Lección 6 – Cuarto trimestre 2017

ROMANOS 5.

Después de haber argumentado durante dos capítulos sobre la justificación por la fe y haberla fundamentado en la Revelación del Antiguo Testamento, Pablo arriba a una conclusión hermosa, que transmite mucha seguridad y sosiego al alma de los que nos reconocemos pecadores:

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 5:1).

“Paz para con Dios”. Eso es lo que necesitamos: saber que estamos en paz con Dios. Que las cuentas están arregladas con él. Que no hay culpas delante de Dios. Que no hay condenación. Que no hay enemistad. Que no hay nada pendiente por lo cual Dios deba rechazarnos, desampararnos. La paz de sabernos hijos de Dios, amados por él, bendecidos y apoyados en esta vida, y con la promesa y la garantía de la vida eterna.

Todo esto es lo que consigue la justificación “por medio de nuestro Señor Jesucristo”. No es por medio de nuestros pobres, imperfectos y siempre contaminados y limitados intentos de obedecer a Dios, de serle fieles, de ser perfectos de carácter. Es por medio de Jesucristo, de su vida perfecta y su muerte expiatoria.

“Por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (vers. 2).

La gracia de Dios es la fuente de la cual emana toda bendición salvadora, y aun en lo referido a esta vida terrenal. Es el amor inagotable de Dios, que no lo merecemos, pero que Dios se complace en dárnoslo gratuitamente, pura y exclusivamente porque él es así; es parte de su naturaleza moral. Y es por Cristo, por lo que él hizo en la Cruz, que “tenemos entrada” a esta gracia. E ingresamos a ella por medio de la fe, sencillamente creyendo en Jesús como nuestro Salvador, y dependiendo exclusivamente de sus méritos, y de nada nuestro.

“[…] en la cual estamos firmes”. Es esa gracia lo que le puede dar firmeza a nuestra vida cristiana, a nuestra esperanza de salvación. Porque si esta esperanza dependiera de nuestra obediencia, de nuestras buenas obras, de nuestra bondad, no podría tener firmeza. No hay ser humano que rinda una obediencia perfecta, en todas las cosas, y en todo momento. Pero nuestra seguridad está en la gracia. Es lo que nos hace estar firmes.

Esta confianza pura y exclusivamente en la gracia elimina todo vestigio de orgullo humano, de gloria propia. Solo queda, entonces, la gloria de Dios: “nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”. Este es otro de los principios de la Reforma: “Soli Deo gloria”. La gloria es solo para Dios. De principio a fin, la obra de la Redención solo lleva el sello de la gloria de Dios, y ni una sola partícula de mérito humano.

A continuación, Pablo parece introducir abruptamente un tema que en apariencia nada tendría que ver con la justificación y la salvación: el dolor humano.

“Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (vers. 3-5).

¿Por qué Pablo hará intervenir el tema de las “tribulaciones” en su exposición sobre la justificación? ¿Podrá ser porque el pecado y el dolor están inextricablemente unidos, son indisolubles, y Dios no quiere resolver solamente la culpa y la condenación que produce el pecado sino también su consecuencia inmediata, que es el sufrimiento?

Para aquel que cree, que tiene fe en Dios, los problemas y los dolores de esta vida son considerados desde otra perspectiva, asumidos con otra actitud, se reacciona distinto frente a ellos. En vez de hundirnos en la desesperanza y en la desesperación, “nos gloriamos en las tribulaciones”. Porque sabemos que, si transitamos por ellas tomados de la mano de nuestro Padre celestial, es decir, con fe, esas tribulaciones pueden convertirse en una bendición para nosotros, si tenemos como proyecto de vida el mismo proyecto de Dios para nosotros: nuestra santificación, nuestro crecimiento espiritual, la restauración de la imagen de Dios en nosotros.

