COMO PERROS Y GATOS

Claves para fomentar la unidad en tiempos de polarización

Los desacuerdos son una realidad de la vida; también dentro de la iglesia. Y eso no es necesariamente algo negativo. En ninguna parte de la Biblia se afirma que todos los creyentes en Jesús deban ver cada tema exactamente de la misma manera. Sin embargo, en una época marcada por la ira, la polarización y la confrontación constante, se vuelve imprescindible que el pueblo de Dios aprenda a discrepar sin perder el espíritu cristiano que debe caracterizar a la iglesia. Cuando la iglesia no logra mantener ese equilibrio, rápidamente se debilita espiritualmente: el ministerio se ve sofocado y la misión resulta obstaculizada.

UNIDAD EN LA IGLESIA

La unidad en la iglesia no es algo opcional. Pablo escribió: «Les ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que hablen todos una misma cosa y que no haya entre ustedes divisiones. Antes, estén perfectamente unidos en una misma mente y un mismo parecer» (1 Cor. 1:10; énfasis añadido).

En términos generales, los adventistas del séptimo día no saben discrepar adecuadamente. Esto puede deberse a que otorgan un valor central a la verdad, convencidos de que el error nunca es inofensivo y de que la apostasía se sus-tenta en el engaño espiritual. Queremos estar en lo cierto, porque estar «equivocados» tiene consecuencias graves (lee Apoc. 13-14 si tienes alguna duda). Sin embargo, no siempre reparamos en el hecho de que una persona puede estar en lo correcto desde el punto de vista teológico y, aun así, estar espiritualmente equivocada.

El evangelio nos ha sido dado por Dios con el propósito de transformarnos a la imagen de Jesús. Ese detalle fundamental suele ser pasado por alto cuando las discusiones se tornan personales y quienes participan terminan peleándose como perros y gatos. Elena de White escribió: «Si se pusieran a un lado el orgullo y el egoísmo, cinco minutos bastarían para eliminar la mayoría de las dificultades».1 El incumplimiento de esta condición ha resultado ser la perdición de muchos que profesan creer en Jesús.

Además, en una época en la que las personas se radicalizan a través de medios de comunicación partidistas, enfadados e irrespetuosos, no debería sorprender que los miembros de la iglesia reflejen con frecuencia el mismo rencor y la misma animosidad en los que fijan su atención y de los que, en muchos casos, se alimentan. No es casual que se nos haya instruido a separarnos del mundo (ver 2 Cor. 6:17).

CUESTIONES QUE NOS DIVIDEN

En más de una ocasión, cuestiones que requieren reflexión serena y diálogo cristiano terminan provocando enfrentamientos, debilitando relaciones personales y desviando tiempo, energía y recursos de la misión central de la iglesia.

Algunos sostendrán que estos asuntos son importantes y que, por lo tanto, merecen ser debatidos. Si eso es así o no, no es el punto que aquí se está considerando. Podría afirmarse, incluso, que cuanto más significativo es un tema, mayor es la necesidad de preservar la unidad. Sin embargo, con frecuencia ocurre lo contrario: cuestiones complejas se transforman en focos de atención desproporcionados, en banderas identitarias y, en ciertos contextos, en pruebas implícitas de fidelidad u ortodoxia. No pocas veces, estas discusiones se desarrollan sin espíritu cristiano ni amabilidad.

El desafío para los cristianos consiste en aprender a abordar asuntos complejos sin permitir que se transformen en factores de división o en un freno para el avance de la iglesia. En una iglesia que valora la verdad y la pureza doctrinal, y que cree haber sido levantada para compartir un mensaje vital con el mundo, ciertas diferencias, distracciones y desacuerdos pueden parecer de máxima importancia. Sin embargo, no lo son. Lo verdaderamente importante es proclamar el evangelio y reflejar el carácter de Jesús. Debemos recordar que la distancia entre «defender la verdad», por un lado, y terminar simplemente peleándose como perros y gatos, por otro, puede ser sorprendentemente corta.

