Lección 4 – Segundo trimestre 2017

1 Pedro 2:11-25; 3:1-7

En el comentario de esta semana destacaremos los siguientes temas fundamentales, de los pasajes del libro de 1 Pedro que nos toca considerar: el testimonio cristiano, la relación con los gobiernos y con las figuras de autoridad, Jesús como nuestro Ejemplo supremo para imitar, la relación entre los cónyuges y el atavío de los cristianos.

EL TESTIMONIO CRISTIANO

“Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras” (1 Ped. 2:11, 12).

Aquí, Pedro no nos está invitando a una vida de apariencia, de comportarnos bien por “el qué dirán”, sino a ser antes que parecer. Pero también es cierto que, como cristianos, estamos llamados a representar bien a Cristo ante los hombres, que es lo que le dará mayor fuerza, mayor autoridad moral, a nuestro testimonio. Es muy triste que, a lo largo de la historia del cristianismo y hasta la actualidad, el nombre de Cristo haya y siga siendo vituperado por causa de la inconsecuencia de los cristianos, de su mal testimonio, de profesar ser cristianos pero vivir como si Cristo no existiera o no fuera relevante para nosotros.

Uno podría pensar que la exhortación de Pedro, en estos versículos, sería innecesaria: si nos ocupamos del ser, el parecer se cuidará solo. Sin embargo, Pedro parece conocer muy bien, bajo la Inspiración, la naturaleza humana, y sabe que el cristiano es “simul justus et pecator” (simultáneamente justo y pecador), como diría Martín Lutero. Es muy fácil para cualquiera de nosotros dejar que nuestra naturaleza caída tome las riendas de nuestros pensamientos y nuestra conducta. Por tal motivo, esta naturaleza deberá siempre estar subyugada por la naturaleza superior, gracias a la presencia y la obra del Espíritu Santo en nosotros, absteniéndonos “de los deseos carnales que batallan contra el alma”. En este sentido, como cristianos tenemos una responsabilidad moral de no solo preocuparnos por nuestra vida espiritual y nuestra salvación individuales, sino también por ser un buen testimonio para los demás. Uno podría estar atravesando por un mal momento espiritual y/o anímico, caer en pecado y aflojar las riendas de la conducta moral, y luego arrepentirse y volver a la senda correcta. Pero, mientras tanto, hemos dejado una estela de mal testimonio que deshonra a Cristo y es causa de tropiezo para los no creyentes, y aun para nuestros hermanos en la fe. Por eso, es falaz aquella filosofía moderna de “a nadie le importa lo que hago con mi vida; es un asunto mío, entre Dios y yo”. Por el contrario, el creyente que ha comprendido lo que realmente significa ser cristiano se siente consustanciado con aquella verdad declarada por Pablo: “ninguno de nosotros vive para sí” (Rom. 14:7).

Ya quienes se oponen al evangelio nos acusarán injustamente, nos difamarán, por el solo hecho de que les molesta que seamos distintos de ellos, que tengamos otros principios morales y otro estilo de vida. Pero eso corre por cuenta de ellos, de su responsabilidad, y tendrán que rendir cuentas a Dios por ello. Pero que sus acusaciones no tengan fundamento en nuestra conducta inconsecuente. Por supuesto, nadie tiene derecho a esperar perfección del cristiano, infalibilidad; pero sí una armonía básica entre lo que profesamos creer y lo que practicamos.

LA RELACIÓN DEL CRISTIANO CON LOS GOBIERNOS Y CON LAS FIGURAS DE AUTORIDAD

“Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien. Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos; como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios. Honrad a todos. Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al rey. Criados, estad sujetos con todo respeto a vuestros amos; no solamente a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar. Porque esto merece aprobación, si alguno a causa de la conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente. Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios” (1 Ped. 2:13-20).

Este es un tema polémico para los cristianos actuales, que vivimos en otro contexto sociopolítico del que vivían los cristianos del primer siglo de la Era Cristiana.

En este sentido, quizá sea útil diferenciar entre consejos concretos para una situación histórica y los principios perennes que están detrás de ellos, de aplicación eterna y universal; como así también entre consejos pragmáticos por causa de una situación irremediable, a la que hay que tratar de manejar lo mejor posible para minimizar al grado máximo los perjuicios, y los aspectos morales que no dependen de las circunstancias.

