No hay dudas acerca del efecto que tiene el estrés sobre nuestra salud. Este es un tema que ya ha sido estudiado ampliamente. Hay elementos que ayudan a mitigar el estrés, como el ejercicio, una alimentación correcta y el descanso. En realidad, los ocho verdaderos remedios que Dios nos propone son más que valiosos para poder contrarrestar el efecto nocivo del estrés.

Por otro lado, aunque los principios de salud adventistas nos dan sensación de confianza o seguridad, hay un enemigo que supera nuestros cuidados: las malas relaciones sociales. Parece irónico, pero los estudios actuales sugieren que, a pesar de los aumentos en la tecnología y la globalización que presumiblemente fomentarían las conexiones sociales, las personas están cada vez más aisladas socialmente. Hoy ya se sabe que la soledad es un factor de riesgo que se puede comparar con el tabaquismo o el alcoholismo, e incluso es más peligroso que la obesidad y el sedentarismo.1 ¿Podría ser que nos estemos aislando socialmente, y que eso genere ansiedad, estrés, e incluso depresión? Ser parte de un grupo crea en nosotros un rol significativo, lo que aumenta la autoestima y nos brinda un propósito en la vida, y esto produce cambios en nuestro organismo que son saludables.

Sin embargo, hay veces en que la ansiedad surge en las personas a partir del daño que alguien les haya causado. Algunos han perdido a un familiar en un accidente automovilístico en que el conductor estaba ebrio, o han sido víctimas de un asalto u otro acto violento. Otros han sido objeto de maltratos, y todo esto es una importante causa de estrés. Además de los ocho remedios naturales, se ha encontrado un elemento más que nos protege del estrés: el perdón.

Hoy, podemos afirmar con seguridad que el perdón colabora sustancialmente con nuestra salud mental y física, al tiempo que ayuda a controlar los efectos nocivos del estrés. Los hallazgos actuales demuestran cómo los efectos dañinos del estrés pueden ser compensados por los efectos del perdón.2

Según la Real Academia Española, el perdón “es la remisión de la pena merecida, de la ofensa recibida o de alguna deuda u obligación pendiente”.

Si analizamos el perdón como un proceso intelectual, podemos decir que es la experiencia cognitiva-motivacional–emocional de disminución de la negatividad y el aumento de la positividad hacia alguien que haya actuado mal.

«Hoy, podemos afirmar con seguridad que el perdón colabora sustancialmente con nuestra salud mental y física”.

Ver a alguien de manera negativa es un rasgo, un estado. Pero también ese rasgo es dinámico, por lo que, en pocos días, aquel que hoy está ofendido puede reflexionar sobre lo sucedido y perdonar más fácilmente. Cada momento que nuestra mente dedica a los pensamientos negativos produce alteraciones en la salud mental y física. Cuanto antes hagamos el cambio y nos permitamos ver a la otra persona a través del prisma del perdón, menos daño estaremos causando a nuestra salud.3

Personalmente, he trabajado como médico por varios años atendiendo soldados que lucharon en la Guerra de las Malvinas. He podido escuchar, de primera fuente, algunas historias escalofriantes. La sensación permanente de muerte inminente, observar la agonía de sus compañeros, la culpa por haber matado a alguien o por no haber podido evitar la pérdida de aquel que confiaba en él; todo esto deja secuelas psicológicas imborrables que, en muchos casos, son causa de posteriores adicciones, violencia y destrucción de la familia. Las consecuencias son de tal magnitud que algunos han llegado al suicidio.

Lo notable es que, en los estudios con veteranos de guerra con secuelas similares, aquellos a los que más les costaba perdonar tenían más depresión y sufrían más del trastorno por estrés postraumático. También se observó algo interesante: aquellos que se apoyaban en Dios y veían la religión como un elemento positivo presentaban una mejoría del trastorno por estrés postraumático.4 Esto último nos lleva a reflexionar precisamente en el perdón de Dios, ya que muchas veces el perdón no solamente consiste en perdonar al otro sino, también, en autoperdonarse; es decir, reducir las culpas por errores pasados. Saber que nuestro Padre y Creador perdona todos nuestros pecados, grandes o pequeños, es un bálsamo para el espíritu herido.

“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado” (Sal. 32:1). El canto de alabanza a Dios por haber recibido el perdón refleja la necesidad vital que todo ser humano tiene de sentirse perdonado. Pero ese perdón se perfecciona al perdonar a nuestro prójimo. Al leer que debemos cambiar de pensamientos negativos a positivos podemos pensar que hay personas que no tienen nada de positivo y por eso nos cuesta tanto perdonarlas. Tal vez nos han hecho tanto daño que el sentimiento negativo es muy superior a toda idea benigna. Observar a nuestro Salvador en la cruz y pensar que murió allí por las mismas personas que se burlaban de él en ese momento nos lleva a reflexionar que Cristo vino a la Tierra por todos los seres humanos, buenos y malos. El mayor acto de amor del universo fue hecho para esa persona que hoy recuerdas y produce en ti sentimientos y pensamientos negativos.

Dice Elena de White: “Si tus hermanos yerran, debes perdonarlos. Cuando vienen a ti confesando sus faltas, no debes decir: No creo que sean lo suficientemente humildes. No creo que sientan su confesión. ¿Qué derecho tienes para juzgarlos, como si pudieras leer el corazón? La Palabra de Dios dice: ‘Si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti tu hermano, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale’. Y no sólo siete veces, sino setenta veces siete, tan frecuentemente como Dios te perdona. Nosotros mismos debemos todo a la abundante gracia de Dios. La gracia, en el Pacto, ordenó nuestra adopción. La gracia, en el Salvador, efectuó nuestra redención, nuestra regeneración y nuestra exaltación a ser coherederos con Cristo. Sea revelada esta gracia a otros” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 195).

El perdón es salud, es liberación. Pídele hoy a Dios que, así como él te perdonó, ponga en ti un espíritu perdonador; incluso por aquella persona a la que nunca creíste posible perdonar. RA


Referencias:

1 L. Toussaint, G. Shields y G. Slavich, “Forgiveness, Stress, and Health: a 5-Week Dynamic Parallel Process Study”, Annals of Behavioral Medicine, vol. 50, núm. 5 (2016), pp. 727-735.
2 L. Toussaint, G. Shield y  G. Dorn, “Effects of lifetime stress exposure on mental and physical health in young adulthood: How stress degrades and forgiveness protects health”, Journal of Health Psichology, vol. 21, núm. 6 (junio de 2016), pp. 1.004-1.014.
3 C.V. Witvliet, K.A. Phipps y M.E. Feldman, “Posttraumatic Mental and Physical Correlates of Forgiveness and Religious Coping in Military Veterans”, Journal of Traumatic Stress, vol. 17, núm. 3 (junio de 2004), pp. 269-273.
4 J. Holt-Lunstad, T.B. Smith y J. B. Layton, “Social relationships and mortality risk: a meta-analytic review”, PLoS Medicine, vol. 7, núm. 7 (julio de 2010).