ECUMENISMO Y PROFECÍAS

A cinco siglos de la gesta de Lutero, ¿cómo puede ser afectada hoy nuestra libertad de conciencia?

Desde el punto de vista histórico, fue un misionero bautista, Guillermo Carey, quien propuso crear una “asociación general de todas las confesiones cristianas existentes en las cuatro partes del mundo”. La propuesta tenía, como base, organizar la acción misionera de las iglesias protestantes tanto en África como en Asia, y el evidente desorden de la superposición territorial de sus misiones. Recién en 1910, en la Conferencia de Edimburgo, se constituye una comisión de la actividad ecuménica, con el objetivo de promover las soluciones pertinentes. Una de sus comisiones, la de Fe y Constitución, trabajaría en los contenidos teológicos que dividen a las iglesias cristianas. La convergencia práctica y doctrinal condujo a la creación del Concilio Mundial de Iglesias (CMI). La primera asamblea del CMI fue en 1948. La membresía aumentó continuamente entre los protestantes, y luego se agregaron los “ortodoxos”.

América Latina se integra al movimiento ecuménico a partir de 1978. La mayor parte de las confesiones protestantes se afilian. Es interesante observar que un 27% de sus miembros es pentecostal. En la actualidad, están afiliados al CMI 348 credos y confesiones, con más de 600 millones de cristianos en más de 120 países.

El CMI no es la única realidad ecuménica en la cristiandad. La Iglesia Católica también está comprometida activamente en el movimiento ecuménico. Se puede afirmar que, durante los primeros cincuenta años del siglo XX, fueron los protestantes, en general, los promotores del movimiento ecuménico; pero en los últimos cincuenta años del mismo siglo la sorpresa la dio la Iglesia Católica, no solo desde la teología, que insistía en una mayor tolerancia religiosa, sino además desde su estructura institucional.

El giro decisivo se produce con el Concilio Vaticano II (1962-1965). La iglesia se avino a una “apertura al mundo”. Entre otras cosas, esto significo el respeto por la diversidad de credos.

El Concilio Vaticano II, en su decreto Unitatis Redintegratio, define al ecumenismo como el movimiento impulsado por el Espíritu Santo para restaurar la unidad de los cristianos. Exhorta también a todos los fieles católicos a que, “reconociendo los signos de los tiempos, cooperen diligentemente en la empresa ecuménica”. Antaño, los protestantes eran “disidentes” o “heréticos”; ahora son reconocidos como “hermanos en el Señor”. Se aclara que solamente por medio de la Iglesia Católica puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos. Hay un interés manifiesto por la tarea ecuménica que corresponde a la iglesia entera, y afecta tanto a los fieles como a los prelados.

En un momento dado, ambas bestias se unen, e imponen la marca de la bestia, relacionada con el domingo. Es evidente que el ecumenismo cumplió su función.

El papa Juan Pablo II escribió, en 1995, una carta encíclica titulada Ut unum sint [Que todos sean uno]. Esta encíclica es una continuación de la voluntad ecuménica del Concilio Vaticano II y del decreto anteriormente citado. Reconoce que, durante todo ese tiempo, el diálogo interconfesional en el nivel teológico ha dado frutos positivos y palpables; esto anima a seguir adelante con el proyecto ecuménico. Como fue característico en su pontificado, reconoce y confiesa las debilidades de sus hijos, consciente de que sus pecados han constituido obstáculos para la realización de la tarea ecuménica. Reconoce que, como Obispo de Roma, esta es una de sus principales tareas.

En lo que hace a la Iglesia Católica, tiene el compromiso ecuménico de congregar a todos en la unidad. La iglesia asume con esperanza la acción ecuménica como un “imperativo”. Es evidente que la iniciativa ecuménica ahora le cabe al Papa y a su iglesia. Juan Pablo II define el ecumenismo no simplemente por el encuentro conjunto de unas personas que se suman. Es una unidad constituida por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión jerárquica. Estos tres últimos puntos se plantean sobre la base católica. El diálogo ecuménico tiene el carácter de una búsqueda común de la verdad; particularmente sobre la iglesia. Nótese que se busca cuestiones comunes entre todas las partes, y en especial sobre el concepto de iglesia. ¿En qué iglesia se hará visible la unidad? El documento aludido indica a la Iglesia Católica.

