A principios de octubre, la Asociación General celebró su concilio anual en la ciudad histórica de Battle Creek, Michigan, Estados Unidos. En estas reuniones participan delegados de todas las regiones del mundo: miembros de la iglesia, obreros de la línea del frente y líderes. Pero el encuentro de este año representó una verdadera prueba para la unidad de la iglesia a nivel mundial. Se presentaron varios temas positivos, espirituales y misioneros, además de proyectos especiales.

Pero la atención de muchos estuvo concentrada en la discusión de un documento con reglas de compliance para la iglesia. Esta palabra de la lengua inglesa significa “actuar de acuerdo con reglas ya establecidas, con el propósito de evitar desvíos de foco, de comportamiento y de responsabilidad”.

El tema ganó fuerza después de que el último congreso mundial de la iglesia, que reunió a 2.570 delegados en 2015, no aprobara el pedido para que cada región tuviera libertad para decidir sobre el tema de la ordenación de la mujer al ministerio pastoral.

… construida con oración, equilibrio y humildad”.

El asunto ya había sido discutido y votado en dos congresos mundiales anteriores, con el mismo resultado. Esta vez, una comisión estudió el asunto durante dos años, y presentó elementos bíblicos, teológicos y eclesiológicos para ampliar el debate. Después de horas de discusión, la mayoría de los votos fue contraria a esta apertura. Más allá de la no aprobación, la iglesia renovó el reconocimiento y la importancia de la participación de las mujeres en nuestras congregaciones, así como en funciones de liderazgo ocupadas por ellas dentro de la estructura de la iglesia.

Naturalmente, el voto dividió opiniones. Algunas pocas sedes administrativas de la iglesia presentaron sus razones y decidieron no cumplir con la decisión, y realizaron  ordenaciones en sus territorios. Comenzó entonces una jornada de mucha oración y amplia discusión sobre la necesidad de mantener nuestra unidad no solo en lo teológico, sino también en las decisiones tomadas por el cuerpo mundial. Somos una iglesia protestante que valoriza el estudio personal y el ministerio de todos los creyentes; pero también nacimos como una iglesia representativa, donde cada parte apoya las decisiones del todo, sin ganadores ni perdedores. Nuestro foco es la edificación del cuerpo de Cristo.

Estamos organizados en 215 países, con el mismo mensaje y la misma esperanza, pero con diferentes culturas, perspectivas y necesidades. Por eso, no es tan sencillo resolver cuestiones como esta. Es necesario dedicar tiempo a la reflexión, la oración, y a un diálogo abierto, con espíritu redentor y que busque rescatar la unidad que se ha vuelto frágil; al mismo tiempo que confirme el respeto por las decisiones tomadas por un cuerpo de delegados elegido para representar a la iglesia en todo el mundo. De hecho, “cuando en una sesión de la Asociación General se expresa el juicio de los hermanos congregados de todas partes del campo, la independencia y el juicio particulares no deben sostenerse con terquedad, sino entregarse” (Elena de White, Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 208).

Después de un proceso que duró cerca de tres años, se aprobó un documento que define los pasos para seguir en caso de incumplimiento de las diferentes decisiones tomadas en un congreso mundial de la iglesia. Los días anteriores y posteriores a la votación despertaron mucha agitación e innumerables comentarios. Algunos demostraron serenidad; otros, actitudes desequilibradas. Varios aumentaron el problema; otros, buscaron una solución. Esta discusión abierta es el resultado de un proceso de decisión representativo y mundial, pero que necesita estar siempre basado en el respeto al prójimo, a la iglesia y a las creencias fundamentales que nos unen.

He seguido buena parte de las discusiones y la votación. A pesar de las limitaciones humanas, la iglesia trabajó con apertura, paciencia, diálogo, y con el deseo de resolver las diferencias. Una tarea difícil, pero que continúa siendo construida con oración, equilibrio y humildad. Estoy seguro de que nuestra unidad continuará fuerte y la iglesia militante dará un paso más para ser triunfante.

Necesitamos trabajar más intensamente por la unidad. Somos una familia que tiene espacio para diferencias de cultura y opinión, siempre y cuando no comprometan nuestra teología, nuestro estilo de vida y nuestra misión. Pero, si cada uno quiere conducir a la iglesia de acuerdo con su propia visión, ignorando las decisiones del todo, nos volveremos congregacionalistas o independientes. Vamos a construir una unidad basada en la serenidad y el respeto por las diferencias, siempre buscando sabiduría en la oración, profundidad en la Palabra de Dios y armonía con las decisiones de la iglesia. Ciertamente, unidos somos más fuertes, llegamos más lejos y vamos más rápido.

Por eso, “les suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos vivan en armonía y que no haya divisiones entre ustedes, sino que se mantengan unidos en un mismo pensar y en un mismo propósito” (1 Cor. 1:10, NVI). RA

Sobre El Autor

Pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que actualmente sirve como presidente de la División Sudamericana. Tiene 47 años y es oriundo del estado de Río Grande do Sul, Brasil.

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