Cómo perdí el miedo al tribunal del cielo
No siempre he considerado el juicio como parte de las buenas nuevas del evangelio.1 Al crecer en la Iglesia Adventista del Séptimo
Día, solía estremecerme cuando se mencionaba el juicio investigador. La idea de que mi nombre apareciera en el juicio celestial, con todos mis pecados presentados ante Dios y el universo como testigo, me hacía pensar: ¡Nunca lo lograré! Por favor, no permitas que mi nombre salga hoy.
Imaginen mi sorpresa cuando, siendo un joven pastor, me encontré con varias oraciones en el libro de los Salmos en las que el salmista realmente añoraba –sí, anhelaba– el juicio. La súplica más general de juicio parecía bastante impactante: «Levántate, Dios, juzga a la tierra» (Sal. 82:8). Las expresiones de alegría y exuberancia ante el juicio venidero estaban más allá de mi comprensión: «Alégrense los cielos y gócese la tierra […]. Entonces todos los árboles del bosque rebosarán de contento delante de Jehová, que vino, porque ha venido a juzgar la tierra» (Sal. 96:11-13).2 ¿No entendía David la pecaminosidad del pecado, la
gravedad del juicio?
Las entendía. Fíjense en su oración de arrepentimiento tras el romance con Betsabé y el asesinato a su marido: «Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado; he hecho lo malo delante de tus ojos, para que seas reconocido justo en tu palabra y tenido por puro en tu juicio» (Sal. 51:3, 4). David comprendió lo atroz de su pecado y la realidad del juicio. ¡Pero también entendió el mensaje de la justificación por la fe! David vio que, por pecaminoso que fuera, sus pecados podían ser cubiertos y purificados por la sangre del sustituto. Con alegría pudo exclamar: «Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto su pecado» (Sal. 32:1).
Las Escrituras sostienen de manera consistente la suciedad del pecado y la certeza del juicio. Pero también revelan que el Cordero de Dios –nuestro sustituto– ha sido aceptado en nuestro lugar. Al recibir a Cristo, estamos cubiertos con la túnica de su justicia. Dios le dice al gran acusador: «¡Jehová te reprenda, Satán!» (Zac. 3:2). Somos absueltos, perdonados y purificados.
La situación se revierte
En la sentencia la situación se invierte. Ya no somos los acusados, porque Cristo ha pagado el precio completo por nuestra absolución. Ahora nos convertimos en los demandantes, pidiendo vindicación contra las falsas acusaciones de Satanás. Ahora, junto con David, podemos anhelar y recibir de buena gana al juicio. Podemos orar diciendo: «Júzgame [o vindícame] conforme a tu
justicia, Jehová, Dios mío, ¡que no se alegren de mí!» (Sal. 35:24).
¡Vindicación en el juicio! ¡Seguridad en el juicio! Esas son buenas noticias: ¡casi demasiado buenas para ser verdad! Y ni siquiera me atrevía a creerlo siendo estudiante de teología, luego como estudiante en el posgrado y después como joven pastor. Afirmaciones como la siguiente no dejaban de sonar en mis oídos: «Nunca debe enseñarse a los que aceptan al Salvador, aunque sean sinceros en su conversión, a decir o sentir que están salvados».3 No entendía que Elena White refutaba la creencia errónea de «una vez salvo, siempre salvo». Pensé que quería decir que nunca se puede tener la certeza presente de la salvación. ¡Qué trágico que no vi en ese mismo párrafo la seguridad de Dios de que podemos entregarnos a Cristo «y saber que él nos acepta!»
Durante más de dos años prediqué sermones llenos de Cristo, pero carentes de certeza. Pero finalmente, mediante una serie de
maravillosas circunstancias providenciales, comenzaron a aparecer ante mis ojos la sencillez y la belleza del evangelio.