RECORDANDO LAS PALABRAS DE JESÚS

Antes de discutir o debatir sobre cualquier tema, debemos recordar que Jesús dijo: «Un mandamiento nuevo les doy: que se amen unos a otros. Que se amen así como yo los he amado. En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos, si se aman unos a otros» (Juan 13:34-35). Cuatro capítulos más adelante, Jesús oró a su Padre: «Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti. Que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste» (Juan 17:21). Esto no es algo secundario ni marginal desde el punto de vista bíblico. Jesús repitió esta misma idea dos veces más en los versículos siguientes. Claramente, este tema era importante para él (y sigue siéndolo).

Cristo oró «para que sus discípulos sean uno, así como él y el Padre son uno; y esta unidad de los creyentes debe ser un testimonio ante el mundo de que él nos ha enviado y de que somos portadores de la evidencia de su gracia».2 No pierdas esto de vista: la unidad entre los creyentes da testimonio al mundo de que hemos sido enviados por Dios.

¿Cómo crees que estamos reflejando esa unidad? Necesitamos aprender a estar en desacuerdo y a considerar los problemas desde distintas perspectivas, sin dejar de manifestar el carácter de Jesús.

El modelo para resolver las diferencias interpersonales dentro de la iglesia se encuentra en Mateo 18. Jesús dijo: «Si tu hermano peca contra ti, ve y muéstrale su falta entre tú y él solo. Si te oye, habrás ganado a tu hermano. Si no te oye, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oye a ellos, dilo a la iglesia. Y si no oye a la iglesia, tenlo por gentil y publicano» (Mat. 18:15-17).

Todo el proceso descrito por Jesús tiene un propósito claramente redentor. Los conflictos entre creyentes deben abordarse, en primer lugar, de manera personal. Si el intento de reconciliación no prospera, se recurre a la ayuda de otros. Si aun así no se logra avanzar y la situación alcanza cierta gravedad, la iglesia debe intervenir. Y, si no hay una resolución satisfactoria, la persona pasa a ser tratada como un incrédulo. Esto no implica marginarla o rechazarla, sino relacionarse con ella con gracia y con una sincera preocupación por su salvación.

Además, estos asuntos deben manejarse con confidencialidad. Salomón escribió: «El hipócrita, con la boca daña a su prójimo» (Prov. 11:9). Incluso cuando la otra persona esté equivocada —quizás especialmente en ese caso—, debe hacerse todo lo posible por proteger su dignidad. La amargura y la malicia no deben tener cabida en los desacuerdos interpersonales. Si alguien te ha ofendido, no es necesario que el mundo entero lo sepa.

CÓMO AFRONTAR EL DESACUERDO

La Biblia nos recuerda que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios (Rom. 8:28) y que la batalla —cualquier batalla— no es nuestra, sino del Señor (2 Crón. 20:15). Más allá de los desacuerdos, las disputas y las molestias, los seguidores de Jesús mantienen viva la esperanza de su pronto regreso, de la erradicación definitiva del pecado y del establecimiento del reino eterno de Dios, que nunca tendrá fin. Eso es lo verdaderamente importante. Dios no nos llama a ganar batallas contra otras personas ni a demostrar cuán acertados estamos en cada circunstancia.

Entonces, ¿cómo debemos relacionar-nos con alguien que tiene una perspectiva teológica diferente? ¿Cómo debemos actuar cuando se toman decisiones que consideramos equivocadas dentro de la iglesia, en cualquiera de sus niveles administrativos? La respuesta sencilla es: con gracia, recordando que estas cuestiones están, en última instancia, en manos de Dios y que nosotros mismos podemos no estar del lado correcto del asunto.

Un amigo mío solía decir que toda historia tiene al menos tres versiones: «la mía, la tuya y la verdad». Sea cual sea el tema en discusión, ninguna persona dispone de toda la información. Por eso, un seguidor de Cristo debe ser extremadamente cuidadoso no solo con lo que dice, sino también con la manera en que lo dice.

En la actualidad, vemos facciones y grupos escindidos que generan una profunda confusión dentro del cuerpo de Cristo. Sin embargo, la mensajera del Señor advierte: «Puede parecer que la iglesia está por caer, pero no caerá. Ella permanece en pie, mientras los pecadores que hay en Sion son tamizados, mientras la paja es separada del trigo precioso».3 Aquellos que abandonan la iglesia, bebiendo de cisternas rotas mientras siguen a uno u otro grupo, se alejan del remanente. Oramos por su regreso, pero para muchos esa salida termina siendo definitiva, y eso constituye una verdadera tragedia.

RAZONES POR LAS QUE LAS PERSONAS DISCREPAN

Parte de las peleas entre los miembros de la iglesia se debe, sencillamente, a un espíritu crítico. Las personas verdaderamente convertidas no viven en constante confrontación, no difunden chismes, no hacen públicos los problemas de la iglesia ni buscan avergonzar a otros. Una experiencia genuina con Jesús bastaría para disminuir la intensidad de muchas discusiones y desacuerdos. Durante su ministerio, Jesús fue seguido de cerca por quienes buscaban encontrar defectos en él y destruir su obra. El creador del mundo fue traicionado, acusado injustamente, entregado como criminal a verdaderos criminales, torturado, insultado y humillado. Y, sin embargo, nunca se defendió públicamente ni recurrió a la exposición o la confrontación para justificarse. Si Jesús pudo actuar de ese modo, sin duda sus seguidores también pueden hacerlo.

Elena de White escribió en El Deseado de todas las gentes: «Jesús no contendía por sus derechos. Con frecuencia, su trabajo resultaba innecesariamente penoso porque era voluntarioso y no se quejaba. Sin embargo, no desmayaba ni se desanimaba. Vivía por encima de esas dificultades, como en la luz del rostro de Dios. No ejercía represalias cuando lo maltrataban, sino que soportaba pacientemente los insultos».4

Vale la pena detenerse a reflexionar en esto.

Cuando un miembro de la iglesia afirma poseer luz y verdad, pero actúa de manera totalmente contraria al espíritu de Cristo, no solo se contradice a sí mismo, sino que desmiente con su conducta el mensaje que dice defender.

CÓMO TRATAR LA INFORMACIÓN PRIVADA

La iglesia se ha visto profundamente afectada por el cambio radical de actitudes provocado por el auge de Internet. Comentarios que antes nacían y morían en una conversación hoy se vuelven prácticamente inmortales cuando alguien publica un video en línea, acompañado de una miniatura sensacionalista y afirmaciones exageradas. Además, dado que las redes sociales pueden funcionar como una droga, la emoción de saber que una publicación

ha sido vista primero por quinientas personas, luego por cinco mil y después por diez mil, no hace más que alimentar el ego. Los referentes del odio pueden surgir de la noche a la mañana.

Quienes utilizan Internet para criticar y menospreciar a la iglesia no son amigos tuyos ni amigos de Jesús. Dañan a la iglesia, que es la niña de sus ojos. No entienden que, «por débil e imperfecta que parezca, la iglesia es el objeto al cual Dios dedica en un sentido especial su suprema consideración. Es el escenario de su gracia, en el cual se deleita en revelar su poder para transformar los corazones».5

Elena de White también afirma: «La iglesia es la fortaleza de Dios, su ciudad de refugio, que él sostiene en un mundo en rebelión. Cualquier traición a la iglesia es traición hecha a aquel que ha comprado a la humanidad con la sangre de su Hijo unigénito».6 Por eso, el descontento con otros miembros de la iglesia o las disputas sobre estilo de vida, doctrina o administración eclesiástica nunca deberían provocar división dentro de la iglesia. Si el pueblo de Dios apreciara el altruismo, el respeto y la cooperación, la iglesia estaría en una condición mucho más saludable.

No me opongo a expresar un punto de vista, aun cuando otros lo consideren equivocado. Lo que rechazo es ventilar públicamente los trapos sucios de la iglesia, porque creo que la Biblia se opone a hacerlo. Me opongo a las críticas públicas y ásperas; me opongo a derribar en vez de construir; me opongo a presentar a la iglesia bajo la peor luz posible, tanto ante sus miembros como ante quienes no lo son. El principio expresado en 1 Corintios 10:31 no se aplica solo a la dieta: «Si comen, o beben, o hacen otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios». Si algo no da gloria a Dios, ese asunto nunca debería ver la luz del día.

