Lección 8 – Primer trimestre 2017

Una máxima evolucionista muy conocida dice: “La necesidad hace al órgano”. Y, si bien como cristianos bíblicos no coincidimos con el evolucionismo, hay algo de cierto en este dicho, y es que, desde el punto de vista humano, recién cuando aparece una necesidad que requiere el despliegue de ciertas capacidades y recursos personales, estas capacidades parecen salir a flote para hacer frente a la emergencia o la necesidad.

Cuando hablamos de los dones del Espíritu Santo, muchas veces el enfoque parece centrarse en los dones mismos, y en cuánto se ve enriquecida la persona con tener ciertas capacidades especiales otorgadas por el Espíritu Santo; pareciera que lo importante es cuánto pueden contribuir estos dones al autodesarrollo, el autoenriquecimiento e incluso a la gloria de la persona que los posee. Sin embargo, en el enfoque bíblico los dones espirituales no son un fin en sí mismo, sino que están otorgados para contribuir a un fin mayor, que es la misión de la iglesia. Están para suplir las necesidades de la misión, las necesidades espirituales y aun materiales o terrenales de las personas, por medio del servicio de los hijos de Dios a la humanidad.

Por otra parte, como bien señala la lección, el criterio para determinar si estamos llenos del Espíritu Santo no es la presencia de algún don específico que todos debamos poseer (específicamente, sanidad y hablar en lenguas), sino la presencia del fruto del Espíritu; es decir, de nuestra semejanza con Cristo. Esto es lo que sí todo creyente debe poseer como signo de una relación genuina con Dios y de la presencia del Espíritu en su vida.

Entonces, ¿está mal desear tener ciertos dones o capacidades? Si la motivación es enriquecerse uno mismo y exaltar el yo, entonces la posesión de ciertas capacidades especiales se puede transformar hasta en una maldición, porque solo sirven para alimentar el ego, el narcicismo, de la persona que los posee o los pretende. Pero, si por el contrario, una persona siente el deseo de ayudar a su prójimo necesitado a sobrellevar sus problemas terrenales (de salud, de ánimo, de fortaleza interior para hacer frente a las adversidades y al dolor) y sobre todo espirituales (fe, conversión, arrepentimiento, transformación, santificación, crecimiento espiritual), y se siente impotente frente al desafío sobrenatural de contribuir, en definitiva, a la salvación eterna de los demás, eso produce un sentimiento de insuficiencia humana, que nos lleva a clamar con el apóstol Pablo: “Para estas cosas, ¿quién es suficiente?” (2 Cor. 2:16).

Y allí es donde, en el creyente genuino y amante de las almas, surge el profundo sentimiento de necesidad de capacitación sobrenatural para realizar la misericordiosa misión cristiana, la necesidad de contar con los dones espirituales necesarios (el que fuere o los que fueren) para ser efectivo en el servicio de Dios. Es a esa persona a la que Dios le otorga, entonces, el o los dones necesarios, no para su propia gloria, sino para poder ser una bendición efectiva para las almas que la rodean. Y entonces sí podemos ver la necesidad genuina y la belleza de ser llenos del Espíritu Santo, y de ser bendecidos con los dones espirituales.

Así lo expresa el apóstol, en uno de los tres pasajes paulinos que hablan de este tema:

“Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: ‘Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres’. […] Y él [Cristo, a través del Espíritu Santo] mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efe. 4:11-16; énfasis añadido).

Aquí se nos dice claramente que estos dones, o capacidades, son dados con el fin de perfeccionarnos para “la obra del ministerio”, o servicio (que es lo que significa la palabra ministerio), para edificar al cuerpo de Cristo; edificación que puede significar tanto el añadido de nuevos miembros a la iglesia (enfoque cuantitativo) como la edificación espiritual de los miembros de iglesia, y su afianzamiento en la fe y la salvación (enfoque cualitativo). Son dados para que podamos crecer espiritualmente (incluso hasta alcanzar el ideal de ser transformados a la semejanza plena del carácter de Cristo), para ayudarnos mutuamente en la vida cristiana, para ir edificándonos en amor. Y también el apóstol menciona que estos dones están dados para proteger a la iglesia del error y el engaño, y del infantilismo espiritual, y para tener firmeza doctrinal. Y todo, envuelto en el clima del amor, que es lo que le da verdadero sentido a cada aspecto de la experiencia cristiana, y sin el cual nuestro cristianismo es meramente una formalidad, un fenómeno sociológico o una escuela de debate filosófico.

