Lección 8 – Tercer trimestre 2017

Gálatas 3:26-4:20.

La lección de esta semana apunta al meollo del problema espiritual que tenemos cuando, como cristianos, todavía vivimos bajo la lógica del legalismo. También tiene mucho que ver con los grandes temas en debate en el Gran Conflicto entre Cristo y Satanás tal como se inició en el cielo y se perpetúa en la Tierra desde la Caída: o somos hijos de Dios, que lo servimos voluntariamente por amor, con un total sentido de libertad, o somos esclavos serviles que obedecemos a Dios por interés o por temor, por miedo a las consecuencias, a su desamparo en esta vida y a la condenación final, al cierre de la Historia.

Ese fue el desafío y la acusación de Satanás en el cielo: no se puede ser libres sirviendo a Dios. La única forma de ser auténticamente libres es independizarse de Dios, ser autónomos.

Lamentablemente, cuando el tipo de religiosidad que fomentamos apela, como motivación para servir a Dios, para ser fieles y obedientes, al temor o al interés en vez de exclusivamente al amor, estamos secundando a Satanás en sus acusaciones contra Dios y contra la humanidad (Job 1); le estamos diciendo que él tiene razón en el Gran Conflicto.

Por eso, Pablo quiere conducirnos, en esta epístola, a entender que por sobre todo Dios quiere que tengamos con él una relación de hijos y no de esclavos.

“Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gál. 3:26).

Esto no es solo una figura de lenguaje sino una bendita realidad divina. Somos hijos de Dios, y deberíamos así considerarnos, sentirnos y conducirnos. La conciencia de nuestra “filiación divina” debería darnos un sentido de seguridad espiritual, emocional, afectiva, frente a Dios, a la vez que un sentido de dignidad personal, valor y pertenencia.

De modo que nuestra relación con Dios –y con ella nuestra justificación y nuestra salvación– tiene mucho que ver con lo que sucede en una relación sana e ideal entre buenos padres y sus hijos.

Un buen padre no condiciona su amor por su hijo, su aceptación y el valor de su hijo ante él a la conducta de este. Tiene un amor incondicional, pase lo que pase, por el simple pero absolutamente trascendente hecho de que es su hijo.

Hay padres que, en su narcicismo, le hacen sentir a su hijo que a menos que sea casi perfecto en diversos ámbitos (desempeño escolar, deportivo, artístico, moral, apariencia, etc.) no puede ser aceptado y valorado por ellos. En forma implícita y a veces aun explícita, le transmiten el mensaje de que de su desempeño depende su posición como hijo ante ellos.

Lamentablemente, este tipo de trato puede producir diversas reacciones negativas en sus hijos, dos de las cuales típicas son: o los hijos se convierten en unos neuróticos serviles de sus padres y, por carácter transitivo, de las personas que los rodean, desviviéndose por hacer “piruetas” para lograr la aceptación y la valoración de los demás; o ante la impotencia de nunca poder satisfacer las demandas de sus padres (y de la gente que los rodea) se convierten en unos rebeldes “sin causa”, crónicos, desafiantes, incurriendo en conductas antisociales o de evitación social.

Los seres humanos, aun en el plano meramente de las relaciones humanas, solo pueden crecer sanos mentalmente en un clima de aceptación y valoración incondicionales, por el valor intrínseco que tienen por ser seres humanos y por ser hijos de sus progenitores o de quienes los han elegido como hijos mediante la adopción.

Lo mismos sucede en nuestra relación con Dios, que no solo tiene un componente estrictamente “espiritual” o “religioso” sino también psicológico; es decir, hay cuestiones no solo morales sino también emocionales que intervienen en nuestra relación con Dios. Y Dios, que nos creó con un aparato psíquico, sabe que esto es así, y por eso eligió, para nuestra salvación, el camino de la gracia (aceptación incondicional), de la misericordia, de la comprensión de nuestra condición humana, y de la entrega de su Hijo para nuestra redención.

