Lección 11 – Cuarto trimestre 2017

Romanos 9:30-33; 10; 11.

Los dos capítulos que consideramos esta semana (10 y 11 de Romanos) tienen expresiones desconcertantes, tenemos que admitirlo. Y, para quien esto escribe, hay aquí conceptos de Pablo que son difíciles de entender. Sin embargo, lo que sí podemos comprender, incluso a partir de la lectura de estos dos capítulos, es lo que Pablo NO quiso decir. Y entendemos que Pablo no quiso decir que la salvación es incondicional, que hagan lo que hagan los escogidos serán finalmente salvos solo por haber sido elegidos por Dios, ni que haya una predestinación arbitraria de parte de Dios para que algunas personas se pierdan y otras se salven independientemente de sus elecciones; tampoco, que todos los israelitas serán salvos solo por el hecho de serlo. Por eso, y sin necesidad de recurrir a otros textos bíblicos fuera de esta epístola, vamos a entresacar, de estos dos capítulos, aquellas expresiones del propio Pablo que nos hablan de la condicionalidad de la salvación, antes de intentar algún comentario acerca de lo que sí quiso decir:

“Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Rom. 10:8, 9).

“Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (vers. 11).

“Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (vers. 13).

“Por si en alguna manera pueda provocar a celos a los de mi sangre, y hacer salvos a algunos de ellos” (Rom. 11:14).

“Bien; por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme” (vers. 20).

“Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado. Y aun ellos, si no permanecieren en incredulidad, serán injertados, pues poderoso es Dios para volverlos a injertar” (vers. 21-23).

Vemos, en estos textos, que hay condiciones; Pablo usa reiteradas veces la conjunción “si” condicional, que según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española de las Letras, “denota condición o suposición en virtud de la cual un concepto depende de otro u otros”. La condición básica es CREER (con todo lo que eso implica), INVOCAR EL NOMBRE DE DIOS (con todo lo que significa), EJERCER FE EN DIOS, PERMANECER EN LA BONDAD DE DIOS, NO PERMANECER EN INCREDULIDAD. Y, según vimos, esto se aplica tanto al pueblo literal de Israel como al Israel espiritual, es decir, los que son conversos a Cristo provenientes del mundo pagano.

De manera que, sea lo que fuere lo que Pablo haya querido decir con algunas de sus expresiones que trataremos de entender en nuestro comentario, NO quiere decir ni que Israel literal ni que los gentiles conversos podrán ser salvos independientemente de su aceptación de Cristo como Salvador y de su fe. La expresión “y luego todo Israel será salvo” (11:26) no puede querer decir que todos los israelitas literales ni los espirituales serán salvos hagan lo que hagan, rechacen o no a Cristo, tengan fe o no en Dios, y ríndanle o no su vida con fe y amor.

Avancemos, entonces, con nuestro comentario, que lo iniciaremos desde los últimos versículos del capítulo 9, porque entendemos que están más vinculados temáticamente con el capítulo 10 que con el capítulo 9 (recordemos que la división en capítulos y versículos, y los subtítulos que aparecen en nuestras versiones de la Biblia, no estaban en los originales que escribieron los autores bíblicos, sino que fueron introducidos muchos siglos después).

“¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia que es por fe; mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo, como está escrito: He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; y el que creyere en él, no será avergonzado” (Rom. 9:30-33).

Como ya hemos visto en otra oportunidad, el problema de Israel durante la mayor parte de su historia fue la idolatría y la apostasía (siglos XV-VII a.C.). Pero, luego del Exilio en Babilonia (siglos VII-V a.C.), el pueblo se fue al otro extremo, y cayó en el más fanático legalismo, bajo la idea de que la única forma de asegurarse la bendición de Dios y que nunca más experimentaran semejante tragedia nacional consistía en ser obedientes a la Ley lo más estrictamente posible. Es a lo que Pablo se refiere con la expresión “obras de la Ley”. Es decir, “obras de la Ley” son las que se hacen en obediencia a Dios pero con el fin y la motivación de evitar la condenación de Dios y ganarse su favor y su salvación, en vez de hacerlas por puro amor y en forma totalmente libre y voluntaria.

