Un milagro en el río Ucayali
Las aguas marrones y fangosas del río Ucayali, en Perú, se arremolinaban alrededor del barco misionero Auxiliary II mientras avanzaba lentamente contra la corriente. Dos primas –Joanna de dieciocho años, y Naomi de catorce–, estaban de pie en la proa del barco, observando con ojos muy abiertos el paisaje desconocido que pasaba a su lado.
—¡Oh, mira! ¿Has visto eso?! –exclamó Joanna–. ¡Creo que acabo de ver un delfín de agua dulce!
—¿No es esta experiencia increíble? ¡Hay tantas cosas que ver! –dijo Naomi con una sonrisa–. ¿Te has fijado en esa canoa cargada de plátanos que pasó hace un rato? ¡Me sorprende lo mucho que cabe en esa pequeña barca!
Joanna y Naomi viajaban río arriba por el sinuoso Ucayali, con sus tíos Jessica y Guillermo y sus primos. Querían llevar atención médica a las aldeas remotas dispersas a lo largo de las riberas. Las personas que vivían allí estaban muy lejos de los hospitales.
El barco misionero comenzó a girar hacia un pequeño pueblo algo oculto por la densa selva.
«Esta debe ser nuestra primera parada. Vamos a ver si podemos ayudar a la tía Jessica a organizar los medicamentos», sugirió Joanna.
Después de ayudar a organizar y llevar todos los suministros médicos al pueblo, montaron la clínica temporal bajo unos árboles de mango. La gente se agolpó alrededor, observando con curiosidad cada uno de sus movimientos. Por la tarde, después de terminar la clínica, organizaron un evento infantil en el que cantaron, contaron historias bíblicas y jugaron. Antes de darse cuenta, había llegado el momento de viajar al siguiente pueblo.
Esa noche las chicas estaban cansadas y listas para dejarse caer en sus literas. Su habitación estaba en la parte trasera del barco junto a sus primos pequeños. Después de orar, se metieron bajo los mosquiteros y quedaron profundamente dormidas.
Los días pasaron volando mientras el pequeño grupo viajaba de un pueblo a otro, ayudando donde podían. Antes de darse cuenta, había llegado el momento de regresar a la base misionera. Una noche durante el viaje de regreso se detuvieron en un pueblo, y tras una breve reunión con los aldeanos, el agotado grupo se fue a dormir.
UN DESPERTAR BRUSCO
Naomi durmió inquieta hasta que oyó la voz de su tía que decía: «¡Creo que tienen un arma!» De inmediato Naomi se despertó por completo. ¿Qué estaba pasando? La tía Jessica respondió a la pregunta: «Chicas, estamos a punto de que nos roben. Hay hombres en el barco. No tengan miedo; Dios cuidará de nosotros. Pongámonos a orar».
Los tíos Guillermo y Jessica se arrodillaron y elevaron una oración corta pero sincera. Apenas terminaron, dos hombres armados entraron en la habitación. Uno empezó a interrogar a la tía. Querían saber quién estaba allí. Después de que ella se lo contó, ordenaron que ella y el tío salieran de la habitación. Luego empezaron a revisar todas las pertenencias que estaban guardadas en cómodas improvisadas y bolsas de deporte. Naomi y Joanna se sentaron en silencio en sus literas. Sus primos pequeños se acurrucaron en la cama de abajo bajo la litera de Joanna. Uno de los hombres se acercó a la litera de Naomi. «¿Dónde guardas tus armas?» preguntó en español.
Naomi negó con la cabeza para hacer evidente: «No te entiendo». El ladrón levantó un arma y la apuntó con la linterna.
—¿Tienes una de estas armas en el barco? –le volvió a preguntar.
—No –le respondió Naomi inmediatamente.
El hombre se dio la vuelta, y Naomi miró al otro lado de la pequeña habitación, hacia la litera de Joanna. ¿Cómo estará ella?, pensó Naomi. Por la tenue luz de la habitación, Naomi pudo ver a Joanna, que estaba sentada tranquilamente en su cama. Querido Jesús, por favor, acompáñanos ahora. Ayúdanos; estamos en mucho peligro, oró Naomi en silencio. De inmediato sintió que se llenaba de paz y tranquilidad, y supo que, no importa lo que pasara, Dios estaba en control. Una vez más, el hombre se acercó a la litera. «¿Dónde está el dinero?» preguntó. Naomi pensó detenidamente dándose cuenta de qué se trataba. Intentó recordar dónde guardaba el dinero, pero su mente estaba en blanco. «No lo sé».
El hombre se alejó de nuevo. Qué extraño, pensó Naomi. Sé que el tío Guillermo acaba de mostrarme dónde estaba escondido el dinero por si había una emergencia. Pero por más que lo intento, ahora mismo no lo recuerdo. ¡Gracias, Jesús, por borrarme ese recuerdo para que no sienta la tentación de mentir! Los hombres siguieron rebuscando entre sus pertenencias, recogiendo cámaras, relojes y todo aparato electrónico que pudieron encontrar. Tras lo que a las chicas les pareció mucho tiempo, los dos hombres salieron de la sala y se reunieron con el resto de su banda mientras trasladaban todo su botín a un pequeño barco.
Las chicas se quedaron en sus literas hasta que la tía entró en la habitación. «Todo está bien; ya se fueron. ¿Por qué no vienen a la sala grande para que hablemos?» Las jovencitas se deslizaron de sus camas y siguieron a la tía hasta la habitación principal. «Primero, oremos y demos gracias a Jesús por protegernos; no nos hicieron daño a nosotros». Todos se tomaron de la mano en círculo y elevaron una breve oración de agradecimiento. Después de la oración, Naomi miró alrededor de la sala. Sus ojos se abrieron sorprendidos.
—¿Por qué no se llevaron ese generador? ¡Es algo que habrían podido vender a buen precio! –dijo —Intentaron levantarlo varias veces –contestó la tía–, pero siempre se distraían con otra cosa y lo dejaban en el suelo. También intentaron quitar la televisión que usamos para mostrar vídeos bíblicos a los vecinos, pero por alguna razón no pudieron sacarla por la puerta. Estoy segura de que los ángeles de Dios estuvieron aquí vigilando y protegiéndonos.
—Sí, –dijo Joanna–. ¡Los ángeles de Dios estuvieron aquí! ¡He visto dos!
—¿Qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? –exclamó Naomi.
—Mientras los dos ladrones estaban en la habitación con nosotros, vi dos ángeles. ¡Uno estaba al pie de mi cama y el otro al pie de la tuya! Eran muy brillantes, tan brillantes que no podía ver bien sus caras, pero su brillo iluminaba la habitación. Tenían sus alas extendidas sobre nosotras como barrera contra los ladrones. Después de verlos, ya no tuve miedo. Sabía que Dios estaba al control. Los ojos de Naomi se llenaron de lágrimas de agradecimiento. «¡Dios es tan bueno con nosotros! Siempre lo recordaré. Dios envía a sus ángeles para velar por sus hijos. ¡Y nos cubre con sus alas para protegernos! ¡Alabado sea su santo nombre!»
La historia de Naomi es un recordatorio maravilloso de que, sin importar las circunstancias difíciles o los peligros en los que te encuentres, Dios envía a sus ángeles para que estén contigo. «Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos» (Sal. 91:11).
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Julie Clayburn es presidenta de Your Story Hour, un ministerio que produce programas de radio para la familia basados en la Biblia, héroes históricos y aventuras realistas. Your Story Hour tiene su sede en Berrien Springs, Míchigan, Estados Unidos.
Publicado en la Adventist Review – febrero 2026



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