San Juan lo expresa de manera bellísima:

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1).

Esta es nuestra seguridad: no importa cuánto o cuántas veces fallemos, no importa cuánto nos falte para estar a la altura de los ideales cristianos y de las demandas de la Ley, YA somos hijos de Dios, y él nos considerará como tales a lo largo de todo el camino hacia la eternidad, y nos tratará en consecuencia.

“Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gál. 3:27).

Hay una cobertura para nuestra vida, a pesar de nuestra condición pecaminosa –que nos lleva indefectiblemente a fallar muchas veces, a pesar de nuestros mejores intentos: si hemos aceptado a Jesús como Salvador, y así lo hemos manifestado mediante la entrega simbólica del bautismo, estamos “revestidos” de Cristo, cubiertos con el manto de su justicia, que el Padre amorosamente nos pone sobre nuestros hombros para cubrir nuestros harapos frutos de una vida de pecado, lejos de él, como lo ilustra la parábola del hijo pródigo (Luc. 15:22), y aun de nuestra inevitable condición pecaminosa incluso luego de haberlo aceptado (no olvidemos que Martín Lutero definía muy bien la naturaleza del cristiano como “simul justus et pecattor”; es decir, somos simultáneamente justos y pecadores).

Y esta conciencia de nuestra filiación divina, de nuestra dignidad como hijos de Dios, tiene su efecto práctico en nuestras relaciones con nuestros hermanos:

“Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gál. 3:28).

No hay distinciones humanas entre los hijos de Dios; ninguna diferencia de etnias, ni clases sociales, ni culturales, ni de género. Todos: judíos y gentiles, adventistas y cristianos de otras confesiones religiosas, patrones y empleados, hombres y mujeres, somos hijos de Dios, y somos un solo cuerpo místico –la iglesia– en Cristo Jesús.

Qué triste es que a lo largo de la historia del cristianismo se haya desvirtuado esta gran verdad, y por ejemplo en algunos lugares del mundo autoproclamados cristianos aún hoy existan iglesias para afrodescendientes y otras para quienes no pertenecen a esa etnia; o que en determinadas iglesias de cierto nivel socioeconómico sean mirados con desprecio hermanos de extracción humilde e inculta. ¡Cuánto nos falta aprender lo que es el verdadero cristianismo!

“Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gál. 3:29).

Si hemos aceptado a Jesús como Salvador, que significa aceptar que ÉL NOS SALVE, y no nosotros a nosotros mismos, tenemos una “rancia estirpe”, que no consiste en descender de gente de alcurnia, con títulos humanos nobiliarios; gente perfecta y descollante en la historia por sus logros militares, políticos, intelectuales, científicos o artísticos; y ni siquiera ser “adventista de tercera, cuarta o quinta generación”, sino que pertenecemos al linaje glorioso de los pecadores que, como Abraham, reconocen su necesidad de salvación y confían en Dios para su salvación.

Y no solo eso: somos herederos de todas las bendiciones del Pacto otorgadas a Abraham, que incluyen la justificación, la salvación y una gloriosa Tierra no en el aquí y ahora sino cuando Jesús regrese a buscarnos.

“Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre. Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo. Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo” (Gál. 4:1-7).

En la primera parte de este texto, Pablo cambia de metáfora (antes había hablado del paidagogos, el ayo), para hablar ahora de cómo funciona la ley de la herencia, o de la filiación. Un niño es dueño EN POTENCIA de todos los bienes que sus padres le dejarán al morir. Todavía no puede disponer de ellos, ni puede ejercer autoridad sobre las personas subordinadas a la autoridad del padre, sino que incluso debe someterse a ellas (como en el caso del paidagogos, que, según vimos, era un siervo que estaba a cargo de la educación, el cuidado y aun de la disciplina de los niños de la gente pudiente). Pareciera que no hay distinción entre él y un esclavo. Cuando llegue a la adultez podrá, entonces, ejercer todas sus prerrogativas.