Cuando Pedro escribió estos consejos (al igual que Pablo en Rom. 13:1-7), el pueblo de Dios vivía bajo un Gobierno despótico, tirano, en el que la palabra del emperador era ley (y también de los gobernantes menores), y salvo para los que tenían ciudadanía romana (que estaban bajo “estado de derecho”) no existía tal cosa como derechos humanos, libertad política y de expresión, posibilidad de “torcer la historia” mediante acciones sociales y políticas. Debían pasivamente (y opresivamente) someterse a los dictados verticalistas de las autoridades políticas. Quien así no lo hiciera, ya sabía lo que le esperaba: encarcelamiento; golpizas; vejaciones; torturas; una muerte cruel arrojado a las fieras del Circo Romano, o la hoguera o la cruz. No había posibilidades de realizar protestas sociales o acciones sociales que pudieran cambiar las estructuras humanas injustas, revolucionar las estructuras políticas y luchar contra la injusticia social.

Lo mismo sucedía en relación con la esclavitud. No se podía luchar contra ella, eliminar este flagelo social. Era someterse o morir.

Frente a este cuadro, Pedro y Pablo aconsejan el sometimiento como el camino más seguro para evitar males mayores, para poder vivir lo más pacíficamente posible, y avanzar con la vida cristiana y la misión cristiana de proclamar a Cristo ante el mundo en condiciones no ideales. De alguna manera, Pedro y Pablo participaban de la sabiduría de aquella bella Oración de la serenidad:

“Dios, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor, para cambiar aquellas que puedo cambiar; y sabiduría, para reconocer la diferencia”.

No se podían cambiar las estructuras políticas y sociales de aquel entonces, porque no estaban basadas en la razón y la justicia, ni en el consenso social ni en una democracia, sino en la ley del más fuerte, el que tenía los ejércitos más poderosos, que por supuesto era el Imperio Romano.

Pero, gracias a Dios, la humanidad en muchos sentidos ha evolucionado, y hoy vivimos en democracia (por lo menos, gran parte del mundo, entre los que nos incluimos los que estamos pudiendo compartir estas lecturas). Con todas sus limitaciones y defectos ideológicos, metodológicos, humanos y prácticos, tenemos que agradecer a Dios por la libertad de pensamiento, expresión y acción de los que gozamos los que vivimos bajo gobiernos democráticos. Tenemos que agradecer a Dios porque hoy existen resortes, mecanismos, procedimientos, recursos legales, que pueden –idealmente hablando– implantar la justicia social, cambiar estructuras humanas injustas, defender los derechos de los menos favorecidos y los abusados. ¿Deberemos, entonces, en forma descontextualizada, aplicar los consejos de sometimiento de Pedro y Pablo, y quedarnos de brazos cruzados frente a la injusticia, la opresión, la violencia, el atropello, el abuso? No parece ser eso lo que denuncian y a lo que nos exhortan los siguientes pasajes bíblicos, tan inspirados como los consejos de Pedro y Pablo:

“¡Levanta la voz por los que no tienen voz! ¡Defiende los derechos de los desposeídos! ¡Levanta la voz, y hazles justicia! ¡Defiende a los pobres y necesitados!” (Prov. 31:8, 9, NVI).

“Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda” (Isa. 1:16, 17).

“¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros. He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza. Habéis condenado y dado muerte al justo, y él no os hace resistencia” (Sant. 5:1-6).

¿Qué sería de los afroadescendientes si, por ejemplo, no se le hubiese “ocurrido” a Abraham Lincoln la “rebelde” idea de abolir la esclavitud, o al pastor Martin Luther King luchar por la igualdad racial y los derechos de sus compañeros afroamericanos, que hizo posible que, casi cuarenta años después de ser asesinado, uno de ellos, Barack Obama, ocupara la presidencia de los Estados Unidos (independientemente de que juzguemos que tuvo una buena o mala presidencia)? O ¿cuáles serían las condiciones de trabajo si a algún “loco” no se le hubiese ocurrido acotar la jornada laboral a determinadas horas diarias (normalmente, ocho), y con ciertos derechos para los trabajadores que los protegen de los abusos patronales?

Todas estas son conquistas sociales (aunque todavía falte mucho camino por recorrer) que hacen que, comparativamente, nuestras condiciones de vida sean por lejos mejores que las que se vivían en los tiempos de los apóstoles, y que se han logrado gracias a que alguien no se ha “sometido” servil y pasivamente al statu quo, y ha luchado por cambiar la historia.

