Archiconocido es lo que les quiero contar: nuestra reacción tan humana ante la pregunta ¿Te puedo ayudar? En algunos casos, esta pregunta es bienvenida y aceptamos sin dudar: ¡Sí! ¡Muchas gracias! Pero, en muchos casos preferimos arreglárnoslas solos: ¡Gracias, muy amable! Por ahora está todo bien.

Desde el cocinero hasta el administrador, desde el estudiante hasta el docente, todos conocemos ese impulso de querer hacer nuestras cosas solos. ¿Por qué?

Tal vez tenemos miedo de cambiar nuestros hábitos. Si permito que otra persona me ayude en tal o cual cosa, tendré que adaptarme a sus horarios y a su manera de trabajar. En realidad, estoy muy cómodo con mis hábitos y prefiero seguir trabajando solo.

Tal vez pensamos que sabemos más que la persona que nos quiere ayudar y que, por lo tanto, podemos hacer la tarea mejor que esa persona. Permitir que nos ayude sería una real pérdida de tiempo, y probablemente, al final, tendríamos que volver a hacer la tarea nosotros solos.

Quizá pensamos que, si delegamos, el resultado final será muy diferente de lo que tenemos en mente. Y estamos convencidos de que lo que tenemos en mente es el mejor resultado. ¿Para qué involucrar a otra persona que viene con ideas diferentes y me va a arruinar mi resultado?

Tal vez imaginamos, también, que los demás pensarán que somos débiles porque pedimos ayuda. Ayuda para lo que nosotros tenemos que hacer, no para aquello de lo que generalmente se ocupa un fiel asistente.

¿Qué tiene que ver esto con la fe? ¡Muchísimo! La fe implica la presencia y la acción de otra persona en mi vida. Tener fe en Dios implica dejarse ayudar por Dios.

Pero, si nos cuesta dejarnos ayudar por nuestros congéneres en las cosas más corrientes de la vida, es muy probable que también nos cueste dejarnos ayudar por Dios. La conclusión es sencilla: si aprendo a dejarme ayudar por los demás es muy probable que me deje ayudar por Dios.

Aunque la conclusión sea sencilla, aprender a dejarse ayudar por los demás no lo es. Nuestro “yo” no desea intrusos en su casa. Y la realidad es que, para nuestro “yo”, Dios también puede ser un intruso.

Pero, podemos tomar la decisión de aprender a dejarnos ayudar y a pedir a nuestro Padre que nos dé una mano en este ejercicio. Que nos ayude a ver el valor que los demás pueden aportar a nuestra experiencia: una visión distinta de la realidad; una nueva metodología; ideas en las que nunca hubiese pensado…

¿Recuerdan a Pedro cuando subió a la azotea de la casa de Simón el curtidor, en Jope? A pocos metros de la playa, el aire marítimo debió haber penetrado gratamente en las fosas nasales de este hombre con diploma de pescador. Tenía hambre. Mucha hambre, dice la Biblia. ¿Tal vez soñaba con algún buen pescado asado? Probablemente era eso lo que le estaban preparando en la cocina. Pero Dios quiso sacarlo de contexto y ayudarlo a ver una realidad distinta.

“Y vio el cielo abierto, y que descendía algo semejante a un gran lienzo, que atado de las cuatro puntas era bajado a la tierra; en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo. Y le vino una voz: Levántate, Pedro, mata y come” (Hech. 10:11-13). ¡Ningún pescado había en ese lienzo! ¿Cómo voy a dejarme ayudar y comer esos bichos?

No, Pedro. No has entendido. Déjame ayudarte. ¿Puedo? Pedro se quedó perplejo. Así quedamos cuando ejercemos la fe. Primero decidimos dejarnos ayudar por Dios, escuchar lo que tiene para decirnos. Y, aunque todavía estemos perplejos, pronto vendrá el momento de creer en lo que Dios nos dice y de actuar en consecuencia.

Los siervos de Cornelio, el centurión, llamaron a la puerta. Y Pedro comprendió. Dios lo había preparado en el momento justo para entender lo que significaba salir de su zona de confort y compartir el evangelio con los no judíos.

Sí, Pedro tendría que cambiar sus hábitos; se daría cuenta de que Dios sabía hacer las cosas mejor que él; que si dejaba que Dios lo ayudara el resultado final siempre sería mucho mejor. Y reconocería que el dejarte ayudar te convierte en ganador; no en un débil ignorante. La fe de Pedro sería más profunda ahora. Lo mismo puede suceder con la nuestra.

Pedro, ahora que ves lo que quiero hacer con tu vida, vete a la cocina con los siervos de Cornelio y siéntate a la mesa con ellos. Hay pescado asado y ensalada. RA