El consejo de Pablo a la iglesia de Corinto fue directo: «Amados hermanos, cuando estuve con ustedes, no pude hablarles como lo haría con personas espirituales. […] Tienen celos unos de otros y se pelean entre sí. ¿Acaso eso no demuestra que los controla su naturaleza pecaminosa? ¿No viven como la gente del mundo? Cuando uno de ustedes dice: “Yo soy seguidor de Pablo” y otro dice: “Yo sigo a Apolos”, ¿no actúan igual que la gente del mundo?» (1 Cor. 3:1-4, NTV). Cuando nos alineamos detrás de esta o aquella figura, cuando tomamos partido en disputas eclesiásticas, cuando optamos por la confrontación en lugar de buscar sinceramente la paz que surge de someterse a la voluntad de Dios, demostramos que no estamos siendo guiados por el Espíritu Santo.

CUANDO LA IGLESIA COMETE ERRORES

La iglesia cometerá errores, y sus líderes también. Una congregación local ya es compleja; cuánto más una asociación o una iglesia mundial. Son pocos los que alcanzan a dimensionar plenamente los desafíos que enfrentan los dirigentes eclesiásticos. Por eso, no debería sorprendernos que ningún líder acierte siempre en cada decisión.

«Si el mundo ve que existe perfecta armonía en la iglesia de Dios, será para este una poderosa evidencia en favor de la religión cristiana. Las disensiones, algunas desdichadas divergencias y los enfrentamientos por insignificancias en la iglesia deshonran a nuestro Redentor. Todas estas cosas pueden ser evitadas si el yo se entrega a Dios y los que siguen a Jesús obedecen la voz de la iglesia. La incredulidad sugiere que la independencia individual aumenta nuestra importancia, que es señal de debilidad renunciar a nuestras ideas de lo que es correcto y propio, para acatar el veredicto de la iglesia; pero es peligroso seguir tales sentimientos y opiniones, y nos llevará a la anarquía y confusión. Cristo vio que la unidad y la comunión cristianas eran necesarias para la causa de Dios y, por lo tanto, las ordenó a sus discípulos. Y la historia del cristianismo desde aquel tiempo hasta ahora demuestra en forma concluyente que tan solo en la unión hay fuerza. Sométase el juicio individual a la autoridad de la iglesia».7

Jesús advirtió que habría aflicción, oposición y rechazo por causa de su nombre (Juan 16:33; Mat. 10:36; Luc. 21:17). Pero también declaró: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia» (Mat. 5:10). No se trata de persecución cuando alguien enfrenta consecuencias por sus propios errores o actitudes equivocadas, sino cuando sufre por vivir en fidelidad a Dios. En ese contexto, Jesús no dejó espacio para la venganza ni para la discordia entre sus seguidores.

¿DEBEN OCULTARSE LOS PROBLEMAS BAJO LA ALFOMBRA?

Antes de que alguien piense que estoy sugiriendo que ciertos problemas pueden simplemente barrerse bajo la alfombra, o que todas las tensiones pue-den resolverse con buenas intenciones y abrazos, conviene aclarar que no es eso lo que estoy diciendo. La realidad es bastante distinta.

Cuando el teólogo australiano Desmond Ford cuestionó las posiciones bíblicas sostenidas por la Iglesia Adventista del Séptimo Día, él y sus seguidores se encaminaron inevitablemente hacia un conflicto abierto. ¿Debía la iglesia aceptar sus planteamientos? Evidentemente, no. ¿Debía tratárselo con amabilidad? Sin duda, y así se hizo. Sin embargo, la oposición pública y persistente a la iglesia y a sus enseñanzas no es algo que deba tolerarse. El daño causado por las enseñanzas erróneas de Ford fue profundo. Aunque quienes promueven el error deben ser tratados con espíritu cristiano, no se puede permitir que sus ideas influyan o contaminen al cuerpo de Cristo.

Quienes no se sienten conformes con las enseñanzas del adventismo tienen el derecho de adoptar otra posición. Pero quienes permanecen fieles a las enseñanzas bíblicas de la Iglesia Adventista no están obligados a dar cabida al cisma ni a sostener indefinidamente un conflicto doctrinal interno. A veces, Dios permite que surjan preguntas difíciles dentro de la iglesia para revelar lo que realmente hay en el corazón.

Las decepciones y las heridas son reales. En ocasiones, los pastores defraudan a sus congregaciones; otras veces, una comisión de nombramientos puede pasar por alto a alguien para un cargo que considera merecer; o una facción impulsa cambios en el culto que otros juzgan inapropiados. Estas situaciones pueden resultar profundamente dolorosas, y no deben minimizarse.