Del mismo modo, antes de encontrarnos con Cristo y la salvación gratuita que él nos compró con su sangre, estábamos en una posición de esclavitud frente a Dios, ya sea por estar adheridos a un falso sistema de salvación (legalismo) o porque en nuestra vida personal todavía no había amanecido la luz del evangelio.

Los “rudimentos del mundo” puede hacer alusión tanto a estilos de vida paganos huecos, sin sentido, como seguramente era el historial espiritual de los gálatas antes de conocer el evangelio, como al falso sistema de justificación representado por el legalismo, que no es más que una forma humana rudimentaria de ofrecer un camino de salvación. Cualquiera de los dos son formas “infantiles”, inmaduras, de querer alcanzar la salvación o de vivir espiritualmente. Algo parecido dice el autor de la Epístola a los Hebreos:

“Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez […]. Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno. Y esto haremos, si Dios en verdad lo permite” (Heb. 5:12-14; 6:1-3).

Sea como fuere, la irrupción de Cristo en la macrohistoria (la historia humana universal) como en nuestra propia y personal microhistoria (al tener un encuentro salvador con él) marca el inicio de una nueva era espiritual, en la que ya dejamos de ser y sentirnos esclavos –sea del pecado o del legalismo, y aun de la culpabilización y condenación de la Ley–, para pasar a ser hijos de Dios. Para lograr esto, Jesús, “cuando vino el cumplimiento del tiempo”, se encarnó por amor a nosotros.

Este versículo nos habla del concepto bíblico del tiempo, y nos señala que había un momento específico en el plan de Dios para que Jesús viniera a la Tierra, un tiempo señalado cronológicamente en la profecía bíblica (ver Dan. 9:24-27; la profecía de las Setenta Semanas), pero que responde al kairós de Dios, es decir, el “momento oportuno”, y no un momento arbitrario fijado arbitrariamente por las agujas de un reloj (jronos).

Cuando Dios vio que estaban dadas las condiciones adecuadas para la encarnación de su Hijo y para que cumpliera el plan de redención, “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley” (Gál. 4:4, 5).

Jesús no fue un ser divino que meramente adoptó una apariencia humana pero no una carne real, como enseñaba en aquel entonces la herejía del docetismo (una variante del gnosticismo), sino que nació “de mujer”, mediante una encarnación real; “se hizo carne” (Juan 1:14). Y, además, como hombre, Jesús hizo lo que Satanás afirmaba (y lo sigue haciendo) que no debían hacer las criaturas inteligentes para ser verdaderamente libres y felices: someterse a la Ley de Dios. Jesús nació “bajo la ley”, no en el sentido de que, como nosotros, estuviese bajo la carga de la culpabilización y la condenación justa de la Ley (ya que él era absolutamente inocente y puro, sin el menor rastro de pecado), sino que se sometió voluntaria y alegremente a sus demandas. Una tremenda humillación para aquel que es el Rey del universo, su Gobernante supremo, y supremo Legislador y Juez. Pero lo hizo “para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos”. Lo hizo para poder pagar el rescate por nosotros, mediante su muerte tremendamente real y dolorosa (es lo que significa redimir), con el fin de que “recibiésemos la adopción de hijos”.

Para sacarnos de la esclavitud, y poder darnos ese don maravilloso de ser, sabernos y sentirnos hijos de Dios, Jesús realizó la infinitamente dolorosa, para él, empresa de la Redención. Somos adoptados voluntariamente por Dios, somos “hijos del corazón” de Dios, y él nos trata como tales, no como esclavos.

