En la era de los datos, seamos como los bereanos
n algunos sectores de la sociedad contemporánea hay un escepticismo creciente sobre la veracidad de los informes científicos, la integridad de los científicos y la honestidad de las compañías que utilizan la ciencia para vender sus productos. Algunos individuos y grupos se oponen enérgicamente a la ciencia misma por la desconfianza que se basa en preocupaciones legítimas. Los debates en redes sociales, los estudios contradictorios y los intereses financieros ocultos solo han profundizado esa desconfianza. Sin embargo, el escepticismo hacia la ciencia no es nuevo, y no debería sorprendernos.
La ciencia es una búsqueda profundamente humana –noble pero imperfecta– impulsada por nuestro deseo de descubrir la verdad a pesar de nuestros defectos. Su progreso depende de probar, fallar, corregir y refinar, por lo que a menudo antes de llegar a lo correcto, los descubrimientos son incorrectos. La debilidad humana hace que algunos distorsionarán los datos o exagerarán los resultados para beneficio propio; pero esto refleja un fracaso moral, no una falta de confiabilidad científica. La respuesta adecuada no es el cinismo, sino el discernimiento: la sabiduría de separar la verdad del engaño. Cultivar el discernimiento en este ámbito requiere apreciar lo que la ciencia es y lo que no es; lo que legítimamente afirma y lo fácil que puede desviarse cuando se pierde la humildad y la integridad.
La fe bíblica y la verdadera ciencia comienzan con la creencia de que la realidad es coherente y la verdad puede ser descubierta.
Una definición adecuada
En su mejor versión, la ciencia no es una colección de hechos, sino una forma disciplinada de buscar la verdad mediante la observación honesta y las pruebas. Este enfoque –conocido como método científico– proporciona un medio estructurado de hacer preguntas y evaluar respuestas. Comienza con una observación cuidadosa seguida de una hipótesis –una explicación comprobable que predice lo que debería ocurrir si la idea es correcta. A continuación, se realizan experimentos para recopilar datos que respalden o refuten esa predicción. Otros investigadores repiten o cuestionan los hallazgos, y solo por medio de resultados consistentes las conclusiones ganan fuerza. El poder de este método radica en su humildad y autocorrección: cada etapa minimiza el sesgo, aplica un escrutinio estadístico y recompensa la replicación, asegurando que el conocimiento se vuelva progresivamente más claro; incluso cuando la incertidumbre nunca se borra por completo.
La investigación médica utiliza ampliamente el método científico para evaluar intervenciones terapéuticas naturales y sintéticas. Un buen ejemplo se puede ver en el estudio de la vitamina D y la diabetes. Hace años, los médicos observaron que las personas con menor exposición al sol parecían tener tasas más altas de diabetes tipo 2. Esa observación llevó a la hipótesis de que la vitamina D –producida en la piel por contacto con la luz solar–, podría ayudar a regular la insulina y el azúcar en sangre. Los investigadores probaron esa idea en estudios de laboratorio, modelos animales y ensayos clínicos. Algunos estudios iniciales señalaron beneficios notables, mientras que otros mostraron solo un efecto modesto o nulo. En lugar de descartar la pregunta, los científicos refinaron sus métodos teniendo en cuenta las diferencias de genética, dieta y niveles basales de vitamina D. Siguieron ensayos aleatorizados más amplios, que redujeron el papel del azar y revelaron que una cantidad adecuada de vitamina D desempeña un papel de apoyo, aunque no mágico, a la salud metabólica. La lección no fue solo sobre las vitaminas, sino sobre cómo las pruebas sistemáticas corrigen el entusiasmo temprano, separan la coincidencia de la causa y producen una verdad equilibrada.1
Usemos el discernimiento
En esencia, la ciencia es un hábito disciplinado de humildad, un compromiso que lleva a decir: «Esto es lo que sabemos hasta ahora, y estamos dispuestos a cambiar de opinión cuando aparezcan mejores pruebas». No es arrogancia en el conocimiento, sino reverencia por la verdad, siempre abierta a la corrección. La palabra scientia, que en latín significa «conocimiento», se refería originalmente a la búsqueda ordenada del entendimiento. A lo largo de los siglos, ha llegado a significar una búsqueda cuidadosa y metódica de la verdad que profundiza la comprensión del mundo natural. En la actualidad, «ciencia» suele significar conocimiento confirmado por la evidencia: datos recopilados, analizados y probados mediante métodos transparentes y repetibles que permiten que otros verifiquen los resultados. Sin embargo, históricamente, el término tenía un alcance más amplio: cualquier forma disciplinada y razonada de saber era llamada ciencia. Los teólogos del pasado hablaban de «la ciencia de la virtud» o «la ciencia de la felicidad», expresando el mismo rigor intelectual aplicado a la verdad moral y espiritual. Ya sea al explorar el cosmos o la conciencia, la ciencia es una búsqueda de comprensión, alejada del orgullo y anclada en la humildad de seguir aprendiendo.
