ELEGIDOS POR EL PROPÓSITO DIVINO

12/10/2026

Abracemos el llamado radical de Dios

Era diciembre de 1844 en Portland, (Maine, EE.UU.). Cinco mujeres se habían arrodillado en oración, con el corazón traspasado por el dolor. Solo dos meses antes, el 22 de octubre, su mundo se había desmoronado. Miles de adventistas milleritas habían visto ponerse el sol y salir de nuevo sin la aparición de su Salvador. El Gran Chasco los había dejado en el ridículo, desconcertados y espiritualmente desorientados.

En esa habitación estaba arrodillada una jovencita de diecisiete años llamada Elena Harmon. Con solo treinta y seis kilos de peso, sufría una afección crónica por una lesión cerebral en la infancia que terminó con su educación formal a los nueve años, y con una voz tan dañada que apenas podía hablar más allá de un susurro. Era el epítome de la fragilidad humana. Sin embargo, mientras oraba, la habitación pareció esfumarse. Sintió que un poder la atravesaba, elevándola por encima del mundo oscuro, donde vio un camino recto y estrecho que proyectaba una luz brillante detrás del pueblo adventista. Jesús los guiaba hacia la Ciudad Santa.1

Ese fue el nacimiento de un ministerio profético que abarcaría siete décadas, moldearía un movimiento global y proporcionaría un modelo vivo de cómo Dios se comunica con un mundo caído. Pero más allá de un evento histórico aislado, la primera visión de Elena Harmon (más tarde White) ilumina una verdad eterna que va desde el Génesis hasta el Apocalipsis y nos muestra que cuando Dios llama a un individuo a su servicio, no busca currículums humanos, prestigio cultural ni validación social. El Espíritu Santo unge a quien elige, y a quien llama es su ideal absoluto; no se trata de una segunda opción ni de un último recurso desesperado.

Forjó mensajeros con arcilla defectuosa

Para comprender la naturaleza radical del llamado divino, debemos repasar la narrativa bíblica. Dios nunca ha elegido a sus representantes sobre la base de los estándares humanos de preparación. Por el contrario, la historia de la salvación incluye una galería de candidatos improbables, cada uno llamado a un punto de inflexión geopolítico y espiritual preciso para realinear a un pueblo errante con el pacto eterno y renovar su carácter para que sea como el carácter de Dios.

ABRAHAM: EL GUARDIÁN DEFECTUOSO DE LA PROMESA

Consideremos a Abram, que más tarde recibió el nuevo nombre de Abraham. Dios no lo encontró en un lugar de prístina pureza teológica; por el contrario, lo llamó para que deje Ur de los caldeos, una ciudad impregnada de politeísmo y el culto a la luna. Cuando Dios lo llamó a abandonar su país y a sus parientes para darle una herencia desconocida, Abraham salió, adentrándose en las tinieblas con tan solo una promesa divina (véase Heb. 11:8).

La teología adventista ha reconocido durante mucho tiempo que la justificación de Abraham tuvo sus raíces enteramente en la fe, similar a la justificación por la fe que cimenta los mensajes de los tres ángeles (Gén. 15:6; Gál. 3:6-9). A pesar de ello, Abraham era un hombre profundamente imperfecto. Mintió sobre su esposa ante reyes extranjeros solo para protegerse, e intentó manipular las promesas de Dios por medio de Agar.

No obstante, cuando llegó la prueba suprema y extenuante en el monte Moria –la orden de ofrecer a Isaac– la sumisión total de Abraham quedó al descubierto. Como señaló una vez el pionero del adventismo J. N. Andrews, el sacrificio en Moria no fue simplemente una prueba de obediencia ciega, sino una revelación visceral del plan de salvación, mostrando al padre de los fieles la agonizante profundidad del sacrificio que el Padre celestial haría al dar a su propio Hijo.2 Abraham no era la segunda opción de Dios para fundar una nación; a pesar de sus defectos, su capacidad de entrega plena lo convirtió en el instrumento ideal.

ELÍAS: LA VOZ EN EL DESIERTO DE LA APOSTASÍA

Siglos después, cuando Israel sucumbió a la podredumbre cultural y espiritual del culto a Baal bajo Acab y Jezabel, Dios no envió a un diplomático refinado ni a un sumo sacerdote desde Jerusalén. Llamó a Elías, un tisbita rudo y poco cortés de las colinas de Galaad. El llamado de Elías se definió por la confrontación. Se situó en el Monte Carmelo, solo frente a cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y cuatrocientos profetas de Asera, y lleno del Espíritu hizo un llamado al arrepentimiento nacional
(1 Reyes 18:19-39).

