Lección 4 – Tercer trimestre 2017 

Gálatas 2:15-21

En el pasaje de Gálatas de esta semana, Pablo va a dejar de lado la narración histórica, para empezar a pronunciar sus declaraciones teológicas. Y, cuando decimos teológicas, no nos referimos meramente al ejercicio intelectual y espiritual loable, por cierto, que hacen los teólogos, para tratar de desentrañar el mensaje bíblico, sino al hecho de que, como ya anticipó Pablo, está transmitiendo la revelación que recibió directamente de Dios, acerca del plan de salvación. Más adelante en la epístola, también presentará la fundamentación bíblica de su mensaje.

Hay que tener en cuenta que las palabras sobre las cuales vamos a reflexionar a continuación forman parte de lo que Pablo le dijo a Pedro y, por lo tanto, demuestran cómo una idea errónea acerca de la salvación, de cómo lograr una posición de aceptación ante Dios, puede influir en el comportamiento ético y las relaciones de los cristianos entre sí:

“Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles…” (Gál. 2:15).

Pedro, influido por los judaizantes, se había apartado de los gentiles, porque no estaban cumpliendo tan bien con lo que se esperaba de un converso; es decir, circuncidarse y guardar la ley ceremonial. Y, así como hacían los judaizantes con los conversos gentiles, muchos de nosotros, lamentablemente, juzgamos a nuestros hermanos que, según nuestro criterio, no están cumpliendo tan bien con las normas de la iglesia, con lo que se espera de un “buen adventista”. Algunos de nosotros –fariseos modernos– estamos vigilando si tal o cual hermanita usa joyas o adornos, si tal hermano come carne o incluso si es vegano o no, si escucha tal o cual música, etc. En el fondo, lo hacemos porque íntimamente creemos que nosotros estamos en una posición mejor delante de Dios porque nosotros sí somos “fieles”, y cumplimos con todo lo que se espera del “estilo de vida adventista”. En otras palabras, creemos que somos justificados por nuestras obras.

A partir de lo que Pablo le dijo a Pedro a modo de reconvención por su conducta cobarde y acomodaticia, el apóstol va a iniciar su presentación del gran tema de la justificación por la fe.

¿Por qué es importante este tema? Porque en él –estrictamente en la experiencia de la justificación– se basa nuestra única, exclusiva y excluyente seguridad de salvación; de sabernos perdonados, aceptados, aprobados y, en definitiva, salvados por Dios. Quisiera recalcar el concepto de excluyente: Pablo va a destacar aquí, como lo hace también en Romanos y es el título de la lección de esta semana, que la justificación es SOLO (solamente) por fe. Es decir, NO HAY NINGUNA OTRA RAZÓN por la cual podamos estar en paz con Dios, y seguros de contar con su favor en esta vida y con ser salvos en el Día del Juicio. No es nuestra obediencia, ni nuestra “fidelidad”, ni nuestras buenas obras ni nuestra supuesta perfección de carácter lo que genera ni garantiza nuestra justificación, sino pura y exclusivamente la obra redentora de Cristo, que es acreditada a nuestro favor si tan solo creemos.

La imagen gráfica que aparece en la lección del día sábado es simbólicamente muy significativa. Los grillos de la esclavitud del pecado (su culpa, su condenación, su poder, su degradación) pueden ser abiertos, y podemos ser liberados de ellos, exclusivamente por la bendita Cruz de nuestro Señor Jesucristo, no por ningún logro espiritual ni moral humanos.

¿Qué es, entonces, la justificación, para que sea tan importante?

En principio, el término “justificación” proviene del mundo legal y jurídico. No olvidemos que el tema de la salvación hay que verlo con el trasfondo de que lo que determinará nuestro destino eterno es el “justo juicio de Dios” (Rom. 2:5), en el Juicio Final; “todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” (Rom. 14:10). Llegará el día final del ajuste de cuentas, y ante la justicia infinita de Dios, ante sus infinitas santidad y bondad, “¿quién podrá sostenerse en pie?” (Apoc. 6:17).