Para el hijo de Dios creyente, entonces, el dolor produce, en primer lugar, “paciencia”. En el Nuevo Testamento, la palabra paciencia no tiene meramente la connotación de aguantar pasivamente aquellos sufrimientos que no podemos evitar, sino también la idea más activa de perseverancia, constancia, firmeza. Hoy tenemos una palabra para esto: resiliencia; esa actitud que permite no solo tener el temple necesario para soportar lo que venga, sino también salir airosos del dolor sin permitir que este nos degrade, empequeñezca y finalmente destruya, y por el contrario, usar ese mismo sufrimiento como un motivo de crecimiento interior, de aprendizaje y de engrandecimiento personal.

Esta resiliencia (paciencia) permite “prueba”; es decir, prueba quiénes somos, de qué estamos hechos:

“Y si sobre este fundamento [Jesucristo] alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará” (1 Cor. 3:12, 13).

En el mundo natural, el fuego prueba “el carácter” del material que es afectado por él, su capacidad de resistencia. La hojarasca, el heno, la madera, son consumidos por el fuego; no duran mucho frente a él. En cambio, las piedras preciosas, la plata y el oro no solo resisten la prueba del calor sino también refulgen más cuanto mayor es la temperatura, y son limpiados, purificados, de toda la escoria que se les puede haber pegado en su estado natural.

Del mismo modo, el sufrimiento no destruye al hijo de Dios que se aferra por fe de su amor. Por el contrario, lo purifica, lo ennoblece, y aun lo fortalece y lo hace madurar. Prueba lo que hay en su interior, y lo da a conocer.

“Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom. 5:5).

Pareciera haber una relación estrecha entre la fe, el amor y la capacidad de resistencia y de crecimiento frente al dolor. ¿Será que, como dice el gran Viktor Frankl, “el amor es lo que nos salva”? ¿Es posible que sea el amor lo que nos permite tener una mirada bondadosa frente a la vida, con lo que ella nos depare, y frente a Dios, que permite aun aquello que nos duele? ¿Será que el amor es, en definitiva, la fuerza más poderosa del universo, que nos permite ser vencedores frente a todo?

Lo hermoso es que este amor, que todo lo puede, es un don de Dios. No es algo que surja naturalmente de seres humanos pecaminosos y –por definición– egoístas. Es un don del Espíritu Santo: “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”. Y este es el mayor don que le podemos pedir al Espíritu de Dios. Si tenemos su amor tenemos todo lo que se necesita para ser cristianos de verdad.

Y este amor tiene una fuente y un ejemplo supremos en Dios, que nos ha dado la mayor demostración, indubitable, de cuánto nos ama:

“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (vers. 6-8).

Cuántas veces queremos alguna evidencia subjetiva, emocional, de que somos amados por Dios, o alguna manifestación externa, algún signo externo, preferentemente milagroso, de que Dios no nos ha abandonado, y que nos ama. Pero Dios nos ha dado la evidencia más convincente, irrefutable, de que tiene “pensamientos de paz, y no de mal” (Jer. 29:11) hacia nosotros: la entrega de su Hijo Jesús al sufrimiento extremo, con tal de lograr nuestra redención.

La evidencia más convincente de la grandeza del amor de Dios, nos dice Pablo, no es que Jesús murió por gente justa, perfecta, sin culpas ni maldad. Jesús murió “por los impíos”, que somos todos nosotros, cada uno con su tipo y grado de pecaminosidad. Dentro del ámbito humano, ha habido casos de gente que entregó su vida por su familia, sus seres queridos, o algún amigo; por los que consideraba “buenos”. Pero la grandeza del amor de Dios es que aun cuando somos pecadores Jesús murió por nosotros, aun cuando naturalmente éramos “enemigos” de Dios. ¿Qué mayor evidencia necesitamos para sabernos amados por Dios que la Cruz, para saber cuánto valemos para él y cuánto quiere salvarnos?

Y, como para que tengamos la plena seguridad de nuestra paz con Dios, Pablo retoma el tema de la justificación por la fe, y añade otro concepto que hasta ahora no había mencionado: la reconciliación. Es decir, la obra redentora de Cristo incluye nuestra justificación delante de Dios y nuestra reconciliación con él:

“Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (vers. 9-11).

