Soy aficionado de una compañía llamada “The Teaching Company”, que produce Los grandes cursos, unas series de cursos en audio y video de nivel universitario. He escuchado horas y horas de clases magistrales de historia, filosofía, ciencia, música, literatura y teología, presentadas por los mejores profesores universitarios de Estados Unidos. He descubierto panoramas y pensamientos totalmente nuevos, incluyendo (luego de padecer solo unos pocos de sus cursos sobre la Biblia) la razón por la que la Alta Crítica es un camino seguro… al infierno. Pero eso lo dejaremos para otra columna…

Una de mis series favoritas fue presentada por James Hall, docente durante cuarenta años en la Universidad de Richmond (Virgina, EE.UU.). Al comienzo del curso, Hall confesó que había sido criado en un hogar cristiano devoto, pero luego añadió: “Ya no estoy en esa línea”. Citándolo textualmente, ahora era “un episcopal agnóstico”.

Su curso se llamaba “La filosofía de la religión”, en el que “religión” se refiere al monoteísmo del judaísmo, el cristianismo y el islam. A lo largo de 36 clases, este profesor exploraba no la filosofía de cada fe, sino las presuposiciones filosóficas detrás de ellas. Básicamente, era un curso sobre los argumentos a favor o en contra del Dios del monoteísmo tradicional.

A veces yo no estaba de acuerdo con alguna hipótesis que él planteaba y con la conclusión a la que llegaba; o en ocasiones estaba de acuerdo con una conclusión, pero no con la hipótesis detrás de esta. O estaba de acuerdo con una hipótesis, pero no llegaba a la conclusión a la que él llegaba. Sin embargo, ya sea que estuviese de acuerdo o no, nunca detecté ningún sofisma, razonamientos falaces o artimañas en su lógica. Y las horas dedicadas a escucharlo valieron la pena, especialmente por una clase sobre la teodicea.

Si Dios lo sabe todo, es amor y es todopoderoso, ¿por qué existe la maldad, y por qué tanta? Justamente, la teodicea trata sobre esta pregunta constante que perturba a los teístas tradicionales. El profesor Hall analizaba varias teodiceas, y al final de cada una explicaba por qué no funcionaban. Sin excepciones, yo estuve de acuerdo: ninguna de las teodiceas descritas funcionaban.

Y entonces mencionó una teodicea más.

“Ya nadie toma esta en serio”, dijo con énfasis, y en unos diez minutos describió lo que nosotros llamamos “el Gran Conflicto”: libre albedrío, no solo en la Tierra sino también en el cielo; un ser caído, Lucifer; un conflicto que se libra aquí entre el bien y el mal, que no solo explica la maldad humana, sino también el mal en la naturaleza.

El profesor afirmó que esta teodicea funcionaba. Esto es, mostraba que el Dios del teísmo tradicional podría coexistir con el mal. Si pudiéramos creer que existen fuerzas demoníacas (que, en sus palabras, podría ser una conclusión lógica al mirar este mundo), entonces tendríamos una teodicea que, bueno… funcionaría.

Hall fue explícito: no creía en esta teodicea (en ninguna, digamos). Pero no quiero concentrarme en eso. A lo que apunto es que estamos ante un autoproclamado escéptico, hasta sobre la existencia de Dios, y sin embargo afirmó que lo que creemos los adventistas del séptimo día acerca del Gran Conflicto es la única teodicea que podría explicar cómo puede ser que exista un Dios que es amor, que lo sabe todo y que es todopoderoso (el Dios de la Biblia), y que, al mismo tiempo, exista el mal.

Las palabras de Hall no demuestran que nuestro punto de vista sea correcto. Por supuesto que no. Pero, por venir de un episcopal agnóstico, me parecieron fascinantes y confirmadoras. RA

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