Con Jesús en el Santuario
A principios de este año me encontré con un pastor adventista joven, talentoso y «en llamas». Él me había invitado a desayunar, y me sentí muy feliz de aceptar. Apenas me senté, las preguntas llegaron con insistencia: «¿Qué pasa con el Santuario?» «¿Es realmente importante?» «Si es tan importante y central desde el aspecto bíblico: ¿por qué nadie más lo enfatiza como lo hacemos nosotros?» «¿Es solo una reliquia del pasado, que es mejor dejar como un residuo histórico?»
Siguió una excelente y animada conversación de dos horas. Afortunadamente, hubo muchos momentos de sorpresa para el joven ministro (¡y para mí también!) a lo largo del tiempo que pasamos juntos, pero ninguno mayor que cuando le dije: «El Santuario gira en torno a Jesús –como Cordero, Sacerdote y Rey– y sobre el anhelo de Dios de habitar personal y permanentemente con su amado pueblo».
El joven se detuvo de repente, sonrió a medias, frunció el ceño, desvió la mirada en evidente reflexión y, unos instantes después, me dijo: «¡Dilo otra vez!» Así que lo hice. Y durante unos cuantos segundos, se quedó allí sentado, pensativo, con el ceño fruncido, asimilándolo.
—Impresionante –exclamó–. Nunca lo había escuchado decir así. ¿Podemos hablar de ello?
—Por supuesto –le respondí.
Lo que sigue es un resumen de lo que hablamos, así que lo invito a acompañarnos y disfrutar de esa conversación.
El deseo divino de habitar con nosotros
Dios anhela estar con y entre su pueblo. Vemos esta hermosa verdad acerca del corazón de Dios de forma inconfundible desde el Génesis hasta el Apocalipsis. En el Génesis, Dios forma a Adán y Eva a su imagen, les hace un jardín para que habiten y va a visitarlos diariamente en su hogar. Además, Dios crea el sábado, un día de descanso de veinticuatro horas, como un «tabernáculo en el tiempo».
Como observa Sigve Tonstad en The Lost Significance of the Seventh-day: «El séptimo día pone en evidencia las prioridades de Dios. Al ver que el tiempo humano “comienza con un día de descanso y no con un día de trabajo», la búsqueda espiritual –vivir la vida en una relación con el Creador que sea mutuamente significativa–, se destaca como el sentido principal de la vida».1 Apenas una página después, Tonstad escribe: «El séptimo día habla de la importancia de los seres humanos para Dios, y su mensaje principal no es el deber humano sino el compromiso divino».2 Esas ideas son sublimes, porque nos preparan para una comprensión adecuada del sábado –como una revelación previa al pecado– sobre el corazón, las prioridades y la fidelidad de Dios.
No es de extrañar que el mensaje del sábado, un memorial de la creación, sea el mismo que el mensaje general de la creación: Dios ama y prioriza a sus hijos humanos –a aquellos que especialmente llevan su imagen– y, por lo tanto, anhela estar con ellos. Al avanzar hasta el Apocalipsis, vemos que el gran clímax de las Escrituras y del plan redentor de Dios es que, por fin, él está con sus hijos amados de todas las edades.
Regresando al Antiguo Testamento, esta vez al Éxodo, volvemos a ver el anhelo de Dios de estar con y entre su pueblo, esta vez en la construcción de un Santuario: «Me erigirán un Santuario, y habitaré en medio de ellos» (Éx. 25:8). Al igual que la creación y el sábado, el Santuario pone en evidencia las prioridades de Dios. ¿Y cuál es una de las prioridades divinas más elevadas? Habitar con su pueblo; estar entre ellos.
Antes de continuar, permita que la belleza y profundidad de esta verdad simple y central para la Biblia lo envuelvan: ¡Dios quiere estar con usted! ¡Sí, con usted! No solo lo ama, sino que quiere que usted, con su personalidad única e insustituible, habite tanto la eternidad como su vida diaria junto a él. Como nuestro amoroso Padre celestial, Dios está a nuestra disposición, para todos nosotros. ¡Y ha abierto un camino! No hay mejor noticia que esta. Así es como se inician y terminan las Escrituras.
Un modelo
El versículo inmediatamente posterior a Éxodo 25:8 dice: «Conforme a todo lo que yo te muestre, así haréis el diseño del Tabernáculo y el diseño de todos sus utensilios» (vers. 9). El diseño y la estructura no fueron idea de Moisés, sino de Dios.3
El «modelo» dado por Dios era una estructura de tres partes. La palabra técnica para esto, a veces usada por los teólogos, es tripartito, que simplemente significa que incluye tres secciones: el atrio, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. El atrio era una gran zona cercada, o patio. Había una única entrada, lo que simbolizaba que solo había una forma –un ingreso– para acceder a la siguiente sección y, lo más importante, al Dios que habitaba allí.
El atrio contenía dos muebles sagrados: un gran altar y una fuente con agua. Estos también fueron diseñados por Dios, y el modelo le fue dado a Moisés. El Lugar Santo venía a continuación y contenía tres muebles: un candelabro, una mesa con pan ceremonial y un altar más pequeño para encender incienso. El Lugar Santísimo, que curiosamente tenía forma de cubo, contenía un solo mueble: el arca del pacto, que contenía las tablas de los Diez Mandamientos, escritas por la mano de Dios y entregadas a Moisés.4
Por último, unos mil años antes de Cristo, ese Santuario temporal y móvil se convirtió en una estructura permanente e inamovible con la construcción del macizo y opulento Templo del rey Salomón que, al igual que el Santuario anterior, fue construido según el modelo dado por Dios, y fue allí donde Dios habitó claramente con su gloria.
