Lección 10 – Cuarto trimestre 2017 

Romanos 9.

Los capítulos 9 al 11 de Romanos, que veremos entre esta semana y la que viene, pueden parecer un paréntesis dentro de la exposición de Pablo acerca de la salvación, para hablar acerca de la posición del pueblo de Israel literal y de la iglesia cristiana dentro del plan de Dios. Sin embargo, sería irrazonable aislarlos así del contenido general de la Epístola. Y es que el problema del legalismo que enfrenta Pablo no es solamente un problema teológico y de experiencia espiritual sino también está íntimamente ligado a lo que podemos denominar la “psicología del elegido”: la conciencia que tenía el pueblo de Israel acerca de su posición privilegiada delante de Dios como pueblo elegido, por encima de todos los demás pueblos de la Tierra, también influía en su concepto de la salvación y su experiencia en relación con ella. Es decir, esta “psicología del elegido”, que por un lado conlleva una serie de bendiciones (sentido de pertenencia a Dios, dignidad, autovaloración, seguridad en el favor y la bendición de Dios, contención espiritual y guía moral, etc.), es un arma de doble filo. La naturaleza humana la puede convertir –y, de hecho, así le sucedió al pueblo de Israel de los días de Cristo y de Pablo– en un motivo de orgullo, soberbia, exclusivismo, discriminación y falsa seguridad espiritual. Por lo tanto, la conciencia de ser pueblo elegido puede tanto contribuir a la experiencia de salvación –al reforzar la fe en Dios como Salvador– como entorpecerla, al desviar la mirada de Dios para centrarla en uno mismo, en supuestos méritos por creerse “especiales” por encima de los demás, y generar confianza propia y confianza en los propios méritos delante de Dios y aun de los hombres.

Esta problemática debería hacernos reflexionar especialmente a los adventistas y servirnos de advertencia, pues, como el antiguo pueblo de Israel, muchos de nosotros también creemos ser “el pueblo elegido” de Dios sobre la Tierra, “la iglesia verdadera”, el “único objeto de la Tierra al cual Dios concede su suprema consideración”. Y, al igual que el pueblo de Israel de antaño, esta conciencia de ser elegidos puede llevarnos a un humilde sentimiento de gratitud a Dios por el privilegio de habernos hecho llegar su luz para el final de la historia y, por lo tanto, a asumir la responsabilidad espiritual y misionera que esto conlleva; o también puede conducirnos a una actitud soberbia, exclusivista, sectaria, de creernos superiores a otras personas y otros religiosos, dueños de la verdad absoluta, intolerantes hacia otras visiones religiosas y hacia otros religiosos, encerrándonos en nosotros mismos sin creer que también tenemos que escuchar lo que otros tienen para decir. Y, en definitiva, a albergar cierto tipo de seguridad espiritual basada en lo institucional, en el “sistema”, en nuestro “estilo de vida” adventista, creyendo que de algún modo esto es meritorio delante de Dios y un reaseguro para nuestra salvación.

De allí la importancia de que analicemos lo que Pablo tiene que decir en los capítulos 9 al 11 de Romanos. Esta semana nos limitaremos al capítulo 9, versículos 1 al 29, aun cuando la Guía de Estudio de la Biblia señala hasta el versículo 33, y lo haremos así porque entendemos que estos últimos versículos están más relacionados con el inicio del capítulo 10, que veremos la semana que viene.

Hay que admitir, con Pedro, que “nuestro amado hermano Pablo” escribe, a veces, cosas “difíciles de entender” (2 Ped. 3:15, 16). Los capítulos 9 al 11 de Romanos han dado lugar, a juicio de quien esto escribe y del consenso teológico adventista, a algunos errores teológicos relacionados entre sí:

El primero tiene que ver con la idea de la no existencia del libre albedrío y la doctrina de la doble predestinación arbitraria de Dios, ya iniciada por San Agustín (s. IV-V d.C.), que más tarde influiría en Martín Lutero (s. XV-XVI d.C.) y que sería llevada hasta sus últimas consecuencias y extremos por Juan Calvino (s. XVI d.C.) y sus seguidores (y de gran influencia en el mundo evangélico), según la cual, es tan corrompida la naturaleza humana que hasta ha perdido la capacidad de elegir. Por tal motivo, Dios tiene que elegir por el hombre, en relación con la salvación, y en sus “decretos arbitrarios” ha seleccionado desde la eternidad quién se salva y quién se pierde, y ha fijado un destino eterno para cada uno de estos grupos, de tal modo que quien ha sido elegido por Dios para salvación es imposible que se pierda; no hay nada que pueda hacerlo perderse. En este sentido, Calvino (especialmente en su obra cumbre, Institución de la religión cristiana) hablaba de una “gracia irresistible”, por la cual los predestinados a la salvación no pueden resistirse a la obra salvadora de Dios en ellos. Por otro lado, quien Dios ha elegido para perdición es imposible que se salve, por mucho que luche y busque la salvación. Está irremediablemente perdido, y eso por un decreto arbitrario de Dios, independientemente de sus elecciones.

El segundo error, íntimamente relacionado con el anterior, es la idea de la incondicionalidad de la salvación y de la elección de su pueblo escogido. Según esta postura teológica, no hay condiciones para la salvación: ni nuestra fe, ni nuestro arrepentimiento, ni nuestra obediencia o nuestras buenas obras tienen nada que ver con nuestra posición delante de Dios. Sencillamente, si tuviste la “suerte” de haber sido escogido por Dios para salvación, estás “salvo hoy, y salvo para siempre”, hagas lo que hagas.

Y un tercer error es creer que todavía el pueblo de Israel literal, étnico, sigue siendo el “pueblo elegido” de Dios para llevar a cabo sus propósitos redentores en la Tierra, aun cuando luego de dos mil años de oportunidad de aceptar a Cristo todavía no lo ha hecho. Esta idea es muy fuerte en el mundo evangélico, especialmente a través de la doctrina dispensacionalista, según la cual en algún momento de la historia la iglesia será “arrebatada” secretamente, llevada al cielo, mientras en este mundo quedan los impenitentes y el pueblo judío, que será el encargado de llevar a cabo la evangelización final de la Tierra.

No quisiéramos que se entienda que tenemos nada en contra del pueblo judío, a quien –como individuos– la salvación en Cristo es ofrecida gratuita y generosamente por Dios, como a todo ser humano. Además, valoramos grandemente su fidelidad en conservar la Revelación bíblica del Antiguo Testamento y gran parte de la comprensión de esos textos que nos brindan sus reflexiones teológicas, así como su gran aporte a la cultura humana a través de su ciencia, su arte y su pensamiento filosófico. Pero no creemos que sea ya “EL” instrumento especial escogido por Dios para llevar la salvación al mundo, porque hasta ahora no han aceptado a aquel que es la razón de ser de toda la revelación del Antiguo Testamento, quien le da su sentido y propósito último, que es Jesucristo, el Mesías-Salvador de la humanidad, sin el cual no hay esperanza de salvación. Los cristianos –quienes anuncian a este Salvador, única esperanza de redención para la humanidad– son “el pueblo elegido” por Dios para llevar adelante su misión salvadora en el mundo.

Por tales motivos, es importante que interpretemos los capítulos 9 al 11 de Romanos a la luz de TODO el mensaje bíblico acerca de la salvación y de la relación de Dios con sus hijos y con el ser humano. En tal sentido, hay algunos principios bíblicos que tenemos que tener en cuenta, y que aun los veremos y señalaremos en estos capítulos de Romanos:

1) Dios es amor, y quiere la salvación de TODO ser humano:

“Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” (Eze. 33:11; énfasis añadido).

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16; énfasis añadido).

“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17; énfasis añadido).

“El cual [Dios] quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2:4; énfasis añadido).

 “Que por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Tim. 4:10; énfasis añadido).

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Ped. 3:9).