¿Cuál es, entonces, el sentido del consejo del apóstol Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, de “por causa del Señor” someterse a toda institución humana, de honrar al rey (hoy, presidentes) y a los gobernantes, y someterse a los amos (hoy, patrones), tanto a los buenos y afables como a los difíciles de soportar?

Creemos que es, por un lado, como decíamos al principio, una medida pragmática: no luches contra aquello que no puedes luchar y que te traerá solo como consecuencia la violencia contra tu persona, el dolor y finalmente la muerte, sin que logres ningún beneficio ni para ti ni para los que están en tu misma condición. Pero, por otra parte, también creemos que implica el reconocimiento de que, para poder vivir en sociedad sin que nos destruyamos los unos a los otros debe haber un orden establecido, un Gobierno y fuerzas que hagan cumplir la ley. Y no que impere (en nuestro nivel de ciudadanos y gobernantes) la ley del más fuerte, como se ve reflejada en aquellas películas del Lejano Oeste estadounidense, en donde gobernaba “la ley del revólver”, y cada uno debía defender sus posesiones y a su familia recurriendo a las armas, y donde el “más rápido” con el revólver se quedaba con lo que pertenecía a su prójimo. O como sucedía en aquellos pueblos bárbaros de la antigüedad, donde sucedía lo mismo hasta con quizá mayor brutalidad.

Pedro y Pablo reconocen que hace falta un orden social, instituciones, gobernantes y aun fuerzas de seguridad (“no en vano lleva[n] espada”, diría Pablo en Rom. 13:4). De alguna manera, y en un sentido, la política (el ejercicio del poder) tiene la función no solo de promover el bienestar y el desarrollo social sino también de controlar y poner límites al egoísmo humano, a fin de que podamos vivir en sociedad lo más pacífica y justamente posible. Y, como cristianos, estamos llamados –hasta donde podamos– a apoyar este orden social y a los gobiernos de turno que lo encarnan, porque somos promotores de la paz y la concordia entre los hombres.

¿Qué sucede cuando los gobiernos de turno tienen políticas que nos parecen incorrectas, demagógicas, opresivas en lo económico, etc.? ¿Debemos recurrir a la lucha armada, a la violencia, a derrocar por la fuerza a esos gobiernos? Aquí es donde los principios presentados por ambos apóstoles mantienen su vigencia. En el contexto actual, son tan intrincados los problemas económicos y políticos, y tan lentos los procesos por los cuales un Gobierno puede cambiar para bien las cosas, que no podemos tratar de imponer por la fuerza y la violencia nuestras ideas acerca de cómo deberían manejarse estas cuestiones (si cada grupo de ciudadanos creería que tendría derecho a imponer por la fuerza sus puntos de vista políticos, viviríamos en una total anarquía, y en un estado de barbarie y violencia). Debemos, entonces, utilizar los canales democráticos legítimos, que tienen en cuenta no la opinión de ciertos grupos de poder y de presión, sino el consenso de la mayoría. Es en el voto donde apoyamos las políticas de los gobiernos de turno o les aplicamos el “voto-castigo”, para limitar su poder y que se cambie lo que necesita ser cambiado. También es legítimo que, como decía el texto de Proverbios citado arriba, alcemos nuestra “voz por los que no tienen voz”, y nos sumemos a las protestas sociales con las que concordemos, pero siempre dentro de los límites del pacifismo y la no violencia, y el respeto por las instituciones. Así lo hicieron líderes espirituales y políticos de la talla de Mahatma Gandhi y Martin Luther King, quienes nos demostraron que se puede luchar por cambiar el mundo sin necesidad de recurrir a la violencia.

Más allá de las cuestiones pragmáticas y políticas, el cristiano sabe que está en este mundo para luchar por algo más trascendente. Aun si todos viviéramos en países casi ideales desde el punto de vista político-económico-social (como podría ser en países del primer mundo como Suecia, Finlandia, etc.), las necesidades humanas más profundas siguen latentes, sobre todo, la necesidad de Dios y de salvación del pecado (de hecho, paradójicamente, en países como los mencionados es donde, estadísticamente, más cunde el fenómeno del vacío existencial y el suicidio). Por eso, por una cuestión de principios morales cristianos, “por causa del Señor”, y no solo por cuestiones pragmáticas de temor a las autoridades y a sus posibles represalias, el cristiano está llamado a apoyar al orden social, a los gobernantes, a sostener a las instituciones, a procurar y promover la paz donde se encuentre, en vez de sumarse a diseminar el odio y la confrontación entre distintas facciones de la sociedad y colores políticos.

