Cuando el temor se confunde con la fe
«Necesito bautizarme».
Esas fueron las palabras de un desconocido. Había entrado en nuestra iglesia, y al encontrar a la encargada de la oficina le había dicho que necesitaba ver a un pastor con urgencia. Se sentó en mi despacho, un tanto desaliñado, y me pidió que lo bautizara.
Yo he predicado en campañas de evangelización y sé cuánto trabajo requieren. Jamás me quejaría de que alguien solicite el bautismo. Sin embargo, la petición de ese hombre me incomodó. Decidí insistir en que me diera más detalles de su vida. Me respondió con una historia de sufrimiento y desgracia que terminó con un «Necesito bautizarme» aún más intenso.
Lo pensé un momento y entonces le dije: «Usted sabe que no hay magia en el agua, ¿verdad? Es un símbolo de la entrega del corazón a Jesús, la muerte al yo y el renacimiento. No hará que todos sus problemas desaparezcan de repente».
«Oh…» dijo, con cara de abatido. Luego me dio las gracias, se levantó y se fue.
En su canción «Superstition» (Superstición), el músico secular Stevie Wonder reflexiona sobre todas las prácticas supersticiosas que ponen nerviosa a la gente. Menciona pasar por debajo de escaleras, el número 13 y los espejos rotos. El estribillo contiene los memorables versos: «Cuando crees en cosas que no entiendes, entonces sufres. La superstición no es la olución».1 Los cristianos son aquellos que siguen a Jesús, «el camino, la verdad y la vida» (Juan 14:6). Sin embargo, a veces el camino de Jesús se entrelaza con el camino de la superstición. Cuando eso ocurre, reina el miedo que conduce al sufrimiento.
Entonces, ¿cómo podemos saber si nuestra fe está mezclada con superstición?
La fe frente a la superstición
La diferencia entre fe y superstición está llena de tensiones. Al fin y al cabo, para alguien que no está familiarizado con la fe, apagar el televisor al anochecer del viernes puede parecer superstición. Aunque muchos adventistas señalarían que tal acto tiene que ver con honrar el tiempo sagrado, se complica porque algunos de la fe asocian el desagrado divino o la posible desgracia, si no apagan el televisor.
Otro escenario confuso puede ser la práctica de no poner nada encima de la Biblia. Para quienes quieren mantener el respeto y la reverencia por la Palabra de Dios, es una práctica sencilla que sirve de simple recordatorio. Sin embargo, para otros, ver algo sobre una Biblia puede evocar un miedo supersticioso a repercusiones negativas.
Los científicos sociales tienen una variedad de definiciones de superstición. En la investigación de Eva Delacroix y Guillard Valerie sobre la superstición, señalan que «la mayoría de los autores coincide en que las supersticiones son creencias o comportamientos contrarios a las normas racionales dentro de una sociedad específica».2 Señalan que en China, el número ocho se considera buena suerte, por lo que muchos precios de productos terminan con un ocho en lugar de un nueve, como en otros países. Cuentan cómo los consumidores de lugares como Taiwán prefieren comprar algo a un precio más alto que termine con un ocho antes que algo más barato que termine con un siete; o peor aún, un cuatro, que según ellos da mala suerte. A algunas personas les puede dar gracia, hasta que el cajero del negocio les cobra $6,66 y rápidamente pregunta si quieren comprar un chicle para evitar que ocurra algún mal desconocido.
Para los cristianos de todo el mundo, el ideal es que nuestra cosmovisión y normas culturales estén moldeadas por la Biblia, donde aparece una palabra como superstición y solo en la versión Reina Valera Antigua. Allí se puede leer dos veces en el Nuevo Testamento, siendo el caso más relevante en Hechos 17:22. Pablo ve un altar hecho a un «dios no conocido». Esto se debe a que «los habitantes se aseguraban el favor de los dioses, viviendo con el temor constante a su ira y buscando apaciguarlos».3 La Biblia dice: «Entonces Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo: “Atenienses, en todo observo que sois muy religiosos”» (Hech. 17:22). La Reina Valera Antigua convierte la palabra «religiosos» en «supersticiosos». El término griego es deisidaimōn, formado por deilos (temer) y daimōn (a menudo traducido como «demonio»). A simple vista parece el miedo a los demonios.