2) Aun cuando la capacidad de elegir del hombre (libre albedrío) está degradada, debilitada, “boicoteada” por la corrupción de la naturaleza humana y por la fuertísima presión de las influencias sociales pecaminosas y las situaciones problemáticas y muchas veces límite en la cual nos vemos envueltos los hombres, evidentemente queda un resto de esa capacidad, potenciada por la obra del Espíritu Santo en todo ser humano, de tal modo que, en última instancia, nuestra salvación depende de aceptar o no la salvación ofrecida por Dios. Por tal motivo, en toda la Escritura hay apelaciones apasionadas, por parte de Dios (especialmente en los libros proféticos), a que abandonemos el camino del mal, que ofrece muerte, para optar por el camino del bien. A modo de ejemplo:

“A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deut. 30:19).

Nuestro texto ya citado:

“Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” (Eze. 33:11).

Podríamos citar decenas de textos más, pero nuestro espacio no lo permite.

3) El hecho de que la Biblia esté llena de enseñanzas y exhortaciones morales, con las advertencias acerca de las consecuencias de uno u otro tipo de conductas, nos habla de que nuestra conducta es importante para Dios. Si todo estuviera predeterminado por Dios independientemente de nuestras elecciones y acciones morales, Dios no se “molestaría” en llenar la Revelación bíblica con estas indicaciones acerca de su voluntad moral.

4) Finalmente, el Juicio Final, en el que Dios juzgará las acciones de los hombres y establecerá una diferencia entre quienes han optado por el camino del bien y quienes han elegido el camino del mal, no tendría sentido si todo estuviera ya decidido de antemano, arbitrariamente, por Dios, independientemente de las elecciones de los hombres. Todo el drama cósmico del pecado y de la historia humana sufriente sería tan solo un burdo teatro, en el cual Dios se estaría burlando de todos nosotros, jugando con el ser humano a un juego perverso para su propia diversión. Pero ese no es el cuadro que presentan las Escrituras:

“El cual [Dios] pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego, pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego” (Rom. 2:6-10).

Ahora sí, con estas bases teológicas bíblicas, podremos emprender nuestro análisis de Romanos 9.

“Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Rom. 9:1-5).

¿Por qué Pablo inicia esta sección diciendo “verdad digo en Cristo, no miento”? Porque en los últimos versículos del capítulo 8 (recordemos que en el original escrito por Pablo no hay capítulos ni subtítulos que interrumpan el flujo del texto) Pablo dice que nada nos podrá separar “del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (vers. 39). En otras palabras, el amor de Dios es “en Cristo Jesús, Señor nuestro”. No es aparte de él. Jesús es, por un lado, el vehículo supremo por el cual Dios pudo manifestar su amor a la humanidad, la mayor expresión de su amor, para convencernos de cuánto nos ama; y por otro lado, es gracias al sacrificio infinito de Cristo en la Cruz que Dios pudo cumplir su deseo de salvarnos. Aunque no entendamos del todo por qué, es importante saber que sin ese sacrificio, por mucho que Dios nos ame, no podría habernos salvado. Le debemos, por lo tanto, todo a la Cruz de Cristo. La salvación siempre es “en Cristo”.

Y a continuación, Pablo expresa su “gran tristeza y continuo dolor en mi corazón” por causa del pueblo de Israel literal. ¿Por qué tendría esta gran tristeza si este pueblo siguiera siendo el “pueblo elegido”? Es que Pablo sabe que este pueblo se ha colocado en una situación riesgosa, al haber rechazado –como pueblo, no como individuos– a aquel que es su única esperanza de Salvación, Jesús.

Pablo ama tanto a su pueblo que adopta la misma actitud abnegada de Moisés (Éxo. 32:32) y del mismo Jesús (Fil. 2:6; Heb. 12:2), por la cual plantea un deseo fantasioso: si para que se salvare su pueblo él tendría que perderse, estaría dispuesto a hacerlo.

Pablo reconoce los beneficios de ser israelita “según la carne” (porque luego va a hablar del Israel “espiritual”, que somos todos los que aceptamos a Jesús por fe): “de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo”. Dios había encargado al pueblo de Israel el tesoro de la fe, de la Revelación, como custodio de las riquezas salvadoras para el mundo. Lo había llenado de privilegios espirituales para glorificar a Dios con su vida como nación, para bendición propia y para bendecir al mundo.

“No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes” (Rom. 9:6-8).

