¿Eres un “camaleón social”, que camufla tus opiniones para no generar conflictos o expresas duras verdades sin tacto ni diplomacia?

¿Te has encontrado alguna vez haciéndote estas preguntas?: “¿Qué estarán pensando de mí?”; “¿Les habré caído bien?”; “¿Qué van a decir?” Seguramente que sí, puesto que es una experiencia humana muy frecuente.

Está demostrado lo mucho que aporta a nuestra salud psicoemocional el poder iniciar y sostener relaciones sociales satisfactorias. Asimismo, saber ponernos en el lugar de los demás para sintonizar con nuestro entorno social nos enriquece y mejora nuestra capacidad, nuestro sentido de vida, de servicio y de crecimiento.

Sin embargo, cuando la intensidad y la frecuencia de estas inseguridades es alta, se convierte en un obstáculo y una fuente de sufrimiento. Si estar obsesionados por el qué dirán nos llena de tanto temor que preferimos evitar dar una opinión, hacer algo o simplemente ser auténticos, estamos ante un problema. El miedo a “meter la pata” llegará a ser tan intenso que obstaculizará nuestro desarrollo.

Para algunos, puede ser tentador manejar estas dudas siguiendo un patrón de “camaleón social”, en el que se pondrán de acuerdo con lo que opine el entorno, y así como una veleta, se acomodarán para donde sople el viento. Otros emplearán máscaras sociales para las diferentes redes virtuales de amistad que buscan seguir a la manada, buscando perderse de vista con la mayoría o recibir su aprobación.

El deseo de agradar a todos y evitar cualquier tipo de confrontación para tener la aprobación generalizada puede parecer un buen plan al inicio. Sin embargo, lejos de acercarnos a un bienestar emocional, nos carga de frustraciones que terminan generando ansiedad y tristeza.

Otros prefieren callar y evitar todo riesgo de interacción, si no se cuenta con la seguridad de contar con la aprobación. Así, muchos dejan de interactuar porque “no tengo nada interesante para contar” o “van a pensar que soy aburrido”. Algunos prefieren convertirse en expertos argumentadores de por qué no hacer o decir algo, e incluso de forma inadvertida juzgar fríamente al otro: “¿Para qué voy a dar mi opinión, si esta gente es mala/peleadora/complicada…? Mejor me callo”.

Muchos están convencidos de que no serían capaces ni tendrían suficiente fuerza emocional para sobrellevar la tensión, la frustración o la vergüenza de “no caer bien”, y se convencen de esa debilidad al no afrontar el desafío.

Por otro lado, hay personas que dicen y hacen aparentemente sin temor al qué dirán, buscando generar en los demás una reacción intensa, ser el centro de atención o simplemente demostrar una falsa superioridad. Muchos consideran que ser brutalmente honestos es valioso, sin importar si con ello ofenden, lastiman o desaniman. Otros se han cansado de luchar por agradar a tantos que se vuelven progresivamente más insensibles y menos empáticos, y suelen caer en actitudes agresivas. Ninguna de estas posturas extremas colabora con nuestra salud psicoemocional.

Durante la adolescencia, las inseguridades sociales se intensifican. Esto es necesario para la maduración de las habilidades sociales y el entrenamiento necesario para la etapa adulta. Sin embargo, si la intensidad del sufrimiento afecta la funcionalidad puede diagnosticarse una fobia social, que necesitará atención psicológica adecuada.

Es necesario notar, también, que la complejidad de las interacciones humanas hace que nos sintamos de forma diferente en distintos ámbitos. Quizás en nuestro trabajo nos sentimos más seguros que en un ambiente social o lúdico; es absolutamente normal que esto suceda, si está dentro de parámetros equilibrados. Hay algunos ejercicios que pueden ayudarnos a ser más auténticos sin estar tan pendientes de la mirada del otro ni perder la actitud empática.

Recuerda que, por mucho que lo intentes, es imposible agradar a todo el mundo, y eso está bien: ¡ni Jesús lo hizo!

Ser auténticos nos hace más atractivos socialmente, mucho más que seguir ciegamente a la manada. Esto requiere práctica. Hay que aceptar que cometer errores forma parte de todo crecimiento; y así como toleramos errores de los demás, deberíamos permitírnoslos a nosotros mismos.

Si nuestra intención no es lastimar, agredir o maltratar a los demás, podemos dar nuestra opinión de forma respetuosa, incluso aunque esté en contra de la opinión general.

Usar el humor, reírse de las propias inseguridades, o incluso verbalizarlas, suele ser tranquilizador: “A veces me cuesta iniciar conversaciones/dar una opinión/conocer gente… Pero lo estoy practicando, ¡ténganme paciencia!”.

En una conversación, en vez de pensar constantemente: “¿Qué estarán pensando de mí?”, hagamos este ejercicio: “¿Qué estoy pensando yo de ellos?” Recordemos que es normal sentir cierto nivel de inseguridad, a veces, en diferentes contextos. Démonos tiempo para poder calmarnos y sentirnos más cómodos.

Dios nos ha hecho únicos. Nuestra opinión, intereses y visión del mundo le importan, y son necesarios si están acompañados de amor. “Y todo lo que hagan, háganlo con amor” (1 Cor. 16:14, Dios habla hoy).

Leave a Reply

Your email address will not be published.