Como reacción a este privilegio divino que tenemos, “por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo”. Podemos, con toda confianza, con la conciencia absolutamente limpia, llamar a Dios “Papito”, que sería la traducción más literal de la expresión “Abba, Padre”. Con total seguridad, con total alegría, a pesar de nuestra condición pecaminosa. Somos hijos de Dios, y herederos de todas las riquezas del Cielo, gracias a la obra redentora de Cristo. Deberíamos, entonces, vivir con gran seguridad espiritual y gran alegría nuestra vida cristiana, y no con ese sentimiento servil, rastrero, de sentirnos permanentemente como esclavos debido a las demandas de la Ley, y a “cuánto nos falta” para llegar a ser perfectos en esta vida, ese sentimiento tan común en nuestro ámbito adventista, debido a ciertas tendencias perfeccionistas que tenemos.

Es tan grande este privilegio que tenemos por causa de nuestra filiación divina, tan grandes las conquistas que Jesús logró por nosotros en la Cruz, que a Pablo le duele el retroceso de los gálatas:

“Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses; mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar? Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros” (Gál. 4:8-11).

Evidentemente, en la primera parte de este pasaje Pablo se remite a la anterior vida pagana de los gálatas, de modo que la alusión a guardar “los días, los meses, los tiempos y los años” probablemente no tenga nada que ver con, por ejemplo, la observancia del sábado, como creen ver en este texto algunos hermanos de otras confesiones religiosas cristianas. Pero aun este pasaje de Gálatas puede tener una aplicación a la influencia de los maestros judaizantes, que querían hacer creer y sentir a los gálatas que, para lograr la aceptación de Dios, la justificación, la salvación, debían observar ritos y leyes judaicas, que ciertamente incluían la observancia del sábado. Y ciertamente, si el propósito por el cual hoy guardamos el sábado es intentar mediante su observancia conquistar o asegurar nuestra salvación, estamos esclavizados bajo los “débiles y pobres rudimentos” de una religión legalista, de factura humana. Todavía estamos en un período de inmadurez espiritual y de esclavitud, en vez de gozar de la conciencia de ser hijos de Dios mediante la fe.

La lección señala los versículos 12 al 20 como parte de nuestro estudio de esta semana, pero como nos parecen más relacionados con la temática de la lección de la próxima semana, no los vamos a comentar aquí.

Lo que sí queremos destacar, a modo de conclusión, es la invitación a vivir con más alegría la seguridad y el gozo de la salvación que Dios quiere que tengamos mediante las glorias del evangelio y el alto precio que Jesús pagó por nuestra redención.

Que esta conciencia de nuestra filiación divina influya en todas nuestras actitudes en la vida cristiana, frente a Dios, frente a nosotros mismos y frente a los que nos rodean, para vivir con la frente alta, y la ternura y el amor de nuestro Padre celestial.


COMENTARIOS DE MARTÍN LUTERO

“Vestirse de Cristo empero es vestirse de la Justicia, de la verdad, de toda gracia y del cumplimiento de la Ley entera. En consecuencia, por medio de Cristo es vuestra la bendición y la herencia de Abraham”.

“ ‘Tú eres justo’, dice Pablo, ‘no porque eres judío y porque guardas la Ley, sino porque crees en Cristo y así te has vestido de Cristo. ¿Por qué, entonces, os dejáis arrastrar al judaísmo por los apóstoles falsos?’ Así como Cristo no toma en consideración la observancia de la Ley de que se jactaban los judíos, así tampoco toma en consideración ninguna otra observancia. Es característica de los justificacionismos humanos y legalistas el dividirse en sectas y hacer distinciones conforme a las obras. Los unos confiesan, promueven y siguen una cosa, los otros otra”.