Pero deisidaimōn es un término complejo. En el mundo antiguo puede significar piedad o una perversión de la piedad. Monique Cuany explora el término y afirma que revela una variedad de significados. En general, «los antiguos simplemente lo describían como el “temor a los dioses”. Esa definición parece prevalecer hasta finales del siglo II d.C.».4
En el contexto de Pablo y en muchos otros, significa «una emoción o una disposición de temor a incurrir en hostilidad o retribución divinas».5 Por último, «deisidaimonia se refiere así a la preocupación o el miedo –aunque con diferentes grados de ansiedad– de haberse enemistado con los dioses para así incurrir en su hostilidad, ira y represalias».6 En términos simples, es una ansiedad y un miedo, poco saludables, al castigo sobrenatural.
A medida que la iglesia primitiva creció y su teología se solidificó, el término latino superstitio se utilizó para describir lo que hoy llamamos superstición. Varios pensadores relataron la lucha de la iglesia con las supersticiones de los creyentes. En La ciudad de Dios, San Agustín responde a la promoción de la religión civil romana por parte de Varrón. Confronta a Varrón por su argumento de que la religión cívica es necesaria, aunque parte de ella sea falsa y esté basada en supersticiones, que implican decir falsedades a las personas para mantenerlas temerosas.7
Otros estudiosos coinciden con las observaciones de San Agustín y añaden que superstitio era un término despectivo para quienes no practicaban la religión oficial del Estado. «En la República Tardía y principios del Imperio, superstitio [que originalmente parece haber significado capacidad de profetizar] suele referirse de forma desdeñosa a las creencias y prácticas de la religión popular, especialmente a la religión popular del campo».8 Supersitio fue usada para describir «visiones alternativas de la relación entre este mundo y el otro mundo ante el limbo de la necedad campesina».9
Para algunos protestantes, la superstición se asoció con rituales católicos tales como orar a los santos, la misa y las indulgencias para salvar el alma o ayudar a alguien en el purgatorio.10 A medida que el cristianismo creció, algunos elementos de las antiguas cosmovisiones paganas, como el animismo, se fusionaron con quienes profesaban fe en Jesús. Mensah Adinkrah, en su exploración de la brujería en Ghana, observa: «La conversión al cristianismo no significa
necesariamente el abandono total de creencias tradicionales como el animismo, la veneración de los antepasados, la brujería, los fantasmas y otras fuerzas sobrenaturales».11
Los misionólogos adventistas han escrito sobre la «mentalidad de brujería» en partes del mundo que «culpa las desgracias […] casi todo tipo de problemas a la brujería».12 En otras palabras, en lugar de ver relaciones naturales de causa y efecto cuando ocurren cosas malas, siempre se asume que está presente la acción de un agente sobrenatural.
Recuerdo haber asistido a un Congreso de la Asociación General hace años, cuando nos sentamos junto a una familia con una niñita sumamente inquieta. En lugar de aceptar con amor que los niños pequeños son, por naturaleza, criaturas inquietas, la abuela declaró en voz alta que la niña estaba poseída por el diablo. Fue muy doloroso para los que estábamos a su alrededor, sobre todo para la niña. ¿Podría este tipo de respuesta reaccionaria estar más basada en la superstición que en la confianza en un Dios amoroso que vela sobre nosotros, incluso cuando no podemos quedarnos quietos una mañana de sábado?
