HASTA QUE ÉL VENGA

Fieles hasta el fin

A través de su largo período de servicio, la fidelidad de Pablo hacia su Salvador nunca vaciló. Dondequiera que estaba, fuera frente a enfurruñados fariseos o a las autoridades romanas; fuera frente a la furiosa turba de Listra, o los convictos pecadores de la cárcel macedónica; fuera razonando con los marineros llenos de pánico sobre el buque naufragando, o estando solo ante Nerón para defender su vida, nunca se avergonzó de la causa en la cual militaba. El gran propósito de su vida cristiana había sido servir a aquel cuyo nombre una vez lo había llenado de desprecio; pero de ese propósito no había sido capaz de apartarlo ni la oposición ni la persecución. Su fe, robustecida en el esfuerzo y purificada por el sacrificio, lo sostuvo y lo fortaleció […]. El verdadero ministro de Dios no rehúye lostrabajos pesados ni las responsabilidades. De la fuente que nunca falla para los que sinceramente buscan el poder divino, saca fuerza que le capacita para afrontar las tentaciones, sobreponerse a ellas y cumplir los deberes que Dios le impone. La naturaleza de la gracia que recibe, aumenta su capacidad para conocer a Dios y a su Hijo. Su alma se desvive para
realizar un servicio aceptable para su Maestro.

A medida que avanza en el camino cristiano, se esfuerza «en la gracia que es en Cristo Jesús» (2 Tim. 2:1). Esta gracia le habilita para ser un testigo fiel de las cosas que ha oído. No desprecia ni descuida el conocimiento que ha recibido de Dios, sino que lo entrega a hombres fieles, quienes a su vez lo enseñarán a otros.

En esta su última carta a Timoteo, Pablo levanta ante el joven obrero un elevado ideal, puntualizando los deberes que le corresponden como ministro de Cristo. «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado –escribió el apóstol–, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad» (2 Tim. 2:15). «Huye también de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor. Pero desecha las cuestiones necias e insensatas, sabiendo que engendran contiendas, porque el siervo del Señor no debe ser amigo de contiendas, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido. Debe corregir con mansedumbre a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad» (vers. 22-25).

Lo amonesta contra los falsos maestros que intentarían levantarse en la iglesia. «También debes saber –declaró– que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos. Habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanidosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos […] que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella. A esos, evítalos» (2 Tim. 3:1-5).

«Pero los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor –continuó–, engañando y siendo engañados. Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación […]. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (vers. 13-17). Dios ha provisto abundantes medios para tener éxito en la guerra contra la maldad que hay en el mundo. La Biblia es el arsenal donde podemos equiparnos para la lucha. Nuestros lomos deben estar ceñidos con la verdad. Nuestra cota debe ser la justicia. El escudo de la fe debe estar en nuestra mano, el yelmo de la salvación sobre nuestra frente; y con la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, hemos de abrirnos camino a través de las obstrucciones y enredos del pecado.

Pablo sabía que a la iglesia le esperaba un tiempo de grande peligro. Sabía que debía hacerse un fiel y fervoroso trabajo por aquellos a quienes se les había encargado el cuidado de las iglesias; y por eso le escribió a Timoteo: «Te suplico encarecidamente delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su Reino, que prediques la palabra y que instes a tiempo y fuera de tiempo. Redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Tim. 4:1, 2).

Temiendo que la moderación de Timoteo y su disposición condescendiente pudiesen llevarle a rehuir una parte principal de su trabajo, le exhortó a ser fiel en reprobar el pecado, y hasta en reprender con severidad a los que eran culpables de graves males. No obstante, debía hacerlo «con toda paciencia y doctrina». Debía revelar la paciencia y amor de Cristo, explicando y reforzando sus reprensiones con las verdades de la Palabra.

Mediante el orgullo de la sabiduría humana, el desprecio hacia la influencia del Espíritu Santo y la aversión a las verdades de la Palabra de Dios, muchos que profesan ser cristianos, y que se sienten competentes para enseñar a otros, serán inducidos a abandonar los requerimientos de Dios. Pablo declaró a Timoteo: «Pues vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias pasiones, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas» (vers. 3, 4).

El apóstol no se refiere aquí a la oposición de los abiertamente irreligiosos, sino a los profesos cristianos que han hecho de sus tendencias su guía y que así han sido esclavizados por el yo. Los tales están deseosos de oír solamente las doctrinas que no reprenden sus pecados o condenan su placentero curso de acción. Se ofenden por las sencillas palabras de los fieles siervos de Cristo, y escogen a los maestros que los alaban y lisonjean.

Dios ha dado a conocer su voluntad, y es insensato para el ser humano poner en tela de juicio lo que han proferido sus labios. Después de que la Infinita Sabiduría habla, no puede existir una sola cuestión en duda que el hombre necesite aclarar, ninguna posibilidad de duda que corregir. Todo lo que el Señor requiere es un sincero y fervoroso acatamiento de su expresa voluntad. La obediencia es el mayor dictado de la razón y de la conciencia.

Pablo continúa sus instrucciones: «Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio» (vers. 5). El apóstol estaba cerca del fin de su carrera y deseaba que Timoteo ocupara su lugar, guardando a la iglesia de fábulas y herejías por medio de las cuales el enemigo, de varias maneras, se esforzaría por seducirlos y apartarlos de la sencillez del evangelio. Le amonestó que evitara toda ocupación y complicación temporales que le pudiera impedir una entrega plena a la obra de Dios; que soportara con gozo la oposición, el vituperio y la persecución a los que se expondría en virtud de su fidelidad; a hacer completa demostración de su ministerio, empleando cada recurso a su alcance para beneficiar a aquellos por quienes Cristo murió.

La vida de Pablo fue una ejemplificación de las verdades que enseñaba: en eso estribaba su poder. Su corazón estaba lleno de un profundo y perdurable sentido de responsabilidad; y trabajaba en comunión estrecha con aquel que es la fuente de la justicia, misericordia y verdad. Se aferraba a la cruz de Cristo como a su única garantía de éxito. El amor del Salvador era el motivo imperecedero que lo sostenía en sus conflictos con el yo, en sus luchas contra el mal, mientras avanzaba en el servicio de Cristo a pesar de la hostilidad del mundo y la oposición de sus enemigos.

Se necesitan hombres santificados y abnegados; hombres que no esquiven las pruebas y la responsabilidad; hombres valientes y veraces; hombres en cuyos corazones Cristo constituya la «esperanza de gloria» (cf. Col. 1:27), y quienes, con los labios tocados por el fuego santo, prediquen la Palabra. Por carecer de tales obreros la causa de Dios languidece, y errores fatales, cual veneno mortífero, corrompen la moral y extinguen las esperanzas de gran parte de la raza humana.

A medida que los fieles y fatigados portaestandartes ofrecen su vida por causa de la verdad, ¿quién se adelantará para ocupar el lugar de ellos? ¿Aceptarán nuestros jóvenes el santo cometido de manos de sus padres? ¿Están ellos preparados para llenar las vacantes producidas por la muerte de los fieles? ¿Tendrán en cuenta las recomendaciones del apóstol? ¿Escucharán el llamado al deber en medio de las incitaciones al egoísmo y a la ambición que atrapan a la juventud?

Pablo concluyó su carta con mensajes particulares para distintas personas, y otra vez repitió el urgente ruego de que Timoteo lo visitara pronto, de ser posible, antes del invierno. Habló de su soledad, causada por el abandono de algunos amigos y la ausencia necesaria de otros; y para que Timoteo no vacilara, temiendo que la iglesia de Éfeso necesitara de sus labores, Pablo le manifestó que ya había enviado a Tíquico para que ocupara su lugar.

Después de mencionar la escena de su juicio ante Nerón, la ausencia de sus hermanos y la gracia sustentadora del Dios que cumple su pacto, Pablo concluyó su carta encomendando a Timoteo al cuidado del Pastor jefe quien, aunque los subpastores pueden caer, seguirá cuidando su cuidando su rebaño.

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Este artículo ha sido extraído del capítulo 49, «La última carta de Pablo», del libro Los hechos de los apóstoles, de Elena White. Los adventistas creemos que Elena White (1827-1915) ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

Publicado en la Adventist Review de septiembre 2026

  • Mensajera del Señor, escritora y predicadora, Elena de White (1827-1915) fue una de las organizadoras de la Iglesia Adventista. Entre sus muchos escritos se encuentran cientos de valiosas cartas.

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