Es muy importante subrayar los tiempos verbales que usa Pablo: “estando ya” justificados; “fuimos” reconciliados; “estando” reconciliados, hemos recibido “ahora” la reconciliación.

Muchos de nosotros tenemos el problema de situar nuestra seguridad de salvación en un tiempo futuro:

Por un lado, estamos aquellos que cuando caemos en algún pecado que consideramos grave, y aun cuando nos arrepentimos de él y lo confesamos ante Dios, nos cuesta creer y sobre todo sentir que hemos sido perdonados por Dios y que estamos en paz con él. Estamos a la espera de que aparezca (tiempo futuro) algún sentimiento, alguna sensación interna, como evidencia de que hemos sido perdonados por Dios.

Por otra parte, algunos de nosotros, por una teología equivocada, perfeccionista, creemos que recién podremos gozar de la seguridad de salvación cuando la obra de la santificación se haya completado en nosotros, se haya restaurado plenamente la imagen de Dios en nosotros, y seamos perfectos de carácter, sin ningún defecto y sin tener que luchar con ningún pecado.

Pero Pablo nos dice que nuestra justificación y nuestra reconciliación –y en definitiva, nuestra seguridad de salvación– han sido conquistadas para nosotros por un hecho histórico, consumado en el pasado: hemos sido justificados “en su sangre”; fuimos reconciliados con Dios “por la muerte de su Hijo”, y seremos salvos “por su vida” (no por la nuestra).

Jesús YA hizo todo lo necesario para nuestra justificación y reconciliación. Son hechos consumados en el pasado. Es falsa la concepción de que la Expiación no se completó en la Cruz, y que todavía debemos esperar al evento escatológico del Día antitípico de la Expiación, con la purificación del Santuario celestial, y la finalización del Juicio Investigador previo al Advenimiento, para estar seguros de que se ha completado la expiación de nuestros pecados. Este Día de la Expiación antitípico, o Juicio, solo tiene la función de corroborar quiénes han aceptado los beneficios de la Expiación lograda en la Cruz, pero en ninguna manera genera la Expiación o la completa, como si a la Cruz le faltara algo.

No es que tenemos que esperar a que llegue ese día para tener la seguridad de salvación. Hoy, en este mismo instante, ya mismo, podemos tener esta seguridad, si por la fe nos aferramos a ese hecho histórico, consumado en el pasado, en la Cruz, de la muerte expiatoria de Cristo, por el cual somos justificados y reconciliados con Dios: “estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira”. Hay una doble seguridad (Actis Caporale): en el presente, saber que estamos en paz con Dios, reconciliados con él, y que nuestro caminar con él en esta vida tiene esta base de estar amigados con él, y él con nosotros. Y también tiene una dimensión escatológica: podemos vislumbrar el futuro, y aun el Juicio de Dios y la ira final contra el pecado con confianza y seguridad, porque gracias al hecho histórico de la Cruz “seremos salvos de la ira”. Solo tenemos que confiar en la eficacia del sacrificio de Cristo, y no mirarnos a nosotros mismos. ¡Este es el mensaje del evangelio, que trae paz al alma!

A continuación, Pablo presenta el contraste entre los dos Adanes; es decir, lo que recibimos como consecuencia de nuestra relación con ambos:

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir. Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo. Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación. Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (vers. 12-19).

Dentro del cristianismo, hay diferencias en cuanto a la concepción de nuestro vínculo con Adán, en relación con el pecado. Para ciertas corrientes cristianas, el hombre hereda no solo la perversión de Adán (la naturaleza pecaminosa) sino también la culpa de Adán. Por eso es tan importante y urgente, para ellos, bautizar inmediatamente a los párvulos (niños), para remover, mediante ese sacramento (vehículo de la gracia) la culpa del pecado de Adán, que heredamos todos. Para la teología adventista, el hombre no hereda la culpa de Adán, sino la degradación de Adán, la naturaleza pecaminosa, que se ha ido transmitiendo y fortaleciendo de generación en generación. Solo somos culpabilizados o no por nuestras elecciones personales.