Los gentiles no buscaban al Dios verdadero, no “iban tras la justicia” de Dios. Pero Dios, en su misericordia, los alcanzó con la salvación, y ellos gozosamente aceptaron por fe la redención provista mediante Jesús, no basados en sus propios méritos –que eran muy conscientes de que no los tenían; tan solo podían presentar su anterior vida idólatra y pecaminosa– sino en los méritos de Jesús. Pero Israel, que estaba neuróticamente obsesionado con alcanzar la justicia, no la alcanzó, porque buscaba una justicia basada en sus propios esfuerzos espirituales y morales, sus propios logros morales, su propia justicia. Eran obras contaminadas de justicia propia, de motivaciones falsas y egoístas, petulantes, como bien lo demuestra la parábola del fariseo y el publicano. No aceptaron –como pueblo, no como individuos– a Jesús como Salvador, al único que realmente podía salvarlos.

“Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación” (Rom. 10:1).

Si la salvación de Israel literal hubiese estado garantizada por el solo hecho de ser el pueblo elegido, Pablo no tendría esta preocupación por su pueblo que ya había manifestado al principio del capítulo 9, al punto de señalar que, si de alguna manera, que él se perdiera podría lograr que Israel fuese salvo, habría estado dispuesto a hacerlo. Pablo está preocupado acerca de la salvación de los israelitas, la anhela y ora a Dios por ellos.

“Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Rom. 10:1-3).

Nadie puede cuestionar que los israelitas eran gente espiritual, hiperreligiosa. Tenían celo de Dios; no eran ateos que le daban la espalda al Dios verdadero, ni paganos idólatras. Por el contrario. Pero su celo era un celo ignorante de la verdad, porque ignoraban la justicia proporcionada por Dios en Cristo, y más bien procuraban ganarse su propia salvación mediante su propia justicia, que consistía en confiar en sus esfuerzos por vivir de acuerdo con la voluntad de Dios (la Ley). Y rechazaban la justicia de Dios –es decir, a Jesús y sus méritos–, entre otras cosas porque aceptarla implicaría humillarse al punto de reconocer su total pecaminosidad e impotencia para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, su total falta de méritos e incluso porque hasta les podría parecer que el mensaje de la gracia fomentaba el libertinaje espiritual, la desobediencia a Dios. Implicaba un total cambio de paradigma espiritual, y preferían aferrarse a sus antiguas formas de ver su relación con Dios, basada en sus propios méritos.

“Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (vers. 4).

Esto es lo que no reconocía el Israel literal: que el sentido último de la revelación del Antiguo Testamento y de la Ley misma (sea la Ley moral como la ceremonial), que el propósito último de la Ley, era guiar a las almas a Cristo, su Salvador (el “ayo” del que habla Pablo en Gálatas 3:24). Es el sentido de la palabra griega télos, utilizada por Pablo y que fue traducida como “el fin” de la Ley, y que significa no la finalización de algo, sino finalidad, propósito, objetivo, y de la cual deriva las palabras teleológico, teleología, que incluso se utilizan para hablar del Diseño inteligente –argumento que utilizamos para presentar las evidencias de la existencia de Dios–, que es el argumento teleológico de la existencia de Dios, según los teólogos y los filósofos.

“Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas. Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (vers. 5-9).

No es que Moisés enseñó la justificación por las obras. Pero, ciertamente, si el hombre pudiera por sus propios esfuerzos (y aun con el auxilio del Espíritu Santo) ponerse en absoluta armonía con la voluntad de Dios, sin la más mínima partícula de imperfección moral, quizá Dios podría justificarlo porque es justo, y el sacrificio de Cristo hubiese sido innecesario. Pero el caso es que, por causa de nuestra naturaleza pecaminosa, nadie puede vivir sin el más mínimo vestigio de pecado. Aun el propio Dios dio a entender esta imposibilidad. En ocasión de la entrega de la Ley a Israel por parte de Moisés, el pueblo de Israel le dijo al patriarca:

“Acércate tú, y oye todas las cosas que dijere Jehová nuestro Dios; y tú nos dirás todo lo que Jehová nuestro Dios te dijere, y nosotros oiremos y haremos” (Deut. 5:27; énfasis añadido).

Ellos creían que bastaba con que Dios expresara su voluntad, y ellos podrían realizarla.

Pero, aunque la intención era buena, Dios le contesta a Moisés, con cierto dejo de condescendencia a la vez que de tristeza:

“[…] He oído la voz de las palabras de este pueblo, que ellos te han hablado; bien está todo lo que han dicho. ¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!” (vers. 28, 29).

