En los años 90, cuando era editor de la revista de libertad religiosa Liberty, la Asociación General recibió una carta del Vaticano. Roma quería entrar en diálogo formal; en particular, con el fin de debatir por qué razón los adventistas del séptimo día ubican a su iglesia en “la categoría de monstruos apocalípticos”. Dado que tantos protestantes estaban en ese momento, teológicamente, bailando un vals con Roma (algo interesante a la luz de la escatología adventista), el Vaticano debió de haberse preguntado por qué nosotros no solo no entrábamos en la pista de baile con ellos, sino también advertíamos a los demás para que tampoco lo hicieran.

Por supuesto, nosotros rechazamos la propuesta, y ahí quedó todo.

O eso fue lo que yo pensaba…

Uno o dos años después, me enteré de que la Asociación General, por pedido de Roma, había enviado a un teólogo al Vaticano, a una reunión privada informal. Ese teólogo me contó que él y su contraparte romana, un jesuita estadounidense, tuvieron un diálogo intenso, lo que es entendible. (Imagínate explicarle a un jesuita, nada menos que en el Vaticano, la posición adventista sobre la Iglesia Católica Romana en el tiempo del fin.)

En medio de las discusiones, surgió el tema del sábado, y el jesuita manifestó: “¿Así que, piensan que solo ustedes están en lo correcto, y que todas las demás iglesias están equivocadas?”

El adventista replicó inmediatamente: “Sí, porque ustedes cambiaron la Ley de Dios”. Nervioso y sin saber qué decir, el jesuita retrocedió, fue hasta su escritorio, abrió un cajón y sacó una edición de la Adventist Review. Agitando la revista en el aire, despotricó: “¿Qué, de esto? ¿Qué, de este artículo de Clifford Goldstein?”

El artículo era una de mis columnas (del 22 de octubre de 1998) y se titulaba “El día de reposo de Wojtyla” (Karol Wojtyla era el nombre civil de Juan Pablo II, antes de su elección como Papa). En ella, yo hacía un análisis de la reciente carta apostólica Dies Domini, que instaba a los católicos romanos a santificar el domingo. El jesuita dijo que estaba resentido por el artículo, porque se refería al domingo como el día de reposo “del Papa”. El día de reposo era de la Iglesia Católica Romana, no era del Papa, alegaba.

Esta historia sirve como base para el siguiente punto: si queremos ser fieles a nuestro llamado a predicar el mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14, tenemos que proclamar lo que la Biblia enseña acerca de Roma.

En Daniel 2, un poder surge después de Grecia, y se extiende hasta el fin del mundo, cuando es destruido de forma sobrenatural (Dan. 2:44). En las profecías paralelas de Daniel 7 y 8, nuevamente, solo un poder surge después de Grecia y se extiende en la historia hasta que es destruido de forma sobrenatural en “el tiempo del fin” (8:17). En los tres capítulos, el único poder que encaja en esta descripción es Roma (y no Antíoco Epífanes, quien murió en 164 a.C.).

En Apocalipsis, capítulos 12 al 14, reaparecen las imágenes usadas en Daniel para hablar de Roma, y la describen como un perseguidor en los últimos días, con la ayuda de los Estados Unidos (ver Apoc. 13:1-17). Esto pone el telón de fondo para el mensaje del tercer ángel, que es una advertencia a no adorar “a la bestia y a su imagen” (14:9). Esta bestia específica continúa siendo única, sola y exclusivamente Roma. Y si estás leyendo esto en el Vaticano, esta es la razón por la que ponemos a la Iglesia Católica Romana, tal como debemos (aunque no es nada personal), en “la categoría de monstruos apocalípticos”. RA

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