«La Biblia es la norma final de verdad y la fuente primaria de autoridad en doctrina y práctica, mediando y orientando la experiencia cristiana”.

¿Por qué hay tantas iglesias? ¿Cuál es la razón por la que los cristianos viven de maneras tan distintas su “cristianismo”? Es probable que se haya hecho esta pregunta en alguna ocasión.

Este fenómeno de fragmentación y confusión teológica y experiencial se debe, en gran manera, a una cuestión de las fuentes o fundamentos de las creencias y las prácticas cristianas. ¿Cuál es la autoridad final en materia de doctrina y práctica?

Se han dado diferentes respuestas a estas preguntas, lo que generó el efecto prismático que vemos hoy dentro del cristianismo. A lo largo de los siglos, la iglesia comenzó a tomar como fuente de autoridad la interpretación que los eminentes primeros cristianos hacían de la Biblia. Este acerbo llegó a ser conocido como “la tradición”, y se utilizaron estas ideas ajenas a la Biblia como fundamento de la vida cristiana. En este sentido, la teología y la práctica del cristianismo, en la Iglesia Católica, es regulada por la tradición y la Biblia.

En un fenómeno ya más moderno, muchos, queriendo huir del frío formalismo de una religión meramente intelectual, minimizan el componente cognitivo de las Escrituras y lo reemplazan por alguna clase de forma religiosa carismática o existencialista. Lo que importa, en esta perspectiva, es conocer a Dios personal e individualmente.

Esta forma de cristianismo dice basarse en la “voz del Espíritu” que habla a sus mentes, en lugar de hacerlo en el texto bíblico. Citan el texto del apóstol Pablo, donde él afirma que “la letra mata, pero el Espíritu vivifica” (2 Cor. 3:6) como justificación para seguir los supuestos dictados del Espíritu, en contraposición a la letra muerta de la Biblia. Sin embargo, el contexto de esta declaración revela que Pablo sencillamente está contrastando el Antiguo Pacto con el Nuevo. El Antiguo (referido como “la letra”) en verdad era una sombra limitada del Nuevo Pacto (ver Heb. 8). En realidad, el problema no estaba en el Pacto en sí mismo, que Dios había establecido, sino en la interpretación que el formalismo religioso del judaísmo había hecho de ese Antiguo Pacto.

Si bien reconocemos que una relación personal con Cristo es la verdadera base de la salvación, y de toda doctrina y experiencia cristianas, esa relación con Cristo siempre es mediada a través de sus palabras tal como están registradas en la Biblia. Jesús mismo afirmó que podemos estar seguros de que lo amamos si guardamos todas sus palabras y enseñanzas (Juan 14:15). El pecado ha nublado el discernimiento espiritual del ser humano (Jer. 17:9), y por esta razón no es seguro confiar en nuestra propia experiencia o nuestros sentimientos (variables por naturaleza) como la única fuente y autoridad para nuestra vida cristiana.

Como adventistas, consideramos que las Santas Escrituras son la infalible revelación de la voluntad divina, la norma para el carácter, la prueba de la experiencia, la revelación autorizada de doctrinas y el registro confiable de la actuación de Dios en la historia.

Es decir, solo la Biblia es la norma final de verdad y la fuente primaria y absoluta de autoridad en doctrina y práctica, mediando y orientando la experiencia cristiana. Isaías 8:20 declara esta premisa básica: “¡A la enseñanza y al testimonio! Si sus palabras no corresponden a esto, es porque no les ha amanecido”. Aquí, “enseñanza” (ley, en el original) y “testimonio” refieren a las secciones de la Biblia conocida en los tiempos del profeta Isaías: el Pentateuco (o Ley de Moisés) y el testimonio de los profetas; a la voluntad de Dios revelada previamente en la Biblia.

De esta manera, las Escrituras proveen el marco, la perspectiva divina y los principios fundamentales para cada área del conocimiento y la experiencia humana. En este septiembre, “mes de la Biblia”, hagamos que ella nos conduzca a Cristo y sus enseñanzas.RA

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