No olvidemos que, en su trato con nosotros, Dios cumple por lo menos una doble función: como Padre, sí, pero también como Juez y Gobernante del universo, y responsable de asegurar el bienestar y la felicidad de todas sus criaturas. Por tal motivo, le es imperioso hacer un juicio final para determinar ante el universo quiénes tienen derecho a ingresar en la vida eterna.

Bueno, la gran maravilla de la justificación es que quien está justificado no solo está liberado de “culpa y cargo” (siguiendo la terminología jurídica y legal), no solo está absuelto de todos los cargos presentados en su contra (sus pecados), sino también es CONSIDERADO justo. En otras palabras, estar justificado es tener un nuevo estatus ante Dios: de ser un pecador condenado por la Ley ahora es considerado una persona “justa”. Y, para decirlo en forma terminante: si usted en este momento está justificado delante de Dios, si Cristo viniera en este momento a la Tierra en gloria y majestad, usted sería salvo, iría al cielo. De allí la importancia vital que entendamos la justificación y cómo se logra.

Pero, además, como Dios es nuestro Padre, la justificación tiene una connotación relacional, como bien lo explica George Knight en el Libro Complementario (p. 41): el que está justificado está reconciliado con Dios, en paz con él, amado, aceptado y aprobado por Dios; cuenta con su favor y su apoyo y bendición en esta vida.

De allí que en la justificación descanse nuestra seguridad espiritual, nuestra paz con Dios y aun con nosotros mismos, porque, si el Juez infalible del universo, el único infinitamente sabio y absolutamente puro, puede librarnos de culpa y condenación, ¿quiénes somos nosotros para, al igual que los fariseos de antaño contra la mujer pecadora (Juan 8), seguir arrojándonos piedras a nosotros mismos y a los demás por causa de nuestra insuficiencia moral?

En síntesis, estar justificados delante de Dios es ser considerados como si fuésemos justos, perfectamente obedientes, perfectamente fieles, perfectamente santos, aun cuando, en realidad, ontológicamente (esencialmente) no lo somos, porque siempre seremos pecadores (por naturaleza y por actos) hasta que Jesús regrese. Es ser considerados y tratados por Dios como Jesús lo merece, para lo cual él fue tratado como nosotros lo mereceríamos (2 Cor. 5:21; DTG 17).

Entonces, si la experiencia de la justificación es tan vital para la vida cristiana toda, ¿cómo se obtiene esta justificación? Pablo lo va a decir con las siguientes categóricas Palabras:

“Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (vers. 16).

Aquí hay tanto una negación como una afirmación: que es lo que no produce ni contribuye a la justificación, es decir, lo que SE EXCLUYE de la justificación; y cuál es la única y exclusiva razón por la cual podemos tener la seguridad de la justificación delante de Dios.

Por un lado, “el hombre no es justificado por las obras de la ley […] no por las obras de la ley […] por las obras de la ley nadie será justificado”. Es demasiado enfático: tres veces en un mismo versículo, Pablo niega que por “las obras de la ley” alguien pueda ser justificado.