¿Qué consecuencias trajo el pecado de Adán para la raza humana? Vamos a enumerar, sintéticamente, lo que Pablo dice en los versículos precedentes:

* Pecado.

* Muerte.

* Juicio.

* Condenación.

* Ser constituidos pecadores.

No obstante, Pablo no remite el problema del pecado solamente a lo que recibimos de Adán por una cuestión de causa y efecto, de transmisión genética. El subraya nuestra propia responsabilidad personal en perpetuar el pecado de Adán:

“[…] la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”.

“[…] el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación”.

Pero, en este pasaje aparece uno de los conceptos claves para entender la justificación, y es que Jesús no solo es nuestro Sustituto en la muerte, al haber expiado nuestros pecados en la Cruz, sino también es nuestro Sustituto en la vida. Es decir, SU VIDA sustituye la nuestra, a los fines de la justificación. Su justicia sustituye la nuestra (que no la tenemos), y su obediencia sustituye la nuestra (que nunca la tenemos de forma continua y perfecta):

“Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (vers. 18, 19; énfasis agregado).

Lo que Dios toma en cuenta para justificarnos es “la justicia de uno”, “la obediencia de uno”; es decir, de Cristo, no la nuestra. Y esa justicia y esa obediencia perfectas de Cristo es lo que Dios ve cuando nos aferramos de Jesús como nuestro Salvador, y de sus méritos (su justicia, su obediencia) como si fuesen nuestros. Por eso, Lutero hablaba de que somos justificados por una justicia foránea, externa a nosotros, la de Cristo.

“Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (vers. 20, 21).

Este es uno de los pasajes más queridos de la Biblia, para quienes nos sabemos pecadores y vemos que fallamos a cada paso y que nunca llegamos a estar a la altura de la perfecta santidad: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. No es que nos vamos a lanzar al pecado para que abunde la gracia. Pero, cuánto bien nos hace saber, cuando tenemos caídas estrepitosas en el pecado, y estamos arrepentidos, que por profunda que haya sido nuestra caída, la gracia de Dios es más profunda y abarcadora que nuestros pecados, y está siempre ahí presente para tendernos la mano y sacarnos del abismo. Y también nos da mucha seguridad y paz a los que tratamos de vivir de acuerdo con la voluntad de Dios porque lo amamos, pero notamos que el pecado siempre nos acompaña, que tenemos todavía mucho por purificar de nuestros corazones, palabras y actos, pues sabemos que la gracia de Dios cubre todas nuestras limitaciones e imperfecciones.

Antes estábamos bajo el reino del pecado, con su degradación, culpabilidad y condenación. Ahora, estamos bajo el reino de la gracia: la gracia reina “por la justicia [de Cristo] para vida eterna mediante Jesucristo”. Reina en el sentido de que no le permite a la Ley seguir culpabilizándonos, aun cuando tenga razón en denunciar que somos pecadores. Ahora somos súbditos de la gracia, y ella nos protege, nos ampara de culpa y condenación. Es la gracia justificante, que nos cubre con la justicia de Cristo, aun cuando seguimos siendo pecadores. A partir de la semana que viene, veremos que la gracia también tiene una función santificante, dándonos poder para ir superando nuestros pecados e ir restaurando la imagen de Dios en nosotros. Pero, en este contexto de justificación, lo importante es que entendamos que, como soberana victoriosa, la gracia es nuestra defensa contra la culpa y la condenación que mereceríamos por causa de nuestros pecados. Podemos vivir libres, felices, seguros, con la dignidad de sabernos hijos de Dios, amados por él y bendecidos, no porque lo merezcamos, sino pura y exclusivamente por su gracia.

Gocémonos, entonces, en la grandeza de la redención ganada por Jesús para nosotros en la Cruz, y tengamos como base de toda nuestra predicación esta justicia de Cristo, dada por gracia, que le da el sentido verdadero a todo el resto de la doctrina y la experiencia cristianas.

 

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