Allí estaba. En la sección de Medicina Nuclear de este inmenso hospital. La primera parte del estudio había terminado, y estaba sentada en el pasillo esperando que llegara mi turno para la segunda parte. Pero, antes necesitaba hacer algo que nadie podía hacer por mí. Así que, me dirigí hacia mi destino, no muy lejos de ahí.

Un poco más lejos, veo que en el pasillo había una camilla pequeña, alta, rodeada por médicos y enfermeras. Se me rompe el corazón cuando paso al lado y veo al recién nacido, objeto de todas las atenciones de los que lo rodeaban. Sondas, tubos… ¿Qué hace un recién nacido aquí? fue lo primero que pensé. ¡Todo es radioactivo en este lugar! ¡Ni las mujeres embarazadas deberían entrar! No debe haber ninguna otra opción para este bebé… de apenas unos días.

A la vuelta, pasé nuevamente al lado de la pequeña camilla. Solo había una enfermera con él. Y estaba en la misma posición que antes, con su mano al lado del bebé. Pero no era ella la que lo acariciaba; era el pequeño quien se estaba aferrando de uno de sus dedos. Ya lo había visto así antes. Y después, sentada mientras seguía esperando, él –o ella– seguía aferrado del dedo de la enfermera. Y así quedaron, unidos los dos, hasta que no los vi más.

Me quedé pensando en este recién nacido. Todo era hostil para él. Todo. Pero, como en un acto de esperanza, no soltaba el dedo de la enfermera. No importaban los tubos, ni las sondas, ni la radioactividad, ni las razones que le impedían vivir una vida de recién nacido, sano y feliz junto a su familia. ¡No, señor! Había un instinto en él que lo empujaba a aferrarse, concentrado y decidido, a la fuente de cariño que tenía a su disposición.

Muchas veces, cuando la vida nos presenta una buena crisis o una situación en la que necesitamos confiar en Dios de manera especial, necesitamos concentrarnos. Y esa concentración pasa por nuestra decisión de aferrarnos de Dios y no soltarlo. Con un movimiento de nuestra voluntad, decidimos focalizarnos en el Único que puede llevarnos a un lugar seguro.

Decidimos pasar más tiempo con Dios en oración. Más tiempo leyendo la Biblia. Decidimos tener conversaciones constructivas sobre las circunstancias adversas que estamos viviendo. Decidimos mirar hacia todo lo bueno que nos rodea, todas las bendiciones que Dios nos ha dado. ¡No soltamos el dedo de Dios! Seguimos aferrados a él hasta que tenemos la seguridad de su bendición.

Como Jacob, allá, en el arroyo de Jaboc, cerca de las actuales ruinas de la ciudad de Petra, en Jordania. Estaba angustiado ante la perspectiva del encuentro con su hermano Esaú. Pero no tenía otra opción: tenía que pasar por el territorio de Edom, tierra de su hermano que lo odiaba, para poder llegar a su destino final en Siquem, Canaán. Pero, cuando llega el momento crítico, Jacob se concentra. Piensa que está luchando con su hermano, pero pronto se da cuenta de que su “adversario” no es Esaú sino Dios. Entonces se aferra aún más a él. “No te dejaré, si no me bendices”, le respondió (Gén. 32:26).

Dios lo bendijo. Y salió Jacob de aquel lugar con la convicción de que no estaba solo para enfrentar a Esaú. Dios lo estaba dirigiendo y protegiendo. Dios estaba por abrir ante él un momento inolvidable en su vida, y en la vida de Esaú. Pero, hasta que ese momento llegara, Jacob tenía que creer que Dios era capaz de proveer una solución.

Los momentos de crisis nos enseñan mucho acerca de nuestra capacidad de ejercer fe en Dios. Mucho depende de cuánto nos aferramos a Dios o, por el contrario, cuán distraídos estamos cuando las cosas van bien. El problema es que es muy fácil distraernos. Pasamos mucho tiempo en cosas que no tienen valor para crecer en nuestra relación con Dios. Y nos acostumbramos a esas distracciones. Entonces, cuando estamos sobre una camilla en el hospital, entubados y con sondas, no tenemos el reflejo natural de aferrarnos del dedo de Dios. Allí, en medio de nuestras crisis, seguimos distraídos, sin buscar al Único que puede darnos la fuerza y el cariño que necesitamos para salir adelante.

Cuando las cosas van bien (o mal), necesitamos aprender a concentrarnos en Dios. Necesitamos buscar su cariño. Él siempre estará esperando que lo busquemos y, cuando lo hagamos, allí estará para darnos lo que más necesitemos, aunque solo sea su mano, para que llenos de esperanza nos aferremos a él. RA

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