La apostasía en el cristianismo, anunciada en el Nuevo Testamento (Hech. 20:28-30; 2 Tim. 4:1-4; 2 Tes. 2:1-4; etc.), dio como resultado la aparición de la Roma papal. Por siglos, en la Edad Media, Dios usó a diversos hombres para llamar a un retorno a las Escrituras, pero muchos de ellos fueron perseguidos y muertos por el poder papal. En el siglo XVI, la Reforma protestante intentó transformar a la iglesia. Con el tiempo, este intento se estancó y el protestantismo retuvo muchos de los errores del Papado.

En este escenario, las profecías indicaban que Dios levantaría un pueblo remanente (Dan. 8:12-14; Apoc. 12:17) con el propósito de continuar la reforma estancada y predicar el último mensaje de misericordia al mundo (Apoc. 14:6-12). Los Adventistas del Séptimo Día no tienen ninguna duda de que constituyen ese remanente profético. Sin embargo, a pesar de esta clara identidad, de tiempo en tiempo el movimiento adventista ha experimentado críticas internas por parte de personas o grupos que afirman que en algún punto de su historia la iglesia ha apostatado, y se ha convertido en la Babilonia de Apocalipsis.

Elena de White, cofundadora de la iglesia, se opuso fuertemente a estas ideas divisionistas y fustigó a quienes las esgrimían. No obstante, por paradójico que parezca, quienes acusan a la Iglesia Adventista del Séptimo Día de haberse convertido en Babilonia usan los escritos de ella para sustentar sus ideas. Pero, una mirada más de cerca a estas críticas demuestra que no hay fundamento para tales acusaciones.

Ideas correctas sobre Babilonia

En Apocalipsis, Babilonia es un símbolo profético que sirve para describir la apostasía religiosa que existiría en los tiempos finales (Apoc. 14:8; 17:1-6; 18:1-24). De acuerdo con Juan, Babilonia sería uno de los instrumentos que Satanás usaría para oponerse a la verdad divina, perseguir al pueblo de Dios y engañar al mundo con el vino de sus engaños religiosos (Apoc. 17:2, 6; 18:2, 3).

Elena de White identificó a la Babilonia de Apocalipsis 17 como “Roma” (El conflicto de los siglos, p. 432). Luego, al explicar el título “madre de las rameras”, afirma que “sus hijas deben simbolizar las iglesias que adhieren a sus doctrinas y tradiciones, y siguen su ejemplo sacrificando la verdad y la aprobación de Dios, para formar una alianza ilícita con el mundo” (p. 433). En este último punto, algunos afirman que Elena de White estaba pensando en la Iglesia Adventista. Sin embargo, eso no es cierto, porque el contexto muestra claramente que lo que tenía en mente era las iglesias protestantes, ya que han seguido el ejemplo de la Roma papal.

Ella pregunta: “¿Y en qué comunidades religiosas está actualmente la mayoría de los seguidores de Cristo? Sin duda alguna, en las diversas iglesias que profesan la fe protestante. Al nacer, esas iglesias adoptaron una noble posición por Dios y la verdad, y la bendición divina las acompañó. […] Pero esas iglesias cayeron víctimas del mismo deseo que causó la maldición y la ruina de Israel: el deseo de imitar las prácticas de los impíos y procurar su amistad. […] Muchas de las iglesias protestantes están siguiendo el ejemplo de Roma de unirse inicuamente con ‘los reyes de la tierra’. […] Y el vocablo ‘Babilonia’ (confusión) puede aplicarse acertadamente a esas congregaciones que, si bien todas declaran que sus doctrinas derivan de la Biblia, están divididas en un sinnúmero de sectas, con credos y teorías ampliamente opuestos” (ibíd., pp. 433, 434).

«Dios encabeza la obra, y él pondrá en orden todas las cosas”.

En otra parte, Elena de White afirma que las doctrinas que identifican a las iglesias de Babilonia son “la inmortalidad natural del alma, el tormento eterno de los impíos, la negación de la preexistencia de Cristo antes de su nacimiento en Belén, y la defensa y la exaltación del primer día de la semana sobre el día santificado por Dios” (Elena de White, La iglesia remanente [APIA, 1994], p. 93). Estas son claras características de la iglesia romana y las iglesias protestantes.