La historia del pueblo de Israel parece un fracaso divino. Fue una historia signada por una tendencia marcada a coquetear con los pueblos vecinos y sus costumbres idólatras, una tendencia a la apostasía seguida por breves períodos de fidelidad a Dios, para luego recaer una y otra vez en el abandono de Dios y de su Ley.

Pero el fracaso no es de Dios; Dios no ha fallado, porque “no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos”. Es decir, no es la descendencia genética lo que marcaba a los individuos como “pueblo elegido” de Dios, como tampoco lo es para los adventistas tener nuestro nombre escrito en los registros de la iglesia o ser “adventista de segunda, tercera, cuarta o quinta generación”. Sino que “no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes”. Es lo que Pablo ha remarcado una y otra vez en Gálatas y en Romanos: es nuestra relación de fe con Dios lo que nos constituye en verdaderos hijos de Dios y no la inercia de ningún vínculo humano, ya sea étnico (el pueblo de Israel) o institucional (Iglesia Adventista). Ya encontramos aquí una primera declaración de lo que habíamos anticipado anteriormente en nuestro comentario: la posición del pueblo de Israel (o la nuestra) como “pueblo elegido” no es incondicional. Depende de la fe y de la aceptación de las promesas de redención de Dios en Cristo.

Algo similar les había dicho Juan el Bautista a sus compatriotas, en sus días:

“Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras” (Mat. 3:8, 9).

A continuación, aparecen algunos de los versículos más difíciles de entender de estos capítulos:

“Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo. Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (vers. 9-13).

Recordemos que Pablo ya había hablado, tanto en Gálatas (4:21-31) como en Romanos (cap. 4) de que Dios había prometido a Abram que su descendencia sería tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena del mar, aun cuando el patriarca todavía no tenía hijos, y no tenía posibilidades humanas de tenerlo, pues tras décadas de matrimonio y de no haber procreado con su esposa, Sara, era evidente que uno de los dos era estéril (o ambos). Abram, cediendo a las sugestiones de su esposa, intenta por medios humanos que se cumpla la promesa de Dios, al acostarse con su sierva Agar, quien le da como hijo a Ismael. Pero no era este el hijo de la promesa, sino solo del esfuerzo humano. Finalmente, Dios hace el milagro cuando Abraham estaba “ya como muerto” (Rom. 4:19), siendo de cien años de edad, y nace el hijo de la promesa, el hijo de la fe, Isaac, a través del cual Dios levantaría al “pueblo elegido”.

Del mismo modo, cuando nacieron los nietos de Abraham, Jacob y Esaú, Dios había elegido a Jacob para ser aquel por medio del cual Dios realizaría su propósito al levantar al “pueblo elegido”, el custodio del tesoro de la fe (de hecho, luego Dios le cambia el nombre por “Israel”). Al igual que su abuelo Abraham, Jacob y su madre creyeron que debían ayudar a Dios a cumplir sus designios dándole “una manito”, usando recursos, estrategias y aun triquiñuelas humanas para lograr la primogenitura, aun cuando Dios se las hubiera arreglado, en su momento y a su manera, para que se cumpliera su propósito con Jacob.

¿Qué quiere decir Pablo con la expresión “pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama”?

Creemos que aquí –y en el resto de esta sección de Romanos, de los capítulos 9 al 11– no se está enfocando tanto la salvación individual sino la posición de individuos y de pueblos como instrumentos escogidos para cumplir los propósitos divinos en el mundo.

Ni Ismael ni Esaú podían hacer nada para constituirse en los “elegidos” de Dios para formar el “pueblo elegido”. No dependía de ellos el tener ese privilegio, sino de la absoluta soberanía de Dios, soberanía no basada en supuestas arbitrariedades de Dios (como supone el calvinismo extremo) sino en su sabiduría y su amor infinitos. Son estos atributos maravillosos de Dios, unidos a su omnipotencia (poder físico sin límites para realizar su voluntad) y a su perfecta santidad (absoluta pureza y rectitud morales) los que le dan el “derecho” a Dios a ser el SOBERANO absoluto del universo, el árbitro de sus designios y de la historia humana. Él no tiene que consultar con ninguna criatura para decidir sus propósitos y los medios que tiene para llevarlos a cabo, ni tiene que rendirle cuentas a nadie por sus decisiones, aun cuando, en su humildad y su deseo de que una vez en el cielo estemos eternamente seguros, ha dispuesto el milenio (los primeros mil años de la eternidad) para que podamos revisar los “libros” de la historia humana y podamos ver su justicia, misericordia y sabiduría en su trato con los hombres (Apoc. 20).

Muchos de nosotros, en el ámbito eclesiástico, nos convertimos en una especie de “trepadores”: luchamos por ocupar ciertas posiciones, aspiramos a ciertos cargos eclesiásticos (en la iglesia local) o administrativos (en la “obra” de la iglesia), e incluso llegamos a hacer “lobby” religioso. Pero no es así como funcionan los planes de Dios. No debería depender de nuestras “obras” sino “del que llama”, y con humildad y absoluta confianza en la grandeza de Dios deberíamos dejar que él nos ponga donde mejor lo crea conveniente y cuando él lo decida.

La expresión “a Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” no debería causarnos mayores dificultades. Es similar a aquella expresión de Jesús según la cual “si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:26).

¿Es que Dios, quien en el quinto Mandamiento nos dice “Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente” (Éxo. 20:12; Mat. 15:4), pretende que aborrezcamos a nuestros padres y a nuestra familia? Obviamente, esto no puede ser así. Es que aquí se está usando una expresión retórica semítica, una figura literaria de exageración (hipérbole) por la cual se indica una fuerte preferencia. Lo que quieren decir estos textos es que no debemos preferir nada antes que Cristo; nada debe anteponerse a nuestra lealtad y seguimiento a él, a nuestro discipulado, ni aun los más caros afectos del corazón. Del mismo modo, en el texto de Romanos que nos ocupa, “a Jacob amé y a Esaú aborrecí” significa la preferencia de Dios por Jacob, la fuerza de la elección divina para cumplir sus propósitos soberanos.

“¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Rom. 9:14-16).

Aquí Pablo defiende la santidad divina: no hay injusticia en Dios. Si sus arbitrios fuesen interpretados meramente como “caprichos” divinos, entonces tendríamos razón en acusar a Dios de injusticia en su trato con los hombres. Pero, reiteramos, sus arbitrios no suceden en el vacío, sino que están basados en su sabiduría y su amor infinitos. Así como un buen árbitro de un deporte competitivo (fútbol, básquet, etc.) no basa sus decisiones en una competencia deportiva en sus preferencias o simpatías por tal o cual equipo o jugador, sino que se basa en el reglamento, Dios basa su arbitrio en elevadas consideraciones morales y en su visión amplia y eterna de la historia humana, y en su presciencia; es decir, en su capacidad de conocer el futuro antes de que suceda, además de razonar de causa a efecto y poder anticipar adónde conducirán las decisiones humanas.

Cuando Pablo, citando el Antiguo Testamento, dice “pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”, no está hablando de la salvación individual sino de la posición y la función dentro de los propósitos divinos. No depende de mis planes, mis esfuerzos, mis logros, mis títulos, sino de la misericordia de Dios, que me pondrá donde él lo crea conveniente. Formar parte del “pueblo elegido”, tener un lugar dentro del plan de Dios, ocupar una función de mayor o menor prestigio o responsabilidad, no depende de mis méritos ni de mis capacidades naturales, sino de la misericordia de Dios, que me da el privilegio inmerecido de formar parte de su glorioso plan de redención. Debo, por lo tanto, estar contento y agradecido por el más mínimo espacio que Dios me dé dentro de su obra, y con humildad aceptar las posiciones en las que Dios me vaya colocando, haciendo también mi parte para capacitarme con el fin de rendir el mejor y mayor servicio que pueda. ¡Qué distinta que es esta “lógica divina” de la lógica del mundo, por la cual debo forzar situaciones, “trepar”, aplastar cabezas con tal de autopromocionarme y llegar al éxito!

“Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece” (vers. 17, 18).