El mensaje de Elías fue simple pero devastador: ¿Cuánto tiempo van a vacilar entre dos opiniones? Elías fue el mensajero ideal porque su total desapego a la política cortesana le impedía ser comprado o ejercer el control. Fue un pararrayos humano para el Espíritu Santo, para dirigir los corazones de la gente hacia el verdadero Dios antes de que cayera el fuego.

ISAÍAS: LOS LABIOS PURIFICADOS DE LA MAJESTAD

Cuando Isaías contempló la aterradora majestad de Dios en el Templo celestial, su reacción inmediata no fue una ambición profesional, sino una profunda conciencia de su propia ruina. «¡Ay de mí –gritó– que soy muerto!, porque [soy] hombre de labios impuros» (Isa. 6:5).

Isaías no pudo servir plenamente hasta que experimentó el toque agonizante y purificador del carbón encendido del altar, sobre su boca. Solo después de esta purificación radical, cuando el Dios trino preguntó: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?», Isaías respondió con esas palabras icónicas de absoluta disponibilidad: «¡Heme aquí! Envíame a mí» (vers. 8). La calificación de Isaías no residía en su elocuencia natural, sino en su disposición a ser quebrantado y rehecho por la presencia de Yahvé.

JUAN EL BAUTISTA: EL PUENTE ASCETA

En el umbral del Nuevo Testamento está Juan el Bautista, un hombre cuya ropa de pelo de camello y dieta de langostas y miel silvestre reflejaban deliberadamente a Elías. La vocación de Juan le requirió dejar lo que le resultaba cómodo en la sociedad de Judea del siglo I. Rechazó las trayectorias sacerdotales tradicionales de su linaje para vivir en el desierto predicando un mensaje duro pero hermoso, de arrepentimiento, para así preparar el camino al Mesías (Mar. 1:2-5).

Incluso cuando fue apresado por Herodes –luchando contra las oscuras sombras de la duda que Satanás usa contra todo mensajero cansado– Juan siguió siendo el precursor ideal de Cristo. El propio Jesús afirmó que entre los nacidos de mujer no se había levantado nadie mayor que Juan (Mat. 11:11).

Una mensajera improbable para un movimiento destrozado

Cuando pasamos del canon bíblico al nacimiento de la Iglesia Adventista, la metodología divina sigue siendo asombrosamente consecuente. Tras el 22 de octubre de 1844, el desgarrado movimiento millerita necesitaba una voz que lo guiara a través de la niebla teológica. Había hombres destacados disponibles: gigantes intelectuales, predicadores elocuentes y administradores tan capaces como José Bates o Jaime White.

Por el contrario, el Espíritu Santo pasó por alto a los fuertes, los educados y los socialmente influyentes; Dios eligió a Elena Harmon.

Pensemos en la increíble improbabilidad de esta elección. En 1844, la sociedad estadounidense era profundamente patriarcal: a las mujeres se les negaba el derecho al voto, la autonomía legal y el derecho a hablar en la mayoría de las asambleas religiosas públicas. Además, Elena solo era una adolescente cuya salud física estaba tan comprometida que sus pulmones sangraban, y los médicos creían que solo le quedaban semanas de vida. Era pobre y poseía una educación finalizada en tercer grado.

Según cualquier indicador humano de liderazgo, ella no era una candidata. Cuando le llegó el llamado, se apartó aterrorizada, orando para que Dios pusiera esa carga sobre otra persona. Cuando finalmente colocó su debilidad ante la fortaleza divina, su responsabilidad se convirtió en el medio exacto por el cual el poder de Dios podía ser magnificado sin que el orgullo humano oscureciera la vista. Debido a que era débil y poseía una educación limitada, nadie podía atribuir sus profundas ideas teológicas, sus amplias visiones históricas o sus consejos atemporales sobre salud y educación, a su propio acervo. La belleza de su ministerio fue un cumplimiento viviente de la teología paulina: Dios elige las cosas necias del mundo para avergonzar a los sabios (1 Cor. 1:27). Quién él llama se convierte en su ideal, preparado precisamente para las exigencias únicas del momento.

La unción del Espíritu: Un llamado a todo creyente

Esto nos lleva a la realidad urgente y contemporánea que afecta a cada persona sentada hoy en la iglesia. La voz profética del pasado no es simplemente un artefacto histórico para admirar desde la distancia. Es un espejo que refleja nuestras propias responsabilidades divinas. En los últimos momentos de la historia de la Tierra, el pueblo de Dios necesita comprender que el llamado de Dios no es un privilegio de élite reservado a unos pocos, sino un mandato universal extendido a todos.