En otras palabras: “Ojalá que realmente me temiesen y guardasen de verdad, y hasta las últimas consecuencias, todos mis mandamientos, pero sé que no será así. Su naturaleza no se lo permitirá”.

Efectivamente, toda la historia de Israel, aun desde el mismo Sinaí, ha sido una historia signada por la desobediencia y la apostasía, con breves ciclos de fidelidad (en términos generales).

El propio Pablo lo dice de otra manera:

“Si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley” (Gál. 3:21).

Y anteriormente había dicho, citando a Moisés:

“Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (vers. 10).

Frente a esta imposibilidad humana, Pablo nos dice que el camino de la salvación es mucho más seguro, directo y, en cierto punto, simple:

“Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Rom. 9:9).

No hace falta subir al cielo ni descender a los abismos; hacer largas peregrinaciones, sacrificios personales, autoflagelación; renunciar a lo más preciado en la vida, con tal de agradar a Dios; ni desvivirnos neuróticamente por ver si somos obedientes en cada detalle de la vida, con tal de ganar el favor de Dios y asegurarnos su bendición y su salvación. Porque Dios ya ha hecho todo para lograr nuestra salvación en Cristo. Solo tenemos que creer en nuestro corazón, y valientemente confesar nuestra fe en Cristo como Salvador y Señor con nuestras palabras y nuestros actos.

“Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (vers. 10).

La justificación se recibe como una experiencia íntima en nuestra relación con Dios, en nuestro corazón. Pero la evidencia de que estamos gozando de esta experiencia es nuestra confesión de Cristo ante los hombres (ya sea, la iglesia, como ante quienes no conocen a Cristo). El hombre justificado deseará confesarse como cristiano, no ocultará su adhesión a Cristo, no se avergonzará de él.

“Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (vers. 11-13).

“El que creyere… el que invocare el nombre del Señor”. Aquí está la condicionalidad, pero también la hermosa seguridad de salvación. Creer, invocar el nombre del Señor. ¿Es algo tan difícil? ¿Requiere algún tipo de sacrificio, de esfuerzo humano meritorio? En ninguna manera. Es, con la mano de la fe, creer en Jesús como nuestro Salvador y aferrarnos de su justicia, de sus méritos, de su obediencia, y hacerlos nuestros. Es invocar el nombre de Jesús (el nombre de una persona, en el concepto bíblico, representa a la persona misma, con todo lo que eso implica) como nuestro único derecho a la más mínima bendición de Dios en nuestra vida, y a su justificación y la salvación escatológica, frente al Juicio.

“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (vers. 14, 15).

Aquí hay un misterio de las providencias divinas, a la vez que un hermoso mensaje misionero. Por un lado, Pablo ya había hablado, en Romanos 2 (vers. 14-16, 26, 27), de que en el Juicio Final habrá gentiles, que no han tenido el privilegio de conocer la Ley (la revelación de Dios a través de la Biblia, incluyendo los Diez Mandamientos, y por extensión el mensaje de salvación en Cristo), que sin embargo serán salvos porque han seguido las “mociones” del Espíritu Santo a través de su conciencia moral. Sin embargo, en nuestro pasaje de Romanos 10, Pablo habla también de la necesidad de la predicación del evangelio para que la gente pueda “oír”, “creer” e “invocar” el nombre de Cristo, para ser salvos. Y ese es el privilegio que Dios nos da a los cristianos: poder colaborar con él en el gran plan de la redención, contribuyendo a que la gente oiga, crea e invoque el nombre de Cristo, y de esa manera sea salva. Y Pablo presenta esta tarea, esta misión, en los términos más positivos: son hermosos los pies de los que anuncian “la paz” –la paz con Dios, la reconciliación, y la paz con los hombres, mediante el amor cristiano–, de los que anuncian “buenas nuevas”, el evangelio, que son las buenas noticias de la salvación en Cristo. Es una tarea hermosa y bendita, para el que nos escucha, y para nosotros mismos, que somos los primeros bendecidos al compartir el amor de Jesús.

“Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?” (vers. 16).

Nuevamente, no hay ninguna predestinación “calvinista” por la cual la gente esté obligada a creer. Siempre hubo en el pueblo de Israel, y habrá entre los cristianos, quienes no crean, quienes no obedezcan el evangelio.

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (vers. 17).

