Hace 22 años, estuve a punto de abandonar la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Muchos de mis amigos acababan de dejar la iglesia, y sus cartas de renuncia a la membresía me impulsaron a escribir la mía. Ellos sentían que ya no podíamos adorar junto a quienes creían en una doctrina supuestamente contraria a la Biblia y pagana: la Trinidad.

No fuimos un caso aislado

Sorprendentemente, nuestro caso no era una excepción, y otros han seguido el mismo camino. Es un hecho bien conocido y documentado que nuestros pioneros adventistas, en general, se oponían a la doctrina clásica de la Trinidad.

La historia muestra que los adventistas siguieron estudiando sus Biblias, y gradualmente llegaron a creer en la plena divinidad de Cristo, la personalidad del Espíritu Santo y la unicidad de tres Personas divinas. Para la década de 1940, la iglesia había llegado a ser predominantemente trinitaria.

Por lo tanto, es increíble que algunos miembros de iglesia hayan vuelto a oponerse a la doctrina de la Trinidad en los últimos años. Seguramente, hay muchas razones para esto. Cada persona tiene una experiencia única. Sin embargo, a lo largo de los años, he observado que la experiencia de mis amigos y la mía con la doctrina de la Trinidad se asemeja a la experiencia de otros que desde entonces han llegado a dudar y cuestionar la posición de la iglesia sobre la Trinidad.

Verdad y desconfianza

Las decisiones de rechazar la creencia en la Trinidad y de dejar la iglesia generalmente no surgen en un vacío. A menudo existe descontento y desconfianza hacia dirigentes de la iglesia, pastores y teólogos preparados. Cuando líderes locales o regionales de iglesia cuestionan creencias adventistas básicas o no dan un ejemplo de carácter amable y afectuoso, puede resultar más difícil que los miembros de su iglesia confíen en ellos. Todos deseamos en lo profundo de nuestro ser tener a alguien en quien podamos confiar.

“Yo admiraba a los primeros adventistas por su actitud receptiva hacia Dios, su deseo de crecer en la fe y la comprensión”.

Los adventistas creemos que “el Señor nos ha conducido”.1 Nuestros pioneros demostraron ser líderes de confianza en cuestiones de fe y práctica. En teoría, todos podríamos decir que nuestras creencias provienen de la Biblia. Pero, en la práctica, algunos eligen la primera comprensión de aquellos pioneros de confianza como su forma final en cuestiones de interpretación bíblica. Así, sin darse cuenta, eligen su comprensión de la tradición adventista como el lente a través del cual interpretan la Biblia. Esta forma de pensar dice estar comprometida con el “adventismo histórico”.

Cuando mis amigos y yo supimos, a mediados de los años ‘90, que nuestros pioneros adventistas, en general, no creían en la doctrina de la Trinidad, muchos empezamos a cuestionar esta doctrina. Cuando nos confrontábamos con las declaraciones de Elena de White acerca del Espíritu Santo como “la tercera Persona de la Deidad”,2 o las “tres Personas vivientes en el Trío celestial”,3 considerábamos que esas y otras citas parecidas eran falsificaciones, o intentábamos reinterpretarlas para alinearlas con nuestros puntos de vista. Creíamos sinceramente que los adventistas se habían opuesto en forma unificada a la doctrina de la Trinidad, hasta que esta se introdujo en la iglesia a comienzos de la década de 1930. Pensábamos que toda declaración trinitaria anterior a 1931 debía ser una falsificación posterior, porque no podíamos imaginar que los pioneros y Elena de White hubieran hecho tales declaraciones.