Elena White utilizó el término en ese sentido clásico y profundo. Escribió: «La ciencia de la redención es la ciencia de las ciencias […]; ciencia que será el estudio de los redimidos de Dios durante los siglos sin fin».2 Para ella, la ciencia –ya fuera de los átomos o de la salvación– consistía en descubrir las leyes y patrones que revelan el carácter del Creador. El mismo Dios que diseñó la gravedad también diseñó la gracia. El universo físico funciona sobre principios de orden y equilibrio; el universo moral funciona sobre la misma coherencia divina. Ambos pueden estudiarse, aunque uno por experimentación y otro por experiencia.
La fe bíblica y la verdadera ciencia comienzan con la creencia de que la realidad es coherente y la verdad puede ser descubierta. Así que, en lugar de ser adversarias, llegan a ser compañeras en la búsqueda de la verdad. Ambas exigen integridad, honestidad y humildad ante la evidencia, ya sea que esté escrita en las estrellas o en las Escrituras. El científico estudia el mundo de Dios; el creyente estudia la Palabra de Dios y el mundo de Dios. Cada uno lee diferentes capítulos de un libro escrito por el mismo Autor. Cuando buscamos patrón y propósito en el mundo natural, pisamos intelectualmente tierra sagrada, porque el orden en sí mismo es la caligrafía divina. «Las cosas de la naturaleza son una expresión del carácter de Dios».3
Elena White hablaba a menudo de la ciencia verdadera, la ciencia falsa y lo que ella llamaba «la falsamente llamada ciencia».4 La verdadera ciencia, dijo, es humilde y armoniosa con la verdad revelada de Dios: comienza con reverencia y termina en asombro. «Toda verdad, ya sea en la naturaleza o en la revelación, es consecuente consigo misma en todas sus manifestaciones».5 La verdadera ciencia no compite con las Escrituras: la complementa. Cada descubrimiento genuino –desde la gravedad hasta la genética– no hace más que revelar la sabiduría creativa de Dios.
La ciencia falsa, en cambio, es orgullo disfrazado; toma las herramientas de la razón y las vuelve contra su Hacedor, afirmando que el intelecto humano es el juez final de la verdad. Puede construir máquinas, pero no la moral; mide galaxias, pero ignora la gracia. La ciencia falsa «ha cautivado y esclavizado las mentes de muchos».6
Luego está lo que las Escrituras llaman «la falsamente llamada ciencia» (1 Tim. 6:20). Es un conocimiento que parece científico, pero no lo es. Es especulación disfrazada con lenguaje de expertos. Toma prestado el vocabulario de la investigación, pero no su honestidad. Esa «ciencia» aparenta ser segura donde la evidencia es débil y despectiva; donde permanece el misterio. Finge saberlo, pero se niega a aprender. Es, en resumen, la falsificación del conocimiento. Este conocimiento falso ha estado durante mucho tiempo en desacuerdo con la verdad divina. Elena White observó: «La así llamada ciencia y la religión serán colocadas en mutua oposición debido a que hombres finitos no comprenden el poder y la grandeza de Dios».7 La verdadera ciencia acepta la corrección; la ciencia falsa se resiste a ella. El falsificador toma prestado el formulario, pero niega el espíritu de búsqueda de la verdad. La ciencia auténtica es transparente, comprobable y humilde; las falsamente llamadas ciencias son manipuladoras, sesgadas o interesadas.
Poner a prueba las afirmaciones de la ciencia o de la teología por medio del Espíritu no es desconfiar del conocimiento, sino santificarlo.
Por ello, es indispensable el discernimiento divino. La persona perspicaz no rechaza la razón; más bien, une la razón a la revelación. El apóstol Pablo elogió a los bereanos porque, cuando escuchaban nuevas enseñanzas, escudriñaban «cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hech. 17:11). No aceptaban las cosas ciegamente, ni las descartaban con arrogancia; las ponían a prueba. Su fe era racional y su razonamiento, espiritual.