Las promesas sublimes me llamaron la atención de las Escrituras: «De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí tiene vida eterna» (Juan 6:47). «Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Juan 5:13; ver los vers. 11, 12). Encontré la misma gloriosa revelación en las palabras de Elena White: «Si os entregáis
a él y le aceptáis como vuestro Salvador, por pecaminosa que haya sido vuestra vida, seréis contados entre los justos, por consideración hacia él. El carácter de Cristo reemplaza el vuestro, y sois aceptados por Dios como si no hubierais pecado».4
Alegría y paz
La maravillosa noticia de que fui aceptado «en el amado» (ver Efe. 1:6), que Cristo es mi justicia, trajo a mi alma alegría y paz como
la descrita por quienes escucharon el mensaje del evangelio tras el Congreso de la Asociación General de 1888. Elena White parece haber captado mis propios sentimientos al relatar la experiencia de muchos en la reunión de Ottawa (Kansas), en 1889: «La luz brilló de los oráculos de Dios en relación con la ley y el evangelio, en relación con el hecho de que Cristo es nuestra justicia, lo cual pareció a las almas que estaban hambrientas de la verdad como una luz demasiado preciosa para ser recibida».5 Me sentí como el joven pastor de ese encuentro de Kansas que «vio que tenía el privilegio de ser justificado por la fe. Quedó en paz con Dios y, con lágrimas, confesó qué alivio y bendición había recibido en su alma».6
Desde aquella introducción experiencial a la certeza del evangelio cuando era un pastor joven, la belleza de la justicia por fe se ha vuelto cada vez más valiosa. ¡Aunque tengo que confesar que a veces todavía parece demasiado buena para ser verdad! Me sorprendo inconscientemente volviendo a caer en viejos patrones de tratar de ser lo suficientemente bueno para merecer la salvación, y tengo que descubrir de nuevo la verdad alegre «que abate en el polvo la gloria del hombre» y confía plenamente en la justicia de Cristo.
Contrario a lo que pensé en su momento, y a lo que muchos temían en 1888, el mensaje de certeza en la justicia de Cristo no conduce a una gracia barata. «Vuestro fruto [es] la santificación» (Rom. 6:22).7 He comprobado que solo confiando plenamente en los méritos de mi sustituto y garantía puedo obedecer verdaderamente a Dios tanto en el espíritu como en la letra. Antes de interiorizar las buenas nuevas de la justificación por la fe, había intentado depender «de su vigilancia contra la tentación y de la realización de ciertos deberes para que Dios las acepte». Descubrí que, en efecto, «no hay victorias en esta clase de fe». Entonces llegó la gloriosa revelación: «Se necesitan vigilancia constante y ferviente y amante devoción. Pero ellas se presentarán naturalmente cuando el alma es preservada por el poder de Dios, mediante la fe […]. Dios aceptará a cada uno que acude a él confiando plenamente en los méritos de un Salvador crucificado. El amor surge del corazón […]. El deber se convierte en una delicia, y el sacrificio en un placer».8
También he descubierto que la vida cristiana es una cuestión de crecimiento continuo, y si en el proceso de crecimiento cometo errores, eso no me quita la seguridad. Así como un niño que da sus primeros pasos no es desheredado por su padre cuando tropieza y cae, así mi Padre celestial no me rechaza cuando resbalo y caigo (ver Sal. 37:24). A menudo he tenido que inclinarme y llorar a los pies de Jesús por mis defectos y errores, pero por mandato de Dios no tengo por qué desanimarme. Aunque el enemigo me venza, no soy rechazado, ni abandonado, ni rechazado por Dios.9 La perfecta santidad de Cristo expía mis defectos; cuando hago lo mejor que puedo, él se convierte en mi justicia.10 El Padre no contempla mi carácter defectuoso, sino que me ve vestido con la perfección de Cristo.11
Como dijo Juan el Amado: «Estas cosas os escribo para que no pequéis. Pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo, el justo» (1 Juan 2:1). ¡Qué certeza y seguridad nos ha dado Dios! Estoy agradecido de que mi seguridad no dependa de mis sentimientos. No puedo buscar en mi interior pruebas de mi aceptación ante Dios, porque no encontraré nada más
que lo que me desanime. Mi única esperanza reside en mirar a Jesús, a mi justicia, a mi consuelo y a mi alegría (ver Sal. 51; Isa. 6).12
Me alegra que, al seguir mirando a Cristo, que es mi justicia, el resultado prometido es inevitable: mi arrepentimiento se profundizará y, al mismo tiempo, al contemplarlo cambiaré, transformado «de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:18).13
Una doctrina preciosa
¡Qué valiosa es para mí la doctrina de la certeza cristiana! ¡Pero también quiero subrayar que la doctrina del juicio es ahora igual de valiosa!
En los años posteriores a 1888, algunos defensores de la certeza cristiana (por ejemplo, Albion Ballenger) consideraron que esa doctrina no podía ser reconciliada con la enseñanza adventista sobre el juicio investigador previo al regreso de Cristo, por lo que optaron por mantener la primera y rechazar la segunda. En los últimos años, algunos adventistas han vuelto a defender esa postura. Pero las evidencias bíblicas que presenta (especialmente desde 1980) la Comisión Daniel y Apocalipsis y otras fuentes, resultan convincentes: no se trata de elegir entre la certeza cristiana y el juicio investigador. Ambas son doctrinas bíblicas sólidas. Además, el juicio implica un examen de las obras de los santos, como los adventistas han sostenido de manera consistente.
