad, por su trabajo, por la continuidad de su familia, por su salud, por la estabilidad económica, y por tantas otras razones. Pero, no solamente vive con temor concreto y tangible respecto de un sinnúmero de cosas y situaciones, sino también con ansiedad, que es ese temor constante, difuso e indefinible que penetra todos los rincones de la vida. En este contexto, la exhortación a temer a Dios parecería ofrecer muy poca ayuda para superar la marea abrumadora de temor que satura al ser humano de hoy. La gente quiere menos temor, no más.

La tragedia de la fe contemporánea es que la mayoría de los creyentes ya no temen a Dios. El resultado es un evangelio centrado en uno mismo, no en Dios; un evangelio que atrae a miles, pero que no transforma a nadie. El cristianismo ha perdido el sentido de sobrecogimiento reverente hacia Dios, al reducir y minimizar la diferencia esencial entre la criatura y el Creador. Se ha descartado la trascendencia divina mientras que se exagera su inmanencia. La religión ha sido domesticada de tal modo que los ángeles se han transformado en peluches y adornos de Navidad, la Pascua se representa con conejitos, y el asombro de los pastores y los sabios de oriente ha dado lugar a duendes y un hombre alegre de barba blanca y traje rojo.

La gente ya no toma a Dios en serio. Para la gran mayoría, Dios es un viejo padre bueno e inofensivo que podemos manipular como queremos. El Dios justiciero de la Edad Media ha sido reemplazado por un tío rico que regala golosinas a todos, no importa lo que hayan hecho con su vida. Para muchos cristianos, Dios es como un abuelito reblandecido al que se puede recurrir para pedirle favores, e ignorarlo toda vez que resulte conveniente; un Dios agradable y permisivo; un Dios que no pide nada difícil, ninguna renuncia al yo, sino que deja hacer lo que cada uno quiera con su vida. En síntesis, un Dios que es un ídolo, un Dios igual a los seres humanos, ante quien nadie se quita el calzado ni inclina la cabeza para adorarlo reverentemente.

“La gente ya no toma a Dios en serio. Para la gran mayoría, Dios es un viejo padre bueno e inofensivo que podemos manipular como queremos. El Dios justiciero de la Edad Media ha sido reemplazado por un tío rico que regala golosinas a todos, no importa lo que hayan hecho con su vida”.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Entre el llamado bíblico a temer a Dios y su rechazo contemporáneo hubo muchos siglos en que la gente tenía terror de Dios. Luego de ese abuso eclesiástico, el péndulo se desplazó al extremo opuesto, y hoy la actitud generalizada es de desafío irreverente.

Esta concepción de la Deidad tiene consecuencias en el pensamiento y la vida de los cristianos. La pérdida del temor de Dios lleva a la así llamada “gracia barata”. Como resultado, se minimiza el pecado o se lo racionaliza livianamente; los jóvenes no respetan a sus maestros, sus padres y sus líderes religiosos, ni sienten que deban dar cuenta a nadie, incluyendo a Dios. El estilo contemporáneo de adoración a menudo refleja la misma despreocupación en relación con Dios, que se manifiesta en una adoración antropocéntrica, una predicación humanista, estilos musicales seculares en el culto, y vestimenta y conducta irreverentes en la iglesia.

El llamado de Apocalipsis 14:7 nos urge a recuperar la actitud bíblica hacia Dios. El Dios humanizado que ha inventado la modernidad debe dar lugar al Dios cuya sola presencia pulveriza el ego humano y deja al descubierto la situación real del corazón humano. El mundo está cansado de cristianos cuyo Dios es inofensivo. Anhela ver cristianos cuyo Dios es todopoderoso y santo; un Dios ante quien hay que bajar la mirada y arrodillarse, pero que al mismo tiempo es tierno y amoroso. El Dios de la Biblia es un Ser en cuya presencia los mayores santos se quitaron el calzado y cayeron sobre sus rostros, reconociéndose pecadores indignos. Al mismo tiempo, es un Dios que vino a esta Tierra como un bebé, mostró misericordia y ternura hacia los niños y los débiles, y nos amó hasta el punto de morir por nosotros. Un Dios que inspira temor reverente y amor al mismo tiempo.

Sorprendentemente, cuando no se teme a Dios, se teme a todo lo demás; mientras que, si se teme a Dios, todos los demás temores se ven desde la perspectiva correcta: a la luz del amor y el poder de Dios. La confianza serena del cristiano nunca está basada en su propia habilidad para superar las dificultades, sino en el Dios todopoderoso y amante a quien teme y adora. Vivir sin temor no depende de quién es el creyente, sino de quién es su Dios. “Bienaventurado el hombre que teme a Jehová, y en sus mandamientos se deleita en gran manera. […] No tendrá temor de malas noticias; su corazón está firme, confiado en Jehová” (Sal 112:1, 7). Por eso, ¡temed a Dios! RA

Sobre El Autor

Staff RA

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2 Respuestas

  1. Daniel Ortega Baquerizo

    Amén. Sólo añadir un versículo importantísimo que esperé leerlo todo el artículo. “He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal la inteligencia”. – Job 28:28… Por eso Job 1:1 menciona “Hubo en tierra de Uz, un varón llamado Job, y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Es decir, sabio e inteligente = un hombre perfecto y recto. Y esta es la perfección bíblica que hemos olvidado, por eso el mundo ya no teme a Dios y los mayores culpables hemos sido nosotros, como escribía Elena G. White: “El mundo no se encuentra en oposición con nosotros, porque nosotros ya nos despertamos oposición…” Pero Dios cumplirá su promesa, y habrá hombres que llevarán este evangelio hasta lo último de la tierra, con el poder del Espíritu Santo y entonces vendrá el fin. Es una promesa que debemos creer firmemente, cómo viendo al invisible.

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