Este es un versículo muy conocido y muy querido por los cristianos. La fe es un don del Espíritu Santo, pero se genera en gran medida, y se fortalece y madura, mediante el contacto con la Revelación de Dios. Es el oír, leer y compartir la Palabra de Dios lo que nutre nuestra fe. La falta de contacto con el mensaje de Dios es lo que nos va entibiando, y aun enfriando. De allí la importancia de buscar cada día a Dios en oración y en lectura, estudio o reflexión en el mensaje divino, a través del dispositivo que más nos guste –en sus múltiples formas actuales, que incluyen sermones presenciales, clases de Escuela Sabática, conferencias, etc., como también predicaciones, videoclips, mensajes cortos, música cristiana, etc., transmitidos por Internet y aun por medio de WhatsApps. En este sentido, somos una sociedad privilegiada. Podemos tener acceso a la Palabra de Dios de múltiples formas, todas ellas lícitas y edificantes, y que se adaptan al gusto y el estilo de cada cristiano. La cuestión es buscar aquella forma que más nos llegue, aunque es innegable la importancia de congregarse como hermanos en la iglesia y participar juntos de los cultos y las reuniones de la iglesia en los que se expone la Palabra de Dios, pues somos “el cuerpo” de Cristo, y no es posible que andemos cada uno por nuestro lado (el pie no puede andar por un lado y la mano por el otro).

“Pero digo: ¿No han oído? Antes bien, por toda la tierra ha salido la voz de ellos, y hasta los fines de la tierra sus palabras” (vers. 18).

Pablo está citando el Salmo 19, que habla de la gloria de Dios tal como se manifiesta en los cielos estrellados, que aun sin palabras nos transmite el mensaje de la existencia y la providencia de Dios Creador y Sustentador. En este sentido, Pablo reitera lo que ya había dicho en Romanos 1:19 y 20, de que Dios revela su existencia a través de la naturaleza. Todo el mundo tiene la posibilidad de tener alguna noción suficiente de Dios al contemplar su obra creadora, aun cuando no conozca la Palabra escrita.

“También digo: ¿No ha conocido esto Israel? Primeramente Moisés dice: Yo os provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo; con pueblo insensato os provocaré a ira. E Isaías dice resueltamente: Fui hallado de los que no me buscaban; me manifesté a los que no preguntaban por mí. Pero acerca de Israel dice: Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor” (Rom. 10:19-21).

El pueblo de Israel de los días de Cristo y de Pablo creía que la salvación era monopolio de los judíos, que los gentiles estaban excluidos de la salvación (incluso también los propios israelitas que no “cumplían” la Ley tan bien como los fariseos). Cuando Jesús y, dentro de los apóstoles, especialmente Pablo extienden su mano a los gentiles, valorándolos y ofreciéndoles la salvación, se indignan, y en su orgullo nacional sienten que han perdido la exclusividad, el “monopolio de Dios”. Recordemos que al propio Pedro le costó captar esta universalidad del ofrecimiento de salvación, y Dios tuvo que brindarle la visión del lienzo que contenía animales inmundos y pedirle que los comiera, para que aprendiera la lección de que “a mí me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo” (Hech. 10:28). Y Jesús tuvo que llegar al punto de decirles a los fariseos de sus días, luego de contarles la parábola de los dos hijos a quienes su padre envió a trabajar en su viña: “De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios” (Mat. 21:31). En la parábola, el hijo que dijo que iría a trabajar pero que luego no lo hizo representa al pueblo de Israel y a todos los que se consideraban “obedientes” (los que decían “todo lo que Jehová diga haremos”, como vimos anteriormente), pero que rechazaron a Cristo y su mensaje de salvación gratuita. En cambio, el hijo que al principio se negó a trabajar (“No voy”) representa a todos los que viven vidas perdidas, pecaminosas, incluso muchos de ellos paganos, que no buscaban al Dios verdadero, pero que finalmente aceptaron contritos y arrepentidos a Jesús como Salvador, y el mensaje y la experiencia de la salvación.

Hoy, los adventistas también podemos creer que tenemos el “monopolio de Dios”, y considerar a nuestros hermanos de otras confesiones religiosas como “ignorantes”, “Babilonia”, apóstatas, hasta perdidos. Y, cuando llegamos a enterarnos de las grandes cosas que Dios hace a través de muchos de ellos (ayudando a la gente con problemas, restaurando hogares, logrando multitudinarias conversiones, incluso quizás obrando milagros en algunos casos), podemos sentir cierta incomodidad y “celos”: nos parece que no es posible que Dios obre a través de ellos, ya que nosotros somos “la iglesia verdadera”; y ellos, Babilonia.