¿Qué son las obras de la ley? Son las obras en obediencia a la ley (ya sean los Diez Mandamientos como cualquier otra ley moral o ceremonial de la Torah) que se hacen con el fin de lograr ser justificados delante de Dios. No importa, en realidad, a qué ley se refiera –sea la ley del Pentateuco, del Talmud o, para ponerlo en términos modernos y adventistas, las normas del Manual de la iglesia–, el hombre no puede ser justificado por sus intentos morales de ser fiel, obediente, perfecto delante de Dios, porque, como veremos más adelante en esta misma epístola, en realidad nadie es nunca suficientemente obediente, fiel o perfecto de carácter ante la infinita santidad de Dios. Es una imposibilidad humana. Además, las obras que se hacen con este fin (lograr ser aceptados por Dios) están contaminadas de una motivación errónea, basada en el miedo a Dios o el interés, y no movidas por una verdadera, existencial y estrictamente pura motivación moral según la cual –y siguiendo al gran filósofo Emmanuel Kant (con el cual concordamos)–, para que un acto sea realmente moral debe estar basado pura y exclusivamente en el amor al deber, al bien por el bien mismo, y no por ninguna motivación externa placentera o coercitiva (placer, beneficios, utilidad, castigo). Como veremos también más adelante, esto no tiene nada que ver con el amor a la Ley que tiene el hijo de Dios verdaderamente convertido, que ve en la Ley de Dios su guía moral en la vida, y se deleita en la claridad moral que le brinda a su existencia (ver todo el Salmo 119; Sal. 40:8). El tema es con qué motivación y propósito me relaciono con la Ley de Dios y con la obediencia: como medio para lograr la salvación (legalismo) o como norte y guía de la vida moral asumida libre y voluntariamente, libre de toda coerción (verdadera ética cristiana). De estos dos conceptos van a depender no solo el tipo de experiencia cristiana personal sino también el contenido y el tono de nuestra predicación del evangelio: o apelaremos al temor y al interés para tratar de lograr la “fidelidad” de nuestros oyentes o apelaremos a la fe, la gracia y el amor para movilizar la vida cristiana de nuestros hermanos. La primera será una predicación marcadamente legalista, orientada hacia la Ley, como vimos anteriormente en esa cita de George Knight del Libro Complementario; la segunda será una predicación orientada hacia la fe y la gracia, es decir, cristocéntrica.

Y, en cuanto a las declaraciones positivas de este pasaje, somos justificados “por la fe de Jesucristo”, y nosotros “hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo” (vers. 16).

Este pasaje es muy notable e importante, porque nosotros generalmente hablamos de que somos justificados “por la fe”; es decir, por nuestra fe. Pero lo que recalca dos veces este pasaje no es que seamos justificados por nuestra fe (por causa de nuestra fe) sino por la fe de Cristo. Como ustedes saben, tanto la palabra hebrea para fe (emmunah) como la griega (pístis) pueden ser traducidas tanto como “fe” o como “fidelidad”. Sea cual fuere el sesgo que elijamos para el concepto de fe, Pablo está diciendo que somos justificados no por causa de nuestra fe o de nuestra fidelidad sino por causa de la fe y la fidelidad de otro, de Cristo. O, como diría Martín Lutero, por causa de una justicia foránea, ajena a nosotros. Por supuesto, en otros pasajes veremos que es no por causa, pero sí mediante nuestra fe (es decir, como medio instrumental, no como generadora) que recibimos la justicia generada por la fe, o fidelidad, de Cristo (nunca por la nuestra).

Es decir, la única justicia que Dios toma en cuenta para considerarnos justos, aceptados y aprobados por él es la justicia de Cristo, la que logró con su vida perfecta y con su muerte expiatoria en la Cruz, por amor a nosotros. Y es en esa vida santa, perfecta, y en la redención obrada por nosotros en el Calvario, en donde reside nuestra única esperanza de justificación y salvación. Por eso, es solo mirando a Cristo y ni en lo más mínimo a nosotros mismos donde podemos encontrar la paz con Dios y nuestra seguridad espiritual.

Por supuesto, Pablo conoce muy bien la naturaleza humana, y sabe que siempre habrá quienes querrán aprovechar este mensaje maravilloso de la gracia y la libertad cristiana para relajarse moralmente y seguir alegremente con un estilo de vida pecaminoso, supuestamente amparados en la gracia de Dios. Y los enemigos de Pablo también sabían esto y querían explotarlo para desacreditar el mensaje de salvación presentado por el apóstol. Por eso, él se adelanta a aclarar:

“Y si buscando ser justificados en Cristo, también nosotros somos hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? En ninguna manera. Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago” (vers. 17, 18).

Esta misma salvedad la va a hacer Pablo más adelante en la epístola (5:13), como también en Romanos (2:13; 3:31; 6:1, 2).

