Una relación de afecto, sacrificio y misión
El matrimonio de Jaime White y Elena Harmon reflejó una combinación de dedicación espiritual, respeto mutuo, amor y sacrificio personal que perduró a pesar de la pobreza, la enfermedad, las grandes cargas y las diferentes personalidades. Desempeñaron un papel fundamental en la fundación de la Iglesia Adventista y estuvieron profundamente comprometidos con su fe y el ministerio.
Primeros años: Ministerio compartido y apoyo mutuo
Jaime y Elena se conocieron en 1845 tras el Gran Chasco millerita. Aunque desanimados, permanecieron comprometidos con la creencia en el inminente regreso de Cristo. Jaime pronto reconoció la vocación profética de Elena y decidió apoyar su ministerio, uniéndose al grupo que viajaba con ella. La madre de Elena escuchó rumores desagradables que decían que su hija viajaba con un joven, por lo que la instó a regresar a su casa. Los falsos informes angustiaron a Elena porque hacían sufrir a su madre, dañaban su reputación y le impedían compartir sus visiones.

Al principio, la cercanía de la segunda venida de Cristo no dejaba espacio para pensar en casamiento; pero más tarde, Jaime se dio cuenta de que podían hacer un mejor trabajo juntos. Así que decidió proponerle matrimonio a Elena aproximadamente un año después de conocerse. Su respeto y amor ya se habían hecho más profundos. Se casaron el 30 de agosto de 1846 en Portland (Maine). Jaime tenía veinticinco años y Elena dieciocho. Aunque jóvenes, ambos ya habían tomado las dos decisiones más importantes de la vida: seguir la Palabra de Dios y dedicarse a la misión.
Comenzaron su vida matrimonial con escasos recursos, pero eran ricos en la convicción de difundir el mensaje adventista del sábado. «Iniciamos nuestra obra sin dinero –recordó Jaime– con pocos amigos y con poca salud».1 Jaime a menudo hacía trabajos manuales para mantener a su familia y, a pesar de los desafíos físicos, sus testimonios revelan gratitud, resiliencia y un profundo sentido de vocación.
La pareja tuvo cuatro hijos: Henry Nichols (1847), James Edson (1849), William Clarence (1854) y John Herbert (1860). Debido a sus constantes viajes, tuvieron que dejar a sus dos primeros hijos con amigos de confianza; una decisión que Elena tomó como «el mayor sacrificio que tuve que realizar».2 Fue doloroso para ambos padres, pero encontraron paz sirviendo a Dios. Cuando la familia se reunió definitivamente en 1851, expresaron su profundo agradecimiento a quienes cuidaron a sus niños.
La enfermedad, el exceso de trabajo y la tensión emocional pusieron a prueba su fe; pero su matrimonio fue un ejemplo de resistencia y compromiso espiritual.
Jaime y Elena solían viajar juntos, pero cuando estaban separados, expresaban nostalgia y un gran afecto mutuo. En 1859, durante una ausencia, Elena escribió: «He extrañado mucho mi hogar durante el viaje».3 «No hay lugar tan profundamente precioso como el hogar»,4 exclamó al regresar. Una vez, cuando Jaime estaba de viaje, escribió con cariño: «El pensar que estás haciendo la voluntad de Dios me ayuda a soportar la pérdida de tu compañía».4
Jaime expresó una ternura similar. Mientras realizaba una gira, escribió: «Amo a mi familia, y nada sino el sentido del deber puede separarme de ellos».5
Vida familiar y crianza de los hijos
Los White amaban a sus hijos y su principal preocupación era la salvación de ellos. A pesar de sus frecuentes ausencias, instaban a sus hijos a buscar a Dios y obedecerlo. «Nosotros, sus padres –escribió Elena–, sentimos un profundo interés en ustedes. Puede ser que a veces piensen que somos demasiado estrictos, que los seguimos demasiado de cerca, pero queridos muchachos, el amor que sentimos por ustedes es inmenso. Los hemos dedicado a Dios».6
Una amiga de la familia, Adelia Patten, resumió bien la vida familiar de los White: «Los padres afectuosos a menudo se han sentido tristes porque su vida de peregrinos les ha obligado a estar tan ausentes. Sin embargo, mientras están en casa, su objetivo siempre ha sido educarlos para que sean útiles y criarlos en el temor del Señor. Cuando están lejos, los niños han recibido por carta numerosas señales de la preocupación de sus padres, que estaban interesados en su bienestar».7
Al mismo tiempo, los White también tuvieron que soportar la devastadora pérdida de dos de sus hijos. En diciembre de 1860, John Herbert murió cuando era un bebé de tres meses. Tres años después Henry, el mayor, falleció a los dieciséis años. La familia quedó devastada, pero siguió adelante con la esperanza de la resurrección.

