La historia de la liberación de Israel es increíble. Pero es aún más llamativo observar el pesimismo del pueblo, la paciencia de Dios y la perseverancia de los líderes durante los cuarenta años de peregrinación.

El tránsito por el desierto estaba llegando a su fin, y el pueblo estaba a las puertas de la Tierra Prometida. Moisés ya había muerto. En su funeral solo estuvieron él y Dios, y no tuvo el privilegio de entrar en la Tierra Prometida. Pero, lo que pareció un final triste fue tan solo el comienzo de otra historia mucho más sorprendente, emocionante y eterna. Él perdió la Tierra Prometida, pero ganó la Nueva Jerusalén. Su vida fue un recordatorio de que si perdemos alguna cosa en esta Tierra por servir a Dios tendremos una recompensa en el cielo.

Ahora Josué era el nuevo comandante y, desde sus primeros días, Dios confirmó que permanece al lado de aquellos a quienes llama. Cuando Moisés comenzó, Dios abrió el Mar Rojo para posibilitar la salida de Egipto; cuando Josué comenzó, el Señor abrió el río Jordán para la entrada en la Tierra Prometida. Para cada líder, Dios “abre las aguas” y confirma su elección. Cuando Moisés extendió la mano, las aguas del Mar Rojo se abrieron; por su parte, en el caso del Jordán, se abrió cuando los que llevaban el Arca pusieron sus pies en el agua. Fue algo mucho más grande de lo que los líderes y el pueblo eran capaces de hacer o imaginar. Estaban aprendiendo a confiar, a avanzar y a ser osados.

El cruce del Jordán fue impresionante. Las aguas que venían desde río arriba se detuvieron y formaron un dique invisible. Los sacerdotes entraron, esperaron en la mitad del lecho del río y recién salieron cuando todos hubieron terminado de pasar. Posteriormente, Dios pidió que se recogieran doce piedras, como símbolos de la liberación. Esto no era tan solo un pedido, tenía una visión de futuro. Estaba pensando en las nuevas generaciones; por eso dijo: “Cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué significan estas piedras? les responderéis: Que las aguas del Jordán fueron divididas delante del arca del pacto de Jehová […] estas piedras servirán de monumento conmemorativo a los hijos de Israel para siempre” (Jos. 4:6, 7).

«Para cada líder, Dios ‘abre las aguas’ y confirma su elección”.

Como familia, iglesia y educadores, necesitamos reflexionar en qué tipo de piedras, o marcas, estamos dejando hoy para las nuevas generaciones. ¿Qué está quedando para que, en el futuro, ellos continúen recordando al Señor, caminando con él y permaneciendo fieles a su voluntad?

La familia tiene un papel fundamental; en realidad, la función más importante, porque todo comienza en la familia. Si los padres son coherentes, intencionales y ofrecen una educación con valores realmente cristianos, colocarán piedras de señales que durarán toda la vida y alcanzarán la eternidad.

Como iglesia, también tenemos herramientas preciosas como la educación adventista, los clubes de Conquistadores y de Aventureros, y las divisiones infantiles de Escuela Sabática. Estos tienen material de apoyo relevante, lenguaje apropiado, líderes comprometidos y los valores de nuestra fe. Pueden marcar una diferencia muy positiva.

Los docentes, por su parte, tienen las mayores oportunidades. Los alumnos están en sus manos, para ser moldeados, muchas horas cada semana; posiblemente, más tiempo del que los padres mismos tienen para influir en ellos. Pero, para que coloquen piedras con valores sólidos, tienen que entender que su misión va más allá de informar o educar: tienen que transformar vidas. En esta fase de la vida, los corazones aún son maleables, y necesitan piedras que dejen marcas profundas en su caminata con el Señor.

Así como había una nueva generación que estaba cerca de entrar en la Tierra Prometida y necesitaba aquellas piedras, hoy tenemos otra generación cerca de entrar en la Tierra Nueva, y que también necesita desesperadamente mojones que dejen marcas espirituales. Después de todo, si Cristo no volviese dentro de veinte años, ¿cómo sustentarán su fe y sus valores?

Haz todo lo que esté a tu alcance para crear una experiencia espiritual sólida y fuerte para las nuevas generaciones que están a tu alrededor. RA

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