Por un lado, entendemos que lo que quiere decir Pablo es que aun los que estamos justificados en Cristo seguimos siendo pecadores y seguimos pecando, no como estilo de vida, no como práctica habitual, sino como algo inevitable –dentro de ciertos límites– por causa de que hasta que “esto corruptible se vista de incorrupción” (1 Cor. 15:53) seguiremos portando una naturaleza pecaminosa que seguirá haciendo de las suyas. Y no por eso Cristo es “ministro de pecado”; es decir, él no es responsable de que sigamos pecando ni nos estimula a hacerlo por causa de su gracia.

Por otra parte, tampoco Jesús es responsable por el abuso que hacen de su gracia quienes quieren mantener su estilo de vida pecaminoso, quienes quieren vivir practicando el pecado.

Porque quien ha experimentado la paz y la seguridad que brinda la justificación está tan agradecido a Dios y se despierta tal amor en su corazón por causa del amor de Dios por él que, libre y voluntariamente, ajeno a toda coerción o interés, desea vivir de acuerdo a la voluntad de Dios, por puro amor a su Salvador. Ha destruido, por la gracia de Dios, un estilo de vida pecaminoso (ha muerto al pecado), y ya no quiere volver a construir las cosas que ha derribado al experimentar la salvación. El que las vuelve a edificar –es decir, el que quiere permanecer en un estilo de vida pecaminoso– es un “transgresor”, que no puede reclamar en su favor la justicia de Cristo, porque demuestra que la desprecia.

“Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios” (vers. 19).

Es un poco difícil entender la primera parte de este versículo –“yo por la ley”–, pero la segunda parte es clara: el cristiano ha muerto “para la ley”, no en el sentido de que sienta que puede vivir alegremente transgrediendo la Ley, sino que ha muerto a sus intentos humanos y legalistas de lograr la justificación mediante la obediencia a la Ley. Ha muerto a la obediencia a la Ley como medio de justificación. Pero, de ahí en más, y con un sentido de libertad y seguridad espiritual, el cristiano que realmente está experimentando la justificación vive “para Dios”. Lo ama, y de corazón desea vivir para hacer la voluntad de Dios, y en ninguna manera piensa en vivir practicando el pecado, aun cuando es consciente de que en realidad nunca deja de estar pecando (aunque sea en motivación y pensamiento), por causa de su naturaleza pecaminosa.

Y ahora viene uno de los pasajes cumbre de todas las Escrituras y particularmente de esta epístola:

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (2:20).

“Con Cristo estoy juntamente crucificado”. Esto puede tener dos sentidos. En primer lugar –y esta es la maravilla de la Expiación, de la Redención–, yo ya fui crucificado, ya pagué por mis pecados en Cristo. Jesús, al convertirse en mi Sustituto y Garante, cargó con mis pecados en la Cruz, y al ser condenado por ellos y haberlos expiado es como si yo mismo hubiese cargado con ellos en la Cruz y la justicia divina se hubiese satisfecho en mí, porque lo hizo en mi Sustituto (Isa. 53). Ya no tengo que cargar ninguna culpa ni condenación. Solo puedo gozar de pleno perdón, aceptación, justificación.

Por otro lado, aquí se presenta el ideal máximo de la vida cristiana: morir tanto al yo (en tanto ego, egoísmo) –que para el cristiano convertido no es sino “vergüenza y humillación propia”, por lo consciente de su condición pecaminosa– que su mayor aspiración en la vida es que Cristo viva en él, y lo llene todo de su bondad, de su amor, de su pureza infinita. En sí mismo, el creyente solo puede ver sus mejores obras manchadas de motivaciones egoístas, interesadas o temerosas; solo ve pensamientos y sentimientos impuros que atraviesan por su mente (aun cuando ve tantas cosas buenas introducidas por Cristo en él). Pero sabe que en Jesús está toda la pureza infinita a la que aspira, y desea que Cristo se establezca en él, en su mente y corazón, para llegar a ser puro y santo. No como una forma de así lograr la aceptación de Dios (lo que sería volver a incurrir en la lógica legalista), sino porque se sabe amado y aceptado por Dios por causa de la Cruz.