«Un duro golpe nos ha caído encima –escribió Jaime–. Nuestro querido Henry duerme en Jesús […]. Nos sentimos sostenidos fuertemente bajo esta aflicción. Dios es bueno».8 Elena escribió con dolor: «Sentimos mucho la pérdida de nuestro querido Henry. Lo extrañamos en todas partes. La rama más joven y la más antigua del árbol genealógico han sido cortadas. [Estamos] lastimados, pero no desconsolados […]. Nuestra esperanza no está en este mundo. Si lo fuera, no tendríamos consuelo».9
Sus hijos sobrevivientes, J. Edson y William, también causaron preocupación a los padres, en especial por la desobediencia y terquedad de Edson en su juventud. Tuvieron que reprenderlo varias veces, pero siempre con cuidado de hacerlo con cariño. La crianza de los White demostró disciplina y compasión. Aunque no eran perfectos, hicieron lo que creían mejor para criar hijos que amaran a Dios.
Los últimos años: Luchas de salud y pruebas emocionales
Los últimos dieciséis años de su matrimonio (1865-1881) fueron los más difíciles, pero también los de mayor madurez espiritual. Fue un período marcado por enfermedades, cargas del liderazgo y pruebas familiares. Tras el primer derrame cerebral de Jaime, en agosto de 1865, Elena lo cuidó con dedicación. Aunque su salud mejoró, su incapacidad de descansar y su tendencia al trabajo excesivo le provocaron derrames cerebrales recurrentes durante la década de 1870.10 Jaime continuó desempeñando cargos de liderazgo, prestando servicios durante varios mandatos como presidente de la Asociación General y supervisando las instituciones de salud, de publicaciones y educativas.

La enfermedad de Jaime también afectó su relación con Elena. Su correspondencia durante ese tiempo revela momentos de tensiones, enojos y separación física, seguidos de reconciliación y reafirmación mutua. Ambos reconocieron su frustración y solicitaron perdón. Sus cartas ofrecen una visión poco común de su mundo privado, exponiendo cómo la fe y el deber moldearon sus mecanismos de comunicación y afrontamiento.
Una asociación duradera
El matrimonio de los White no estuvo libre de dificultades, pero sí fue rico en devoción. La enfermedad, el exceso de trabajo y la tensión emocional pusieron a prueba su fe; pero su matrimonio fue un ejemplo de resistencia y compromiso espiritual. Para Jaime, Elena era su «corona de gozo»,11 mientras que Elena describió a Jaime como el hombre «cuyo gran afecto» la había sostenido durante sus treinta y seis años de ministerio. Ella lo llamó «el mejor hombre que alguna vez se calzó zapatos».12 Su matrimonio fue, en efecto, una asociación de afecto, sacrificio y misión.
1 Elena White y Jaime White, Life Sketches of James White and Ellen G. White (Battle Creek, Mich.: Seventh-day Adventist Pub. Assn., 1880), p. 127; cf. Elena White, Testimonios para la iglesia (Miami, Fl.: Asoc. Publ. Interamericana, 2003), t. 1, p. 75.
2 Elena White, Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 99; cf. t. 1, pp. 87, 504; Elena White, Spiritual Gifts: My Christian Experience, Views and Labors in Connection with the Rise and Progress of the Third Angel’s Message (Battle Creek, Mich.: James White, 1860), t. 2, pp. 107, 108.
3 Elena White, “Diario personal”, manuscrito 5, 21 de enero de 1859.
4 Elena White a Jaime White, carta 10, 12 de octubre de 1860.
5 Jaime White a Elena White, 1 de noviembre de 1860; citado en Arthur L. White, Ellen G. White (Washington, D.C.: Review and Herald Pub. Assn., 1985), t. 1, p. 427.
6 Elena White a Henry White, J. Edson White, and William C. White, carta 7, Agosto 1861.
7 Adelia P. Patten, «Brief Narrative of the Life, Experience, and Last Sickness of Henry N. White», en An Appeal to the Youth (Battle Creek, Mich.: Steam Press, 1864), p. 18, citado en Arthur L. White, Ellen G. White (Washington, D.C.: Review and Herald Pub. Assn., 1986), t. 2, p. 62.
8 Jaime White a Ira y Rhoda Abbey, 12 de diciembre de 1863.
9 Elena White, manuscrito 13, Diciembre 1863.
10 Gerald Wheeler, James White: Innovador y Vencedor (Hagerstown, Md.: Review and Herald Pub. Assn., 2003), pp. 162-169.
11 Elena White y Jaime White, Life Sketches, p. 126.
12 Elena White, «Mrs. White’s Address», en In Memoriam: A Sketch of the Last Sickness and Death of Elder James White, Who Died at Battle Creek, Michigan, August 6, 1881, Together With the Discourse Preached at His Funeral (Battle Creek, Mich.: Review and Herald Press., 1881), p. 42; «Interview With Mrs. E. G. White Regarding Early Experiences», Elena White, manuscrito 131, 13 de Agosto de 1906.
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Gerson C. Rodrigues es profesor de historia adventista en la Universidad Andrews desde 2005. Anteriormente fue durante trece años profesor y director del Centro de Investigación White en el Seminario Teológico Adventista del Colegio Terciario de Bahía (Brasil).
Publicado en la Adventist Review – Febrero 2026



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