Enumeremos, entonces, la diversidad de dones mencionados en las tres listas paulinas acerca de los dones espirituales (Rom. 12:6-8; 1 Cor. 12:8-10, 28; Efe. 4:11); lista que no es exhaustiva y limitativa, sino solo descriptiva de algunas de las grandes bendiciones que el Espíritu otorga a la iglesia para que nos ayudemos mutuamente a vivir como cristianos aquí e ir al cielo y llevar al cielo a cuantos podamos:

Romanos 12:6-8:

* Profecía: consiste en recibir mensajes directamente de Dios (a través de sueños, visiones, escuchar audiblemente la voz de Dios o a través del fenómeno de la inspiración) y transmitirlos de manera infalible al pueblo de Dios, sin margen de error o intervención de ideas humanas.

* Servicio: la predisposición y la iniciativa ferviente, activa y eficaz de ayudar al prójimo, en cualquier tipo de necesidad (material, anímica, espiritual, etc.).

* Enseñanza: la capacidad de hacer entender a otros el mensaje y la instrucción divinos, de una manera clara.

* Exhortación: la capacidad de animar a otros en las luchas de la vida cristiana e incentivarlos a cumplir el alto destino espiritual al cual somos llamados, a vivir en plenitud la belleza de la vida cristiana, del compromiso con Cristo.

* Ayuda económica (repartir): ya sea sacando del propio bolsillo o repartiendo con sabiduría y un santo criterio los bienes de la iglesia destinados a ayudar a los verdaderamente necesitados, o para suplir las necesidades económicas que requieren las distintas actividades y ministerios de la iglesia.

* Liderazgo (presidir): es necesario que alguien dirija la iglesia, la conduzca en sus diferentes caminos y actividades; por lo tanto, es necesario que haya líderes-siervos que, más que mandar a la iglesia para que haga su voluntad, la inspire con un ejemplo de amor y servicio, y suscite la lealtad espontánea de la hermandad hacia sus iniciativas y proyectos, o contribuya al líder aportándole ideas e iniciativas que partan desde las mismas bases de la iglesia (el conjunto de miembros de iglesia).

* Misericordia: la capacidad de compadecerse de los dolores ajenos, de sus necesidades, prestando un oído atento, un hombro fuerte en el que sostenerse, una mano amiga que ayude de manera concreta, práctica.

 

1 Corintios 12:8-10, 28:

* Sabiduría: la capacidad de saber interpretar correctamente la realidad; de tener una percepción y apreciación inmediatas de cuáles son los verdaderos valores de la vida, lo que realmente importa, cuál es el sentido de la vida. Es la capacidad de entender a Cristo, el plan de salvación, la voluntad de Dios para el hombre, lo que implica la vida cristiana. En definitiva, el tener una visión clara de las cosas que sirva para vivir mejor la vida y para lograr la salvación.

* Ciencia: tiene que ver con el conocimiento, sobre todo el conocimiento de la Palabra de Dios y de la voluntad divina. También puede implicar un conocimiento del mundo en que vivimos, que da una perspectiva más amplia de las cosas (historia, filosofía, psicología, actualidad, medicina, salud, etc.).

* Fe: la confianza creciente y plena en la existencia de Dios, en su bondad, en su favor, en su intervención en nuestra vida, en su protección, y sobre todo en la salvación provista por Cristo. Seguridad espiritual para enfrentar cualquier embate que la vida le presente a uno o a otros a quienes queremos ayudar.

* Don de sanidad: puede implicar, en la actualidad, la capacidad de los médicos para sanar enfermedades gracias a los avances científicos, pero en su sentido primario parece ser la capacidad de sanar milagrosamente a las personas. No es algo que hoy no pueda suceder entre nosotros cuando la medicina moderna llega a ser impotente, siempre y cuando sea la voluntad de Dios.

* Hacer milagros: no es algo que esté restringido a los tiempos bíblicos. Dios puede hacer milagros de todo tipo aún hoy, y no debemos negarnos a la posibilidad de ver manifestada más poderosa y visiblemente la mano de Dios en nuestra vida, cuando Dios así lo disponga en su sabiduría infinita.

* Profecía: ya hemos comentado en la lista anterior.

* Discernimiento de espíritus: la capacidad de distinguir claramente la verdad del engaño, de discernir a los mentirosos, engañadores o que obran con intenciones oscuras subrepticias. En otras palabras, la capacidad de “discernir al enemigo bajo cualquier disfraz” (White), y de esta manera proteger a la iglesia contra sus engaños e incursiones.