Si Cristo vive en nosotros y hemos muerto al yo, será natural que deseemos hacer la voluntad de Dios y vivir de acuerdo con el ejemplo de Cristo. Nuestra conducta, nuestra obediencia, nuestras buenas obras serán producidas por Cristo en nosotros y no como mero fruto de nuestras iniciativas, motivaciones y fuerzas humanas, que siempre están contaminadas de pecado.

“Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios”. El tiempo que me quede de peregrinación hasta llegar al Hogar celestial (mi vida en “la carne”) lo viviré no confiando en mis fuerzas, en mi supuesta bondad, sino confiando en algo foráneo, externo a mí: “la fe del Hijo de Dios”, en los logros de Cristo, y viviré por la fe en él. Viviré confiando en su obra histórica en la Cruz por mí (donde logró mi justificación, por medio de la Expiación), y en su obra presente en mí, al habitar en mi corazón por medio de su Espíritu Santo. Así, mi confianza de salvación está en la justificación exclusivamente, a la vez que también confío en que Jesús, por su permanencia en mí, va realizando una obra paulatina de santificación, de liberación y sanación del pecado, aun cuando no dependo de que esta obra esté acabada antes de gozar de la seguridad de salvación, que no la brinda la santificación como producto acabado, sino la justificación. Este fue, en realidad, el gran tema de debate de Martín Lutero con el Catolicismo de sus días, y la diferencia entre el concepto de justificación de Lutero y el del Concilio de Trento: si el hombre primero tiene que ser hecho justo para que Dios antes de que Dios pueda justificarlo (concepto católico) o si Dios “justifica al impío” (Rom. 4:5) (concepto de Lutero); es decir, nos justifica aun cuando no hayamos llegado a la perfección y todavía tengamos mucho por mejorar, exclusivamente por una justicia foránea, la de Cristo.

“El cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál. 2:20, u.p.).

Esto es vital: no basta con creer que Jesús murió “por la humanidad”. Solo tendré paz y seguridad espiritual cuando tenga la convicción de que Jesús “me amó” y murió en la Cruz “por mí”. Debo creer y, si es posible, sentir que Jesús tiene un interés personal en mí. Que me ama personalmente. Que si hubiese sido la única persona sobre la Tierra que necesitara salvación él habría dejado el cielo por mí y hubiese sufrido los horrores de la Cruz por mí, porque “me amó”. Debo saberme amado personalmente por Jesús y salvado personalmente por él, no como un punto insignificante en medio de una masa humana impersonal. ¡Cuánta paz y tranquilidad da esto al alma, cuánta seguridad espiritual!

“No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (vers. 21).

Pablo termina esta sección con esta declaración contundente: si yo confío o dependo de cualquier cosa que no sea la obra redentora de Cristo para mi salvación (llámese obediencia, fidelidad, buenas obras en favor del prójimo o perfección de carácter), en realidad estoy desechando la gracia de Dios, la estoy menospreciando. Me parece que no puede ser suficiente, que tengo que agregarle algo. Me parece que la salvación es por fe, sí, pero por fe más obras; que debo añadir mis obras, mi fidelidad, para que la salvación sea completa. Pero no es así. Únicamente somos salvos por la gracia de Dios en Cristo. Y el razonamiento de Pablo es muy simple y directo: si de alguna manera mi obediencia a la Ley pudiera hacerme justo delante de Dios, Cristo murió en vano, de balde. ¿Para qué tanto sacrificio si al final eso no era necesario o no basta, y yo podría haberme salvado esforzándome por ser fiel, obediente, santo?

La gracia y las obras como base o medio de salvación son mutuamente excluyentes. O somos salvos por gracia o somos salvos por las obras. No puede ser las dos cosas a la vez. No somos salvos por gracia más obras, ni por fe más obras, sino exclusivamente por gracia mediante la fe, aun cuando la fe verdadera es una “fe que obra por el amor” (Gál. 5:6). Pablo lo va a decir también en Romanos: “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra” (Rom. 11:6).

