Enero de 1997. Éramos cinco amigas descubriendo la ciudad de Roma. Había mucho para ver –y mucho para fotografiar. Conociendo mi desmesura cuando se trata de fotografiar, me propuse un objetivo: iba a usar un solo rollo de 36 fotos; en blanco y negro, para agregar el necesario toque de antigüedad a mis recuerdos. Una semana en Roma, y solo podría sacar 36 fotos. Un verdadero ejercicio de autodisciplina. O una verdadera locura.

Sea como fuere, resultó una experiencia muy interesante. Aunque, el último día tuve un problema serio. Había dos temas que quería fotografiar y solo disponía de una foto. Por un lado, quería inmortalizar mi visión del Panteón de las divinidades romanas, construido por Agripa en el siglo I a.C. y reconstruido por Adriano, en el siglo II d.C. Por el otro, estábamos fascinadas por los trajes que llevaban los policías que velaban por la seguridad de los turistas en la Ciudad Eterna. Lucían muy elegantes con sus largas capas y sus uniformes impecables. ¡Oh, dilema! Finalmente, al llegar cerca del Panteón, encontramos a dos policías. Tras serias negociaciones, conseguimos que se pararan en un lugar estratégico que me permitió sacar mi última foto en Roma, con los policías y el Panteón. ¡Amén!

Zzzzzzzzzzzzzz. Chic. Se rebobinó el rollo de fotos, y ahora uno lo podía sacar de la cámara y guardarlo preciosamente hasta el momento de llevarlo a revelar en alguna casa de fotografía. Al cabo de una semana o diez días, podíamos ir a buscar las fotos en papel y los negativos, esperando que todo hubiera salido bien.

¡Cuánto bien nos haría un ejercicio así:
Poner un límite a lo que nos distrae
y concentrarnos en lo que vale la pena!”

La prehistoria no es Roma, ni el Panteón del siglo II antes de Cristo… Cuando recuerdo este viaje, la prehistoria son aquellos rollos de fotos, aquella manera de fotografiar que solo los “viejos” experimentamos. Cuando pienso en cómo cambiaron las cosas en esta área, no puedo evitar pensar que parte de mi vida la viví en una suerte de prehistoria, demasiado lejana a mi realidad de hoy: sacando cientos de fotos con el celular, borrando lo que no me interesa, mirando cómo queda antes de sacar la foto, compartiéndolas con mi familia al otro lado del mundo… Impensable en aquel viaje con mis amigas, allá en el milenio pasado.

¿Tienes tal vez la sensación de que tu vida espiritual ahora es muy diferente de la que tenías hace muchos años? ¿Que antes vivías tu relación con Dios con más tranquilidad y profundidad? ¿Que hace muchos años, en algún momento supiste tener confianza en Dios y que la experiencia fue importante para ti? ¿Tal vez miras tu experiencia actual, y tienes la sensación de que todo aquello quedó demasiado lejos, en la prehistoria de tu vida?

Con el tiempo, nuestra fe en Dios puede sufrir la erosión que desgasta nuestra vida. Vamos perdiendo fuerzas físicas; la gente alrededor de nosotros nos decepciona; alimentamos emociones negativas; cada vez tenemos más y mayores responsabilidades que nos quitan tiempo para nuestra relación con Dios; corremos detrás de esto y aquello… Y, cuando la vida nos golpea, nos damos cuenta de que nuestra fe en Dios es demasiado débil, que no era lo que solía ser.

Miramos hacia el pasado, y aquella fe que teníamos nos parece demasiado irreal, demasiado lejos de nuestra realidad de hoy. Pero, a diferencia de aquellos rollos de fotos, quisiéramos recuperarla. Quisiéramos volver a vivir esa fe que confiaba como un niño. Esa fe que no se complicaba la vida, que confiaba simplemente en que Dios quiere lo mejor para nosotros y que guía cada uno de nuestros pasos (Prov. 3:6).

Creo que nos haría bien dar un paseo por la “prehistoria” de nuestra vida espiritual. Nos haría bien recordar cuáles eran nuestros hábitos en aquel momento, qué nos ayudaba a mantener una relación estrecha con nuestro Dios y con quiénes compartíamos momentos de edificación espiritual. “Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma” (Jer. 6:16).

Descanso. ¡Qué bien viene el descanso para poder recuperar nuestra confianza en Dios! En esos momentos de tranquilidad pensamos en los momentos felices que vivimos con nuestro amigo Jesús, y podemos buscarlo nuevamente en oración. Necesitamos decirle que queremos confiar en él como solíamos hacerlo. Que el frenesí que nos aturde no nos ayuda y que solo él puede ayudarnos a encontrar más equilibrio en nuestra vida. ¡Cuánto bien nos haría un ejercicio así: poner un límite a lo que nos distrae, recordar las sendas antiguas y concentrarnos en lo que realmente vale la pena! Algo así como sacar solo 36 fotos en una semana de vacaciones… RA

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

Artículos Relacionados

Deja un comentario: