“Haz lo que digo, no lo que hago”. ¿Cuántas veces se ha escuchado esta frase? Aunque muchas veces se la utilice en forma jocosa o irónica, encierra una triste realidad. Los padres suelen tener más cuidado con lo que dicen a sus hijos, pero no muestran el mismo cuidado con lo que hacen. ¿Qué puede pensar un niño cuyos padres le insisten en cuidar su vocabulario, cuando escucha que su padre insulta a otro automovilista que ha realizado una maniobra equivocada?

Los hijos son sumamente observadores, especialmente de las acciones de sus padres. En nuestro ejemplo como padres, quizá se cumpla más que nunca la famosa frase: “Las acciones hablan más fuerte que las palabras”.

La falta de coherencia entre lo que los padres enseñan y lo que los hijos ven que viven sus figuras de referencia puede ser devastador para ellos. Albert Einstein decía al respecto: “Educar con el ejemplo no es una manera más de educar, es la única”.

Y esto se traslada al ámbito espiritual y religioso. Generalmente, los problemas que tienen muchos hijos de familias cristianas con la religión no son precisamente por la religión en sí, sino por los religiosos. Ellos quieren una religión auténtica.

“Los hijos son sumamente observadores, especialmente de las acciones de sus padres. Eduquemos con el ejemplo”.

Especialmente en la adolescencia, suele producirse una pérdida del gusto por la religión y por todo lo relacionado con ella. Cuando eran niños, aceptaban todo lo que se les decía sin hacer mayores preguntas o cuestionamientos. En la adolescencia, el jovencito busca los “por qué” y “para qué” de lo aprendido en su niñez. Ahora, la religión es discutida y su utilidad práctica se vuelve blanco del fuego “rebelde” de aquel que antes era dócil y sumiso. El adolescente no está tan interesado en la teoría de la religión; lo que quiere de verdad saber es si todo eso “sirve” en la vida cotidiana. Y la única manera de comprobarlo es analizando la vida religiosa de las personas que conoce; empezando por sus padres.

Los hijos se preguntan, entonces, ¿cuál es la conducta moral, familiar, profesional de mi padre y de mi madre? ¿Cómo viven los cristianos que me rodean? ¿Son una cosa en la iglesia y fuera de ella otra?

Este es el foco de sus preguntas conscientes o inconscientes para con la religión: ¿Para qué me sirve esto? ¿Qué ha producido la religión en mis padres? ¿Acaso vale la pena para mí?

Allí está la paradoja religiosa del adolescente. Él quiere la religión y necesita de ella. Siente una gran necesidad de Dios. Desea la seguridad que la religión y la iglesia dan al ser humano. Pero la rechaza, se aleja, se vuelve crítico, duro e inflexible, por lo que ve en las vidas de sus mayores.

No es de extrañar, entonces, que Elena de White advirtiera al respecto: “Los padres y las madres siempre deberían presentar en la familia delante de sus hijos el ejemplo que desean que imiten. Deberían manifestarse mutuamente un tierno respeto en palabra, apariencia y acción. Deberían hacer que sea evidente que los rige el Espíritu Santo, al presentar a sus hijos el carácter de Jesucristo. Son fuertes las facultades de imitación, y cuando esta facultad es más activa, en la niñez y la juventud, debería presentarse un modelo perfecto delante de los menores” (Conducción del niño, p. 200).

Así, el desarrollo de los aspectos religiosos y espirituales puede ser facilitado o dificultado por los modelos de comportamiento que los hijos observan en sus padres y en las personas que intervienen y afectan su vida religiosa. La rebeldía de los hijos hacia la religión, frecuentemente, es una manera de rebelarse en contra de las personas que desean imponer sobre ellos una manera de vivir la religión que ellos mismos, muchas veces, no viven.

“¿Podrán ser demasiado cuidadosos los padres en el precepto y el ejemplo que presenten delante de esos ojitos vigilantes y esos sentidos aguzados? Nuestra religión debería ser práctica. Se necesita en nuestros hogares tanto como en la casa de culto. No debería haber nada frío, severo y repulsivo en nuestro comportamiento, sino que deberíamos mostrar, mediante la bondad y la simpatía, que poseemos corazones cálidos y amantes. Jesús debería ser el Huésped honrado en el círculo familiar… ¡Qué lección podría ser dada diariamente por padres piadosos si llevaran todas sus dificultades a Jesús, el Portador de las cargas, en vez de regañar y refunfuñar por los cuidados y las perplejidades que no pueden evitar! Puede enseñarse a los pequeños que vuelvan la mente a Jesús como las flores vuelven sus pétalos que se abren al sol” (Conducción del niño, p. 459).

Cabe una última reflexión: ¿Qué ejemplo de religión y espiritualidad estamos demostrando a nuestros hijos? RA

Una Respuesta

  1. carlos a ramirez

    la verdad esto es importante para nosotros como padres, muchas veces decimos a nuestros hijos que hagan lo que nosotros deseamos, pero en cierto momento , esto me recuerda que cuando eramos pequeños ellos nos decian que hacer y no nos ponemos en su lugar para poderlos comprender lo que ellos desean, explicarles el motivo por el cual deseamos que lo hagan , existe una frase » para comprender a los hijos tenemos que comprenderlos a ellos primero , para que ellos nos puedan comprender a nosotros ,hablandoles con amor, usando palabras bondadosas, amables etc., tal como hacia Cristo cuando se acercaba a las personas

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