“Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb. 12:1, 2).

¿Qué hace un escritor o un artista? Ellos crean. Un creador humano crea utilizando los elementos que están a su disposición: palabras, materiales de construcción, notas musicales, alimentos, colores, telas… Plasma sus ideas en una obra que refleja algo nuevo y original. Pero el autor humano no puede crear los materiales con los cuales va a trabajar. No ha inventado las palabras ni la materia prima con la que se hacen los materiales de construcción o las telas, ni el sonido, ni las frutas ni los colores primarios. Su creación tiene límites. Los límites que le imponen la materia prima.

En cambio, Jesús, el Autor divino, utiliza los elementos que él mismo creó. Me lo imagino allí, en el principio, en concilio con Dios el Padre y Dios el Espíritu Santo, definiendo los colores primarios para nuestra Tierra, o decidiendo la composición química de la clorofila… Dios crea ahí donde nada existe.

Cuando hablamos de la Creación, estamos de acuerdo con la acción creadora de Dios y con su poder para crear algo de la nada. Pero por alguna razón, cuando se trata de lo que Dios puede crear en nuestra propia vida –nuevos impulsos y pensamientos, nuevas maneras de ver las cosas, etc.–, podemos estar tentados a pensar que algo tiene que existir, alguna materia prima, para que Dios pueda usarla en su creación espiritual. Y ahí es cuando perturbamos la obra creadora de Dios en nuestra vida.

Si queremos aumentar nuestra fe por nuestros propios esfuerzos, terminaremos frustrados”.

Como lo declara la Carta a los Hebreos, es Jesús quien crea nuestra fe. La crea sin los materiales que nosotros podríamos traer. Él crea la materia prima a partir de la cual la fe podrá nacer. Si hace mucho que estoy en la iglesia pero no estoy contento con mi pobre fe, lo único que yo puedo hacer es pedirle que siga trabajando en mí. Pero aun cuando estoy muy lejos de él, aunque no le pida nada, Dios estará trabajando en mi corazón para despertar pensamientos que me inviten a considerarlo como una opción válida para mi vida.

Es su Santo Espíritu el que va a crear en mis pensamientos una idea real de mi condición de pecado, y me va a guiar hacia Aquel que puede crear fe en Jesús en mi corazón. Elena de White describe este proceso contundentemente: “Debo arrepentirme primero –dicen algunos–. Debo avanzar hasta aquí por mí mismo, sin Cristo, y entonces Cristo sale a mi encuentro y me acepta.

“Ustedes no pueden tener un pensamiento sin Cristo. No pueden tener la inclinación de acudir a él a menos que él ponga en movimiento influencias e impresione su Espíritu en la mente humana. Y si hay un hombre sobre la faz de la Tierra que tiene alguna inclinación hacia Dios, es a causa de las muchas influencias que se han puesto en acción, dirigidas a su mente y corazón. Esas influencias invitan a la lealtad a Dios y al aprecio de la gran obra que Dios ha hecho por él” (Elena de White, Fe y obras, p. 73).

Un día me encontraba observando a dos niños pequeños. Uno era mayor que el otro, y estaba absorto pegando figuritas sobre una gran hoja de papel. Estaba creando una imagen simétrica y hermosa. Se notaba que en su mente había una idea clara de lo que quería hacer. Tal vez veía, con los ojos de la imaginación, el resultado final. El otro niño, el menor, estaba inquieto. Observaba todo lo que había alrededor y parecía distraído y aburrido. Hasta que decidió “ayudar” al otro niño en su creación. No necesito explicarles el resultado de esta intromisión: a los pocos minutos se desató la pelea, y la “obra” se convirtió en un divertido caos.

Para crecer en nuestra fe, no necesitamos entrometernos en lo que Dios hace por nosotros. Si queremos aumentar nuestra fe por nuestros propios esfuerzos, terminaremos frustrados. Lo que sí podemos hacer es caer de rodillas cada día y pedir a Dios que trabaje en nuestro corazón y que cree en nosotros la obra de arte que él desea que seamos. Solo así podremos sorprendernos, y llenarnos de alegría y emoción ante la obra que el gran Autor del universo hará en nuestra vida. RA

 

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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