Pablo va a trabajar, en el capítulo 11, con este concepto de los “celos” de los judíos hacia los gentiles, y cómo de alguna manera Dios provocó estos celos al haber incluido a los gentiles en la salvación y haberlos integrado como el nuevo pueblo de Dios.

“Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera. Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín. No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció. ¿O no sabéis qué dice de Elías la Escritura, cómo invoca a Dios contra Israel, diciendo: Señor, a tus profetas han dado muerte, y tus altares han derribado; y sólo yo he quedado, y procuran matarme? Pero ¿qué le dice la divina respuesta? Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baal. Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia” (Rom. 11:1-5).

Entendemos que Pablo, en estos versículos, está hablando de la salvación individual de los israelitas. Y él afirma que, a pesar del rechazo de Cristo por parte de Israel literal como pueblo, Dios no los rechaza como individuos. De hecho, los primeros cristianos, en su mayoría, provenían del judaísmo. Él mismo era israelita. Y Pablo insiste con el concepto del “remanente”. Siempre ha sido así en la historia de Israel y en la historia del cristianismo: no todos los que pertenecieron a Israel o a la iglesia cristiana han sido verdaderos hijos de Dios, salvos, sino solo el remanente.

¿Qué quiere decir Pablo que ese remanente ha sido “escogido por gracia”? ¿Que no importa lo que hagan, acepten o no la voluntad de Dios (en el Antiguo Testamento) o a Cristo como Salvador (en el Nuevo Testamento), son escogidos como remanente solo por un decreto arbitrario de Dios, como propone la doctrina calvinista de la doble predestinación? En ninguna manera. Como ya hemos visto en el inicio de nuestro comentario de esta semana, hay condiciones para la salvación y para pertenecer a los “escogidos”. El remanente es escogido “por gracia” en el sentido de que no merece la salvación, que esta es un don gratuito de Dios ofrecido libremente. Pero esta gracia hay que aceptarla. Dios no la impone. No es una “gracia irresistible”, como proponía Calvino. Es aquella invitación a las bodas, de la parábola de Jesús, que se extendió “a cuantos halléis” (Mat. 22:9). Incluso, “saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados” (vers. 10). Todos estaban invitados a las bodas (la salvación). Nadie que quisiera ir fue excluido (anteriormente, algunos despreciaron la invitación, y no quisieron ir a las bodas, lo que representa al pueblo de Israel). Sin embargo, había que ponerse el vestido de bodas para PERMANECER en la boda, el vestido de la justicia de Cristo, su manto de justicia. Cuando el padre de familia vio a una persona sin vestido de bodas, le preguntó: “Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda?” (vers. 12). Lo notable es la respuesta de esa persona: “Mas él enmudeció” (vers. 12). ¿Por qué enmudeció? Porque no hay una respuesta suficientemente válida para rechazar a Jesús, la salvación tan amorosa y generosamente provista por Dios: “Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” (Eze. 33:11). ¿Por qué perderse? ¿Por qué morir? No hay una respuesta válida. Solo la locura del pecado es la que nos puede llevar a rechazar la bendita salvación lograda por Jesús en la Cruz, el vestido de bodas de su justicia.

De allí la conclusión que Jesús hace de la parábola: “Porque muchos son llamados, y pocos escogidos” (Mat. 22:14).

Aquí está la clave para entender el concepto de “elegidos”. No son unos pocos privilegiados a quienes Dios elige arbitrariamente, caprichosamente. “Muchos son llamados” (en realidad, todos, como hemos visto anteriormente). Pero solo son escogidos los que cumplen con las condiciones de la salvación. Y ¿cuáles son esas condiciones? Que aceptemos la gracia de Dios ofrecida en Cristo, que nos pongamos el vestido de bodas provisto por la justicia de Cristo, en vez de seguir vestido con nuestros harapos inmundos (Isa. 64:6).

“Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra” (Rom. 11:6).