La hermana White jamás tuvo en mente a la Iglesia Adventista cuando escribió sobre Babilonia. Por el contrario, como ya se dijo, se opuso firmemente a quienes afirmaban aquello. Por ejemplo, en 1893, dirigiéndose a un adventista del séptimo día, escribió: “Hermano mío: He sabido que usted pretende que la Iglesia Adventista del Séptimo Día es Babilonia, y que todos los que quieren ser salvos deben salir de ella” (ibíd., p. 90). Luego afirma que él “no es el único a quien el diablo ha engañado en este asunto”, pues durante “cuarenta años” muchos habían dicho lo mismo. Para ella, era Satanás quien difundía estas ideas, con el fin de causar confusión en el pueblo de Dios.

¿Está La iglesia en apostasía? ¿Hay que salir de ella?

Pero ¿será verdad que la Iglesia Adventista está en apostasía y debemos salir de ella? Cuando los críticos afirman esto, entran en un campo muy subjetivo, porque al no poseer ninguna declaración inspirada que avale esa afirmación dependen de su criterio personal, es decir, de lo que a ellos les parece que la iglesia ha hecho o está haciendo mal (por ej., tener reuniones de libertad religiosa o estatus legal como corporación). Tan subjetivo es este asunto que ninguno de los críticos está seguro de cuándo exactamente apostató la iglesia. Unos dicen que en 1888; otros, en 1914 o en alguna otra fecha que les parezca. Lo cierto es que para que la iglesia llegue a apostatar tendría que repudiar oficialmente sus doctrinas distintivas como el Santuario, el sábado o la inmortalidad del alma, y aceptar las mentiras de Babilonia. Sin embargo, la Iglesia Adventista sigue creyendo, predicando y defendiendo estas verdades, y lo hará hasta el fin, porque para esto fue suscitada.

Lo anterior no significa que la iglesia no necesite un reavivamiento y una reforma, o que algunos de sus miembros no estén en apostasía, pero eso es diferente de decir que toda la iglesia esté en apostasía. La realidad es que, de acuerdo con Apocalipsis, la iglesia padecería de un espíritu laodicense, caracterizado por la tibieza espiritual (Apoc. 3:14-19).

Elena de White jamás niega esta realidad, y reconoce que “existen males en la iglesia”, y que “los habrá hasta el fin del mundo” (ibíd., p. 71). Por eso, muchas veces hizo fuertes llamados a ministros y a laicos para que abandonen pecados acariciados. Pero no fue tan pesimista hasta el punto de pensar que Cristo rechazaría a la iglesia en su conjunto por sus debilidades. En la misma página, ella dice: “La iglesia, debilitada y deficiente, que necesita ser reprendida, amonestada y aconsejada, es el único objeto de esta Tierra al cual Cristo concede su consideración suprema”.

Esto no significa que la iglesia deba tolerar el pecado abierto; existen procedimientos disciplinarios para tratar esos casos. Pero cuando los miembros entienden que Cristo sigue llamándolos al arrepentimiento, pueden saben que el Señor no los ha rechazado.

Nadie debe desesperarse por el estado actual de la iglesia, porque al final Dios tendrá una iglesia pura y perfeccionada (Efe. 5:25-27; Fil. 1:6). Este es uno de los propósitos del zarandeo (Apoc. 3:15, 16). Además de esto, debe recordarse que Dios derramará el Espíritu Santo sobre su iglesia fiel, y el estado de frialdad desaparecerá: “Antes de que los juicios de Dios caigan finalmente sobre la Tierra, habrá entre el pueblo del Señor un avivamiento de la piedad primitiva como no se ha visto nunca desde los tiempos apostólicos. El Espíritu y el poder de Dios serán derramados sobre sus hijos” (El conflicto de los siglos, p. 517). Este esperanzador y glorioso futuro de la iglesia hizo que la hermana White nunca la abandonara, sino que permaneciera fiel en ella hasta el día de su muerte, en 1915.

«Antes de que los juicios de Dios caigan finalmente sobre la Tierra, habrá entre el pueblo del Señor un avivamiento de la piedad primitiva como no se ha visto nunca desde los tiempos apostólicos”.

La iglesia triunfará

La Iglesia Adventista no es Babilonia, es la iglesia remanente de la profecía (Apoc. 12:17; 14:12). Ahora es la iglesia militante, pero un día será la iglesia triunfante. Hasta que llegue ese día, cada adventista del séptimo día debe avanzar comprometido en el cumplimiento de la misión, mirando solo a Cristo, y recordando: “No hay necesidad de dudar ni de temer que la obra no tenga éxito. Dios encabeza la obra, y él pondrá en orden todas las cosas. Si hay que realizar ajustes en la plana directiva de la obra, Dios se ocupará de eso y enderezará todo lo que esté torcido. Tengamos fe en que Dios conducirá con seguridad hasta el puerto el noble barco que lleva al pueblo de Dios” (Elena de White, Mensajes selectos, t. 2, pp. 487, 488). RA