“Habló Nabucodonosor y les dijo: ¿Es verdad, Sadrac, Mesac y Abed-nego, que vosotros no honráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado? Ahora, pues, ¿estáis dispuestos para que, al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua que he hecho? Porque si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?” (Daniel 3:14, 15).

Tres preguntas en el centro de uno de los episodios más impactantes de las Sagradas Escrituras. En primer lugar, observamos la diplomacia de Nabucodonosor: ¿Es verdad lo que me dijeron de vosotros? ¿Qué decís vosotros de vosotros mismos? ¿Cuál es vuestro testimonio? El rey podría haberlos arrojado al horno sin hacerles ninguna pregunta. Pero Dios ya estaba en el control de la situación en este encuentro de los tres hebreos con el gran monarca.

Con la segunda pregunta, Nabucodonosor los invita a adorar; pero no al verdadero Dios. Y la tercera pregunta revela que su memoria era de corto plazo. Hacía poco tiempo había declarado a Daniel: “Ciertamente el Dios vuestro es Dios de dioses, y Señor de los reyes” (Dan. 2:47).

Ante estas tres preguntas, los tres hebreos responden con tres declaraciones llenas de fe y sabiduría. Empiezan con un impresionante: “No es necesario que te respondamos sobre este asunto” (Dan. 3:16). Estas palabras sugieren que Nabucodonosor los conocía, y sabía que eran fieles al Dios del cielo. La gente no olvida muy fácilmente el “espectáculo” que protagonizan los hijos de Dios cuando estos ejercen fe en circunstancias adversas.

No era necesario responderle, pero le devolvieron la diplomática amabilidad al rey. Con gusto le refrescarían la memoria. “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará” (vers. 17). Me fascina el “nuestro Dios a quien servimos”. Estas pocas palabras dicen mucho sobre la dinámica de la fe de estos tres amigos: la fe crece cuando servimos a Dios.

Pienso en el trabajo abnegado de los colportores, por ejemplo. Cuántas historias tienen para contar sobre cómo Dios abrió puertas para llegar a la gente con literatura llena de esperanza. Una puerta que se cierra, una oración que se eleva, una respuesta que llega, tal vez, de manera inesperada. Y otra puerta que se abre, allí, donde alguien estaba necesitando ayuda. El servicio a Dios aumenta nuestra fe en él.

Sí, Dios podía librarlos del horno de fuego de Nabucodonosor; pero los tres hebreos no pretendían saber lo que haría en ese momento. Y tampoco parecían ansiosos por saberlo: “Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado” (vers. 18). ¡Más claro, imposible! Dios puede elegir no salvarnos del horno, pero eso no es lo más importante. Lo más importante es que le seamos fieles, pase lo que pase.

En este momento de tensión superlativa, los tres amigos están tranquilos. Como lo estarán dentro del horno: simplemente, paseándose (vers. 25). Aun en medio de la crisis, su principal interés es servir y adorar solo al Dios verdadero.

Es muy interesante este diálogo para ayudarnos a entender cómo podemos crecer en la fe. Honrar a Dios, adorarlo y servirlo son aquí actitudes y actividades clave que definen la fidelidad de los tres amigos de Daniel hacia Dios. Y son las actitudes y las actividades que alimentan nuestra relación con Jesús y harán crecer nuestra fe en él.

Más allá de la dramaturgia de este episodio, el ejemplo de Sadrac, Mesac y Abed-nego ante la perspectiva del horno, de la muerte, nos muestra hasta qué punto podemos descansar en los brazos de nuestro Padre cuando aprendemos a confiar completamente en él. Al honrarlo, adorarlo y servirlo cada día, se ponían bajo la influencia del Espíritu Santo, quien obraba el milagro de la fe en sus corazones, y les daba una tranquilidad y un aplomo que muchos probablemente envidiaban.

Esta misma experiencia puede ser la nuestra. Cada día. Tengamos frente a nosotros un horno ardiente o no. RA

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