Este es un texto precioso, y del cual nunca deberíamos olvidarnos. Ya sea la salvación individual como el llamado a formar parte de un pueblo elegido y cumplir una misión en el mundo responde no a la iniciativa o al mérito humano sino a la gracia de Dios. Particularmente referidos a la salvación, es importante que se grabe esta sentencia de Pablo en nuestras mentes con letras de fuego. En esa rama de filosofía que es la lógica, hay por lo menos tres principios lógicos elementales: el de identidad (A es igual a A; un perro es un perro); el de contradicción (A no es igual a B; un perro no es un gato; son mutuamente excluyentes desde el punto de vista taxonómico); y el de complementariedad (A=C + D + …); un perro no es solamente una de sus patas, o su cola o su hocico; pero sí un perro es la suma de sus patas, su cola, su hocico, etc.). Hay conceptos en la Biblia que son complementarios, pero hay otros que son mutuamente excluyentes. Y aquí lo que Pablo está presentando son dos principios mutuamente excluyentes; no pueden ni complementarse ni convivir a los fines de la salvación: o la salvación es por gracia o es por obras. No puede ser por las dos cosas a la vez. No es que somos salvos por gracia más obras; por gracia más nuestra obediencia; por gracia más nuestra perfección moral. Pablo no admite tal “complementariedad”. El derecho a la salvación es puramente por gracia (Sola gratia); es decir, sola, exclusiva y excluyentemente por gracia, “sin las obras de la ley” (Rom. 3:28; Gál. 2:16). Es decir, a los fines de la justificación –nuestro derecho al cielo y a la más mínima de las bendiciones de Dios–, las obras, la obediencia, la perfección de carácter, no juegan ningún papel: solo es por gracia; es decir, de forma inmerecida, por la pura bondad de Dios manifestada en Cristo.

“¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos; como está escrito: Dios les dio espíritu de estupor, ojos con que no vean y oídos con que no oigan, hasta el día de hoy. Y David dice: Sea vuelto su convite en trampa y en red, en tropezadero y en retribución; sean oscurecidos sus ojos para que no vean, y agóbiales la espalda para siempre” (Rom. 11:7-10).

Ya hemos explicado en la lección de la semana pasada que este tipo de expresiones, en las que pareciera que Dios provoca el endurecimiento del corazón, responden a una estructura de pensamiento semítico antiguo que representa a Dios como si provocara lo que en realidad permite. Y se expresan así porque es muy fuerte el concepto de la soberanía de Dios, porque, en definitiva, el hecho de que Dios permita ciertas cosas, aun las negativas, forma parte de esa soberanía. Si él no lo permitiera, no podrían suceder. Por lo tanto, en un sentido estrictamente práctico, todo lo que sucede en este mundo es obra de Dios o voluntad de Dios. Pero no en un sentido moral. Como ya hemos explicado y fundamentado, Dios es un Dios justo, santo, que odia y reprueba el mal, y lo enjuicia; así que, de ninguna manera es el autor o el responsable por el mal en la Tierra. Pero sí lo permite, por causa de su profundo respeto por nuestra libertad y porque es tan creativo y poderoso que, si se lo permitimos, aun puede extraer bendiciones de las maldiciones.

Israel iba tras la justicia, pero tras una justicia propia, que lo único que podía lograr es inflar más y más el ego, la soberbia, el orgullo. En cambio, los gentiles conversos a Cristo fueron “irrumpidos” por la justicia de Dios, y con humildad la aceptaron por fe, agradecidos, y reconociendo su total falta de méritos.

“Digo, pues: ¿Han tropezado los de Israel para que cayesen? En ninguna manera; pero por su transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarles a celos” (vers. 11).

Aquí Pablo, por las dudas, por si sus palabras pudiesen ser interpretadas en el sentido de que Dios quería la perdición de los israelitas, aclara que esa no era la voluntad de Dios. Dios no quería que “cayesen”. Así lo expresa con lágrimas Jesús, que vino a dar la última oportunidad al pueblo de Israel (como pueblo):

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta” (Mat. 23:37, 38).

“Y si su transgresión es la riqueza del mundo, y su defección la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración? Porque a vosotros hablo, gentiles. Por cuanto yo soy apóstol a los gentiles, honro mi ministerio, por si en alguna manera pueda provocar a celos a los de mi sangre, y hacer salvos a algunos de ellos. Porque si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su admisión, sino vida de entre los muertos? Si las primicias son santas, también lo es la masa restante; y si la raíz es santa, también lo son las ramas. Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti. Pues las ramas, dirás, fueron desgajadas para que yo fuese injertado. Bien; por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado. Y aun ellos, si no permanecieren en incredulidad, serán injertados, pues poderoso es Dios para volverlos a injertar. Porque si tú fuiste cortado del que por naturaleza es olivo silvestre, y contra naturaleza fuiste injertado en el buen olivo, ¿cuánto más éstos, que son las ramas naturales, serán injertados en su propio olivo? Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados. Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres. Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios. Pues como vosotros también en otro tiempo erais desobedientes a Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia por la desobediencia de ellos, así también éstos ahora han sido desobedientes, para que por la misericordia concedida a vosotros, ellos también alcancen misericordia. Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” (vers. 11-15).

