El año 2020 comenzó con muchas expectativas, y se espera que termine lleno de incertidumbre con la llegada de la COVID-19. Incluso conociendo las profecías de los últimos días, nadie imaginó que todo sucedería como sucedió, con tantas personas contaminadas y muertas, y con mucha confusión al enfrentar la pandemia. A esto se le suma un planeta paralizado y una cuarentena prolongada.

Los ciudadanos comunes, así como autoridades, empresarios, comerciantes, educadores y profesionales de la salud vieron colapsar sus planes, y todo fue trastornado. La iglesia también tuvo que reorganizarse, cambiar proyectos y reducir gastos; hacer un uso más intensivo de los recursos virtuales, fortalecer el cuidado espiritual, repensar cómo efectuar la misión y expandir proyectos solidarios. Y usted, ¿cómo ha enfrentado tantos cambios en los planes? ¿Con ansiedad, frustración y desánimo o coraje, esperanza y fe?

La Biblia nos abre los ojos y nos ayuda a comprender cómo Dios enfrenta las crisis que frustran los planes y hacen que el futuro sea incierto. Uno de los ejemplos sorprendentes está en Hechos 16, cuando la iglesia estaba experimentando un gran crecimiento (Hech. 16:5) y proyectaba llegar a Asia. Pero, de repente, Dios lo cambió todo.

Pablo y su equipo ya estaban preparados para el nuevo proyecto misionero, cuando “les fue prohibido por el Espíritu Santo”. Cambiaron su ruta yendo hacia Bitinia, y nuevamente “el Espíritu no se lo permitió”. Todos los planes ya se habían frustrado cuando llegó un llamado sobrenatural para dirigirse a Macedonia (Hech. 16:6-10), uno de los países más grandes de Europa, con más de cien aldeas.

Desde su llamado al ministerio en el camino a Damasco, Pablo había aprendido a aceptar los cambios radicales del Señor. Por lo tanto, cuando Dios hizo un ajuste de planes, él y su equipo no tuvieron dudas: “En seguida procuramos partir […] dando por cierto que Dios nos llamaba” (Hech. 16:10). Los resultados fueron impresionantes: Pablo logró sus mejores resultados, el mensaje se extendió por toda Europa y luego llegó al mundo. ¿Qué habría pasado si Pablo se hubiera quedado lamentando el cambio de planes o hubiese decidido seguir su propio camino?

En Filipos, el apóstol y su equipo comenzaron a comprender los planes de Dios. Entendieron que su especialidad no es cerrar puertas, sino abrirlas. En esta ciudad macedonia se encontraron con Lidia, una próspera empresaria que fue un gran apoyo para el crecimiento de la iglesia. Pablo y Silas también fueron arrestados, enfrentaron un terremoto, cuidaron de los prisioneros; pero finalmente, bautizaron al carcelero y a toda su familia. Fue solo el comienzo de una historia llena de bendiciones, milagros y crecimiento.

Los resultados se hicieron más claros diez años después, cuando Pablo fue encarcelado en Roma y esperaba su ejecución. Decidió mirar hacia atrás, escribir su Carta a los Filipenses, recordar la forma en que Dios había dirigido toda la historia, y registrar lecciones que no deberían pasarse por alto. Esas lecciones también pueden ayudarnos a hacer frente a los cambios de planes que enfrentamos hoy.

En el primer capítulo, Pablo recuerda que todas las dificultades deben enfrentarse con gratitud (Fil. 1:3). Es el combustible de la fe, porque cuanto más agradecemos por el pasado más renovamos la confianza en el futuro. También nos desafía a enfrentar las crisis con alegría (Fil. 1:4). Por eso, repite 19 veces la importancia de tener “gozo en el Señor”. Esto sucede no por la falta de problemas, sino por la presencia sostenedora de Cristo. Todavía nos llama a descansar en el cuidado del Señor, quien siempre completa su obra (Fil. 1:6) y ofrece las mejores oportunidades a través de las mayores dificultades. También nos invita a priorizar “el progreso del evangelio” (Fil. 1:12), como sucedió en sus días, cuando el mensaje llegó a la casa de César, el centro del poder en ese momento (Fil. 4:22). Si la misión va a ganar, ¡no importa lo que perdamos!

En el último capítulo, Pablo renueva la certeza de que Dios siempre está a cargo. El viaje no fue fácil, avanzó sin apoyo (Fil. 4:15); pero aprendió mucho (Fil. 4:11, 12). Como el primer ministro inglés Winston Churchill describió correctamente: “Los picos de las montañas motivan a los líderes, pero es en los valles donde maduran”.

En este viaje, el Señor es nuestra fuerza (Fil. 4:13). Finalmente, el apóstol, ya anciano, concluyó su aprendizaje con la certeza de que el cuidado de Dios es más importante que cualquier cambio en los planes, ya que el Señor siempre suplirá cada una de nuestras necesidades (Fil. 4:19).

Como Pablo, estamos llamados a vivir por fe y a no ser consumidos por el miedo. No para vivir por lo que vemos, sino por lo que creemos. RA

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