Por Allan Bornapé

El sermón profético de Jesús, en Mateo 24, ha suscitado diferentes reacciones en estos días de enfermedad y temor. Muchos cristianos apelan a las “señales” que estarían allí escritas para anunciar el pronto regreso de Cristo a este mundo. Aunque hay sólidas razones para pensar que lo dicho allí efectivamente está relacionado con el escenario actual, lo que sucede, por otro lado, es que muchas de las voces que se levantan para presentar sus temas no se detienen lo suficiente a estudiar y comprender lo que el texto realmente dice y el propósito por el cual se escribió.

Una lectura responsable de todo este capítulo presenta tres aspectos clave, que analizaremos a continuación.

1. Las preguntas de los discípulos

Todo el capítulo está definido por las dos preguntas iniciales formuladas por los discípulos de Jesús: “¿Cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo?” (Mat. 24:3, NVI). Este es un elemento importante, porque Jesús va a responder a estas dos preguntas y las “fusiona” para relacionar ambos acontecimientos.

La primera pregunta (“¿Cuándo sucederá eso […]?”) tiene que ver con la destrucción de Jerusalén, tal como está implicado en el diálogo inicial del capítulo (Mat. 24:1, 2) y la interpretación que el evangelista Lucas hace en su registro paralelo (hablando de los ejércitos romanos, Luc. 21:20). Todos y cada uno de los fenómenos naturales y sobrenaturales (como los falsos cristos) y los desastres (como guerras, terremotos, pestes y revueltas sociales) son descritos en una “progresión”, una “intensificación” que alcanza su clímax con la “abominación desoladora” (Mat. 24:14), expresión tomada del libro de Daniel.

Lo que resulta fascinante aquí es que los registros históricos confirman que todos estos fenómenos tuvieron cumplimiento antes de la destrucción de Jerusalén en el año 70.[1] Por lo tanto, las profecías deben ser entendidas como una descripción de acontecimientos que van desplegándose en la historia progresivamente, y no como eventos que llegan de golpe, sin previo aviso. Es en esta dirección que debe entenderse el lenguaje de Jesús “principio de dolores” (Mat. 24:8), una metáfora empleada para los primeros dolores o punzadas que una mujer experimenta antes del alumbramiento (un proceso que se inicia).[2]

La segunda respuesta apunta a los acontecimientos del fin del mundo. Después de describir con gran exactitud cada uno de los acontecimientos que precedieron a la destrucción de Jerusalén, a partir del versículo 21 el Señor cambia su lenguaje, una vez más utilizando como fuente el libro de Daniel (Dan. 12:1): “Será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces”. Los sucesos que describe Jesús a partir de allí enfatizan más el engaño y los falsos cristos que prevalecerán antes del Segundo Advenimiento y las señales cósmicas que proclaman su inminencia. Finalmente, Mateo 24 describe la gloriosa aparición del Salvador que viene para buscar a su amado pueblo. Por tanto, la destrucción de Jerusalén y los sucesos previos a esta sirven, a su vez, como eventos precursores y señales de una destrucción a escala global.

2. Las profecías del “Día de Jehová”

El sermón escatológico de Jesús es una síntesis maestra de los presagios que los profetas ya habían anunciado siglos atrás.[3] Hay muchas profecías en las que los profetas anunciaron el progresivo deterioro de la naturaleza y la raza humana:

  • “Se destruyó, cayó la tierra; enfermó, cayó el mundo; enfermaron los altos pueblos de la tierra” (Isa. 24:4).
  • “Por lo cual se enlutará la tierra, y se extenuará todo morador de ella, con las bestias del campo y las aves del cielo; y aun los peces del mar morirán” (Ose. 4:3).
  • “¿Hasta cuándo estará desierta la tierra, y marchita la hierba de todo el campo? Por la maldad de los que en ella moran, faltaron los ganados y las aves; porque dijeron: No verá Dios nuestro fin” (Jer. 12:4).

Estos y otros pasajes más de este tipo frecuentemente se encuentran en el contexto del gran “Día de Jehová”, una expresión que claramente no se refiere a un período de 24 horas (suceden muchos eventos que superan ese período de tiempo), y que por sus características es una expresión que agrupa muchos de los eventos que preceden a la parusía. Si bien algunos podrían objetar que los pasajes citados arriba refieren a contextos diferentes al de Mateo 24, en realidad lo que los profetas y Jesús declaran son acontecimientos que envuelven un desarrollo y no solo un momento puntual.

En este punto, resulta valioso reiterar que los eventos proféticos anunciados revelan un progresivo deterioro del planeta, producto principalmente de la transgresión de la Ley de Dios (Isa. 24:5). Nunca los acontecimientos proféticos son hechos abruptos y aislados de un conjunto de consecuencias que se han venido desencadenando con anterioridad. Este es un aspecto que a menudo se olvida cuando se leen los textos proféticos de la Biblia; y eso es precisamente lo que los profetas y Jesús indican al describir una continua progresión e intensificación de los eventos del fin. Entonces, las catástrofes naturales, los conflictos bélicos, los falsos cristos, las pestes (hoy pandemias) y hambres pueden ser perfectamente indicados como señales, porque forman parte del inicio de un proceso histórico continuo que se mueve hacia el más grande de los eventos de la historia humana. En palabras de nuestro Salvador: “Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas” (Mat. 24:33).

3. La historia como fundamento de las profecías

Jesús y los profetas que lo precedieron hicieron sus anuncios del fin teniendo como fundamento la historia. Es decir, todos sus anuncios son predicciones que se sostienen en hechos históricos ya acontecidos. Este es un principio bíblico extraordinariamente importante, porque guiados por el Espíritu Santo, Jesús y los profetas se apoyaron en la historia como una especie de modelo para presagiar acontecimientos similares pero a gran escala y de alcance mundial.

Los escritores bíblicos a menudo entretejen o fusionan sus profecías acerca de acontecimientos futuros que se cumplieron en la historia de sus días (por ejemplo, la destrucción de Samaria o Jerusalén), con acontecimientos de un futuro distante más allá de sus días a través de un lenguaje de carácter universal y no circunscripto solamente a Israel o las naciones del mundo antiguo.[4]

Este fenómeno también es visible en otros conocidos pasajes como la caída de Lucifer (Eze. 28; Isa. 14), donde el profeta comienza hablando de los reyes de Tiro o Babilonia para pasar sutilmente a describir a un ser con características celestiales (en este caso, hacia el pasado). Es como si una ventana al mundo espiritual se abriera para el profeta y él intentara de la mejor forma posible describir con sus propios recursos lingüísticos (a menudo poéticos) aquellas realidades, teniendo como modelo las realidades históricas más cercanas.

Dios guio la mente de los profetas para que, al unir hechos históricos de sus días con acontecimientos de un futuro distante, fuera más fácil para nosotros comprender los mensajes divinos, tomando como ejemplos los hechos del pasado. En su sermón profético, Jesús no fue un innovador en este sentido, pero sí un Maestro conocedor de las profecías que elaboró una síntesis de lo que los profetas habían anunciado también.

Conclusión

Cuando hablamos del fin de todas las cosas y recurrimos con ansias al famoso sermón profético de Jesús en Mateo 24, las señales del fin comprenden un conjunto de sucesos previos al advenimiento de Jesucristo a este mundo. El Salvador nos advirtió de todas estas cosas empleando para ello a los profetas, y en particular el libro de Daniel, con el único propósito de que conociéramos el progresivo desenvolvimiento de la historia de este mundo y así estuviéramos preparados para observar con toda claridad las señales de los tiempos. La destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. y cada uno de los eventos previos a esta son un tipo de las señales de los tiempos y la destrucción del mundo. Dios nos ayude mediante su Santo Espíritu para entender estas verdades y para entregarle a tiempo nuestro corazón a él.


Allan Bornapé es alumno doctoral en el Instituto Internacional Adventista de Estudios Avanzados (AIIAS), en Filipinas. Actualmente se encuentra en Jerusalén para fines de investigación.


Referencias:

[1] Consúltese, por ejemplo, la obra de Josefo, Guerra de los Judíos. Otros historiadores romanos, como Tácito, Anales del Imperio Romano, describen muchos de estos sucesos previos a la destrucción de Jerusalén.

[2] Véase el estudio de Claudia D. Bergmann, Childbirth as Metaphor for Crisis: Evidence from the Ancient Near East, the Hebrew Bible, and 1QH XI, 1-18 [El parto como metáfora de crisis: Pruebas del Antiguo Cercano Oriente, la Biblia Hebrea y 1QH XI:1-18], Beihefte zur Zeitschrift für die alttestamentliche Wissenschaft [Suplementos de la Revista de Ciencia Veterotestamentaria] n.º 382 (Berlín: De Gruyter, 2008).

[3] Para algunas valiosas reflexiones del uso de Daniel por parte de Jesús y Pablo, véase Hans LaRondelle, Las profecías del fin (Buenos Aires: ACES, 1999), 39-84.

[4] Shemaryahu Talmon, “Eschatology and History in Biblical Thought” [La escatología y la historia en el pensamiento bíblico], en Literary Studies in the Hebrew Bible: Form and Content. Collected Studies [Estudios literarios en la Biblia Hebrea: Forma y contenido. Estudios recopilados] (Jerusalén: Magnes Press, 1993), 165-177.

2 Respuestas

  1. Eduardo

    Amen….lo mas importante…entregarle a Cristo nuestro corazon…hoy…bendiciones hno..desde la serena..chile

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