Entre los argumentos que deberán ser profundizados a fin de alcanzar un verdadero consenso de fe, aparece el Magisterio de la Iglesia, confiado al Papa y a los obispos en comunión con él, entendido aquel como responsabilidad y autoridad en nombre de Cristo para la enseñanza y la salvaguarda de la fe. Al final de la encíclica, se aclara la posición del Papa como obispo, en continuidad con la sucesión apostólica. En él se da la unión, y es su protector.

A continuación se presentarán algunos breves ejemplos del ecumenismo desarrollado por la Iglesia Católica. En primer lugar, la búsqueda de encuentro y unidad con la Iglesia Ortodoxa, iniciada por Paulo VI y Juan Pablo II, y luego con los protestantes en general. En 1994, 39 líderes evangélicos protestantes firmaron un documento con los católicos para trabajar por la unidad del cristianismo. En 1998 se dio el encuentro católico-pentecostal latinoamericano y caribeño. El encuentro reunió a pentecostales y evangélicos, junto a la Conferencia Episcopal Ecuatoriana. Se trataron temas de interés. Se comunicó una declaración entre católicos y luteranos sobre la doctrina de la justificación por la fe. En 2014, el papa Francisco recibió a una delegación de la Iglesia Evangélica Luterana de Alemania. Como consecuencia, en el año 2017, los cristianos luteranos y los católicos en Alemania, con la visita de Francisco, conmemorarán conjuntamente el quinto centenario de la Reforma. En esta ocasión, luteranos y católicos tendrán por primera vez la posibilidad de compartir la misma celebración ecuménica en todo el mundo.

Un respaldo profético

La Iglesia Adventista del Séptimo Día no pertenece al CMI, ni tiene convenios bilaterales con alguna iglesia que desestabilice su identidad y doctrina. La razón se encuentra en las profecías bíblicas y en el aporte de Elena de White, especialmente en su libro El conflicto de los siglos.

En Apocalipsis 13 aparecen dos bestias. La primera surge del mar, símbolo de muchedumbre. En relación con Daniel 7, es fácil identificar a esta bestia como la apostasía del Medioevo. Un golpe mortal la deja inactiva por 42 meses (538-1798 d.C.). Al final de ese período, surge la segunda bestia, de la tierra, símbolo de lugar solitario. Por sus características, los adventistas la interpretaron como una alusión a los Estados Unidos, en relación con el protestantismo apóstata. En un momento dado, ambas bestias se unen, e imponen “la marca de la bestia”, relacionada con el domingo. Es evidente que el ecumenismo cumplió su función.

En el capítulo aparecen el Dragón, la bestia del mar y la bestia de la tierra, en lo que se denomina la triple alianza, por la cual no solo se ha unido al cristianismo, sino también a las religiones no cristianas. En el capítulo 16 de Apocalipsis, en el contexto del tiempo final, vuelve a aparecer la triple alianza (ver vers. 13). Tiene el propósito de ir a los reyes del mundo con el fin de reunirlos para la batalla final entre el bien y el mal (ver vers. 14). Como curiosidad, la palabra reunirlos, en griego, es oikoumenēs, de la cual deriva nuestra palabra ecumenismo.

Elena de White ya avizoraba que entre los protestantes habría una intención de unión basada en puntos comunes de doctrinas (El conflicto de los siglos, p.  497). Acierta en que el ecumenismo no significa ponerse de acuerdo en todos los puntos doctrinales, sino buscar lo poco que haya de afinidad en cada confesión; por ejemplo, el domingo. La unión se hará mediante dos errores capitales: el domingo une a todos los cristianos, mientras la inmortalidad del alma une a los cristianos con el resto del mundo (ibíd., p.  645). Los católicos, los protestantes y los religiosos no cristianos –esto no es más que la ya sabida triple alianza– verán en esta “unión” un gran movimiento para la conversión del mundo y el comienzo de una nueva era (ibíd., p. 646).

Lamentablemente, esto deviene en la amenaza a la libertad de la conciencia.

Inexorablemente, las profecías se están cumpliendo. Es nuestro deber prepararnos para testificar aun bajo presión, con la protección del Señor. RA