Por Allan Bornapé

Una de las ideas mas preciadas para el adventismo es lo que llamamos la “verdad presente”. Básicamente, esta reúne un grupo de verdades bíblicas que constituyen lo que entendemos como los pilares de la fe bíblica, las nociones más fundamentales de las Escrituras. No obstante, para muchos adventistas hoy en día esta terminología parece difusa y algo extraña. Aun los teólogos no están muy involucrados con ella. En este breve texto me gustaría pensar más a fondo en solo tres aspectos de este concepto, para así observar su relevancia e impacto para la misión de la iglesia.

1. Tiempo y profecía

El primer aspecto que resulta más evidente sobre la verdad presente es, precisamente, su idea del tiempo: es algo para el presente. ¿Qué hace de esta verdad algo presente?

De acuerdo con la apocalíptica bíblica, es su desarollo y aparición en un tiempo especial de la historia humana: el tiempo del fin. Los libros de Daniel y Apocalipsis señalaban que en este período el cronograma profético hallaría un cumplimiento mayor. Esta etapa de la historia se destaca por una concentración de acontecimientos de considerable magnitud, que afectan todo el curso de la humanidad.

El primero fue la conmoción de nuestro planeta, con el famoso terremoto de Lisboa en el año 1755. Este evento marcó un antes y un después en todos los planos de la ciencia, filosofía y vida humana en general tal como ha sido documentado recientemente.[1]

El otro evento que conmocionó al mundo fue la Revolución Francesa, hacia finales del siglo xviii, acontecimiento que sentó las bases ideológicas de la sociedad moderna, pero también provocó un sisma en el poder religioso imperante hasta ese momento, la Iglesia Católica Romana.

Finalmente, el tiempo del fin halla su centro en el comienzo de la segunda fase de la obra de expiación de Cristo en el Santuario celestial en favor de su pueblo (Dan. 8:14). Mientras diversos sucesos se desenvuelven en la arena humana, en los cielos se inicia en paralelo una obra de juicio (Apoc. 14:6), que busca restaurar a los seres humanos a la imagen de su Creador mediante la transformación del carácter, y también restaurar las verdades salvificas para lograr dicho objetivo supremo.

Por lo tanto, el factor de tiempo para la verdad presente esta definido por situarse en el último período de la historia (tiempo del fin), y porque el modelo del Santuario celestial nos dirige hacia Cristo y su obra como el centro de gravedad teológico del adventismo, donde todas las principales enseñanzas bíblicas se reúnen y hallan su sentido.[2]

2. Conocimiento

Tras los significativos acontecimientos proféticos que sucedieron desde mediados del siglo xviii en adelante, la entrada de Cristo en el Santuario celestial en 1844 abrió un tesoro de verdades con un nuevo brillo no visto hasta ese entonces. El libro de Daniel, en su último capítulo, había predicho que la ciencia aumentaría (12:4), refiriéndose con ello a que las palabras selladas de las profecías finales (Dan. 7-12), serian abiertas tal como lo confirma Apocalipsis (Apoc. 10).

Por lo tanto, el conocimiento acerca de Cristo y su obra de salvación en el Santuario celestial permitió una comprensión mucho más profunda y abarcante de las principales verdades bíblicas o “pilares de la fe”, como aquellos cimientos de todo el edificio teológico de las Escrituras, teniendo como su modelo arquitectónico el Santuario: la ley de Dios y el sábado, la no inmortalidad del alma, el juicio investigador y la segunda venida de Cristo.[3] Todo este conocimiento, el cual se encuentra condensado en el mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14:6-11,[4] fue otorgado con el elevado propósito de preparar a un pueblo para una misión especial. En palabras del espíritu de profecía:

“La Biblia ha acumulado y reunido sus tesoros para esta última generación. Todos los grandes eventos y las solemnes transacciones de la historia del Antiguo Testamento, han sido repetidas y se están repitiendo en la iglesia en estos últimos días. […] Allí todas las verdades acumuladas se nos presentan con fuerza para que aprovechemos sus enseñanzas. Estamos bajo la influencia de todas ellas. ¿Qué clase de personas debemos ser nosotros, a quienes ha sido dada toda esta rica luz como herencia? Al concentrarse toda la influencia del pasado con una luz nueva y acrecentada del presente, a todos los que la siguen se les da un poder intensificado. Su fe aumentará y se pondrá en ejercicio en el tiempo presente, despertando una energía y un fervor intensamente ampliado; y en base a una dependencia de Dios y de su poder, llenarán el mundo y enviarán la luz del Sol de Justicia hasta los confines de la Tierra”.[5]

Elena de White, Mensajes selectos, t. 3, p. 396.

