El abuelo de Camila, de siete años, se encuentra en la fase terminal de una grave afección. Está internado en estado crítico y los médicos aseguran que su fallecimiento es cuestión de días. La niña y él son muy cercanos. Los padres consultan sobre cómo trasmitirle de la mejor forma posible esta realidad tan dolorosa a su hija.

Algo seguro en toda dinámica familiar es que tarde o temprano surgirán problemas y dificultades, que iniciarán un terremoto emocional en sus miembros; situaciones de crisis que pondrán a prueba la capacidad para afrontar, resolver y continuar con la vida familiar. Dependerá del manejo que se haga, principalmente adulto, si la familia resultará fortalecida o debilitada luego de la crisis.

A menudo se trata de situaciones inesperadas, como un accidente, una catástrofe o una enfermedad súbita. Otras, remiten a conflictos de larga data, afecciones crónicas, o son resultado de vinculaciones tóxicas.

Los padres y los adultos significativos de la familia tienen sobre sus hombros la responsabilidad no solamente de manejar lo mejor posible esa problemática, cuidando de sus propias emociones y decisiones, sino también de ser ejemplo para los menores en cuanto a cómo afrontar las crisis.

Duelo y concepto de muerte en los niños

La reacción de los niños frente a la muerte es diferente de la de los adultos, aunque las etapas del proceso de duelo son las mismas. Los preescolares, generalmente, piensan en la muerte como un estado temporal y reversible; aunque de a poco, sobre la base de sus propias experiencias, van construyendo un entendimiento, todavía parcial.

Entre los cinco y los nueve años, comienzan a tener una visión más compleja y realista, aunque continúan creyendo que es una realidad lejana para ellos. Pueden comprender mejor los conceptos de irreversibilidad y universalidad asociados a la muerte.

Recién en la pubertad, la complejidad y la profundidad del tema impactan de forma similar que en los adultos. Aspectos del pensamiento más elaborado se asocian con las interpretaciones religiosas, espirituales y filosóficas que hayan construido en su familia y su experiencia personal.

Respuestas honestas, concisas y claras son las que se deben dar a todo niño en esta situación. Este es un momento adecuado para comunicar al niño la verdad familiar con respecto al concepto de muerte, que en general ya viene construyéndose previamente. La fe en Dios y en la resurrección prometida en su Palabra ayudará significativamente en la respuesta a muchas preguntas.

Si un niño siente temor de asistir al funeral, no debe ser forzado. Sin embargo, si no muestra objeción, en cualquier edad es una buena idea que acompañe, aunque sea por breve tiempo, en algunos de los rituales de la despedida (velorio, entierro). Para algunos puede resultar tranquilizador dibujar, unirse en oración, mirar fotos del fallecido, o que algún adulto comparta historias propias de pérdidas.

Cuando el niño toma real conciencia de la muerte y de la ausencia, probablemente demostrará sentimientos de tristeza y angustia por un período largo, meses o incluso más de un año, y frecuentemente en momentos inesperados. Enojos, irritabilidad, pesadillas y conductas regresivas (hablar como bebés, orinarse, etc.) son reacciones esperables en los siguientes meses a la pérdida.

Debido a la visión egocéntrica que los niños suelen tener de su entorno, culparse o sentirse responsables por la muerte es bastante frecuente. Por esto, es muy importante reiterar y dejar en claro las razones del fallecimiento. En lo posible, y sin excederse en los detalles, no deberían existir “vacíos de información” importantes, ya que los niños tienden a completarlos con sus propias fantasías catastrofistas.

Por último, como lo expresa Irvin Yalom: “La conciencia de la muerte puede servir como una experiencia de despertar, un catalizador sumamente útil para producir importantes cambios vitales”. Frente a un proceso de duelo, los adultos pueden, y deben, ser modelos enriquecedores y reaseguradores para los niños.

Citando nuevamente a Yalom: “Mirar a la muerte a la cara, acompañados por alguien que nos oriente, no solo aplaca el terror sino también vuelve la existencia más rica, intensa y vital. Trabajar con la muerte nos enseña sobre la vida”.RA

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