La última señal
La pregunta no ha cambiado. Resuena desde el Monte de los Olivos en cada generación. ¿Cuándo volverá Cristo? ¿Y cómo
lo sabremos? Jesús respondió ambas, pero quizá no de la manera que muchos esperan. Redirigió la atención de la especulación hacia la misión.
En Mateo 24, Cristo presenta una secuencia de señales. Guerras, hambrunas, pestilencias, terremotos. «Oiréis de guerras y rumores de guerras […], pero aún no es el fin» (vers. 6). Estas realidades se intensifican y perturban, pero no determinan el final. «Pero todo esto es solo principio de dolores» (vers. 8). Describen un mundo sin Dios; no el momento de Dios.
Esa distinción es decisiva. En lugar de ser iniciativa del cielo, esas señales son el resultado de la distancia de la humanidad
con su Creador. Los conflictos se multiplican, el sufrimiento se expande y el desorden aumenta, pero el mensaje de Jesús es inconfundible. El enemigo puede sacudir el mundo, pero una cosa que no hace es programar el reloj. Satanás no puede determinar el fin de los tiempos, pero Dios y la misión sí. La destrucción no marcará el capítulo final de la historia; esta se cerrará cuando se cumpla el propósito de Cristo.
Luego viene la declaración decisiva: «Y será predicado este evangelio del Reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin» (Mat. 24:14). Ni guerra, ni crisis, ni colapso. ¡La señal final es la proclamación!
Esto cambia todas las cosas. Responde al cómo, al cuándo y al quién. ¿Quién dará ese testimonio? Todos los cristianos están llamados a ensalzar a Cristo. Por eso, la proclamación de su pronto regreso ha sido situada en el centro del movimiento adventista. Nuestros pioneros fueron moldeados por las Escrituras, puestos a prueba por el chasco y enviados nuevamente con renovada claridad. La iglesia remanente fue llamada a preparar al mundo. Especular sobre los últimos titulares no es el foco principal. Las Escrituras describen a ese pueblo como compuesto por «los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo» (Apoc. 12:17). A ellos se les ha confiado el evangelio eterno para «toda nación, tribu, lengua y pueblo» (Apoc. 14:6).
En lugar de ser un mensaje de miedo, es un mensaje de urgencia y gracia. El cielo no se demora, sino que espera con misericordia. Como lo expresó Elena White: «Preparar a un pueblo que pudiese subsistir en el día de Dios»1 era el propósito que se le confió al pueblo de Dios. ¿Dónde tiene que estar el énfasis de nuestra vida? ¿En los rumores, en las predicciones, en los titulares, o en el mapa inacabado de la misión y los millones que aún esperan recibir respuesta?
¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién?
La respuesta es clara. La misión define el momento. El mensaje define el movimiento. Y la iglesia define el testimonio.
Si esta es la última señal, ¿quién la proclamará?
1 Elena White, El conflicto de los siglos (Buenos Aires: Asoc. Casa Editora Sudamericana, 2007), p. 311.
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Erton C. Köhler es presidente de la Asociación General de la Iglesia Adventista



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