En el capítulo 58 de Patriarcas y profetas, Elena White sostiene que el estudio de la ciencia pone al estudiante cara a cara con el Creador del universo.8 En tal caso, el discernimiento no es sospecha; es adoración informada por la razón. Poner a prueba las afirmaciones de la ciencia o de la teología por medio del Espíritu no es desconfiar del conocimiento, sino santificarlo.
Frente a un nuevo descubrimiento científico
En términos prácticos, ¿cómo debería responder un creyente reflexivo cuando un titular anuncia: «Nuevo estudio demuestra…»? El modelo bereano nos da una guía clara: hacer una pausa, poner a prueba y orar.
Primero, haga una pausa antes de reaccionar, y ore. No todos los descubrimientos son tan nuevos, ni tan reales como parecen. La ciencia se corrige constantemente, y el titular de hoy puede ser la retractación de mañana. Resista tanto el impulso de creer todo lo etiquetado como «científico» como la tentación de descartar todo lo que no le resulta familiar.
Segundo, ponga a prueba la afirmación con oración y detenimiento. Hágase las siguientes preguntas:
• ¿Quién realizó la investigación?
• ¿Fue revisada por pares de confianza e imparciales, o financiada por intereses creados?
• ¿Encaja con lo que ya sabemos a partir de las evidencias consistentes?
• ¿Se alinea con la verdad inspirada?
En otras palabras, aplique tanto la razón santificada como la prudencia espiritual. El Dios que nos llama a amarle con toda nuestra mente (Mat. 22:37) nos invita a pensar críticamente, no con cinismo.
Por último, ore pidiendo discernimiento. El Espíritu Santo es el Espíritu de verdad. Puede que no aporte nuevos datos, pero refina nuestro juicio para reconocer la integridad, toda vez que la vemos. Suaviza la arrogancia y agudiza la percepción. Bajo su conducción, la razón y la fe se convierten en aliadas. Un creyente que sigue el proceso de hacer una pausa, poner a prueba y orar no será ingenuo, crédulo ni temeroso. Al igual que los bereanos, abrazará la verdad de toda fuente confiable, reconociendo que toda luz auténtica fluye de la misma Fuente divina. Tanto si examinamos la naturaleza a través del microscopio como si analizamos las Escrituras mediante la meditación en oración, el objetivo sigue siendo el mismo: conocer la realidad de Dios y vivir en armonía con ella. La verdadera ciencia, entonces, no excluye a Dios, sino que revela su constancia y fidelidad en la creación. De manera que, cuando surjan nuevos descubrimientos, haga una pausa, compruebe y ore. Pregunte si ellos reflejan las señales de identidad de la verdad: la honestidad, la coherencia y la humildad. El discernimiento no rechaza la investigación; la redime, transformando cada búsqueda de conocimiento en un paso hacia el Creador.
1 Las recomendaciones actuales relacionadas con la vitamina D y la diabetes tipo 2: La suplementación con vitamina D muestra potencial para personas con diabetes tipo 2, ya que puede mejorar el control del azúcar en sangre, aumentar la sensibilidad a la insulina y reducir la inflamación. Sin embargo, la evidencia sobre su capacidad para prevenir la diabetes tipo 2 en personas con prediabetes es mixta, con algunos ensayos grandes que no muestran un efecto preventivo significativo, mientras que otros sugieren posibles beneficios. Es importante que las personas hablen con su médico para determinar si la suplementación es adecuada y para que se les revisen los niveles de vitamina D mediante un análisis de sangre.
2 Elena White, La educación (Buenos Aires: Asoc. Casa Editora Sudamericana, 1998), p. 126.
3 Elena White, Testimonios para la iglesia (Miami, Fl.: Asoc. Publ. Interamericana, 1998), t. 8, p. 275.
4 Véase, por ejemplo, Signs of the Times, 18 de mayo de 1882.
5 Elena White, Patriarcas y profetas (Mountain View, Calif.: Pacific Press Pub. Assn., 1954), p. 105.
6 Elena White, Testimonios para la iglesia (Miami, Fl.: Asoc. Publ. Interamericana), t. 4, p. 577.
7 Elena White, El evangelismo (Miami, Fl.: Asoc. Pub. Interamericana, 1994), p. 431.
8 Elena White, Patriarcas y profetas, p. 586.
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Zeno L. Charles-Marcel es médico internista certificado y director de Ministerios Adventistas de Salud de la Asociación General.
Publicado en la Adventist Review – Febrero 2026



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