3. La iglesia y su misión

Todo esta breve reflexión nos ha llevado finalmente a la razón de ser de la iglesia: la proclamación del evangelio. Esta misión está basada en un mensaje preciso y oportuno en la historia —el tiempo del fin—, y por lo tanto es un mensaje que abarca la totalidad de la verdad bíblica, pero que también revela su poder para restaurar la imagen de Dios en los seres humanos:

“El tema central de la Biblia, el tema alrededor del cual se agrupan todos los demás del Libro, es el plan de la redención, la restauración de la imagen de Dios en el alma humana. Desde la primera insinuación de esperanza que se hizo en la sentencia pronunciada en el Edén, hasta la gloriosa promesa del Apocalipsis: ‘Y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes’ [Apoc. 22:4], el propósito de cada libro y pasaje de la Biblia es el desarrollo de este maravilloso tema: la elevación del hombre, el poder de Dios, ‘que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo’ [1 Cor. 15:57].

“El que capta este pensamiento, tiene ante sí un campo infinito de estudio. Tiene la llave que le abrirá todo el tesoro de la Palabra de Dios”.[6]

White, La educación, pp. 125, 126.

Esta obra de restauración de la imagen o carácter divino en la humanidad recibe también el nombre de justificación por la fe, el evangelio eterno, que en el último libro de la Biblia halla su consumación.[7] Por otro lado, el último mensaje de esperanza al mundo, como lo presenta el tercer ángel de Apocalipsis 14:9 al 11, es un fuerte llamado a no adorar al sistema de religión papal, aceptando su falso día de reposo (domingo) y así no recibir su marca, porque todo esto esconde el propósito satánico de transformar a los moradores de la tierra a su imagen.[8]

Mediante sus obras maestras, la idolatría y el espiritismo (el vino de Babilonia), Satanás intentará neutralizar la verdad presente presentando al mundo un falso evangelio. En medio de este conflicto de adoración, el mensaje final de la iglesia quiere sacudir las conciencias para volver al Creador y su baluarte de verdad (el sábado), y así recibir su sello de aprobación y protección.

Conclusión

La idea de una “verdad presente” es una noción amplia, profunda y de suma importancia para la iglesia de hoy. Nació como fruto del cumplimiento profético, abrió una inmensa fuente de conocimiento bíblico y, sobre todo, definió cuál es el mensaje de salvación para el tiempo del fin. Es un legado inestimable y que reviste un sentido de urgencia, que Dios ha dejado en nuestras manos. Nuestra misión consiste en vivirlo y proclamarlo. Oremos con fervor al Señor para ser un pueblo digno de sus verdades y para seguir el consejo inspirado:

“Son muchas las preciosas verdades que contiene la Palabra de Dios, pero es ‘la verdad presente’ lo que el rebaño necesita ahora. He visto el peligro que existe de que los mensajeros se desvíen de los puntos importantes de la verdad presente para detenerse en temas que no tienden a unir el rebaño ni santificar el alma. En esto, Satanás aprovechará toda ventaja posible para perjudicar la causa”.[9]

White, Primeros escritos, p. 94.

Allan Bornapé es alumno doctoral en el Instituto Internacional Adventista de Estudios Avanzados (AIIAS), en Filipinas. Actualmente se encuentra en Jerusalén para fines de investigación.


Referencias:

[1] Ricardo Hurtado Simó, El ocaso del optimismo: De Leibniz a Hamacher. Debates tras el terremoto de Lisboa de 1755 (Madrid: Biblioteca Nueva, 2016).

[2] Martin Klingbeil, “El centro de gravedad”, Adventist World, julio de 2019, pp. 24-25.

[3] Fernando Canale, “From Vision to System: Finishing the Task of Adventist Theology. Part III – Sanctuary and Hermeneutics” [De visión a sistema: Terminando la tarea de la teología adventista], Journal of the Adventist Theological Society [Revista de la Sociedad Teológica Adventista] t. 17, n.° 2 (2006), pp. 36-80.

[4] Véase la excelente síntesis de Alberto Timm, “The Prophetic Nature of Adventism” [La naturaleza profética del adventismo], en The Word: Searching, Living, Teaching [La Palabra: Buscar, vivir, enseñar], ed. Artur Stele (Silver Spring, Maryland: Review & Herald, 2015), pp. 230-242.

[5] Elena de White, Mensajes selectos, t. 3, p. 396.

[6] White, La educación, pp. 125, 126.

[7] Clinton Wahlen, “The Letter to Laodicea and the Eschatology of Revelation” [La carta a Laodicea y la escatología de Apocalipsis], Journal of the Adventist Theological Society t. 29, n.º 1 (2018), pp. 138-148.

[8] Rebekah Yi Liu, The Background and Meaning of the Image of the Beast in Rev. 13:14, 15 [El trasfondo y significado de la imagen de la bestia en Apoc. 13:14, 15], tesis doctoral, Universidad Andrews, 2016.

[9] White, Primeros escritos, p. 94.

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