Pablo advierte a los gentiles que aceptaron la gracia de Dios sin buscarla, y que ahora son el “pueblo elegido”, que no caigan en el mismo error de los israelitas, que no se ensoberbezcan. Porque no es por méritos propios que ahora son pueblo de Dios, sino por pura gracia de Dios, mediante la fe. Pero, si abandonan esa fe y esa obediencia, su suerte puede ser igual a la de los israelitas incrédulos (nuevamente, no hay tal cosa como salvación incondicional). Además, no deben mirar por encima del hombro a los israelitas, sino con un sentimiento de respeto y valoración, pues en realidad ellos eran ramas “naturales” del olivo que es Cristo, y los gentiles han sido “injertados”. El pueblo de Israel, a pesar de los pesares, ha sido fiel en conservar el tesoro de la Revelación, y todos tenemos que estar agradecidísimos por ello. Del mismo modo, los israelitas que se arrepientan y acepten el evangelio luego de haberlo rechazado pueden ser “reinjertados”.

Toda esta sección es muy difícil de comprender, y quien esto escribe solo puede presentar especulaciones, hipótesis, acerca de lo que Pablo pudo haber querido enseñar. Pero si las hipótesis que vamos a esbozar son válidas, hay algo glorioso y altamente esperanzador en este mensaje de Pablo, así que las vamos a presentar no en forma de afirmaciones teológicas taxativas sino de preguntas para la reflexión.

¿Puede ser que forme parte del plan de Dios haber dejado en la ignorancia de su Revelación bíblica a tantos gentiles a lo largo de la historia porque Dios sabía que era lo mejor para ellos? ¿No podría Dios, independientemente de que los israelitas o los cristianos, cumplan la misión evangelizadora, haberles hecho llegar el conocimiento de la salvación por otros medios, siendo que “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2:4)? ¿Por qué no lo hizo, siendo que ni los israelitas ni los cristianos han logrado evangelizar a todo el mundo a lo largo de la historia?

“En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos; si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones” (Hech. 14:16, 17).

¿Qué significa que Dios “ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos”, aun cuando les dio “pistas” de su existencia y su bondad por medio de la naturaleza y de su providencia sustentadora?

¿Puede ser que el plan de Dios para muchas personas sea “que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hech. 17:27, 28)?

¿Qué es esto de que busquen a Dios “palpando”, aunque él no está lejos de ningún ser humano (el “nosotros” que usa Pablo incluye a los gentiles)? No olvidemos que aquí Pablo está hablando a los atenienses, un pueblo pagano e idólatra. Este buscar a Dios “en alguna manera, palpando” parece estar en contraste con la búsqueda de Dios más certera por parte de quienes conocen la Revelación bíblica.

¿Puede ser que haya algo valioso en que muchas personas busquen a Dios “palpando”, por razonamientos, por intuición, por buena voluntad, por un esfuerzo moral, dentro de su ignorancia? ¿Que esta búsqueda intuitiva de Dios, sin la información de la Revelación bíblica, produzca cierta elevación espiritual y moral, cuando es sincera? ¿Qué haya rayos de luz y sabiduría divina –aun con sus limitaciones y mezcladas con errores– en toda cultura humana, en toda filosofía humana y aun en toda religión humana extrabíblica? No olvidemos que “Aquella luz verdadera [Cristo], que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Juan 1:9; énfasis añadido).

Pensemos en lo siguiente: en la actualidad, la población mundial es de alrededor de los 7.300 millones de personas, y los cristianos somos en torno a los 2.100 millones, de los cuales los adventistas somos apenas unos 20 millones. Eso significa que hay en torno a los 5.200 millones de personas que no profesan el cristianismo, y 7.280 millones que no son adventistas. De todos estos miles de millones no cristianos, ¿cuántos han tenido la oportunidad de, aunque no profesen el cristianismo, por lo menos haber oído hablar de Cristo, a quienes se les haya presentado cabalmente el evangelio (sea por adventistas o por otros cristianos)? Seguramente, la cifra es ínfima. Traslademos esto a la historia del cristianismo: a lo largo de los dos mil años de cristianismo sobre la Tierra, ¿cuántos de los miles de millones de personas que han habitado nuestro planeta han tenido la oportunidad de conocer a Cristo y la voluntad revelada de Dios para su vida, tal como se encuentra en las Sagradas Escrituras?

