UN ESPACIO QUE AGUARDA

Por qué me gusta el sábado

Hay algo diferente en el sábado, y es difícil de explicar, a menos que usted lo haya vivido como yo. No es que comienza con mucho ruido, ni tampoco hay una pausa repentina durante la cual el mundo se detiene. La gente sigue hablando, el mundo sigue avanzando y la vida sigue adelante. Pero para mí, todo cambia cuando empieza el sábado.

En toda la semana, la vida no nos da treguas. Siempre hay algo que hacer o de qué preocuparse. Los estudios, las expectativas, las responsabilidades realmente no dejan espacio para descansar. Incluso cuando no hago nada, la mente sigue acelerada. Estoy pensando en lo que no terminé, lo que podría haber hecho mejor o lo que viene después.

Pero todo eso cambia cuando llega el sábado.

He crecido entendiendo que el sábado no es solo un día libre; es algo que Dios creó desde el principio: un día apartado y santificado. Y para mí, esa idea lo cambia todo. Significa que el sábado no es algo que gano después de una larga semana de trabajo; es algo que me han dado, sin importar cómo fue mi semana.

Es una de las razones por las que me encanta tanto. Porque la mayoría de las veces, descansar parece ser una recompensa. Siento que solo me lo merezco si he trabajado lo suficiente o he hecho todo bien. Pero el sábado no funciona así. Llega, esté preparada o no, por más que me sienta atrasada, estresada o abrumada. Y cuando lo hace, me invita a hacer un alto, no porque todo esté terminado, sino porque no tiene por qué estarlo.

Al principio, reducir la velocidad puede ser incómodo. Estoy tan acostumbrada a pensar sin cesar, a revisar alguna cosa, a avanzar sin detenerme. El silencio puede resultar desconocido, casi como si no supiera qué hacer con él. Pero con el tiempo he comenzado a darme cuenta de que el silencio es donde el sábado realmente comienza a significar algo.

Crea espacio. Espacio para respirar sin prisas, para pensar sin presión. Espacio para reconectarse, no solo con las personas que me rodean, sino con Dios. Es algo para lo que no dedico suficiente tiempo durante la semana. Pero el sábado me trae de vuelta. Eso me muestra lo que realmente importa.

Ir a la iglesia, escuchar el sermón, cantar y pasar tiempo con la gente que me rodea; todo parece diferente en sábado. No forzado, no como algo que tenga que hacer; sino como algo significativo. Y aun fuera de la iglesia, todo el día se siente especial. Incluso las cosas pequeñas parecen hallar un espacio.

Me encanta el sábado porque me recuerda quién soy por encima de todo. Durante la semana es fácil definirme por mis notas, mis expectativas o lo bien que mantengo el ritmo. Pero el sábado me recuerda que mi valor no viene de nada de eso. Viene del hecho de que soy hija de Dios, y eso es suficiente.

Es reconfortante saber que, pase lo que pase, el sábado siempre regresa. No importa lo estresante que haya sido la semana, no importa cómo me sienta conmigo misma, sé que habrá otro sábado, otra oportunidad de hacer una pausa, reiniciar y empezar de nuevo.

La vida no siempre es estable. Las cosas cambian, la gente cambia, e incluso yo cambio. Pero el sábado no. Sigue igual, como un recordatorio de que el amor y el cuidado de Dios siguen siendo los mismos, pase lo que pase.

Cuando termina el sábado, todo vuelve: las responsabilidades, el estrés, el movimiento constante. Pero no es lo mismo que antes. Es como si llevara algo conmigo a la nueva semana. No algo ruidoso u obvio, sino algo más tranquilo. Una especie de quietud. Un recordatorio de que no siempre tengo que seguir corriendo solo porque todos lo demás lo hagan.

No siempre vivo el sábado a la perfección. Mi mente aún divaga a veces mientras pienso en todo lo que me espera cuando empiece la nueva semana. Pero incluso en esos momentos, cuando noto que mis pensamientos me alejan, algo cambia cuando elijo regresar al sábado. Crea espacio donde antes no lo había. Así que sigo manteniendo los pies en la tierra gracias a la paz que ofrece el sábado.

Acaso eso es lo que importa. Porque durante un día, el ruido se desvanece y la presión desaparece. El mundo sigue avanzando, pero en algún momento entre una semana y la siguiente, entre una puesta de sol y otra, siempre hay un espacio que espera. Un espacio en el que no soy definida por lo que he hecho, sino simplemente por el hecho de estar aquí, y eso es suficiente.

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Victoria Gonzalez-Feezer es una adolescente que vive en Maryland, Estados Unidos. Le gusta la música, cocinar y el patinaje artístico. Su sueño es llegar a ser doctora.

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