JESÚS COMO EL EJEMPLO PERFECTO PARA IMITAR

“Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Ped. 2:21-24).

Pedro deriva este pacifismo social del ejemplo mismo de Cristo, y en realidad hace una aplicación específica a la realidad social de un principio más amplio, que abarca todo tipo de relación humana: ser cristiano es, en su esencia, un llamado a imitar a Jesús, a seguir “sus pisadas”, a tenerlo a él como el Modelo divino y el ideal de conducta para la vida.

Cuántos de nosotros consideramos a Jesús solamente en su carácter de Salvador: lo que más nos interesa es beneficiarnos por las conquistas de su obra redentora: el perdón de nuestros pecados, gozar del favor de Dios, tener asegurada nuestra salvación eterna y nuestro lugar en la Tierra Nueva. Pero Jesús debe ser para nosotros mucho más que eso: debe ser nuestro Ejemplo supremo para tratar de imitar, y amoldar nuestros pensamientos, sentimientos, palabras y conductas al carácter de amor infinito, nobleza, rectitud y pureza que él reveló durante su estadía en la Tierra.

Jesús nos enseñó que el camino, frente a la opresión y la violencia, no es contestar con la misma moneda. Él fue el Ser más injustamente abusado de este mundo: “el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca”. Sin embargo, “cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”. Es cierto que, para cumplir su propósito redentor, él debía someterse voluntariamente a todo ese abuso y, finalmente, a la muerte de cruz, para poder redimirnos. Pero, más allá de este propósito salvador, nos enseñó con su ejemplo que, si bien podemos luchar por la justicia social y defender al oprimido, no podemos retroalimentar la espiral de violencia sumando violencia a violencia, sino comportándonos con firmeza, pero con mansedumbre cristiana, sabiendo que finalmente Dios se encargará de hacer justicia, allí donde nosotros seamos impotentes para establecerla en este mundo.

Y Pedro aprovecha para olvidarse por un momento de estas cuestiones sociopolíticas y refrescarnos la gran maravilla de la Redención: Jesús “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia”. Nuestras culpas, nuestra condenación, nuestra muerte eterna, ya fueron llevadas (“cargadas” es el concepto que en realidad Pedro toma de los servicios del Santuario [Lev. 4] y de la profecía mesiánica de Isa. 53) por Jesús en el Calvario. Él soportó la “carga”, el “peso” de nuestros pecados, sobre sus hombros, haciéndose responsable voluntariamente de nosotros y convirtiéndose en nuestro “Sustituto y Garante” (White), para que nosotros seamos libres de culpa y condenación, y entonces, como respuesta, muramos al pecado, renunciemos a él, y vivamos a la justicia, vivamos para ella, para una vida de bondad y rectitud.

LA RELACIÓN ENTRE LOS CÓNYUGES

“Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza. Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Ped. 3:1-7).

Nuevamente aquí, tenemos que preguntarnos si el consejo inspirado de Pedro tiene que ver solamente con principios morales inalterables o si algunos de sus aspectos deben ser considerados como medidas pragmáticas de acuerdo con el contexto histórico y social de la época. Creemos que hay una mezcla de ambas cosas.

Es conocido, lamentablemente, el abuso que han sufrido las mujeres, a lo largo de la historia, por causa del machismo, y la opresión a la que han sido sometidas durante milenios por parte de los hombres. Hoy también, gracias a Dios, la mujer está ganando cada vez más su lugar legítimo en la sociedad, está haciendo valer sus derechos y está logrando protegerse (por lo menos, idealmente) del abuso y la violencia de género.

¿Es posible que el consejo de Pedro (al igual que el de Pablo en Efesios 5) aliente a que la mujer viva sometida a maridos golpeadores, abusadores sexual, física o psicológicamente; a una vida de opresión, de esclavitud, “hasta que la muerte nos separe”, muchas veces la muerte de la víctima femenina de violencia?

No podemos pensar que ese sea el plan de un Dios de amor y de justicia.

En la época apostólica, la mujer no gozaba de los derechos que tiene en la actualidad. Dependía absolutamente de su marido para su sustento, y era una tragedia socioeconómica ser despedida de su hogar mediante la carta de divorcio o quedar viuda. De allí la insistencia de los apóstoles, en sus epístolas, de que la iglesia se ocupe de las viudas y los huérfanos. No había cobertura social, pensiones por viudez, ni tampoco las posibilidades laborales que tienen hoy las mujeres, con la capacidad de autosustentarse económicamente.