Es ese mismo miedo el que nos lleva a tocar madera al hablar de una posible desgracia, a colgar cruces sobre las puertas para evitar que entre el mal; a ver a un búho (una de las criaturas de Dios) como un mal presagio o un demonio; o a creer que los demonios habitan en ciertos ritmos o películas (aunque deberíamos ser sabios en lo que consumimos). Esto no busca negar los males reales del mundo, sino luchar contra una de las armas más formidables del mal: el miedo.
Encontramos pruebas de un conflicto cósmico en la Biblia, pero parte de la táctica del enemigo es hacernos tener miedos incorrectos. El temor a una cosa puede magnificarla, dándole más poder sobre nuestros corazones y mentes que aquel cuyo «perfecto amor echa fuera el temor» (1 Juan 4:18). Al observar las reacciones temerosas de la gente ante las «costumbres de los pueblos» y la fabricación de ídolos, el profeta Jeremías le dijo al pueblo de Dios: «Derechos están como una palmera, pero no hablan; son llevados, porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos, porque ni pueden hacer mal ni tienen poder para hacer bien» (Jer. 10:5). Dios es más poderoso que los ídolos y los objetos inanimados.
Aunque el apóstol Pablo nos advierte que debemos ser culturalmente sensibles a quienes están empapados en la adoración de ídolos, también recuerda a sus lectores que no deben acercarse a los objetos inanimados con temerosas supersticiones: «Acerca, pues, de los alimentos que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios. Aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), para nosotros, sin embargo, solo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para quien nosotros existimos; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual han sido creadas todas las cosas y por quien nosotros también existimos» (1 Cor. 8:4-6). Debemos ser conscientes, pero no imponer un miedo indebido a los ídolos, lo que puede llevarnos a practicar la superstición en lugar de la fe.
Este tipo de respuesta reaccionaria de miedo está más basada en la superstición que en la confianza en un Dios amoroso que vela sobre nosotros.
La fe bíblica es contrastada en varias instancias con la superstición. Uno de los versículos más llamativos es Hebreos 11:1: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve». Fíjese que la fe es depositar confianza en Dios para las cosas que deseamos, no la anticipación temerosa y la seguridad de que las fuerzas de la oscuridad arruinarán nuestra vida.
Motivados por el amor, no por el miedo
N.T. Wright, el renombrado estudioso del Nuevo Testamento, ha señalado que la orden más frecuente en la Biblia es «No temas».13 Jesús ha señalado que la marca de un discípulo es el amor mutuo (Juan 13:35). Yo diría que cualquier práctica motivada por el miedo está en la raíz de la superstición, mientras que las prácticas motivadas por el amor a Dios y a la humanidad son características de la fe.
Sin duda, hay un lugar para el miedo. A menudo nos mantiene alerta ante un peligro real. Sin embargo, operar con un miedo constante a la retribución divina o a que los demonios se apoderen de nuestra vida está más cerca de la superstición y el animismo paganos antiguos que de la senda de Cristo. Hay peligros en el mundo, pero a menudo tienen más que ver con la orientación y motivación del corazón que con lugares o prácticas físicas.
Existen formas prácticas de evaluar si estamos actuando de forma supersticiosa o fiel. Al reflexionar sobre nuestras prácticas y tradiciones espirituales, es bueno preguntarse: «¿De dónde viene esa práctica?» y «¿Qué me motiva?» ¿Lo hacemos por amor o respeto? ¿O por una tradición que nos recuerda a un Salvador amoroso? ¿O será que hemos añadido una cualidad mágica a la práctica, basada en el miedo a la retribución divina si no la hacemos? En otras palabras, nuestras prácticas religiosas deberían estar guiadas por la conexión con Dios, no por la protección contra él.
En segundo lugar, deberíamos enfatizar la gracia por encima del rendimiento. Cuando vemos que otra persona practica algo que nos da miedo, podemos recordar un par de cosas. Primero, Jesús nos recuerda que no juzguemos a los demás «según las apariencias» (Juan 7:24). También podemos preguntarnos cuál es la razón probable por la que nuestro hermano está haciendo o dejando de hacer algo. Una actitud supersticiosa y de mala fe puede suponer lo peor; una actitud de buena fe se niega a asignar motivos nefastos a personas que no nos hemos tomado el tiempo de entender.