La iglesia cristiana ha luchado durante mucho tiempo para explicar cómo podemos tener la certeza de la salvación totalmente por la gracia y, sin embargo, ser juzgados por nuestras obras. No obstante, me he convencido de que los adventistas, con el mensaje único del día antitípico de la expiación que ahora está en la fase celestial, podemos predicar esas dos doctrinas con mayor armonía, claridad y poder que cualquier generación anterior. El Día de la Expiación contiene la clave para mantener en equilibrio la relación entre la gracia y las obras, la seguridad y el juicio.
Ese equilibrio se ilustra con la ubicación del pasaje más crucial del Día de la Expiación: Levítico 16. Estudios recientes han demostrado de qué manera todo el Pentateuco (los cinco libros de Moisés) están dispuestos en una estructura quiástica, o «montaña» en la que las «laderas» de la «montaña» del Pentateuco coinciden entre sí y el vértice de la montaña contiene el punto central de concentración del conjunto.14
Observe el diagrama que acompaña a este artículo. Cabe señalar que el capítulo central del libro de Levítico y de todo el Pentateuco, es Levítico 16, que se centra en el Día de la Expiación. Si ese capítulo constituye la cima de toda la ley mosaica de tipos y figuras, ciertamente los adventistas no tenemos por qué avergonzarnos de proclamar el día antitípico de la expiación como la verdad presente crucial y única para el Israel espiritual al final de los tiempos.
Pero la ubicación del Día de la Expiación en el centro de Levítico tiene más para decirnos que tan solo subrayar su importancia. Observe en el diagrama que el libro de Levítico está dividido en dos mitades, cada una con un énfasis diferente. En los capítulos 1 al 15 el tema subyacente es la sangre. Casi en todas partes encontramos sangre, sacrificio y expiación sustitutiva. Pero en la segunda mitad del libro, capítulos 17 al 27, casi nunca se menciona la sangre. En cambio, el tema principal se convierte en la santidad. Y justo en el centro está el capítulo 16 sobre el Día de la Expiación.
Estoy convencido de que solo podemos apreciar plenamente el significado del Día de la Expiación cuando lo vemos en su contexto en Levítico. En la preparación para ese día vemos sangre, sacrificio sustitutivo: en términos del Nuevo Testamento, justificación. La certeza en el Día de la Expiación se basa únicamente en la sangre del sustituto. Sin embargo, desde Levítico 16 en adelante, el resto del libro presenta un llamado a la santidad, a la santificación. El Día de la Expiación une así sangre y santidad, justificación y santificación.
Nos salva la sangre, la gracia; pero somos juzgados por nuestras obras de santidad, fruto natural de la gracia expiatoria. La eficacia de la sangre se manifiesta a todos por su fruto sagrado. Seguridad y juicio: en el Día de la Expiación, estos dos conceptos se encuentran y adquieren su significado más pleno.
¿Le permitirá usted que se combinen para así dar un significado pleno a su vida?
1 Este artículo apareció por primera vez en la edición del 7 de enero de 1988 de la Adventist Review.
2 Los textos bíblicos en español han sido extraídos de la Reina-Valera 1995, versión
Reina-Valera 95® © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Usada con autorización.
3 Elena White, Palabras de vida del gran Maestro (Washington D.C.: Review and Herald Pub. Assn., 1900, 1941), p. 120;
Elena White, Mensajes selectos, t. 1 (Mountain View, Cal.: Pacific Press Publ. Assn. 1966), p. 254.
4 Elena White, El camino a Cristo (Nampa, Id.: Pacific Press Pub. Assn., 1993), p. 62. (La cursiva es mía).
5 Elena White, Mensajes selectos, t. 1, p. 416.
6 Ibid., p. 417.
7 Ibid., p. 451.
8 Ibid., p. 415.
9 Véase Elena White, El camino a Cristo, p. 64.
10 Véase Elena White, Mensajes selectos, t. 1, p. 431.
11 Véase Elena White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, California: Pacific Press Pub. Assn., 1955), p. 324.
12 Véase Elena White, El camino a Cristo, pp. 64, 65.
13 Véase Elena White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 124; El camino a Cristo, p. 65.
14 Véase Yehuda Radday, «Chiasm in Torah», Linguistica Biblica 19 [1972]: 21-23; y William Shea, «Literary Form and Theological Function in Leviticus», en Frank Holbrook (ed.), The Seventy Weeks, Leviticus, and the Nature of Prophecy, Daniel and Revelation Committee Series, t. 3 (Washington, D.C.: Biblical Research Institute, 1968), pp. 131-168.
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Richard Davidson es investigador principal en interpretación del Antiguo Testamento en el Seminario Teológico de la Universidad Andrews.
Publicado en la Adventist Review de Octubre 2026



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