CRISTO EXALTADO Y ENTRONIZADO

26/01/2026

Una nueva faceta en el maravilloso ministerio de nuestro Salvador.

Como sabemos, la obra de Cristo no terminó con su ministerio terrenal. Él ascendió al cielo y empezó allí una nueva fase que constituye uno de los temas cristológicos centrales en la Biblia: la victoria, la autoridad y el señorio universal. Como veremos, el Cristo humillado es ahora el Cristo exaltado que un día acabará con el mal.

Un Salvador coronado

En el Nuevo Testamento existen muchos textos que enseñan que después de la muerte, resurrección y ascensión de Cristo al cielo, este fue exaltado al trono celestial. En Hebreos 2:9 se dice que Cristo fue “coronado (del griego stephanoo) de gloria y de honra por haber padecido la muerte”. Frank B. Holbrook resalta que «La alusión del apóstol a stephanos (la guirnalda concedida al vencedor de una competencia atlética), en vez de la diadema, revela la emoción y la alegría extática que todo el Cielo experimentó en esa ocasión, al celebrar la victoria del Señor sobre las fuerzas del mal».   

En Filipenses 2 Pablo destaca que Cristo, por haberse humillado «hasta la muerte, y muerte de cruz» (vers. 8), Dios «lo exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios el Padre» (vers. 9-11).

Las Escrituras indican que, el poder del Padre, «lo ejerció en Cristo cuando lo resucitó de los muertos, y lo sentó a su diestra en los cielos sobre todo principado, autoridad, poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo sino aún en el venidero» (Efe. 1:20-21). A partir de ahí, todas las cosas están bajo su completa autoridad (vers. 22), incluyendo la iglesia (vers. 23), y también a las fuerzas del mal, que dentro de poco tiempo serán destruidas (1 Ped. 1:22).  Cristo, por haber efectuado «la purificación de nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Heb. 1:3). 

La expresión «sentarse a la diestra de Dios» ocurre, con algunas variaciones, unas 20 veces en el Nuevo Testamento. Todas las declaraciones neotestamentarias se basan en el Salmo 110, en donde se lee: «Dijo el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”» (vers. 1). Y Jesús explicó que a quien Dios se dirige como «mi Señor» era el Mesías o el Cristo (Mat. 22:41-46). Y puesto que los primeros cristianos entendieron que Jesús era el Mesías prometido en las profecías veterotestametarias, también comprendieron que él fue entronizado «a la diestra de Dios» después de su resurrección (Mar. 12:36, 37; Luc. 20:42-44; Hech. 7:55, 56; Heb. 1:3 y 1 Ped. 3:21, 22), en cumplimiento de la profecía de Salmos 110:1.

Existe un malentendido con respecto a la expresión «la diestra de Dios». Muchos la ven como una localización geográfica de la ubicación física de Cristo en relación al Padre. Piensan que Cristo está inmóvil a la derecha del Padre y que no se puede mover de ahí. Cuando en realidad esta expresión, Simon J. Kistemaker, indica «el honor último dado a Jesús al momento de su ascensión».

En referencia a esto, Holbrook afirma que, «sentarse a la derecha de Dios» es una expresión figurada que indica la nueva y exaltada dignidad del Salvador, su plena autoridad y majestad, dignidad y preeminencia sobre todo el universo creado. El mismo Cristo se refiere a los redimidos glorificados de manera similar cuando promete concederles el derecho de sentarse con él en Su trono, así como él se sentó con su Padre en su trono (Apoc. 3:21). Obviamente, el modo como la frase está construida expresa la dignidad de ellos como ‘coherederos con Cristo’ (Rom. 8:17), y no el hecho de sentarse en un trono literal y único, lo que sería impracticable para millones de personas redimidas».

Sucedió en el Pentecostés

De acuerdo con el apóstol Pedro, el cumplimiento de esta profecía que apuntaba a la entronización de Cristo sucedió en Pentecostés. Cuando les predicó a multitud de judíos que habían venido de todas partes a Jerusalén, les dijo que, cuando David había escrito en el Salmo 16 que no sería dejado en el sepulcro, «ni permitirás que tu Santo vea corrupción» (Hech. 2: 27, 28), no podía estar hablando de él mismo, pues David estaba muerto y su sepulcro entre ellos (vers. 29). Ese Salmo estaba hablando proféticamente del Mesías, Jesús. Dios «le había asegurado con juramento (a David) que un descendiente suyo sería el Cristo, que se sentaría sobre su trono; lo vio de antemano, habló de la resurrección de Cristo» (vers. 30, 31). Al resucitar de entre los muertos, Jesús había cumplido este Salmo mesiánico, y ellos eran «testigos» presenciales de este maravilloso evento (vers. 32).  

Luego de resucitar y ascender, Cristo fue «exaltado hasta la diestra de Dios, recibió del Padre la promesa del Espíritu Santo, y ha derramado esto que ahora ustedes ven y oyen» (vers. 33). Después de decir que Cristo fue exaltado a la diestra de Dios y que, en respuesta a ese acontecimiento, Jesús envió el Espíritu Santo sobre su iglesia, citó el Salmo 110:1 como cumplimiento de todo lo que estaba sucediendo ese día de Pentecostés, en el cielo y en la tierra (vers. 34, 35). 

¡Qué maravilloso es saber que tenemos un Salvador que vivió una vida perfecta, murió por nosotros en la cruz, resucitó al tercer día, ascendió al cielo y ahora intercede por nosotros! Y falta una etapa más: muy pronto regresará por segunda vez a la tierra a buscarnos para llevarnos a casa (Juan 14:1-13).

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