No podemos dejar de reconocer que estos son textos problemáticos. ¿Por qué se expresa así Pablo, siendo que, como vimos, él mismo ha dejado asentado en otras partes de sus escritos el deseo de Dios de que todo ser humano sea salvo? ¿Qué es esto de que “al que quiere endurecer, endurece”?

En la búsqueda de un sentido para estas expresiones, y aquella repetitiva del libro de Éxodo que dice que Dios “endureció el corazón del Faraón” (Éxo. 9:12; 10:20, 27; 14:8), el Comentario bíblico adventista (tomo 1) nos explica que el hecho de que Dios haya endurecido el corazón del Faraón puede ser interpretado en dos sentidos: el primero, el peor y con el que no estamos de acuerdo, es que Dios quiso endurecer su corazón, deseó hacerlo, deseó la perdición del Faraón, y provocó a propósito el endurecimiento de su corazón. El segundo sentido, que creemos que es el correcto, es que esta expresión es descriptiva del efecto que produjo la obra de Dios en el corazón del Faraón, efecto que no era el deseado por Dios, pero que inevitablemente fue producido por causa de la condición pecaminosa impenitente del monarca. Para que entendamos mejor esto, el Comentario bíblico adventista recurre a una ilustración muy simple pero muy clarificadora: si colocamos al sol un recipiente con un poco de manteca, y en otro recipiente un poco de barro, notaremos al cabo de un tiempo que la manteca se derrite por el calor del sol, mientras que el barro se endurece. ¿Hubo un sol distinto para cada uno de estos elementos, con propiedades calóricas y lumínicas distintas? En ninguna manera. Fue EL MISMO SOL, con las mismas propiedades de calor y luz, pero de acuerdo con las características y las condiciones de uno u otro elemento produjo efectos distintos: a la manteca la derritió y al barro lo endureció. De igual modo, Dios siempre obró, en relación con Faraón, para salvación, mediante sus providencias (las plagas de Egipto, que tendrían que haberlo convencido de la grandeza del Dios verdadero y haberlo conducido a un humilde arrepentimiento), mediante la predicación de Moisés y mediante su Espíritu en el corazón. Pero, mientras que a algunas personas las obras de Dios logran derretir su corazón, haciendo que se arrepientan, a otras, paradójica y trágicamente, las endurece. Es decir, las mismas providencias divinas, la misma predicación del evangelio y la misma obra salvadora del Espíritu Santo, que están destinadas a derretir el corazón de los hombres y guiarlos a la fe y el arrepentimiento, producen el efecto contrario en los corazones rebeldes: retroalimentan la rebelión. Pero el defecto no está en la obra divina sino en el corazón impenitente, que desprecia todo lo que tenga que ver con Dios y con el bien, y prefiere quedarse del lado del mal y la rebelión. Al ser su rebeldía confrontada con la luz, la persona tiene dos opciones: o humildemente aceptar la reconvención divina y cambiar su conducta; o resentida endurecerse más aún en su rebelión, desafiando la voluntad de Dios.

No obstante, Dios sigue siendo el soberano, y es tan poderoso y creativo que incluso es capaz de utilizar el mal para el cumplimiento de sus propósitos de misericordia. Él no lo provoca, pero lo utiliza. Podemos hablar, entonces, de una voluntad IDEAL de Dios, que siempre tiene que ver con el bien, con la bondad, con el bienestar del hombre; y de una voluntad PERMISIVA Y ENCAUZADORA, por la cual, aun cuando suceden cosas que Dios no desea y que no provoca, sin embargo es capaz de encauzar el mal moral (el que está en el corazón de los hombres, como en el caso de Faraón) y el mal circunstancial (el dolor provocado por las malas decisiones de los hombres) para que contribuyan a sus propósitos de misericordia y salvación.