Nuestra duda metodológica no perdonaba nada, ni siquiera a la Biblia. Amigos míos desacreditaban partes de la Biblia que supuestamente no eran originales, porque esos versículos no se ajustaban a su comprensión de la doctrina de Dios. De esta forma, llegaron a ser inmunes al crecimiento espiritual en áreas que no estaban de acuerdo con sus puntos de vista. Los que llegaron a la conclusión de que Elena de White sí había escrito esas declaraciones trinitarias la rechazaron, diciendo que era una falsa profeta. Y también rechazaron las doctrinas del sábado y del Santuario, declarando que no eran bíblicas. La mayoría de quienes dejaron la iglesia por causa de esta doctrina no han regresado, porque nunca se cuestionaron sus propias presuposiciones críticas, que fermentaron todas las demás áreas de su vida.

Desde comienzos de la década de 1990 he observado tres olas en las que renació el antitrinitarismo. Cada ola se caracterizó por la misma mentalidad de duda metodológica, pero el progreso tecnológico ha aumentado el impacto de cada ola antitrinitaria en la iglesia. Mientras que la primera ola a comienzos y mediados de los ‘90 que nos afectó a mis amigos y a mí llegó básicamente por medio de libros y panfletos, la segunda ola, a mediados de la década de 2000, hizo un mayor uso de Internet. La tercera ola, a mediados y finales de la década de 2010, tuvo un estallido global por medio de las redes sociales.

Crecimiento en la comprensión

Podríamos preguntarnos por qué no abandoné la iglesia, y por qué continúo siendo miembro de ella. Más que nada, esto se debe al hecho de que seguí presuposiciones metodológicas algo diferentes.

En primer lugar, como mis amigos, yo pensaba que para que Dios pudiera haber guiado y usado a los primeros adventistas ellos debían ser perfectos en sus creencias y sus prácticas. Sorprendentemente, nosotros no cuestionamos esa suposición, a pesar de las dos realidades que siguen.

Nosotros creíamos que Dios también nos estaba guiando, aunque sabíamos dentro de nosotros que nuestro carácter y nuestras creencias estaban lejos de ser perfectos. Además, nunca vimos la conexión entre esa suposición y el hecho de que era necesario que Elena de White enviara a esos primeros adventistas testimonios de amonestación. Tiempo después, me di cuenta de que Dios utiliza a personas frágiles e imperfectas; una verdad que podemos constatar muchas veces en la Biblia.

En segundo lugar, nosotros pensábamos que la doctrina de la Trinidad ingresó a la Iglesia Adventista recién en la década de 1930. Utilizábamos las declaraciones de historiadores adventistas sobre la oposición inicial de los adventistas respecto de la Trinidad para confirmar nuestra posición. También llegamos a rechazar los comentarios categóricos de Elena de White acerca de la plena divinidad de Cristo y de la personalidad del Espíritu Santo, diciendo que eran falsificaciones posteriores.

Sin embargo, llegué a darme cuenta de que mis amigos se habían serruchado el piso a sí mismos: afirmaban que ciertas declaraciones y documentos eran falsificaciones sin tener pruebas contundentes de esto. Simplemente, lo eran porque esas declaraciones no se ajustaban a su punto de vista. Llegué a entender que, a pesar de que “Dios jamás ha quitado la posibilidad de dudar”, “nuestra fe debe reposar sobre evidencias”. De hecho, “Dios jamás nos pide que creamos sin darnos suficientes evidencias sobre las cuales basar nuestra fe”.4

Por lo tanto, razoné que Dios al menos proporcionaría alguna evidencia que permitiera detectar e identificar tales falsificaciones, si él deseaba que las reconociéramos como tales. De otro modo, ya no habría ningún sistema de controles y equilibrios. Cualquiera podría declarar que algo no es original simplemente porque no se ajusta a su comprensión actual de la verdad.

Además, tuve la impresión de que ahogaría cualquier crecimiento espiritual verdadero si yo limitara a Dios solo a los textos que no se oponían a mis creencias de ese entonces. Durante un período de cinco años, estudié materiales de los principios del Adventismo, y gradualmente llegué a darme cuenta de que nuestra narrativa de la historia de los inicios del Adventismo había sido selectiva y distorsionada.