Necesitamos dejar que el Espíritu Santo sea la agencia que llama y equipa. Demasiadas veces las iglesias locales caen en la trampa del pensamiento corporativo, intentando encasillar la unción del Espíritu en categorías de prejuicio humano, credenciales educativas, franjas de edad o antecedentes culturales. Pero la economía del cielo opera bajo un plan completamente diferente.

Si bien hay diversidad de dones, el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Hay diversidad de actividades, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para el bien de todos. «Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de actividades, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para el bien de todos» (1 Cor. 12:4-7).

Las palabras del apóstol Pablo a la iglesia corintia son una declaración absoluta de inclusión espiritual. El Espíritu Santo es radicalmente igualitario en la distribución de sus dones. Es inclusivo en cuanto a sexo, edad y raza.

Cuando el Espíritu busca un instrumento para lanzar un ministerio de salud global, una labor comunitaria local, una iniciativa innovadora de evangelización digital o un ministerio de oración silenciosa e intercesora, no consulta nuestras jerarquías culturales. No verifica si una persona es hombre o mujer, un académico con doctorado o un trabajador con poca educación, un septuagenario o una joven adolescente.

Si hoy usted está sintiendo que su edad lo hace irrelevante, recuerde a Elena White con diecisiete años. Si siente que su falta de riqueza o educación formal lo descalifica, recuerde a los pescadores de Galilea y al predicador en el desierto. Dios nunca ha hecho acepción de personas (Hech. 10:34). Si él ha puesto una tarea en su corazón para una actividad específica de avanzar en su reino, usted no es su segunda opción porque alguien más calificado ha dicho que no; sino que usted es su elección ideal para esa esfera específica de influencia.

Dejemos lo que nos resulta cómodo

Sin embargo, aceptar el llamado requiere abandonar la búsqueda de un cristianismo cómodo y suavizado. Un llamado de Dios rara vez es una invitación a un camino de menor resistencia. Como los antiguos profetas, nuestras tareas personales casi con toda seguridad nos empujarán mucho más allá de lo que nos resulta cómodo y hasta puede requerir un sacrificio material considerable. Sin duda exigirá profunda humildad y una sumisión diaria de nuestra voluntad personal a la voluntad soberana de Dios.

Acaso no seamos llamados al cargo profético canónico o no canónico de Daniel o Elena White. Pero estamos llamados a ser una voz profética viva dentro de nuestro hogar, el lugar de trabajo, la universidad o el barrio. Estamos llamados a encarnar el mensaje de Elías; a demostrar visualmente la belleza de la justicia de Cristo en un mundo que se ahoga en el materialismo secular y la confusión moral.

Esa obra no puede lograrse con la determinación humana, la acrobacia intelectual o el carisma pastoral. La tarea que tenemos por delante es humanamente imposible. Las corrientes culturales de nuestra era poscristiana son demasiado fuertes; la oposición demasiado sofisticada y nuestros propios recursos demasiado escasos.

Pero aquí reside nuestra esperanza perdurable: «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tes. 5:24). Dios califica a los llamados. Cuando entregamos nuestros escasos «cinco panes y dos peces» de talento, tiempo e identidad al Maestro, el Espíritu Santo unge esa ofrenda con poder infinito. Dejemos de escondernos tras nuestras supuestas insuficiencias. Silenciemos la voz del enemigo que susurra que somos demasiado jóvenes, demasiado viejos, demasiado quebrantados o demasiado incultos como para tener algún valor. El Rey de reyes camina hoy por los pasillos de nuestras vidas, mirando más allá de nuestra apariencia externa para ver directamente el corazón. Y pregunta una vez más: «¿A quién enviaré?»

Que tengamos el valor, la humildad y la fe para mirar hacia arriba más allá de nuestra debilidad y responder: «Heme aquí, envíame a mí»

1 Elena White, Primeros escritos (Mountain View, Cal.: Pacific Press Publ. Assn., 1962), pp. 13-15.
2 Juan N. Andrews, The Three Messages of Revelation 14:6-12 (Battle Creek, Mích.: Review and Herald Pub. Assn., 1892), pp. 45-47.

__________

Cindy Tutsch fue directora asociada del Patrimonio Elena White. Ya jubilada, vive cerca de Seattle, Washington, Estados Unidos.

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