La respuesta a estas preguntas pareciera hacernos sentir que la misión cristiana ha sido un fracaso, desde el punto de vista cuantitativo. Y, aun hablando cualitativamente, si bien a lo largo de la historia del cristianismo ha habido millones de cristianos sinceros, que glorificaron a Dios con su vida y aun con su martirio, y fueron una bendición para su prójimo, es innegable que esta historia también ha estado signada por errores doctrinales, apostasía, inmoralidad, intolerancia, persecución, fanatismo, “locuras” en nombre de Dios, etc. No podemos olvidarnos de todo lo que ha significado la Inquisición, por ejemplo, para ensuciar el nombre de Cristo ante los hombres. Pero tampoco los protestantes hemos tenido una historia libre de manchas, hasta la actualidad.

Ante este panorama, ¿puede un Dios que quiere salvar a todos quedarse de brazos cruzados, dependiendo de los magros e imperfectos esfuerzos de los cristianos –y de los adventistas– para salvar a sus hijos amados de todo el mundo? Si usted tiene un hijo desaparecido, y se supone que la policía es la encargada “oficial” de buscar a la gente perdida, pero por alguna razón no busca a su hijo, ¿se quedará usted de brazos cruzados, como diciendo: “La policía es la encargada de buscar a mi hijo; si ellos no lo buscan, lo siento, yo no puedo hacer nada”? Por supuesto que no. Usted removerá cielo y tierra, por sus propios medios, para buscar a su hijo perdido. ¿Puede Dios ser menos amante que nosotros? ¿No estará él usando miles de recursos desconocidos para nosotros para salvar a todos cuantos pueda?

Cuando analizamos la historia del pueblo de Israel de los tiempos bíblicos y aun la historia del cristianismo, ¿hemos sido mejores, de verdad (en términos generales, sociológicamente hablando), que los paganos que no conocieron la Revelación de Dios a través de la Biblia? ¿No será que a mayor luz mayor condenación? ¿Puede ser que el hecho de haber Dios escogido un pueblo para hacerlo depositario de su verdad y haberle encargado una misión –sea el pueblo de Israel o la iglesia cristiana– sea una especie de plan “A” en favor de la humanidad, pero que Dios ya haya tenido preparado el plan “B”, que es salvar a los gentiles aparte de la Revelación bíblica, por si fracasaba el plan “A” (que, como dijimos, realmente parece haber sido un fracaso desde los puntos de vista cuantitativo y hasta cierto punto cualitativo)?

¿Suenan estas hipótesis más disparatadas que lo que Pablo dice en Romanos 11, en los versículos precedentes, de que “Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos”?

Evidentemente, los planes de Dios para con la humanidad entran dentro de la categoría del MISTERIO. El misterio no es algo que Dios quiera ocultar voluntariamente de la comprensión de los hombres sino algo que no podemos entender debido a nuestras limitaciones humanas frente a la sabiduría infinita de Dios. Hay algo misterioso en la forma en que Dios salva a la humanidad y elige sus instrumentos para hacerlo. Pero lo maravilloso es que todos estos planes, todas estas providencias, por incomprensibles que sean para nosotros, responden a la sabiduría infinita de Dios, a su bondad infinita y a su poder infinito, y tienen como único fin la salvación de todos cuantos pueda, de todos los que acepten su gracia salvadora. Por eso, Pablo concluye este capítulo con aquellas desafiantes y a la vez sublimes palabras:

“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (vers. 33-36).

Frente a la sabiduría insondable de Dios, solo nos queda, a los pobres y falibles seres humanos, agachar la cabeza en reverencia y adoración, sabiendo que estamos tratando con un ser infinitamente superior a nosotros. La actitud más razonable es rendirnos; rendir nuestro intelecto, nuestro corazón y nuestra voluntad ante la majestad santa de Dios.

Que por su gracia todos nosotros aceptemos agradecidos y humildes esta salvación “tan grande” (Heb. 2:3).