El desafío de los que quieren una vida que vale la pena.
Suena el teléfono en la oficina del arquitecto. Una persona quiere construir su casa y le confía el proyecto. El arquitecto hace los planos y contacta a una empresa constructora. Durante la construcción, tanto el arquitecto como los constructores avanzan de manera descuidada, sin realmente prestar atención a los planos ni tomando en cuenta los pedidos de cliente.
Suena otro teléfono, esta vez el celular de Juanita. Es el entrenador del equipo de ciclismo femenino que la invita a sumarse al equipo para competir en una carrera prestigiosa. Juanita ya se imagina con la medalla alrededor del cuello. Pero, como está convencida de tener talento para este deporte, no siempre va a los entrenamientos ni tampoco sigue las reglas de alimentación necesarias.
Suena un teléfono más. Andrés llama a su novia, Inés, y la invita a cenar. En un ambiente romántico y poético, le propone matrimonio y una vida de felicidad sin fin. Por supuesto, a Inés se le llenan los ojos de flores y mariposas así que acepta encantada. Llega el día de la boda y el pastor les presenta una serie de preguntas que les muestran una realidad en la que no habían pensado. Escuchan incrédulos ante lo que les podría tocar vivir juntos, se miran con el ceño fruncido y se van, cada uno a su casa. Sin casarse.
Abro un paréntesis.
Hace bien inventar caricaturas de la realidad que nos rodea. Cuanto más descabelladas, mejor. Lo curioso es que, en algún lugar, podremos reconocernos en alguno de los personajes que acabamos de inventar y, si aceptamos dejarnos transformar por el Señor, esta semejanza puede ser el punto de partida para comprender lo que necesitamos cambiar y así vivir una vida más plena.
Cierro el paréntesis.
No quisiera ser el cliente de aquel arquitecto. Ni tampoco el entrenador de Juanita. Pero peor sería ser ese arquitecto, o Juanita, o Andrés o Inés. El cliente y el entrenador se quedarán frustrados o enojados. Pero los demás, con su actitud indolente, descuidada y superficial, están viviendo una vida de desastre tras desastre. ¿Quién quiere una visa así?
Cuando Jesús habló a la gente en las colinas del lago de Galilea, le dio un sabio consejo: “Entren por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos la hallan” (Mat. 7:13, 14).
Muchas veces relacionamos estas palabras de Jesús con temas y decisiones espirituales. Y hacemos bien. Nuestra salvación depende de nuestra aceptación del costo que significa seguir a Cristo. El versículo 13 habla claramente de perdición, que no es lo que Dios desea para nadie. Él “es paciente con nosotros porque no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Ped. 3:9).
Sin embargo, también podemos aplicar estas palabras a todos los aspectos de nuestra vida. Tomar el camino angosto también significa aceptar que tengo que esmerarme en mis emprendimientos y hacer los esfuerzos necesarios para lograr algo. La realidad es que los objetivos que valen la pena en la vida solo se logran cuando transitamos por el camino angosto tomados de la mano de Jesús. Es él quien nos motiva y nos capacita para ser diligentes y evitar los atajos que tanto nos pueden tentar a veces.
Jesús no solo nos invita a vivir una vida de excelencia, sino también nos da el ejemplo. Te invito a leer los evangelios buscando indicios sobre los esfuerzos que él tuvo que hacer para cumplir con su gran objetivo: nuestra salvación. ¿De qué se privó? ¿Qué hubiese querido hacer, pero no hizo por amor a nosotros? ¿Qué le resultó difícil emocionalmente como consecuencia de sus decisiones?
Así como podemos ver nuestros crasos errores en los errores de algún personaje de caricatura que inventamos, también encontraremos el modelo supremo del éxito en Jesús, quien en cada aspecto de su vida eligió el camino angosto. Y quien desea guiarte a cada paso en esta desafiante aventura.
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