La historia de redención de una mujer sin hogar
El automóvil de Jenni era además su vivienda, y lo acababa de perder; se lo habían robado. Ahora estaba sin su vehículo y por lo tanto sin hogar, deambulando en la calle. Había perdido todo. Sabía quién se lo había llevado. De hecho, cuando vio al ladrón, también fue la primera vez que conoció a Connie.
UNA AMISTAD IMPROBABLE
«Mientras yo gritaba y corría persiguiendo al ladrón por el estacionamiento del Ejército de Salvación, Connie salió corriendo tras de mí, gritándome que parara –me cuenta Jenni–. Finalmente me alcanzó y tuvimos una buena charla. Me dijo: “Lamento y sé cómo te sientes. Ahora mismo tienes mucha rabia, pero hay formas de afrontar eso”».
La relación de ellas comenzó allí, en el estacionamiento del Ejército de Salvación. Jenni gritaba con furia y Connie la escuchaba. Continuó una semana después, cuando Jenni volvió y encontró a Connie; le estrechó la mano, se presentó como correspondía y le contó la historia de su vida. Era una historia muy similar a la de Connie.
Connie escuchó, cubrió a Jenni con un abrazo lleno de amor, y oró.
«Ojalá me hubiera sacado de la calle en ese momento, pero aún me quedaban muchos años por delante –dice Jenni, con lágrimas acumuladas–. Yo no sabía cómo separarme de la gente con la que andaba deambulando. Cuanto más tiempo uno está con esa gente, más queda uno ligado a ella. La mayoría de las veces, nuestras pocas pertenencias estaban mojadas, frías y mohosas. No teníamos otras mudas de ropa, ni tampoco mantas. Así que trabajábamos juntos como equipo, cuidándonos para mantenernos calientes y alimentados… y drogados. Era una cadena y aunque detesto decirlo, yo formé parte de ella».
Connie estuvo a disposición, animándola y esperando que llegara el momento en que Jenni estuviera «lista» para cambiar. Ella acudía regularmente a la cocina del comedor, para ayudar a servir la comida y recibir su propia porción a cambio. Barría los suelos y ayudaba en lo que podía. El tiempo pasó, y aunque por allí asomaba la esperanza, estaba lejos de la recuperación.
UN GRITO DE AUXILIO EN UNA NOCHE FRÍA
Jenni describe el invierno de 2017 con un escalofrío. «Estaba luchando, intentando desintoxicarme de las drogas, pero simplemente no podía. Entonces, una noche, estábamos en medio de veinticinco centímetros de nieve. Intentaba dormir en una tienda de lona que no estaba preparada para el invierno, y el agua entraba por todos lados. ¡Tenía mucho frío! Me até a mi mochila y mi bicicleta y dormí con los zapatos puestos para que no me los robaran. ¡Estaba dolorida, sin esperanza, enojada con toda la situación! ¿Cómo he llegado a esto? ¿Por qué sigo aquí?»
Esa noche, Jenni salió corriendo de su tienda, decidida a ingresar en la unidad de desintoxicación del hospital, donde estaba tibio y donde daban jugos de fruta, café y una manta. No tenía ningún plan más allá de ese instante, y ni pensó en buscar a alguien que la escuchara una vez que estuviera sobria. Solo quería estar cálida y seca.
«Salí disparada de mi tienda, sin nada, y caí de rodillas en la nieve, gritándole a Dios:
¡Dios, por favor, todo lo que quiero es no pasar frío, estar limpia, y solo quiero recuperar a mi familia!»
Acto seguido consiguió subirse a su bicicleta y pedalear frenéticamente hacia el hospital; pero cuando llegó al estacionamiento de un restaurante, la cadena de su bicicleta saltó. Mientras se arrodillaba para arreglarla, una agente de policía se detuvo y le preguntó qué hacía allí, en la nieve profunda, a las 3:00 de la mañana.
—¡Voy a registrarme en el programa de desintoxicación! –gritó Jenni, enfadada.
—Seguro que sí –le respondió con ironía la agente.
Jenni levantó la vista y reconoció a la misma agente que la había multado por dormir en el parque, y la misma que podía arrestarla ahora por faltar a la fecha del juicio y no pagar la multa.
—De verdad que sí. Se acabó. ¡Voy para allá! –dijo Jenni, procurando que le creyera.
—¿Necesita ayuda? –preguntó la agente.
—Sí.
La agente salió de su coche, usó su linterna para ayudar a colocar en su lugar la cadena y le preguntó: «¿Qué vas a hacer después de la desintoxicación?»
Jenni no tenía respuesta.
«¿Qué te parece esto? –le dijo la agente–. ¿Y si te llevo a la cárcel ahora mismo? Tendrás cinco días de duchas calientes, ropa seca y mantas. Estarás en el tribunal de drogas, así que te ayudarán a acomodar tu vida».
Quince minutos después, Jenni llevaba el par de esposas más suelto que había llevado alguna vez. En la cárcel, los guardias notaron inmediatamente que esta vez había algo diferente en su actitud. El cambio había comenzado.
EL «CRISTIANO DE EMERGENCIA»
«En la cárcel –dice Jenni con una sonrisa al contar esa parte de la historia– un “cristiano de emergencia” con una Biblia de bolsillo se acercó a mí e intentó decirme que mi historia estaba en su Biblia. Me reí y le dije que mi historia no podía estar en su libro. ¡Ni hablar!»
El «cristiano de emergencia» abrió el Salmo 69 y leyó en voz alta:
¡Sálvame, Dios,
porque las aguas han entrado hasta el alma!
Estoy hundido en cieno profundo,
donde no puedo hacer pie;
he llegado hasta lo profundo de las aguas
y la corriente me arrastra.
Cansado estoy de llamar;
mi garganta se ha enronquecido;
han desfallecido mis ojos
esperando a mi Dios.
Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza
los que me odian sin causa;
se han hecho poderosos mis enemigos […].
Pero yo a ti oraba, Jehová,
en el tiempo de tu buena voluntad;
Dios, por la abundancia de tu misericordia,
por la verdad de tu salvación, escúchame.
Sácame del lodo» (Sal. 69:1-4, 13, 14).
Jenni memorizó el Salmo 69 durante los veintiún días que pasó en la cárcel. Cuando salió, comenzó un programa de rehabilitación y rápidamente se reconectó con Connie y la cocina del comedor para indigentes.

«Yo era muy conocida en la calle –dice Jenni–. Era amable, no robaba ni nada por el estilo; pero formaba parte de ese mal equipo. Cuando me despegué de ellos, insistían para que volviera y siguiera como antes. Tuve que poner límites para disfrutar de mi nueva vida. La sabiduría y el apoyo de Connie fueron cruciales»
SETENTA Y SIETE DÍAS DE ESPERANZA
Entonces, la noche de su vigésimo octavo día sin drogas, tuvo un sueño.
«Soñé que estaba en una esquina, contando a todos cuántos días llevaba libre de drogas –recuerda Jenni–. Así que, en mi trigésimo día sin drogas, corrí a mi vieja tienda empapada, busqué el cartón que aún estaba debajo de la especie de
cama y escribí: ¡LLEVO 30 DÍAS SIN DROGAS!»
Jenni tomó su cartel de cartón y corrió hasta una esquina concurrida en Port Angeles (Washington, EE UU.). Permaneció allí nueve horas, agitando el cartel y gritando con esperanza, tal como había visto en su sueño.
Unas dos horas después, un policía cruzó despacio por allí; se detuvo, bajó, le entregó un lápiz de fibra negro y dijo: «¡Esto es lo más hermoso que he visto en mi vida! Hagamos que sea más fácil de leer». Incluso añadió una calcomanía de la policía al cartel.
Jenni actualizó ese cartel de cartón todos los días hasta el día 77.
«Cada día pasaba algo increíble en esa esquina, no solo para mí sino para toda la comunidad –cuenta–. La gente necesitaba
verlo. Pasaban en auto, hacían sonar la bocina, paraban y me daban un abrazo. Algunos intentaron darme dinero, pero les dije que no estaba mendigando. Solo necesitaba compartir mi testimonio, mi historia especial. No puedo cambiar mi pasado, pero Dios ha prometido cambiar mi presente y mi futuro. Oro para que mi testimonio sea lo suficientemente fuerte como para salvar otra vida».
Si visitas Port Angeles hoy, puedes conocer a Jenni, que ahora es una líder activa en el ministerio comunitario de la iglesia adventista de esa localidad. Ella y su esposo fueron bautizados el 7 de junio de 2025. También conocerás a su hija Kati y al grupo de recuperación (de doce pasos) de la iglesia y al pastor Jay y a los voluntarios que lideran el plan de Comidas Calientes para personas en situación de calle. Aunque Connie ha fallecido, su sonrisa sigue brillando en la vida de Jenni. Es una sonrisa de amor y aceptación.

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Dick Duerksen es un pastor y narrador que vive en Portland, Oregón, Estados Unidos.



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