MORIR PARA VIVIR

16/02/2026

¿Y si la clave no se encuentra en el mensaje de salud?

Hay algunas historias de pacientes que nos quedan grabadas. En la Clínica Mayo de Minnesota (Estados Unidos), cuidé a una mujer con leucemia mieloide aguda. Creíamos que iba a morir. Desarrolló una rápida insuficiencia respiratoria, fue trasladada a la sección de cuidado intensivo y una dosis parcial de quimioterapia casi la mata, lo que nos obligó a detener el tratamiento. Su estado empeoró y le dijimos a la familia que había pocas esperanzas. Pero mientras oraban, de repente mejoró. Una biopsia repetida de médula ósea mostró que estaba en remisión completa—¡un milagro moderno! Esta experiencia la llevó a ella y a su familia a una travesía espiritual, porque fue una afirmación del amor de Dios. Ella mostró esa paz perfecta que surge de confiar plenamente en el Señor (Isa. 26:3).

Lamentablemente, su leucemia reapareció dos años después, y esta vez no se pudo frenar; nada de lo que probamos ayudó. Cuando la visité para hablar sobre cuidados paliativos, me consoló: me tomó de la mano y dijo que estaba lista para morir. Estaba agradecida por esos dos años extra y esperaba con ilusión conocer a su Salvador. La belleza de su historia era que aprendió a amar y confiar en Dios en los buenos y malos momentos, y que su fe no dependía de las circunstancias.

Compartí esa historia en una reunión de profesionales médicos adventistas, y después, una mujer me preguntó si yo le
había recomendado el mensaje de salud y si ella había adoptado una dieta vegana. Le expliqué que, debido a su fragilidad y
pérdida de peso, no me sentía cómodo restringiendo aún más su dieta. La mujer dijo: «Si tan solo se hubiera hecho vegana, quizá habría vivido». Su comentario me sorprendió. Sabiendo que la paciente se curó milagrosamente la primera vez sin cambiar su estilo de vida y que su travesía espiritual le dio la paz de Dios, me pregunté: ¿Será que Dios no le brindó una segunda sanación porque no se volvió vegana? Conté la historia para mostrar la providencia amorosa de Dios y su deseo de que desarrollemos la fe más allá de los resultados. Pero la mujer insistía en que la paciente murió porque no siguió una dieta vegana.

El propósito de la reforma prosalud

Nuestra iglesia ha sido bendecida con el mensaje de salud, pero es posible que pasemos por alto su verdadero propósito. Elena White recibió su primera gran visión de salud en 1863, cuando su marido Jaime, estaba muy enfermo. En visión, recibió consejos que la ayudaron a cuidar de la salud de él, y también se le mostró que «la reforma prosalud es un ramo de la gran obra que ha de preparar a un pueblo para la venida del Señor. Está tan íntimamente relacionada con el mensaje del tercer ángel como la mano lo está con el cuerpo».1 A Elena White se le hizo entender que «el gran objeto de la reforma higiénica es asegurar el más alto desarrollo posible de la mente, el alma y el cuerpo. Todas las leyes de la naturaleza –que son las leyes de Dios– han sido ideadas para nuestro bien. Su obediencia […] nos ayudará a prepararnos para la vida futura».2 Por lo tanto, el propósito último del mensaje de salud es prepararnos para el regreso de Jesús.

¿Cómo logra esto el mensaje de salud? Según Elena White, es el plan de Dios que «el gran tema de la reforma prosalud sea agitado, y la mente pública profundamente sacudida para investigar; pues es imposible que los hombres y mujeres, con todos sus hábitos pecaminosos, destructores de la salud y debilitantes del cerebro, disciernan la sagrada verdad».3 La salud física es vital porque afecta nuestra capacidad de discernir verdades espirituales que conducen a la vida eterna. La consecuencia es que la mala salud dificulta escuchar y obedecer la voz de Dios. «Cualquier cosa que disminuya la fuerza física, debilita la mente y la vuelve menos capaz de discernir entre lo bueno y lo malo. Nos volvemos menos capaces de escoger lo bueno, y tenemos menos fuerza de voluntad para hacer lo que sabemos que es recto».4 Por ello se nos dice que «la salud debe protegerse de modo tan sagrado como el carácter»5 y que «el cuerpo es el único medio por el cual la mente y el alma se desarrollan para la edificación del carácter».6

Visto así, entendemos que el mensaje de salud es un medio para un fin, no un fin en sí mismo. Su objetivo no es solo prolongar la vida, sino ayudar a que las personas escuchen la voz de Dios y adopten verdades que conducen a la salvación. La misión divina incluye restaurar su imagen en nosotros. La sanación de Jesús se centró en la salud espiritual, porque la sanación física abre el camino al corazón (véase Luc. 5:18-25).

El mensaje de salud distorsionado

Se ha vuelto ampliamente aceptada una versión distorsionada del mensaje de salud, una que convierte la salud física en el objetivo final. Esto es, en esencia, el mensaje de salud sin Dios; una falsedad cuyo objetivo es estar lo más sanos y felices posible durante el mayor tiempo posible. Se idolatran la longevidad y la felicidad, y la salud se convierte en un puente hacia ninguna parte.