Dios no endureció proactivamente el corazón de Faraón; pero, siendo que el mal estaba en él, y que Dios no podía cambiarlo sin violentar su libertad, se valió aun de ese mal para, por lo menos, cumplir los siguientes propósitos, que llegamos a vislumbrar:

1) Fortalecer la fe de su pueblo: al verse “obligado” Dios a castigar a Egipto con las plagas, por causa de la obstinación de Faraón, ese mismo hecho contribuyó a que Dios tuviera que desplegar su poder, exhibirlo y, de esa manera, hacer notoria su existencia y su superioridad por sobre los poderes humanos y los dioses fantasiosos inventados por los egipcios: “Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que Jehová tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido” (Deut. 5:15). Ese despliegue de poder divino era una evidencia incontrovertible, para los israelitas, de que su Dios era un Dios vivo, verdadero, y que estaba de su lado para librarlos. Si hubiesen atesorado tales evidencias contundentes del poder y el amor divinos, jamás se habrían rebelado, como posteriormente lo hicieron en el desierto.

2) Evangelizar a Egipto: los mismos egipcios, al contemplar esas maravillas del poder de Dios, tuvieron de esa manera la oportunidad de conocer al Dios verdadero, conocer su poder, y arrepentirse de sus pecados, creer en él y convertirse a él. Tuvieron diez oportunidades para convertirse.

3) Evangelizar a los pueblos vecinos: las noticias de lo sucedido en Egipto se extendieron por las naciones vecinas, y de esa manera el nombre del Dios verdadero fue conocido por ellos; su poder salvador, su existencia y su amor. También la oportunidad era para ellos.

“Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria?” (Rom. 9:18-23).

Desde NUESTRA perspectiva Dios puede parecer arbitrario, pero desde la visión eterna y abarcadora de Dios hay el más pleno sentido, la más plena lógica. Su omnisapiencia (Dios todo lo sabe), que incluye su presciencia (capacidad de conocer el futuro antes de que suceda), junto con su amor infinito, hacen que los arbitrios de Dios no sean caprichosos, sino que siempre tengan un sentido y un propósito redentores. Pero nuestra capacidad humana de comprender los designios de Dios es finita, falible, absolutamente miope. Por lo tanto, no tenemos la idoneidad suficiente para juzgar los caminos de Dios. Por eso ¿quiénes somos para que alterquemos con Dios?, dice Pablo; no podemos decirle: ¿Por qué haces esto o lo otro?

En cuanto a la figura del alfarero y los vasos de barro, si seguimos la analogía humana, sería descabellado pensar que cualquier alfarero humano trabaja con la masa para formar una vasija, etc., con el propósito predeterminado de que le salga mal, le salga fea, y finalmente termine desechándola y tirándola a la basura. Todo alfarero se esmera en su trabajo para dar forma a una pequeña obra de arte, bella y útil al ser humano. El problema está en que, lamentablemente, no siempre lo que está formando le sale bien. A veces su trabajo se estropea (ya sea por no haber calculado bien los porcentajes de material o de agua, o por haber apretado poco o mucho la masa de arcilla o de lo que fuere mientras la está formando, etc.), y el artesano debe desechar el material; ya no le sirve para nada.

De igual modo, aun cuando Dios nos creó a todos y nos dio vida para que seamos pequeñas obras de arte espiritual y moral de su poder creador, no todos “le salen” bien. Algunos de nosotros salimos “fallados”. Pero, a diferencia del alfarero humano, Dios no falla. La falla está en nuestras malas elecciones. Y entonces, Dios debe “destinar” a algunos vasos para honra (los que responden a la obra de su Espíritu) y a otros para deshonra (los que se resisten a la obra del Espíritu Santo). No hay tal cosa como una “predestinación” que signifique un deseo a priori de Dios de que haya gente que haga las cosas mal y se pierda. La única predestinación bíblica significa el propósito ideal de Dios de que todos seamos salvos. Pero depende de nuestras elecciones si nuestro destino final será de salvación o de perdición. En ese sentido, Dios nos destina a una y otra cosa, dependiendo de nuestras decisiones, no de un “capricho” suyo en el vacío, independientemente de nuestra conducta.