El “mal menor”, para muchas de ellas, era quedarse con su marido, aun cuando este tuviese actitudes autoritarias, propias de la cultura de la época (y que lamentablemente han perdurado hasta nuestros días). En realidad, la mujer tenía asumido que ese era su rol en el matrimonio, someterse a los dictados de su esposo. Incluso hoy, en algunos países aun de Latinoamérica, así se considera la relación entre esposos y esposas.

Teniendo en cuenta esta realidad cultural, Pedro, al igual que Pablo, insta a las mujeres a vivir lo más pacíficamente posible, sometiéndose a lo inevitable, para evitar un mal mayor (seguramente, con ciertos límites: una cosa es un marido con perfil autoritario y otra es un marido que ejerza violencia física o psicológica, aunque alguno podría pensar que es solo una cuestión de grados).

Pero, hoy, la mujer cuenta con muchos recursos que hacen que no tenga por qué soportar una vida de abuso y opresión. Puede lograr su independencia, si la gravedad de la situación lo amerita (no estamos hablando aquí de abandonar el hogar ante la menor desavenencia, tan común en nuestra sociedad posmoderna en la que cunde una moral “light” e indolora, hedonista, que es incapaz de soportar cualquier tolerancia a la frustración, incomodidad o abnegación).

No obstante –y sé que este es un tema muy polémico–, si queremos ser fieles a la enseñanza bíblica y no anteponer las modas ideológicas culturales a nuestra conducta, no podemos soslayar algunas de las declaraciones de Pedro (y de Pablo) con respecto a lo que podríamos llamar un “orden funcional” (no jerárquico), o liderazgo, dentro del hogar:

“Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos […] aquellas santas mujeres […] esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor”.

“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (Efe. 5:22-24).

Estas ¿son expresiones meramente condicionadas por la cultura machista imperante o representan el ideal divino para las relaciones conyugales? En caso de tener que ser tomadas sin tener en cuenta el contexto cultural de origen, ¿qué es lo que realmente quieren decir?

Nuestro sometimiento a Cristo, como creyentes, no está basado en el temor sino en el amor a Jesús, y al reconocimiento de la bondad de su trato y la sabiduría de su soberanía sobre nuestra vida. De igual modo, una mujer que tenga un marido respetuoso, dulce en el trato, que evidencie un amor abnegado por su esposa, en el que solo busque su mayor bien y felicidad, se hará acreedor al respeto de su esposa y la confianza de ella en su liderazgo dentro del hogar.

Precisamente, el consejo de Pedro apunta en dirección a este tipo de marido:

“Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo”.

En estas palabras no se alienta ningún tipo de autoritarismo por parte del esposo; por el contrario, se insta a los maridos a tener un trato delicado hacia sus esposas, a obrar con sabiduría hacia ellas, honrándolas en su condición femenina sabiendo que en un sentido son más frágiles que los hombres (por lo menos en sentido físico; desde el punto de vista psicológico y moral, es discutible). Se alienta al marido a ser protector de su esposa y no un amo dictatorial.

EL ATAVÍO DE LOS CRISTIANOS

“[…] considerando vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 Ped. 3:2-4).

Estos textos contienen una advertencia muy necesaria para los tiempos en que vivimos. El texto está dirigido a las mujeres, pero perfectamente su principio también se aplica a los varones: “[…] considerando vuestra conducta casta y respetuosa”.

Lamentablemente, y seguramente debido a la influencia de los medios de comunicación y la cultura de la imagen (sumada a la tendencia propia de nuestra naturaleza caída), cunde en nuestra cultura un afán de exhibicionismo, en la que muchos hombres y mujeres parecen tener vocación de “modelos”, o de galanes o divas del cine y la televisión (cuando no de vedetes). Lo vemos en las fotos que se suben en Facebook, en las poses que se adoptan, y en el tipo de vestimenta que se utiliza.

Pero los cristianos (hombres y mujeres) estamos llamados a tener una conducta “casta y respetuosa”, a tratar con afabilidad y confianza a todas las personas, pero a guardar la distancia necesaria con el sexo opuesto, de tal forma que nuestro trato no se preste a familiaridades indebidas, que puedan dar lugar a conductas impropias.