Una vez cuidé de una paciente con cáncer que era excepcionalmente consciente de su salud. Cuando hablamos de los beneficios de una dieta basada en alimentos integrales y de origen vegetal y de realizar ejercicio, ella se entusiasmó y dijo: «Doctor, me alegro mucho de conocerlo, ¡porque estamos totalmente en la misma sintonía!» Luego reveló que no solo comía verduras, sino que también era vegana y comía solo alimentos crudos y ecológicos. Llevaba cristales de poder, tomaba suplementos de un bioquímico holístico y recibía terapia Reiki de un profesional que estaba a más de tres mil kilómetros de distancia. Aunque no tenía antecedentes religiosos, era profundamente espiritual y creía que todos estamos conectados mediante energías. Sin embargo, a pesar de todo, sentía que algo faltaba y planeaba visitar a un gurú en la India para obtener «verdades espirituales» más avanzadas. Me di cuenta de que su visión del propósito final de la salud difería fundamentalmente de la mía, aunque coincidíamos en muchos aspectos.

La cultura actual favorece los mensajes de salud sin Dios, promoviendo a menudo dietas veganas y el ejercicio físico aún mejor de lo que lo hace nuestra iglesia. En lugar de competir, nuestro mensaje de salud debería apuntar a la Fuente de vida (Juan 14:6).

Al pensar en esa paciente, veo que los adventistas también corremos el riesgo de distorsionar el mensaje de salud. Muchos miembros comparten remedios, suplementos, mezclas herbales o terapias alternativas que creen que pueden curar el cáncer. Algunas de esas sustancias han sido sometidas a pruebas, pero la mayoría no. Muchos confían más en el tratamiento que en la providencia de Dios. Como la mujer que estaba convencida de que mi paciente habría sobrevivido si hubiera optado por una dieta vegana, muchos afirman tener fe en Dios, pero insisten en un régimen que «de verdad» los sanará. Con anécdotas y expresiones de confianza en los métodos naturales, comparten sus descubrimientos. Cuando alguien sigue el régimen y tiene un mal resultado, la culpa recae en no haber seguido bien las instrucciones más que en el protocolo. Entiendo esa mentalidad: yo también la tuve cuando a mi padre le diagnosticaron cáncer del cerebro en 2008.

Natural, convencional, espiritual.

Durante gran parte de mi vida creí que solo había dos formas de sanar: el método de Dios y el método humano. El método de Dios incluía remedios naturales y cambios de estilo de vida suaves y no tóxicos. El método humano incluía drogas sintéticas y procedimientos invasivos que causaban efectos adversos y a menudo hacían más daño que bien. Por eso, cuando a mi padre le diagnosticaron cáncer de cerebro, no tenía ninguna duda de cómo lo trataríamos: lo haríamos a la manera de Dios. Estaba tan comprometido con esa creencia que no le permití reunirse con un médico oncólogo para escuchar sus recomendaciones. El hecho de que hoy yo sea oncólogo es la mayor ironía, y a Dios le llevó años enseñarme que puede sanar tanto mediante la medicina convencional como por medio de métodos naturales.

Oré con fervor por la sanación de Dios e investigué remedios naturales, tratamientos alternativos y protocolos naturópatas, convencido de que existía una cura. Aunque tenía cuidado de no confiar en todo lo que había en Internet, creía que el problema era que aún no había hallado el remedio correcto.

A pesar de nuestros esfuerzos y oraciones, la salud de mi padre empeoró, poniendo a prueba mi fe. Probamos todas las dietas, zumos y suplementos, consultando a naturópatas y otros expertos, pero nada funcionó. Desesperados, lo llevamos a un centro de estilo de vida adventista elogiado por ayudar a pacientes con cáncer (ahora está cerrado). Al llegar, me decepcionó: no recomendaron nada nuevo y me pregunté si haberlo inscrito había sido un error.

Al comenzar el programa, el médico atendió sus necesidades físicas y espirituales, habló de la depresión y el miedo, y, en cada visita, se arrodilló junto a su cama, tomándolo de las manos y orando por él y por nuestra familia. Esas visitas nos conmovieron profundamente. También pasó horas dando presentaciones sobre el verdadero propósito de la reforma prosalud, tal como se muestra en la Biblia y a través del Espíritu de Profecía. Enfatizó que la salud consiste en discernir la voz de Dios, no solo en prolongar la vida. Esas conversaciones nos impresionaron profundamente y parecieron transformar a
mi padre.

Mientras el médico seguía atendiéndolo, mi padre experimentó un despertar espiritual y decidió rebautizarse, queriendo rededicar su vida a Dios. Lamentablemente, el día antes de su bautismo, sufrió una terrible convulsión, fue hospitalizado
y falleció. A pesar del dolor, me sentí agradecido. Dios había respondido a mis oraciones de sanación en un nivel mucho más profundo de lo que esperaba, y encontré consuelo sabiendo que algún día volvería a verlo.