El pasaje que estamos considerando nos dice que Dios “soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción”. Si Dios los hubiese “predestinado” para hacer el mal no tendría por qué enojarse con ellos, ya que solo estarían obedeciendo sus “órdenes malévolas”. Pero precisamente porque no era la voluntad que hicieran el mal y se estancaran en él, y les dio la oportunidad de cambiar, Dios tuvo que tener mucha paciencia a los impenitentes: cuatrocientos años tanto a Egipto, que sojuzgó al pueblo de Israel, como a los pueblos cananeos, llenos de la más grosera idolatría. Como le había anticipado Dios a Abram:

“Y en la cuarta generación volverán acá; porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí” (Gén. 15:16).

Y, a continuación, Pablo introduce un concepto bíblico muy importante, especialmente en relación con esta discusión sobre el papel del pueblo judío y de la naciente iglesia cristiana dentro del plan de Dios: el concepto del “remanente”.

“¿[…] A los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles? Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois pueblo mío, allí serán llamados hijos del Dios viviente. También Isaías clama tocante a Israel: Si fuere el número de los hijos de Israel como la arena del mar, tan sólo el remanente será salvo; porque el Señor ejecutará su sentencia sobre la tierra en justicia y con prontitud. Y como antes dijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes” (Rom. 9:24-29).

Pablo ya había dicho que “no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes”. Y ahora va a decir que siempre, a través de toda la historia del pueblo de Israel, la salvación no estaba garantizada para TODO israelita por el solo hecho de tener una pertenencia étnica, genética y nacional a ese pueblo, sino solo al remanente; es decir, los que cumplieron con las condiciones: una fe que se entrega a Dios amorosamente y vive de acuerdo con su voluntad.

De igual modo, dentro de la iglesia cristiana a lo largo de su historia, como de la Iglesia Adventista en su corta historia, no todos los profesos creyentes realmente han sido “pueblo de Dios” sino solo el “remanente”; es decir, los que de corazón sirven a Dios con fe y amor, y una obediencia libre y voluntaria. No es la conexión externa con la iglesia lo que garantiza nuestra posición como verdaderos hijos de Dios, sino una conexión vital con Dios mediante la fe y una vida de entrega a su amor y su voluntad.

Como el pueblo de Israel, como pueblo (no como individuos), rechazó la salvación ofrecida a él mediante Cristo, ahora Dios elige un nuevo pueblo para llevar adelante sus designios salvadores: la iglesia. Una comunidad no solo compuesta por judíos conversos sino también por gentiles; gente que antes no era “pueblo” Dios pero que ahora sí, por su aceptación de Cristo como Salvador, se ha convertido en su pueblo.

“Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él” (Mat. 21:43), junto con “He aquí vuestra casa os es dejada desierta” (Mat. 23:38), fueron las terribles palabras de Jesús dirigidas a los dirigentes judíos de su tiempo, como conclusión de la parábola de los labradores malvados y de su denuncia contra los fariseos y los escribas.

Como individuos, la salvación sigue siendo ofrecida libre, generosa y gratuitamente a todo judío, así como a todo ser humano (ateo, pagano, etc.). Pero, como pueblo llamado a cumplir una misión salvadora en el mundo, centrada en la proclamación de Jesús como Mesías-Salvador, solo la pueden cumplir quienes creen en Jesús y proclaman su nombre. En tal sentido, no existe un “rechazo” de Dios sobre el pueblo judío (como tristemente se ha proclamado durante la Edad Media, dando pie al cruel antisemitismo o antijudaísmo del que los judíos fueron objeto), sino un traslado de funciones y privilegios a quienes aceptan a Jesús como Salvador, el pueblo cristiano.

Y todo esto, como fruto de la SOBERANÍA de Dios, que es el tema central de estos capítulos. Un Dios soberano, cuyo gobierno está basado en su poder infinito, su sabiduría infinita y su bondad y amor infinitos.

Que, a diferencia de los impenitentes y orgullosos de antaño, no basemos nuestra seguridad de salvación y nuestra posición ante Dios en nuestra conexión formal con la iglesia, por tener nuestros nombres escritos en sus registros o aun (en el caso de algunos) por trabajar en alguna institución de la iglesia. Sino que lo que nos revele como pueblo de Dios sea nuestra fe puesta en Jesús como nuestro único y suficiente Salvador, en sus méritos en la Cruz como nuestra única esperanza, y una vida de entrega amorosa a su voluntad.

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