En tercer lugar, no había sido consciente en absoluto de la enorme cantidad de material histórico que muestra cómo, ya en la década de 1890, los adventistas reflexionaban sobre (y apoyaban) la plena divinidad de Cristo, la personalidad del Espíritu y la relación armoniosa entre las tres Personalidades divinas. Periódicos, libros y correspondencia adventista de diferentes partes del mundo dan testimonio de ese crecimiento en la comprensión. Los comentarios trinitarios de Elena de White son ampliamente conocidos, pero algunas declaraciones de otros autores adventistas no lo son. A continuación, expondremos algunas de ellas.

Amplia documentación

En octubre de 1890, Charles Boyd escribió, por ejemplo, que la iglesia “está obrando por el mandato y el accionar de tres personajes distintos del cielo, para el incremento de la familia celestial”. En línea con Mateo 28:19, él identificó a estos tres personajes como Padre, Hijo y Espíritu Santo.5 De modo similar, George C. Tenney declaró catorce meses después que los adventistas “entienden que la Trinidad, cuando se refiere a la Deidad, está conformada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”.6 En 1896, agregó que la Biblia habla del Espíritu Santo “como una personalidad”, y no meramente como “una emanación de la mente de Dios”.7

Alrededor de un año después de que se publicara en los Testimonios especiales para ministros y obreros (1897) la declaración de Elena de White de que el Espíritu Santo es “la tercera Persona de la Deidad”, y tres meses antes de que esta reapareciera en El Deseado de todas las gentes (1898), Rufus A. Underwood reconoció: “Hoy en día me parece extraño que yo hubiera creído que el Espíritu Santo era solo una influencia”. Así, cuando descubrió que la Biblia hace referencia a ángeles –incluso ángeles caídos– como espíritus, concluyó que “podía entender mejor cómo el Espíritu Santo puede ser una persona”.8

Muchos otros llegaron a ser conscientes del tema por medio de las citas trinitarias de Elena de White, como es evidente en numerosos artículos y reportajes que citaban sus comentarios en los años subsiguientes.9 De este modo, George B. Starr remarcó, por ejemplo, que “las Santas Escrituras le atribuyen [al Espíritu] en todos lados todas las características de una persona” y “enseñan que hay tres personas en la Deidad”. Argumentaba: “Jesús da al Espíritu Santo, por medio del Espíritu de Profecía, la posición de tercera Persona de la Deidad”.10

Los adventistas fueron resistiéndose más y más a la idea de que no existía una Trinidad, y también fueron rechazando las ideas modalistas y triteístas de la Trinidad.11 En 1910, Stephen N. Haskell, amigo cercano de Elena de White, escribió que “el Espíritu Santo tiene una personalidad, y está representado como una inteligencia”. Y añadió: “Es evidente que el Espíritu Santo es parte de la Trinidad, y representa plenamente a Dios y a Cristo”.12

Tres años después, Francis M. Wilcox clarificó a sus lectores las creencias que los adventistas tenían en común. Wilcox llegaría a ser por muchos años editor de la Review and Herald y uno de los cinco fideicomisarios originales del Patrimonio de Elena de White, escogido por ella misma. Escribió: “Para beneficio de aquellos que deseen conocer en más detalle los aspectos esenciales de la fe que sostiene esta iglesia, declararemos que los adventistas creen: [1] En la divina Trinidad. Esta Trinidad está conformada por el Padre eterno […]; por el Señor Jesucristo […] por el Santo Espíritu, la tercera Persona de la Deidad, el agente regenerador en la obra de la redención”.13

Escribiendo desde Sudáfrica, Herbert Edmed declaró en 1914: “El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Deidad. […] Debemos reconocer que el Espíritu Santo no es meramente una influencia; tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento se refieren a él como una personalidad real. Dios quiere que veamos en el Espíritu Santo más que una influencia salvadora y afectuosa; él es nuestro Amigo personal: un Dios personal”.14