“Esclavos son los que sirven no con miras a obtener la herencia del padre de familia; antes bien, sirven por un pago, o hasta hacen sus obras compelidos por el temor al castigo […] cuando todavía no vivimos en la gracia, sino en la Ley, hacemos las obras de la Ley con el ánimo de un esclavo, es decir, compelidos por el temor al castigo o atraídos por una recompensa temporal. Todo esto, empero, nos enseña a suspirar por la herencia, o sea, por la fe y por la gracia, a fin de que, arrancados de ese estado de esclavitud, podamos cumplir la Ley como hombres liberados por el Espíritu, hombres que ya no temen el castigo ni apetecen una recompensa; en otras palabras: hombres que ya no ‘están en esclavitud’. Entretanto somos ‘señores de todo’ en el sentido de que Dios nos ha predestinado y preparado esta herencia, y nos instruye, mediante el temor servil al castigo y el amor a los bienes prometidos en la Ley, para que dirijamos nuestro deseo hacia aquella herencia, y no permanezcamos en la esclavitud junto con los judíos y los hipócritas. Permaneceremos empero en la esclavitud cuando sentimos que por el temor al castigo y el amor a la recompensa no vamos amando más y más a la Ley sino antes bien odiándola más y más; porque como ya dije, preferiríamos que la Ley ni existiera. De este modo la Ley de hecho nos ‘empuja’ hacia la herencia, y por esta, llegamos a ser entonces ‘señores de todo’, esto es, entramos en posesión de la bendición de Cristo mediante la fe”.

“Pero volvamos a las palabras del apóstol: Estos elementos son ‘tutores y procuradores’, así como la ley es un ‘ayo’. Pues, así como la letra de la Ley compele a los rebeldes hombres a hacer las cosas de la Ley por temor al castigo, así los compele también, una vez que se han dado cuenta de lo rebelde que es su voluntad, a correr hacia Cristo, el generoso dador del espíritu de libertad. La Ley, por lo tanto, no causa nuestra perdición, sino que nos presta un servicio de la mayor utilidad, siempre que comprendas que cual fiel procurador, ella te quiere conducir, y aun llevar a empellones, hacia Cristo y hacia tu herencia. Si no la entiendes en este sentido, te resultará un ‘opresor’ (Isa. 9:4) y un adversario que te arrastrará ante tus torturadores; será tu juez y tu perseguidor, porque nunca dejará en paz tu conciencia, puesto que nunca podrás descubrir en ti mismo y en tus obras aquello con que la Ley pueda ser cumplida y satisfecha. Pero así es como la entienden aquellos que no quieren dejarse guiar por ella hacia Cristo, sino que piensan que tienen que cumplirla con sus propias fuerzas”.

“Pues bien: no debes imaginarte la vida del cristiano como un estar parado y en posición de descanso, sino como un estar en camino y en avance, de los vicios a la virtud, de claridad en claridad, de virtud en virtud; y al que no está en camino, tampoco lo debes tener por cristiano, sino por un pueblo amante del reposo y de la paz, contra el cual el profeta hace marchar a sus adversarios. No creas por lo tanto a aquellos teólogos embusteros que te dicen: Con tal de haber alcanzado un grado del amor, el primero, ya tienes lo suficiente para ser salvo.

“En su necia fantasía, estos teólogos se imaginan que existe un amor que yace inactivo en el corazón, como el vino en el barril. Pero el amor no es inactivo, sino que continuamente está crucificando la carne. Tampoco se conforma con permanecer en un determinado grado, sino que busca expandirse por todo el ser del hombre a fin de purificarlo. Aquellos empero con su grado único, cuando les llegue el tiempo de la tentación y de la muerte, no poseerán ni el primer grado ni el segundo”.

“Lo que significa ‘esclavo’ y ‘esclavitud’ ya se explicó con suficiente amplitud: esclavo es aquel que guarda la Ley y al mismo tiempo no la guarda. La guarda en lo que se refiere a las obras, ya sea por temor al castigo o por el interés en obtener una ventaja. No la guarda en lo que se refiere a la voluntad, ya que, en cuanto a esta, preferiría que no existiera Ley; y así es que en su interior le tiene odio a esa misma justicia de la Ley que por fuera, ante los hombres, finge practicar. El hijo, en cambio, ayudado por la gracia, guarda la Ley espontáneamente. No quisiera que la Ley no existiese, antes bien se alegra de que exista. El esclavo tiene las manos puestas en la Ley del Señor; el hijo tiene la voluntad puesta en la Ley del Señor”.

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