Sin embargo, la gracia de Dios nos es dada precisamente para que podamos sobreponernos a ellas y reflejar, aun en medio de la tensión, el carácter de Jesús.

«Vivan según el Espíritu», escribió Pablo, «y no satisfarán los deseos malos de la carne» (Gál. 5:16).

ALGUNAS REFLEXIONES FINALES

Elena de White escribió: «Todos necesitan ser bautizados del Espíritu Santo; todos deben evitar el censurar y hacer observaciones despectivas, y acercarse más a Cristo, para apreciar las pesadas responsabilidades que están llevando los que colaboran con él. “Avancen juntos; avancen juntos”, son las palabras de nuestro Instructor divino. La unión hace la fuerza; en la desunión hay debilidad y derrota».8

Esta exhortación no elimina la responsabilidad de defender la verdad. La verdad debe ser defendida. Sin embargo, quien no es capaz de hacerlo reflejando al mismo tiempo el carácter de Jesús haría mejor en guardar silencio. Debe ser posible discrepar sin volverse desagradable. Es legítimo expresar desacuerdos, pero siempre de tal manera que nadie tenga motivos para dudar de la autenticidad de nuestro cristianismo.

 Y esto es urgente porque vivimos en tiempos complejos. Aunque hay muchos cristianos felices y numerosas congregaciones saludables, basta una sola chispa para provocar un incendio. A los creyentes les esperan días difíciles.

«Solo los que hayan fortalecido su mente con las verdades de la Biblia podrán resistir en el último gran conflicto».9 Por eso la pregunta de Apocalipsis 6:17 sigue siendo pertinente: «¿Quién podrá mantenerse en pie?» (NVI).

El cristiano que medita en la cruz de Jesús aprenderá a vivir en total dependencia de él y a manifestar su Espíritu. En el Calvario, Jesús murió una muerte ignominiosa para que nosotros pudiéramos vivir una vida gloriosa. El cielo lo dio todo el día en que el sol se negó a brillar. Los clavos en las manos y los pies de Jesús, la corona de espinas sobre su frente, la lanza clavada en su costado, y el dolor, la vergüenza y el rechazo que soportó nos invitan a permitir que Jesús entre más plenamente en nuestras vidas. Desde la cruz, él pronunció la oración que da sustento a todas las oraciones: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Luc. 22:42).

No mi voluntad, sino la tuya. No yo, sino Cristo. La muerte al pecado y al yo permitirá que el Espíritu Santo gobierne por completo la vida de todo creyente. Quienes anhelan ver el regreso de Jesús lo contemplarán primero en la cruz y, con el corazón enternecido por el inmenso amor de Dios, le permitirán vivir su vida en ellos. Mientras esperan su regreso, en lugar de pelearse como perros y gatos, los creyentes en Jesús pueden, por el contrario, convivir en plena armonía.

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JOHN BRADSHAW, presidente del ministerio It Is Written (Escrito está). Fue el orador principal en el 62.º Congreso de la Asociación General celebrado en St. Louis, Misuri, en julio de 2025.

Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Reflections, el boletín oficial del Biblical Research Institute (Instituto de Investigación Bíblica) de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, en el número de julio–septiembre de 2025. La presente versión en español se publica con adaptaciones editoriales, sin modificar el enfoque ni la intención del autor.

Referencias:

1 Elena de White, Primeros escritos (Florida, Buenos Aires: ACES, 2014), p. 150.

2 Elena de White, My life today (Washington, D. C.: Review and Herald, 1952), p. 252.

3 Elena de White, Eventos de los últimos días (Florida, Buenos Aires: ACES, 2011), p. 184.

 4 Elena de White, El Deseado de todas las gentes (Florida, Buenos Aires: ACES, 2008), p. 68.

5 Elena de White, Los hechos de los apóstoles (Florida, Buenos Aires: ACES, 2009), p. 11.

6 Ibid., p. 10.

7 Elena de White, Testimonios para la iglesia (Doral, Florida: IADPA, 2008), t. 4, p. 23.

8 Elena de White, Joyas de los testimonios (Florida, Buenos Aires: ACES, 2015), t. 2, p. 584.

9 Elena de White, El conflicto de los siglos (Florida, Buenos Aires: ACES, 2015), p. 651.

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