En este sentido, tanto Pedro como Pablo alientan a que la vestimenta de la mujer cristiana (el principio se aplica también a los hombres) sea tal que, aun cuando sea legítimo el amor por la belleza y el buen gusto, por sentirse bien con la apariencia propia, se caracterice por la humildad, la sencillez, el “pudor” y la modestia (1 Tim. 2:9). El Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española de las Letras define “pudor” como “recato”, entre otras acepciones. A su vez, “recato” significa “cautela, reserva”. Es decir, prudencia en la forma de vestirse, para no provocar o estimular visualmente en forma indebida a otros, y el hecho de “reservar” para el cónyuge aquellos aspectos de su anatomía que solo deberían ser disfrutados por él.

A este respecto, es muy orientadora e inspiradora la siguiente declaración:

“El gusto refinado y la mente cultivada se revelarán en la elección de atavíos sencillos y apropiados. La casta sencillez en el vestir, unida a la modestia de la conducta, ejercerá una decisiva influencia para rodear a una joven de una atmósfera de reserva sagrada, que a su vez será para ella un escudo contra miles de peligros” (Elena de White, La educación, p. 248).

Sabemos que, en este momento, dentro de la iglesia, hay cierto debate acerca de si realmente la Biblia proscribe todo tipo de adorno o solamente apunta a la ostentación y el lujo. No vamos a entrar en este debate en este comentario. Pero lo que sí es claro es que el cristiano está llamado a una vida de humildad, de renuncia al egocentrismo, de amor abnegado, donde no procura que los “reflectores” estén puestos sobre sí, sino sobre Cristo. No procura llamar la atención a su propia persona por su vestimenta y su arreglo personal, como si a través de ellos estuviera diciendo casi a los gritos: “¡Mírenme! ¡Aquí estoy yo! ¡Admírenme!” Por el contario, su objetivo en la vida es dirigir la atención de las personas a Jesús, su Salvador.

Por otra parte, la excesiva atención a la apariencia externa puede ser un símbolo de descuido de la belleza interna. Por eso, Pedro aconseja que la preocupación sea no tanto por embellecer el cuerpo sino lograr que, por la presencia y la obra del Espíritu Santo, el interior sea realmente bello: “[…] el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios”.

La belleza externa, tarde o temprano, desaparece. Pero hay algo que no solo perdura sino también puede ser más bello cada día, y con el paso de los años, que es la belleza interna, un carácter cada vez más semejante al de Jesús; un carácter “afable y apacible”; es decir, agradable, simpático, empático, y que transmita paz y concordia, en vez de ser un carácter belicoso, pendenciero.

Así lo expresó hacia el final de su vida la actriz Audrey Hepburn (1929-1993), una mujer que en sus años dorados fue una de las grandes bellezas de Hollywood, pero que terminó dedicando sus últimos años, antes de fallecer de cáncer, a la ayuda humanitaria a los niños necesitados, siendo embajadora de Unicef, por lo cual fue galardonada con la Medalla Presidencial de la Libertad, de los Estados Unidos:

“1. Para tener unos labios atractivos, di siempre palabras amables.

“2. Para tener ojos adorables, mira siempre las cosas buenas de la gente.

“3. Para una figura esbelta, comparte tu comida con los que padecen de hambre.

“4. Para tener un pelo hermoso, permite que un niño pase sus deditos por él, por lo menos una vez al día.

“5. Para mantener la elegancia, camina con la certeza de que nunca estás sola.

“6. La gente, más que las cosas, tiene derecho a ser restablecida, revivida, reivindicada y redimida. Nunca rechaces ni deseches a nadie.

“7. Recuerda, si necesitas una mano amiga, la encontrarás en el extremo de cada uno de tus brazos. Con el tiempo y la madurez, descubrirás que tienes dos manos: una para ayudarte a ti misma y la otra para ayudar a los demás.

“8. La belleza de una mujer no está en su figura, en la ropa que viste o en la forma en que se peina. La belleza de una mujer tiene que ser vista en sus ojos, porque son la puerta de su alma, el lugar donde habita el amor.

“9. La belleza de una mujer no está en la moda superficial.

“La verdadera belleza de una mujer se refleja en su alma. En la bondad con la que da amor y en la pasión que demuestra.

“10. La belleza de una mujer crece con el pasar de los años”.

Que Dios nos bendiga a todos para que aprendamos a ver la belleza de la vida y el carácter cristianos, y por su gracia podamos vivir a la altura de los ideales que nos propone el evangelio, procurando siempre la paz de nuestro país y de nuestro entorno, y siendo una bendición para los que nos rodean.

Deja un comentario: