Al leer el capítulo 26 del libro de Deuteronomio, encontramos el consejo de parte de Dios de presentar a los sacerdotes una ofrenda especial de agradecimiento, de reconocimiento por haber sido liberados de la esclavitud: “Y lo dejarás delante de Jehová tu Dios, y adorarás delante de Jehová tu Dios. Y te alegrarás en todo el bien que Jehová tu Dios te haya dado a ti y a tu casa” (Deut. 26:10, 11).

En estos versículos podemos encontrar una secuencia en la que la alegría es lo que sucede al agradecimiento. Actualmente Dios nos sigue liberando de la esclavitud del pecado, y esto también es motivo más que suficiente para presentar nuestras “primicias” a Dios como agradecimiento por llevarnos a la libertad.

Dice Elena de White: “El lado brillante y feliz de nuestra religión será representado por todos los que se consagran diariamente a Dios. Ellos le expresarán su gratitud trayendo sus ofrendas de agradecimiento” (Manuscrito 70, 6 de noviembre de 1897).

Ser agradecidos es esencial para crear un ámbito de felicidad y armonía en nuestra vida y nuestros hogares”.

El consejo de Dios se repite en múltiples ocasiones en la Biblia y en los escritos de Elena de White: ser agradecidos es esencial para crear un ámbito de felicidad y armonía en nuestra vida y nuestros hogares.

En la antigüedad, los filósofos hablaban de los beneficios de la gratitud. Cicerón decía: “La gratitud no es solo la mayor de las virtudes, sino la madre de todas las demás”. Séneca expresó: “No hay nada más honorable que un corazón agradecido”. No hay duda de que agradecer los actos de bondad que recibimos habla bien de nosotros, y es aceptado por la sociedad como una característica positiva.

Cuando un bebé recién nacido succiona el pecho de su madre, provoca la liberación de la hormona oxitocina, que es la encargada de estimular la secreción de la leche materna. Pero no es solo alimento lo que consigue: también recibe amor, afecto y protección; sentimientos y cuidados que son inducidos en el sistema nervioso central por esta hormona. Hoy se dice que la oxitocina es la hormona de las relaciones sociales, pues es el elemento aglutinante entre los adultos, principalmente en las relaciones más cercanas, como la pareja y la familia. La oxitocina colabora protegiéndenos del daño que puede causar el estrés elevado, reduce las enfermedades cardiovasculares, y ayuda en varios otros aspectos de nuestra salud social, mental y física.1 Al agradecer en forma sincera a las personas que más amamos, aumenta la liberación de oxitocina en nuestro sistema nervioso y fortalecemos los lazos de esa relación y la salud de todos.2

En el momento en que decimos gracias se activan más las áreas del cerebro relacionadas con el razonamiento moral y los sentimientos positivos.3 Por eso, las personas agradecidas se preocupan por preservar y mejorar el bienestar de quienes los rodean, al tratar a los demás como iguales y preocuparse por ellos. En estudios realizados con jóvenes, se demostró que aquellos que son más agradecidos presentaron un mayor nivel académico, se integraban mejor en la sociedad, se sentían más satisfechos con su vida y tenían menos depresión.4

La gratitud implica querer lo que uno tiene, en lugar de luchar por tener lo que uno quiere. Esta forma de ver la vida nos lleva a tener metas intrínsecas, en que lo más importante es lo interior, la comprensión, el respeto, el amor y la amistad, siendo lo opuesto a las metas extrínsecas, en que lo primordial es la imagen y lo material.

Al estudiar a un grupo de más de 2.500 adolescentes relacionando la gratitud con las actividades religiosas, se observó que aquellos que tienen amigos comprometidos en actividades religiosas estaban más dispuestos a ser agradecidos, comparados con los que no tenían amigos creyentes. También se pudo comprobar cuánto ayuda en este tema buscar a Dios con la seguridad de que él escucha las oraciones y actúa frente a nuestros pedidos.5

Al evaluar a personas mayores, se pudo obtener resultados similares, ya que había mayor gratitud en aquellos que asistían a la iglesia regularmente y/o confiaban en la seguridad que nos ofrece nuestro Padre. En esta investigación se observó también que aquellas personas con problemas económicos los enfrentaban mejor si dejaban sus problemas en manos de Dios.6

No todas las personas saben expresar su agradecimiento. Algunos fueron educados de una manera rígida, en que lo habitual no era demostrar los sentimientos. Aunque nos cueste decir gracias, es importante que la persona que está a nuestro lado sepa que estamos contentos con su compañía. Muchas veces esto se puede expresar con un gesto, una sonrisa. Si es un familiar cercano, el contacto y el abrazo son valiosos para expresar cuánto apreciamos al otro. Si estamos frente a un compañero de trabajo o un empleado, no se pierde la autoridad por decir gracias; todo lo contrario, decir gracias es una virtud que nos hace mejores hijos de Dios y mejores ciudadanos.

En la historia de los diez leprosos que fueron curados por Jesús, solamente uno de ellos se volvió para agradecer a Cristo, y por eso recibió el regalo más valioso que puede recibir cualquier ser humano, que es la salvación (Luc. 17:19). Puede ser que sepas que tu nombre ya está escrito en el Libro de la Vida; esto es un motivo de agradecimiento, de felicidad. Cada mañana al despertar, sabiendo que somos salvos, debemos alegrarnos por eso y agradecer a Dios por el Don que nos da. Así como una persona fue salva por haber dado gracias, es posible que nuestro reconocimiento hacia las personas con quienes compartimos cada día de nuestra vida –familiares, vecinos, compañeros de trabajo, el cartero o el basurero– sirva como medio para transmitir la salvación. Estamos en una sociedad individualista, egoísta, y esa palabra sincera: “Gracias”, que sale del corazón, puede ser la herramienta que Dios utilice para llegar a conmoverlos, y que razonen que se puede vivir mejor y más feliz, y en algún momento buscarán conocer más acerca del amor de Dios.

Agradecer los actos de bondad que recibimos habla bien de nosotros, y es aceptado por la sociedad como algo positivo”.

El apóstol Pablo nos recomienda, inspirado por Dios: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros […]. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones […] y sed agradecidos” (Col. 3:12-15). Aquí Dios nos está hablando de paciencia, humildad, amor; de soportarnos mutuamente. Nos llama a mejorar nuestras relaciones humanas, a crear y fortalecer los vínculos, con fines eternos. Utilicemos el poder del agradecimiento para hacer la voluntad de Dios y crear un ambiente de felicidad y armonía en nuestra vida y en la de las personas que nos rodean.  RA

Te invitamos a leer también «La dicha del perdón» aquí http://revistaadventista.editorialaces.com/index.php/2018/05/23/la-dicha-del-perdon/.


Referencias:

1 T. W. Smith, B. N. Uchino, “Effects of Couple Interactions and Relationship Quality on Plasma Oxytocin and Cardiovascular Reactivity: Empirical Findings and Methodological Considerations”, International Journal of Psychophysiology 88, 3 (junio de 2013), pp. 271-281.
2 S. B. Algoe, B. M. Way, “Evidence for a role of the oxytocin system, indexed by genetic variation in CD38, in the social bonding effects of expressed gratitude”, Social Cognitive and Affective Neuroscience 9, 12 (diciembre de 2014), pp. 1.855-1.861.
3 G. R. Fox, J. Kaplan, H. Damasio, “Neural correlates of gratitude”, Frontiers in Psychology 6 (septiembre de 2015), p. 1.491.
4 J. J. Froh, R. A. Emmons, “Gratitude and the reduced costs of materialism in adolescents”, Journal of Happiness Studies, 12 (abril de 2011), pp. 289-302.
5 R. Krauss, S. A. Desmond, “Being Thankful: Examining the Relationship Between Young Adult Religiosity and Gratitude”, Journal of Religion Health 54 (julio de 2014), pp. 1.331–1.344
6 N. Krause, “Religious Involvement, Gratitude, and Change in Depressive Symptoms Over Time”, International Journal for the Psychology of Religion 19 (julio de 2009), pp. 155–172.