Que Dios nos bendiga a todos para que, de una vez por todas, nos gocemos en la libertad cristiana, en la seguridad y el gozo de la salvación, en la gracia de Dios y en la obra redentora de Cristo. Que podamos vivir una vida cristiana segura y feliz, dejando de autoflagelarnos psicológicamente por causa de “todo lo que nos falta” para ser buenos cristianos; es decir, para ser perfectos. YA somos hijos de Dios, amados y aceptados por él independientemente de cuánto nos falte para ser semejantes a Cristo. Y que podamos contagiar a otros con la alegría de la salvación.

COMENTARIOS DE MARTÍN LUTERO SOBRE GÁLATAS

“Pues bien: ante todo es preciso saber que hay dos maneras como el hombre es justificado, y estas dos maneras son diametralmente opuestas la una a la otra. Existe, en primer lugar, una manera exterior, a raíz de las obras, proveniente de las fuerzas propias. A este tipo pertenecen las justicias humanas, adquiridas por el uso (como dicen) y por el hábito. Es el tipo de justicia descrito por Aristóteles y otros filósofos, la justicia que es producida por las leyes civiles y eclesiásticas en diversidad de ceremonias, la que resulta como fruto de los dictados de la razón y de la prudencia. Se cree, en efecto, que al practicar lo que es justo se llega a ser justo, al practicar la moderación se llega a ser moderado, y por el mismo estilo también en otros órdenes de cosas. Esta justicia la produce también la ley de Moisés, incluso el propio Decálogo, a saber, allí donde se sirve a Dios por temor al castigo o por la promesa de una recompensa, donde no se jura en el nombre de Dios, donde se honra a los padres, donde no se comete homicidio ni hurto ni adulterio, etc. Tal justicia es una justicia servil, justicia de jornalero, fingida, hermosa a la vista, exterior, temporal, mundanal, humana. No es de provecho alguno para la gloria que ha de venir, sino que el que la practica recibe ya en esta vida presente su recompensa: gloria, riquezas, honra, poder, amistad, bienestar, o al menos paz y tranquilidad, y una medida menor de males que los que actúan de otra manera”.

“La segunda manera de ser justificado es la justificación desde dentro, por la fe, por la gracia. Esta ocurre cuando el hombre desespera completamente de aquella primera justicia, conceptuándola como la impureza de la mujer en el período de la menstruación; cuando el hombre se arroja a los pies de Dios, gime humildemente, confiesa ser pecador y dice como el publicano del Evangelio: ‘Dios, sé propicio a mí, pecador’ (Luc. 18:13). ‘Éste’ –dice Cristo– ‘descendió a su casa justificado’ (vers. 14). Pues esta justificación no es otra cosa que la invocación del nombre de Dios. El nombre de Dios empero es misericordia, verdad, justicia, poder, sabiduría, y una acusación dirigida contra nuestro propio nombre. Nuestro nombre por su parte es pecado, mentira, vanidad, necedad, conforme a aquel veredicto del Salmo: ‘Todo hombre es mentiroso, vanidad es todo hombre que vive’ ( Sal. 116:11; 39:5 ).

