Cómo Jesús enfrentaba las emociones difíciles
La mayoría de nosotros tendemos a caer en uno de dos hábitos cuando hacemos frente a emociones difíciles tales como la tristeza, la ansiedad, el duelo o la ira. O evitamos nuestras emociones –minimizándolas, reprimiéndolas, distrayéndonos para no tener que sentirlas–; o nos entregamos a ellas, permitiendo que nuestros sentimientos dicten nuestras decisiones, comportamientos y las historias que nos contamos sobre nuestra vida.
Jesús, sin embargo, nos muestra una tercera vía. En Juan 12:27 y 28, una semana antes de su crucifi xión, vemos claramente cómo Jesús maneja el peso emocional. Es profundamente humano y práctico para la vida cotidiana.
Jesús identifica y nombra lo que siente
«Ahora está turbada mi alma» (Juan 12:27). Antes que nada, Jesús simplemente dice lo que es verdad. Se siente incómodo, angustiado y ansioso. No finge lo contrario. Como aquel que no cometió pecado, nos muestra que no hay nada pecaminoso en experimentar emociones. Nuestras emociones no son fracasos morales; son señales dadas por Dios que nos invitan a prestar atención.
Esto es lo opuesto a la evitación emocional. Muchos de nosotros crecimos creyendo que ser fuerte significa actuar con indiferencia. Sin embargo, Jesús, plenamente consciente de lo que viene, habla con claridad sobre su experiencia interna de angustia.
Nombrar un sentimiento no lo resuelve, pero sí aporta claridad. Evita que las emociones pasen desapercibidas para de todas maneras influirnos.
Jesús se da cuenta de la historia que se está contando a sí mismo
Justo después de nombrar a su alma atribulada, Jesús pregunta: «¿Y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora?» Esa pregunta revela hacia qué lo empujan sus emociones: el impulso de retroceder, de dar un paso atrás, de evitar lo que le resulta abrumador. En términos sencillos, se siente mal y quiere sentirse mejor. Pronuncia la tentación en voz alta. Eso es conciencia
emocional en acción: reconocer no solo el sentimiento, sino también la dirección en la que lo está empujando.
Es algo importante para nosotros. Las emociones intensas siempre vienen acompañadas de una narración, una historia que nos contamos a nosotros mismos: «No puedo con esto, esto es demasiado». A veces la historia es útil; otras veces no lo es. Jesús no finge que esos pensamientos no existen. Los reconoce, pero no lo manejan.
Aquí es donde muchos de nosotros nos quedamos atascados; asumimos que nuestros sentimientos nos están dando toda la verdad, o asumimos que nuestra narrativa tentadora significa que ya hemos fracasado. Jesús trata sus sentimientos como información, no como órdenes.
Jesús elige su propósito a pesar de sus sentimientos conflictivos
«Pero para esto he llegado a esta hora». Y entonces ora diciendo: «Padre, glorifica tu nombre» (vers. 28). Es un detalle crucial. Jesús no está trabajando con sus emociones en aislamiento ni como si fuera un diálogo interno. Todo su procesamiento interno ocurre ante el Padre. El versículo 28 muestra que su honestidad emocional fluye con naturalidad hacia la oración.
La respuesta a sus sentimientos muestra que no espera hasta sentirse tranquilo; no espera hasta que la sensación de angustia desaparezca. Elige claridad y dirección en medio de la tensión emocional.
Esta es una imagen más realista de la madurez emocional: no fingir que no hay resentimientos, pero tampoco dejar que ellos dirijan el rumbo. Jesús toma una decisión con propósito mientras sigue sintiendo un confl icto interno.
Usted puede sentirse inseguro y aun así avanzar con valor. Puede sentir miedo y aun así elegir lo que es correcto. Puede sentirse conflictuado y aun así elegir mantenerse alineado con sus valores y en la dirección en que Dios lo está guiando.
Eso es lo que signifi ca honrar nuestras emociones mientras permanecemos anclados en un propósito.
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David Buruchara es terapeuta de parejas y le entusiasma la intersección entre la salud mental, las relaciones y la fe. Junto a su esposa Callie residen en Virginia (Estados Unidos).



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