Morir por la eternidad

Mediante la enfermedad de mi padre, Dios me enseñó que practicar el mensaje de salud no garantiza la salud. A pesar de ser vegano, hacer ejercicio con regularidad y evitar hábitos perjudiciales, le diagnosticaron cáncer del cerebro a los cincuenta y cuatro años. La injusticia quedó de manifiesto durante una visita de un compañero obeso que bromeó: «Oye, Kenton, sin ánimo de ofender, pero creo que me quedaré con mis sándwiches de carne y queso derretido».

Vivimos en un mundo caído y por lo tanto tenemos cuerpos caídos, –con un ADN muy alejado del árbol de la vida. Aunque sigamos todos los principios de salud a la perfección, aún podemos sufrir de cáncer o de otras enfermedades sin que sea culpa nuestra. Muchos factores genéticos y ambientales, que no siempre podemos controlar o identificar, contribuyen a la enfermedad. Los pacientes adventistas devotos a menudo sienten culpa cuando se les diagnostica cáncer, pensando que hicieron algo mal. Creen que la adherencia perfecta a los principios de salud les habría evitado la enfermedad. Aunque el estilo de vida influye en la salud –y las malas elecciones pueden llevar a que se deteriore–, seguir los principios de salud no garantiza una buena salud; igual que cumplir con las leyes de tráfico no previene todos los accidentes.

Otra lección que Dios me enseñó fue que está dispuesto a sacrificar el cuerpo para salvar a la persona. Desde el principio supuse que Dios quería sanar físicamente a mi padre y que la única barrera era nuestra falta de fe. Mi objetivo era prolongarle la vida, pero Dios quería salvarlo por la eternidad. Entonces no se me ocurrió pensar que, si mi padre vivía otros treinta años, pero nunca cultivaba una relación de salvación con Cristo, no ganaría nada. Solo después de su muerte me di cuenta de que perder treinta años de vida terrenal, pero conseguir a Jesús, significaba ganar la eternidad y no perder nada.

A menos que el Señor regrese mientras estemos vivos, por muy saludables que vivamos o lo que hagamos para frenar el envejecimiento, tarde o temprano moriremos. Por lo tanto, el propósito último de la vida no es intentar vivir más tiempo, sino usar todo el tiempo que tenemos para conocer y amar a Dios. Si lo logramos, no importa cuánto tiempo vivamos.

C. S. Lewis escribió en El problema del dolor: «Dios susurra en nuestros placeres […], pero grita en nuestro dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo». Dios usó la enfermedad de mi padre para despertarlo espiritualmente y revelar u necesidad de Cristo. A veces, como ocurre con el paralítico de Betesda, ese despertar da vida. Otras veces, como en el caso de mi padre, conduce a la muerte. Pero ya sea en esta vida o en la mañana de la resurrección, la providencia de Dios siempre resulta en sanación.

Les digo a mis pacientes que ganar la batalla contra el cáncer no se trata de cuánto tiempo vivan, sino de lo bien que vivan la vida que les queda. Eso es cierto no solo para los pacientes con cáncer, sino para todos. Dios nos ha bendecido con su mensaje de salud para que podamos vivir lo que nos queda de vida lo más plenamente posible. Nos da el regalo de la salud y el tiempo para ayudarnos a escuchar su voz y llenarnos de amor por él.

Jamás lo olvidemos mientras abrazamos el mensaje de salud y buscamos aliviar el sufrimiento físico. Sea cual sea el método, mi oración es que nuestra búsqueda de la salud siempre se centre en buscar a Jesús y guiar a los demás hacia él.

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Artículo publicado en la Adventist Review de Febrero 2026 en su tema de tapa junto a «No solo un milagro» https://revistaadventista.editorialaces.com/no-solo-un-milagro/

1 Elena White, Testimonios para la iglesia (Miami, Fl.: Asoc. Publ. Interamericana, 2004), t. 3, p. 180.
2 Elena White, Consejos sobre el régimen alimenticio (Miami, Fl.: Asoc. Publ. Interamericana, 1975), p. 25. (La cursiva es mía).
3 Elena White, ibíd., p.82. (La cursiva es mía).
4 Elena White, Palabras de vida del gran Maestro (Mountain View, Cal.: Pacific Press Pub. Assn., 1971), p. 281.
5 Elena White, El ministerio médico (Miami, Fl.: Asoc. Pub. Interamericana, 2001), p. 100.
6 Elena White, Consejos sobre el régimen alimenticio, p.86. (La cursiva es mía).

John Shin es oncólogo médico en la Universidad de Loma Linda y presidente de la Red Adventista de Evangelización Médica, con formación avanzada en Loma Linda, la Clínica Mayo y el Instituto Estadounidense del Cáncer. Su investigación se centra en la inmunoterapia y las intervenciones de estilo de vida en el tratamiento del cáncer.

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