“Mas la invocación del nombre de Dios, si de veras fue hecha en lo profundo del corazón y de todo corazón, pone de manifiesto que el corazón del hombre y el nombre de Dios están en la más íntima unión el uno con el otro. Es por lo tanto imposible que el corazón no tenga parte en las virtudes en que abunda el nombre de Dios. Ahora bien: lo que une al corazón humano y al nombre del Señor es la fe. Y la fe a su vez ‘es por la palabra de Cristo’ (Rom. 10:17) por medio de la cual es predicado el nombre del Señor. […] Por consiguiente: así como el nombre del Señor es puro, santo, justo, veraz, bueno, etc., así este nombre convierte en enteramente igual a él mismo al corazón que es tocado por él y por el cual él es tocado (lo que ocurre mediante la fe). Así sucede que a los que creen en el nombre del Señor se les perdonan todos los pecados y se les atribuye la justicia ‘por amor de tu nombre, oh Señor’ (Sal. 25:11); y ello se debe al hecho de que este nombre es bueno, no al hecho de que ellos lo hayan merecido, pues ni siquiera habrían merecido oír el nombre del Señor. Mas justificado así el corazón mediante esa fe que es confianza en el nombre del Señor, Dios da a los hombres ‘potestad de ser hechos hijos suyos’ (Juan 1:12). Pues al instante ‘derrama en sus corazones el Espíritu Santo’ (Rom. 5:5) para que los llene con su amor y los haga disfrutar de paz y gozo, los haga practicar todo lo bueno, vencer todo lo malo, e incluso despreciar la muerte y el infierno. Aquí ha llegado el punto final para todas las leyes y para todas las obras que las leyes demandan: todo es ahora libre y lícito, y la ley ha sido cumplida mediante la fe y el amor. He aquí, esto es lo que Cristo ha obtenido para nosotros: que se nos predique el nombre de Dios (esto es, la misericordia y la verdad de Dios); y el que creyere en este nombre, será salvo”.

“Por lo tanto: si tu conciencia te atormenta, si eres pecador y buscas cómo poder llegar a ser justo, ¿qué harás? ¿Mirarás en torno tuyo para ver qué obras podrías hacer o a dónde podrías ir? No. Antes bien, procura oír o recordar el nombre de Dios, a saber, que Dios es justo, bueno y santo, y luego aférrate a él sin demora, y cree firmemente que él es para contigo tal como su nombre lo indica: justo, bueno y santo; creyendo esto, tú también ya eres justo, bueno y santo, al igual que él. En ningún lugar empero verás el nombre de Dios con mayor claridad o que en Cristo: allí verás cuán bueno, tierno, justo y veraz es Dios –¡tanto que no escatimó ni a su propio Hijo (Rom. 8:32)! Por medio de este Cristo, Dios te traerá a su lado (Juan 6:44). Sin esta justicia no es posible que el corazón sea puro; por esto mismo, es imposible que la justicia de los hombres sea una justicia verdadera. Pues aquí (donde se posee la justicia dada por Dios) se usa el nombre del Señor al servicio de la verdad, allá (donde solo se posee la justicia humana) se lo toma en vano (Éxo. 20:7), porque aquí el hombre da a Dios la gloria y a sí mismo la confusión de rostro (Dan. 9:7), allá en cambio da la gloria a sí mismo, y a Dios la afrenta.

“Todo aquel que cree en Cristo es justo; todavía no lo es plenamente en cuanto a los hechos, pero sí lo es en esperanza. Ha comenzado, en efecto, a ser justificado y sanado, como aquel hombre a quien abandonaron medio muerto. Pero entretanto que es justificado y sanado, no le son imputados, a causa de Cristo, los pecados que todavía quedan en su carne. Esto es porque Cristo, que no tiene en sí ningún pecado, ahora se ha hecho uno con su cristiano e intercede por él ante el Padre (Rom. 8:34). Así, después de confesar que ¡la ley en sus miembros le lleva cautivo al pecado’ (Rom. 7:23), Pablo dice en Romanos 8 (vers. 1): ‘Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne’. No dice que no hay ‘ningún pecado’; al contrario, todavía queda mucho de pecado, pero no le es imputado al hombre como factor que conduzca a su condenación. A este misterio parece referirse la palabra ‘consumado es’ que Cristo pronunció momentos antes de morir (Juan 19:30). Por lo tanto, todas las declaraciones con que se ensalza el estado de los justos deben entenderse en este sentido: no que sean del todo perfectos en sí mismos, sino que lo son en Dios, porque Dios los considera así y les otorga su perdón por cuanto creen en su Hijo Jesucristo, el cual es nuestra propiciación (Rom. 3:25).

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