Este Santuario y su modelo comunicaban dos grandes realidades: (1) el deseo de Dios de estar con su pueblo y (2) su santidad, lo que requiere una cierta manera de habitar con su pueblo. El pecado y la impureza no pueden llegar a la presencia directa de Dios tal como le dijo a Moisés: «Pero no podrás ver mi rostro –añadió–, porque ningún hombre podrá verme y seguir viviendo» (Éx. 33:20). Siendo así, Dios hizo un camino para poder habitar con su pueblo pecador, y ese camino era el Santuario, con su patrón específico dado por Dios.
Dios sabe que somos pecadores y que no podemos rescatarnos ni restaurarnos por nuestra cuenta. Así que creó una vía maravillosa y plena de sabiduría que no compromete su santidad ni finge que nuestro pecado no es real. Es una solución maravillosa y hermosa que eleva al pecador a Dios mediante la misericordia, el perdón, el sacrificio y la restauración. Dios nos quiere profundamente y se toma en serio (¡literalmente!) nuestra salvación. ¿Por qué? Porque ¡él anhela estar con nosotros de manera personal y permanente!
Jesús y el Santuario
El Santuario, con todo su bello y a menudo misterioso simbolismo, señalaba a Jesús. Presagiaba su encarnación, muerte, resurrección y ministerio como Sumo Sacerdote. Jesús es «la puerta» (Juan 10:7, 9) y «el camino» (Juan 14:6), ambas referencias como el único punto de salvación para el acceso a Dios, simbolizado por la única entrada al recinto sagrado.
Jesús es el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», como anunció osadamente Juan el Bautista (Juan 1:29). Jesús es nuestro «misericordioso y fiel sumo sacerdote» (Heb. 2:17) que «[se compadece] de nuestras debilidades» y que «fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Heb. 4:15). Jesús es el «pan de vida» (Juan 6:35), una referencia tanto al maná en el desierto como al pan ceremonial del Santuario. Jesús es «la luz del mundo» (Juan 8:12), una referencia general a la luz y sus propiedades de iluminación, pero también al candelabro del Santuario, que iluminaba el interior del recinto. Jesús es el «propiciatorio», esa tapa dorada que cubría el arca donde el sumo sacerdote (que también simboliza a Jesús) rociaba la sangre expiatoria en el día separado para la expiación (ver Rom. 3:25 y Lev. 16).
De hecho, ¡Jesús es todo el Santuario en sí! (ver Juan 2:19-22; 1:14). Una fascinante similitud entre Jesús en su encarnación y el Santuario es que ambos eran bastante sencillos y poco impresionantes desde fuera, pero por dentro estaban llenos de belleza, misterio, luz y santidad.5
Un día, Jesús dijo a los asombrados líderes religiosos de su tiempo: «Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida» (Juan 5:39, 40). En otra ocasión, tras su resurrección, les dio un estudio bíblico a dos de sus discípulos, desconcertados y sin duda emocionados, y les dijo: «Estas son las palabras que os hablé estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos» (Luc. 24:44).
No cabe duda de que gran parte de lo que Jesús quiso decir en esas dos ocasiones (y en otras similares) es que el Santuario del Antiguo Testamento –su estructura, diversos símbolos y mensaje general– señalaban maravillosamente y de forma concluyente hacia él: el Templo, la Puerta, el Cordero, el Sumo Sacerdote, el Pan, la Luz y el Propiciatorio, entre otros. Jesús no es solo aquel a quien apuntan tantas historias y símbolos del Antiguo Testamento, incluido el Santuario. ¡Él mismo es el centro!
¿Es Jesús «una mera doctrina»? ¡Por supuesto que no! Él es la segunda persona de la Divinidad, «el Hijo de Dios», «el Salvador del mundo», «el Verbo hecho carne», nuestro «gran Sumo Sacerdote», nuestro «Rey de reyes»6 que pronto regresará, y más aún, Jesús es el fundamento y el destino de la fe cristiana, y el Santuario apunta a él y a sus diversos modos de ministerio de maneras múltiples y que nos llenan de luz.
1 Sigve K. Tonstad, The Lost Meaning of the Seventh Day (Berrien Springs, Mích.: Andrews University Press, 2009), p. 37. (La cursiva es mía).
2 Ibid., p. 38. (La cursiva es mía).
3 Véase también Éx. 25:40; 26:30; Hech. 7:44; Heb. 8:5. En 2025, Light Bearers, el ministerio del que tengo el privilegio de ser director y orador, dedicó nuestra «convocatoria» anual a estudiar el Santuario en una serie de diez capítulos titulada Dwell: The Sanctuary and the Heart of God. Les recomiendo ver nuestro canal de YouTube, https://www.youtube.com/@Light_Bearers.
4 Todo esto –desde la estructura tripartita hasta los materiales, el diseño y dimensiones de los distintos objetos sagrados, los sacerdotes y sus vestimentas– es altamente simbólico. Se han escrito libros fascinantes e importantes sobre el Santuario y su extraordinario simbolismo. Uno de esos libros imposible de dejar de lado, es la obra maestra de Richard Davidson, A Song for the Sanctuary: Experiencing God’s Presence in Shadow and Reality.
5 Véase Isa. 53:2. Se observa que la belleza del Santuario estaba en gran medida en el interior. Desde afuera, parecía simplemente una tienda grande pero normal, hasta donde se podía ver, dado la elevada valla que circundaba el atrio.
6 Véase Juan 20:31; 1 Juan 4:14; Juan 1:14; Heb. 4:14; Apoc. 19:11-16.
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David Asscherick es pastor adventista ordenado, orador del ministerio Light Bearers, cofundador de ARISE, y autor de God in Pain [El Dios adolorido].



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