CÓMO GUARDAR EL SÁBADO

El sábado es un regalo de Dios para nosotros (Mar. 2:27). Con el acto de bendecir y santificar el sábado, Dios expresó su amor e interés por la humanidad (Gén. 2:1-3). Quizás el pasaje que más nos ayuda a entender la naturaleza de la bendición del sábado sea la historia del maná. En el contexto de la aridez del desierto y de las quejas del pueblo ante la imposibilidad de conseguir comida, el milagro de la conservación del maná durante el séptimo día revela claramente que el sábado es un don de Dios, quien proporciona sustento y vida: “Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná […] para hacerte saber que no solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová” (Deut. 8:3). Así, el sábado es una invitación a dejar de buscar beneficios materiales; a sentirse satisfechos con lo recibido en la semana, y así estar disponibles para disfrutar sin interferencias de la presencia  de Dios y de su Palabra.

Sin embargo, ¿podría ser que, a veces, siendo hijos del Rey, nos contentemos con las “migajas que caen de la mesa”, en vez de arrimar una silla al banquete? Considerando todo lo que está en juego, no podemos darnos el lujo de tomar livianamente la observancia del sábado.

El fundamento para nuestra comprensión y observancia del sábado es una relación personal estrecha con Cristo. En Jesús tenemos recursos ilimitados, y sin él nuestras creencias y actividades religiosas son nulas y vacías. En ese sentido, el sábado no es algo aislado del resto de la semana, sino que debería ser la frutilla del postre de una relación diaria y constante con Jesús, en comunión.

“Durante toda la semana, debemos recordar el sábado y hacer preparativos para guardarlo […]. Debemos comprender su importancia espiritual sobre todas las acciones de nuestra vida. Todos los que consideren el sábado como una señal entre ellos y Dios […] diariamente rogarán que la santificación del sábado descanse sobre ellos. Cada día tendrán el compañerismo de Cristo” (Testimonios, t. 6, p. 355).

Por otro lado, aunque la preparación para el sábado debería mantenerse en mente durante toda la semana, el viernes es el día especial de preparación. El consejo inspirado es que cuidemos “que toda la ropa esté lista y que se haya cocinado todo lo que debe cocinarse, que se hayan lustrado los zapatos y tomado los baños. […] Antes de que se ponga el sol debe ponerse a un lado todo trabajo secular, y guardarse fuera de la vista todas las publicaciones seculares” (ibíd., pp. 356, 357). Además, en la actualidad podríamos añadir apagar la televisión, la radio, la computadora, y todo otro medio que podría distraer nuestros pensamientos hacia las cosas seculares.

En Jesús tenemos recursos ilimitados, y sin él nuestras creencias y actividades religiosas son nulas y vacías”.

En este sentido, “debemos cuidar celosamente los extremos del sábado. […] Antes de la puesta del sol, congréguense los miembros de la familia para leer la Palabra de Dios, y para cantar y orar” (ibíd., p. 357). El culto vespertino del viernes debería ser especial y creativo, con cantos apropiados y alguna historia especial, si hay niños.

Sobre el día sábado propiamente dicho, la sierva del Señor aconseja: “No se malgasten en cama las preciosas horas del sábado. El sábado de mañana, la familia debe levantarse temprano” (ibíd., p. 358). Al hacerlo así, se puede evitar el apresuramiento y la confusión en los preparativos para desayunar y llegar a tiempo a las reuniones de la iglesia.

“No debemos proveer para el sábado una cantidad o variedad mayor de alimentos que para los otros días. En vez de esto, los alimentos deben ser más sencillos, y debe comerse menos, con el fin de que la mente esté clara y vigorosa para comprender las cosas espirituales. […] Y sean las comidas, aunque sencillas, atrayentes y sabrosas. Provéase algo que sea considerado como un plato especial, algo que la familia no tiene cada día” (ibíd.).

El día sábado, “cuandoquiera que se presente la oportunidad, debemos hablar a otros acerca de la verdad. Debemos estar siempre listos para aliviar los sufrimientos y ayudar a los que están en necesidad”. Con todo, “no debemos hablar de negocios ni dedicarnos a conversaciones comunes y mundanas” (ibíd., p. 361).

Dios desea encontrarse contigo cada sábado. Desea que ese día santo sea la cúspide de una relación constante con él. Si haces los preparativos adecuados y, especialmente, predispones tu corazón y tu mente a fin de tener ese encuentro especial cada séptimo día con él, “entonces hallarás tu gozo en el Señor” (Isa. 58:14). RA

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