Y, por haber estado dispuesto a descender, a encarnarse, a humillarse, Cristo recibe un nombre y una posición que no había buscado, pero que sí merece”.

Más allá de si fue en esta fecha o no, lo importante es recordar que realmente pasó. La encarnación de Cristo es un fenómeno inexplicable. De hecho, forma parte del misterio de la piedad:

“Indiscutiblemente, el misterio de la piedad es grande:

“Dios fue manifestado en carne,

“Justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a las naciones, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Tim. 3:16, RVC).

Quizá lo más inexplicable sea que, para revelar a Dios, Cristo haya decidido encarnarse. En lugar de exaltar su gloria, se rebajó. En lugar de ostentar su poder, se hizo débil. Al hacerlo, evidenció que “la ley del renunciamiento por amor es la ley de la vida para la Tierra y el cielo; que el amor que ‘no busca lo suyo’ tiene su fuente en el corazón de Dios; y que en el Manso y Humilde se manifiesta el carácter de aquel que mora en la luz inaccesible al hombre” (El Deseado de todas las gentes, p. 11). 

Por el contrario, Satanás quiso exaltarse y “subir” donde no le correspondía: “Subiré al cielo para poner mi trono por encima de las estrellas de Dios. Voy a presidir en el monte de los dioses, muy lejos en el norte. Escalaré hasta los cielos más altos y seré como el Altísimo” (Isa. 14:13, 14, NTV). Esta tendencia también se manifestó en aquellos que participaron del nuevo origen social luego del Diluvio. Me estoy refiriendo a los hijos de Noé que habitaron en la llanura de Sinar. Allí, narra la Escritura, los hombres se dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra” (Gén. 11:4).

Se destacan dos actitudes aquí. En primer lugar, la idea de buscar una posición, de “hacerse un espacio”; de “llegar arriba”: evidentemente, llegar al cielo con esa torre era la materialización de sus anhelos de grandeza. En segundo término, se destaca la idea de hacerse un nombre, o, como lo traduce la Nueva Versión Internacional: “Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo nos haremos famosos” (11:4).

Cristo, en su encarnación, fue la contracara de esta actitud satánica. El apóstol Pablo, hablando a los habitantes de la ciudad de Filipos, recomienda: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:5-8).

Aquí se muestra un camino totalmente inverso. Jesús, que ocupaba el Trono del universo y era adorado por miles de millones de ángeles, decidió voluntariamente tomar el camino descendente que lo llevó hasta este mundo caído. Pero allí no terminó su descenso. Al encarnarse, tomó la forma de un siervo, viviendo como el más sencillo de los hombres. Incluso más: estando en la condición de hombre-siervo, se humilló así mismo hasta la misma muerte.

Y, por haber tomado el camino inverso, por haber estado dispuesto a descender, a encarnarse, a humillarse, Cristo recibe un nombre y una posición que no había buscado, pero que sí merece: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:9-11).

En estas fechas, al recordar la encarnación de Cristo, sigamos su ejemplo de abnegación. En lugar de llenarnos de regalos y comida, vaciémonos del yo y sirvamos a los demás. Si escoges el camino del servicio, no te preocupes por “hacerte” un nombre: Jesús ya tiene uno preparado para cuando llegues al cielo; un nombre nuevo, que nadie ha pronunciado jamás. RA

Sobre El Autor

Marcos Blanco

Pastor y Magíster en Teología (está culminando sus estudios doctorales) desempeña su ministerio en la ACES desde 2001. Autor de "Versiones de la Biblia", es Jefe de Redacción y director de la Revista Adventista desde 2010. Está casado con Claudia y tiene dos hijos: Gabriel y Julieta.

Artículos Relacionados

Deja un comentario: