Persépolis. El palacio de verano. La ciudad de los Persas, como la llamaron los griegos. Parsa, como la llamaba Ester, la reina. Su suegro, Darío, y su marido, Asuero, más conocido como Jerjes I, habían construido esta imponente ciudad, cuyas ruinas permanecerían hasta hoy. Allí, miles de turistas –y algunas iguanas- pueden observar e imaginar, maravillados, lo que debió haber sido este lugar.

Susa. El palacio de invierno. No queda nada en Susa. Solo desierto y alguna roca aquí o allá, que tal vez –o no– haya pertenecido al palacio donde Ester pasó la mayor parte de su vida. Solo queda el calor. Sofocante. Que también la reina Ester sufrió. Sea cual fuere la estación del año, la vida de la corte era… vida de la corte.

Fiestas. Moda y rutinas de belleza. Charlas con Asuero. Noches con Asuero. Músicos y artistas. Banquetes. Más banquetes. Más entretenimiento. Noches en que Asuero llamaba a otra reina. O a otra favorita. Historias en el harén. Intrigas. Más fiestas. Más moda y rutinas de belleza…

Y después viene tu primo y te pide que tengas fe inquebrantable en el Dios del cielo (Est. 4:13, 14). Ese Dios que no tenía ningún lugar en el palacio de Susa ni en el de Persépolis, ni el de Ecbatana ni en ningún otro del Imperio Persa.

Siempre me pregunté de dónde salió la fe de Ester. Ella no había hablado públicamente de su identidad judía. Y así tenía que vivir. ¿Con qué podía, entonces, alimentar su fe? ¿Con recuerdos de la infancia? El profeta Daniel vivió un desarraigo similar cuando fue llevado a la corte de Nabucodonosor. Pero él reveló su identidad desde el principio.

La fe de Ester es un gran enigma para mí. Seguro que en el cielo escucharé fascinada su historia. Mientras tanto, trato de entender…

“Ester no declaró cuál era su pueblo ni su parentela, porque Mardoqueo le había mandado que no lo declarase. Y cada día Mardoqueo se paseaba delante del patio de la casa de las mujeres, para saber cómo le iba a Ester, y cómo la trataban” (Est. 2:10, 11). Es justamente Mardoqueo, su primo, quien me ayuda a entender la fe de Ester.

Había una relación profunda entre primos (Est. 2:5-7). Más bien, entre padre e hija, ya que Mardoqueo era mayor que ella y la había adoptado cuando los padres de la pequeña murieron. Aunque alejado de su vida en el palacio, Mardoqueo le enviaba mensajes, la alentaba y le infundía fuerzas.

Si hay alguien en tu vida que te anima y te motiva en circunstancias adversas, sabes de lo que estoy hablando. Sabes cuán importante es esa persona para ti. Y sabes, también, que esa persona tendrá una gran influencia en el momento de tomar decisiones. Y en el momento de tener fe.

¿Acaso la reina Ester buscaba imitar la fe de Mardoqueo? ¿Su fe tal vez no era sólida, pero la de él sí? No sé las respuestas. Pero sé que la fuerza del amor entre dos personas que buscan edificarse mutuamente es inmensa, y que puede tener una gran influencia sobre la experiencia de la fe.

Nos podemos acercar a Dios cuando pasamos tiempo con personas que tienen una relación con Dios. Nuestra débil fe se inspira al ver la gran fe de alguien a quien queremos. La cercanía de un hijo o una hija de Dios nos ofrece una ilustración práctica y visual de lo que significa vivir para Dios.

Así como las malas compañías tienen una influencia nefasta en nuestra vida, las buenas compañías nos afectan para bien. Y nos pueden ayudar a crecer en la fe. Como bien lo dijo Salomón: “El justo sirve de guía a su prójimo” (Prov. 13:26).

Si, por alguna razón, tu fe está pasando por un mal momento, mira a tu alrededor y busca a algún “Mardoqueo”. Pide a Dios que te ayude a encontrar a esa persona que vive una relación sana y equilibrada con él. Alguien que pueda contagiarte su entusiasmo por el estudio de la Biblia. Alguien que te ayude a mirar a Jesús. Sea cual fuere la “estación del año” por la que estés pasando, no necesitas avanzar solo. RA

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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