Nuestras prácticas religiosas deberían estar guiadas por la conexión con Dios, no por la protección contra él.
Y agrego una cosa más: aunque el cristianismo es «intensamente práctico», necesitamos tener cuidado para no convertir la fe en fórmulas. Por ejemplo, pensar que los devocionales matutinos tienen mayor valor que los vespertino; o asumir que ciertos órdenes del culto son más bendecidos que otros; o creer que comer o evitar ciertos alimentos garantiza una salud perfecta; o incluso, pensar que ciertas oraciones necesitan estar redactadas correctamente. Todo eso representa intentos de tomar el control personal de los resultados en lugar de confiar en un Dios personal que nos cuida.
Conclusión
Todos estamos inmersos en nuestras respectivas culturas. Todos tenemos el potencial de manipular nuestras creencias con supersticiones. En El Deseado de todas las gentes, Elena White escribe: «Hay cristianos que piensan y hablan demasiado del poder de Satanás. Piensan en su adversario, oran acerca de él, hablan de él y parece agrandarse más y más en su imaginación. Es verdad que Satanás es un ser fuerte; pero, gracias a Dios, tenemos un Salvador poderoso que arrojó del cielo al maligno. Satanás se goza cuando engrandecemos su poder. ¿Por qué no hablamos de Jesús? ¿Por qué no magnificamos su poder y su amor?».14
De vez en cuando es bueno nutrir nuestra comprensión explorando la Palabra de Dios, para asegurarnos de que los miedos y las ansiedades que persiguen el camino de la superstición no se confundan con el amor, la paz y la alegría que caracterizan la senda de Jesús.
1 Stevie Wonder, «Superstition», Talking Book (Tamla, 1972).
2 Eva Delacroix y Guillard Valérie, «Understanding, Defining, and Measuring the Trait of Superstition», trabajo presentado en el Encuentro Mundial del IAREP/SABE, enero de 2008.
3 Ángel Manuel Rodríguez (ed.), Andrews Bible Commentary (Berrien Springs, Mich.: Andrews University Press, 2020), p. 1517.
4 Monique Cuany, «Early Christianity and Greek Philosophy: The Argument of Acts 17:16-34 in Light of the Philosophical and Religious Debates of Early Post-Hellenistic Times» (tesis doctoral, University of Cambridge, agosto de 2018), p. 61.
5 Ibíd., p. 84.
6 Ibíd., p. 86.
7 San Agustín, La ciudad de Dios, Tomo 6.
8 Mary Beard y John North, eds., Pagan Priests: Religion and Power in the Ancient World (Ithaca, N.Y.: Cornell University Press, 1990), p. 237.
9 Ibíd., p. 238.
10 Jean Delumeau, Sin and Fear: The Emergence of a Western Guilt Culture, 13th-18th Centuries (New York: St. Martin’s Press, 1990), p. 542.
11 Mensah Adinkrah, Witchcraft, Witches, and Violence in Ghana (New York: Berghahn Books, 2015), p. 46.
12 Bruce L. Bauer, «Cultural Foundations for Fear of Witchcraft in Africa», Journal of Adventist Mission Studies 13, no. 1 (2017): 9.
13 N. T. Wright, Following Jesus: Biblical Reflections on Discipleship (Grand Rapids, Mích.: Eerdmans, 2014), p. 68.
14 Elena White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, Calif.: Pacific Press, 1955), p. 455.
Seth Pierce es el pastor principal de la iglesia adventista de Sunnyside en Portland (Oregón, EE. UU.) y profesor adjunto de religión en la Universidad de Walla Walla. Presenta el pódcast patrocinado por la ALC titulado Beast & Bible (La bestia y la Biblia). Puede conectarse con él en Instagram y TikTok @professorpierce.



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