En el funeral de Elena de White, en julio de 1915, Arthur G. Daniells, entonces presidente de la Asociación General, rememoró su vida y su obra. Al hablar de sus logros, Daniells remarcó que sus escritos expusieron y exaltaron “al Espíritu Santo, la tercera Persona de la Deidad y el representante de Cristo en la Tierra […] como el Maestro y Guía celestial enviado a este mundo por nuestro Señor para hacer real en los corazones y las vidas de los hombres todo lo que él había hecho posible por su muerte en la Cruz”.15

Estos pocos ejemplos ilustran una gran cantidad de materiales que confirman la actitud cada vez más favorable del Adventismo hacia la idea de la unicidad de las tres Personas divinas, desde la década de 1890 hasta la de 1910. La narrativa de que esta idea recién se introdujo en el Adventismo en la década de 1930 ya no se podría sostener.

Una decisión personal

Yo admiraba a los primeros adventistas por su actitud receptiva hacia Dios, su deseo de crecer en la fe y la comprensión, y su búsqueda de la verdad. Su continuo estudio de la Biblia los llevó a adoptar la creencia de tres Personas divinas que están tan unidas en pensamiento, planes y acciones que son realmente uno. Luego de estudiar este tema en la Biblia por cinco años y de examinar la trayectoria de estos primeros adventistas, seguí en sus pisadas y acepté la doctrina bíblica de la Trinidad.

La mayoría de mis amigos de aquel entonces eligió caminos que los alejaron de la iglesia, los alejaron mutuamente, e incluso los alejaron de su fe en Dios, porque su duda metodológica y su actitud crítica impregnó todas las áreas de su vida. Aferrarse tanto a las ideas personales, al punto de que uno se vuelve inmune a las pruebas contundentes, es una senda peligrosa. Los adventistas que se concentran en otros adventistas de esta forma crítica ahogan su propia utilidad para proclamar el evangelio a quienes ansían recibirlo, así como la utilidad de la iglesia para hacerlo. Frustran la razón fundamental por la que Dios levantó a esta iglesia: para proclamar el evangelio a todo el mundo, compartiendo el mensaje de salvación con personas que la necesitan. RA


Referencias:

1 Elena de White, Notas biográficas, p. 193.

2 ______________, El Deseado de todas las gentes, p. 625.

3 ______________, Special Testimonies, Serie B, N° 7 (1905), p. 63, en El evangelismo, p. 616.

4 ______________, El camino a Cristo, p. 90.

5 Charles L. Boyd, en Bible Echo and Signs of the Times, 15 de octubre de 1890, p. 315.

6 [G. C. Tenney], en Bible Echo and Signs of the Times, 15 de diciembre de 1891, pp. 378, 379; cf. ibíd., en Bible Echo and Signs of the Times, 1º de abril de 1892, p. 112.

7 G. C. Tenney, en Review and Herald, 9 de junio de 1896, p. 362.

8 R. A. Underwood, en Review and Herald, 17 de mayo de 1898, p. 310.

9 Ver D. Kaiser, “The Reception of Ellen White’s Trinitarian Statements by Her Contemporaries (1897–1915)”, Andrews University Seminary Studies 50, N° 1 (2012), pp. 25-38.

10 G. B. Starr, en Union Conference Record, 31 de diciembre de 1906, p. 2.

11 Robert Hare, en Union Conference Record, 19 de julio de 1909, p. 2.

12 S. N. Haskell, en Bible Training School, 1º de diciembre de 1910, p. 13.

13 [F. M. Wilcox], en Review and Herald, 9 de octubre de 1913, p. 21.

14 Herbert J. Edmed, en South African Missionary, 19 de mayo de 1914, p. 3.

15 A. G. Daniells, en Review and Herald, 5 de agosto de 1915, p. 7.

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