* Lenguas: puede implicar el hablar otros idiomas cuando la situación lo requiera, para poder comunicar el evangelio sorteando las diferencias idiomáticas (Hech. 2:1-11), pero ciertamente también es un don sobrenatural del cual no sabemos demasiado, pero que parece implicar hablar en idiomas sobrehumanos para alabar a Dios o transmitir un mensaje divino (1 Cor. 14), para lo cual también hace falta el don que mencionaremos a continuación:

* Interpretación de lenguas: Pablo establece la necesidad de este don cuando se manifiesta en la iglesia el don anterior (el don de hablar en “lenguas angelicales”), porque de lo contrario la iglesia no recibe edificación, sino solo el que experimenta este don de lenguas. Es más, lo pone como condición (1 Cor. 14).

* Apostolado: inicialmente aplicado a quienes fueron testigos de la vida, la obra redentora, la muerte expiatoria y la resurrección de Cristo, que fueron enviados (es lo que significa la palabra “apóstol”) a dar testimonio de estas cosas. Pero, por extensión, se aplica a todo cristiano, que es enviado por Cristo para dar testimonio de él y ganar almas para su Reino.

* Don de ayuda: de alguna manera emparentado al don de servicio mencionado en la lista de Romanos. Es esa predisposición amorosa y ferviente de siempre tender una mano al necesitado. Es lo que le da su carácter cristiano a toda la obra del creyente, lo que le otorga autoridad moral a la iglesia, credibilidad al mensaje del evangelio y a la iglesia delante de la sociedad.

* Administración: no solo de los bienes materiales de la iglesia, sino también la capacidad de organizar sus actividades, darles un orden, para que no sean solo una serie de iniciativas anárquicas, confusas y poco efectivas.

 

Efesios 4:11:

* Apostolado: Ya mencionado en listas anteriores.

* Profecía: ya mencionado.

* Evangelismo: Parece ser la capacidad especial de ganar almas para Cristo, que todavía no lo conocen, de predicar el evangelio con poder (ya sea de manera pública como en círculos menores o persona a persona). Son los “obreros de avanzada”, los “adelantados” espirituales, que van abriendo obra en lugares nuevos.

* Pastorado e instrucción espiritual: es el ministerio integral de aquellos que están encargados de cuidar al rebaño, a los miembros de iglesia, con amor, para velar por ellos, por sus necesidades materiales, anímicas y espirituales; para protegerlos de los enemigos y los peligros espirituales; para consolar, animar, exhortar; para liderar a la iglesia, motivarla y organizarla a fin de que cumpla su alto destino espiritual de salvación y su misión evangelizadora hacia los que no conocen a Cristo, y su misión de edificación mutua. Es el responsable espiritual humano inmediato y último de la iglesia local.

¿Cómo saber cuáles son los dones del Espíritu que poseo?

No hay una respuesta infalible para esto. Sin embargo, podemos sugerir los siguientes sencillos criterios:

1) El ministerio al que me siento más atraído para realizar, y con el más me siento cómodo y a gusto: puede ser dar estudios bíblicos, aconsejar, apoyar a otros, cantar, ejecutar algún instrumento musical, liderar a los jóvenes, enseñar en la Escuela Sabática, dar sermones, etc.

2) El reconocimiento humilde y agradecido pero realista (sin orgullo pero sin falsas modestias) de ciertas capacidades personales que creo poseer.

3) El llamamiento de la iglesia: normalmente, la hermandad y sus dirigentes suelen “detectar” los dones que poseen ciertas personas, y suelen, entonces, hacer un llamado para cumplir determinadas funciones dentro de la iglesia. No es infalible (a veces se coloca en algunos ministerios a gente que, en realidad, el tiempo se encarga de demostrar que no eran para eso), pero suele ser un criterio más objetivo que el propio.

4) El llamado acuciante de alguna necesidad humana, a la que deseo ayudar a satisfacer.

Cuán bella es, entonces, la misión cristiana, y cuánta necesidad tenemos –si de veras nos interesa comprometernos con esta misión– de estar capacitados para realizarla. Para ello, cuánto necesitamos ser llenos del Espíritu Santo y permitirle que nos otorgue los dones que él considere necesarios (no los que nosotros queramos imponerle, como parece suceder con algunos cristianos en la actualidad) a fin de que seamos de bendición y utilidad para la iglesia.

Que Dios, entonces, despierte, por su Espíritu, amor en nuestro corazón por las almas (las de afuera de la iglesia y las de adentro), de tal manera que sintamos nuestra insuficiencia humana y nuestra absoluta necesidad de ser capacitados por el Espíritu Santo. Que el Espíritu, entonces, nos otorgue los dones que él considere necesarios, para que podamos ocupar nuestro lugar específico dentro de la gran misión cristiana salvadora, y ser así una bendición para los que nos rodeen.

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